martes, 16 de julio de 2013

Snowden, Obama y la moral



Edward Snowden es un tipo que le cae bien a muchos periodistas, y la razón es muy sencilla: genera titulares con facilidad. A la hora de calificarlo como ciudadano —o incluso como persona— el exanalista de seguridad que puso de nuevo en las noticias al extenso programa de escrutinio de la información, que desde hace años lleva a cabo Estados Unidos, despierta los calificativos más diversos, desde valiente hasta ingenuo e idiota. Quizá Snowden es todo ello y algo más, pero en la práctica política su definición mayor se define en dos extremos: manipulador y manipulado. Hasta ahora va resultando más cercano a lo segundo, pero hay que reconocerle cierta resistencia —o temor— a convertirse solo en ello: alguien que tras un momento de asombro y hasta de admiración se ha transformado en un paria incómodo, al que es peligroso aceptar y difícil echar a un lado.
De momento, ha sido Vladimir Putin quien le ha concedido la clasificación mejor. El presidente ruso ha expresado que se trata de “un presente no deseado que Estados Unidos le endilgó a Rusia”, de acuerdo a un cable de la AP.
Solo gobernantes como Maduro, Ortega y Morales han visto en Snowden la posibilidad de obtener dividendos políticos para sus respectivas agendas políticas. Correa ha demostrado de nuevo su sagacidad política para desviarse tangencialmente del problema. El Gobierno cubano, por su parte, ha logrado mantener un equilibrio temporal entre sus objetivos de buscar cierto acercamiento con Washington y su compromiso con Caracas, pero no se puede predecir hasta dónde y cuando esa mesura tendrá éxito. Definitivamente Cuba no está dispuesto a aceptarlo, pero al mismo tiempo hay que ver si podrá esquivar un viaje de tránsito de Moscú a Caracas sin pasar por La Habana. Teóricamente este tránsito no comprometería demasiado al gobierno de la isla, ya que dicha parada no implicaría una entrada en territorio cubano, pero no por ello dejaría de ser aprovechada por los legisladores cubanos cubanoamericanos para enfatizar una complicidad de la Plaza de la Revolución con los enemigos de Estados Unidos.
Por lo pronto, más que el valor de la denuncia, lo que impera es tanto el rejuego político de los mencionados países latinoamericanos como la hipocresía de Europa, ante un programa conocido y admitido —a veces con complacencia, otras a regañadientes— como resultado de la amenaza terrorista y en concreto con la situación creada tras los ataques del 9/11. Lo demás es show mediático, ganancia para la prensa y oportunidad para destacarse gritando o escribiendo contra el “imperialismo yanqui” en momentos en que la realidad ha terminado por imponer la necesidad de priorizar la seguridad por encima de la libertad individual, los derechos ciudadanos y el respeto a la privacidad.
Hay sin embargo un hecho que debe señalarse, y que el destape provocado por Snowden ha servido para enfatizar de nuevo una característica del actual gobierno estadounidense y en especial del presidente Barack Obama: que en Washington y en la Casa Blanca en particular sigue imperando un concepto de compromiso moral que depende y se fundamenta en las circunstancias existentes. No es que Obama sea George W. Bush, pero en cierto sentido no le queda más que parecérsele.
Fue Max Weber quien definió la existencia de dos formas de conducta moral, a la hora de enfrentarse a las acciones humanas “éticamente orientadas”. Una es la que caracteriza al hombre de convicción, que dice lo que piensa y hace lo que considera correcto, sin detenerse a medir las consecuencias. La otra es propia del hombre responsable, que ajusta sus convicciones y principios a una forma de actuar donde se tiene en cuenta las consecuencias de los actos, donde un objetivo de largo alcance justifica un adecuarse al momento y permite sacrificar los ideales a un logro momentáneo. Hay que añadir que para Weber ninguna de las dos morales era superior a la otra, sino que más bien respondían a la labor del individuo. Mientras la primera suele encontrarse en intelectuales, e incluso en funcionarios capaces de anteponer sus convicciones a su cargo, la segunda resultaba, por lo general, propia de mandatarios.
El problema con Obama es que, en el momento singular de su primera campaña por la presidencia estadounidense, brindó la imagen de ser un aspirante al poder que era capaz de no claudicar en sus principios. En ello se fundamentó, en gran medida, que se convirtiera no solo en la esperanza para los votantes de este país—en medio de una época de profunda crisis económica, pero también de los fundamentos de la sociedad estadounidense— sino para los ciudadanos europeos y del resto del mundo.
En marzo de 2008, el entonces aspirante a la nominación demócrata para la elección presidencial realizó un discurso que fue catalogado de “histórico” hasta por sus adversarios. Obama analizó el problema racial en Estados Unidos de una forma brillante, pero que en las encuestas de entonces significó una baja de popularidad. El mismo lo advirtió con sus palabras. Se trata de elegir entre continuar siendo engañados, desviados de los temas que realmente afectan la vida de los ciudadanos de esta nación. Al final, como el mismo reconoció, es posible que la lid presidencial de entonces no resultara elección clave, ni la próxima ni la siguiente. Pero esto no iba a impedir que los problemas a los que se refirió el entonces senador por Illinois continuaran siendo vigentes y apremiantes. Al final, Obama ganó la elección —y volvió a ganar otra— pero ese estilo de tomar el “toro por los cuernos” cada vez más ha abandonado su forma de actuar en la Casa Blanca. Por factores objetivos, circunstancias de momento y necesidad de compromisos, su mandato no se puede catalogar de malo, pero tampoco se puede eludir que ha decepcionado.
Esta decepción no solo está presente en los problemas raciales que siguen vigentes en esta nación, como se demuestra con las consecuencias del veredicto de inocencia al exvigilante George Zimmerman por la muerte de Trayvon Martin —aunque es imposible cambiar al país en un corto plazo y hay que añadir que hasta el momento no se han producido disturbios racionales— sino también en la incapacidad del gobierno para lograr un mayor control de las armas de fuego, la situación de la prisión en la base naval de Guantánamo y muchas otras situaciones que no han cambiado en el país. Es probable que la clave esté en que quizá se depositaron demasiadas esperanzas en Obama.
El programa de escuchas y el espionaje estadounidense entra de lleno en esa expectativas de cambio no logradas por el actual gobierno norteamericano. No se trata de negar, de forma absurda, la necesidad de un mayor escrutinio debido a la amenaza terrorista. Son los excesos, que se repiten impunemente, lo que ha vuelto a provocar rechazo.
No hay duda que esta nación tiene el derecho –y el gobierno tiene el deber— de hacer todo lo posible para frenar las actividades terroristas. Lo que no resulta aceptable es que se mantenga la actitud, impuesta durante la presidencia de George W. Bush, de ampararse en la amenaza de nuevos ataques para justificar cualquier limitación a las libertades ciudadanas.

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