¿Y qué hizo Chávez para merecer un instituto?



¿Dónde está el libro? ¿En qué lugar se encuentra la cuartilla? ¿Existe un pedazo de bolsa de papel, una tarjeta amarillenta, un garabato que recoja el pensamiento del desaparecido presidente venezolano Hugo Chávez? No. Si Nicolás Maduro acaba de crear el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Hugo Chávez, no solo se empeña en un título pomposo y carente de sustancia, sino que pretende la edificación de una institución que solo servirá para la corruptela típica de su gobierno. Lo demás es ruido y rumor, bullicio de esquina, gritería trasnochada.
De acuerdo a Maduro, la institución tendrá a su cargo el “ejercer la rectoría para profundizar el estudio y la difusión del pensamiento y los valores” del líder de la autoproclamada Revolución Bolivariana.
¿Y qué hizo Chávez para merecer eso? La pregunta se refiere no al hecho de ganar elecciones, ejercer el poder o controlar la producción petrolera del país. Porque de lo que se trata es de estudiar el pensamiento, las ideas del fallecido. ¿Dónde están esas ideas? Pues en realidad en parte alguna. Ese mejunje que se llama “Socialismo del Siglo XXI” no puede aspirar siquiera a ser considerado retahíla de nombres. Es simplemente una frase vacía, una amalgama con la cual intentó acuñar su sistema de gobierno e ideología.
Porque si algún legado contiene el chavismo, es ser una idolatría típica latinoamericana, que no llega a mucho y es incapaz de acciones decisivas.
Chávez, que siempre se creyó el continuador de Simón Bolívar e imitó a Fidel Castro hasta en el enfermarse, fue sólo la versión masculina de Eva Perón. Mucha fanfarria y poca esencia. Migajas a los pobres y delirios de grandeza. Un carisma que obedece a circunstancias políticas e históricas, y gestos altisonantes.
Al igual que con Evita, un cáncer se interpuso  en una carrera política marcada por baños de multitudes.
Sin embargo, a diferencia de Eva Perón, que siempre fue el poder tras el trono, alguien a quien acudir en busca de favores, un medio para llegar al jefe, Chávez representó la versión actualizada del caudillo.
Si de alguna forma se puede categorizar a Chávez, es en la figura del mandamás, quien recibía los reclamos, las súplicas, las peticiones simples y absurdas; una persona caprichosa y volátil, despiadada e injusta: un ser humano que actuaba con la omnipotencia de un dios y aspiraba a convertirse en mito, a continuar cercano y presente en Latinoamérica con un mandato  hasta el 2030, año en el que se cumplen 200 años de la muerte de Simón Bolívar.
El nuevo instituto será, sobre todo, un centro de corrupción. El hermano mayor de Chávez, Adan, actual gobernador de Barinas, estado natal del fallecido mandatario, es el director de la institución.
Como viene haciendo con otros familiares de Chávez —las hijas de éste aún en la casa presidencial—, Maduro prosigue con su táctica exitosa de comprar a los parientes. Va mucha distancia entre el Adán Chávez, que alguna vez se pensó sucedería a su hermano, y este de ahora.
No se sabe si este nuevo centro sustituirá o absorberá al Centro Internacional Francisco de Miranda, que hasta ahora se ha encargado de intentar ofrecer un sustento ideológico al proceso venezolano.
Por lo pronto, lo único que parece probable es que el centro será utilizado como un instrumento de control.
“Necesitamos ordenar correctamente los homenajes que se le rinden al comandante Hugo Chávez y someterlo a un plan, y no de manera anárquica”, dijo Maduro.
Así que de ahora en adelante habrá todo un centro dedicado a decidir si se pone o no el nombre de Chávez a una calle. Lo demás, encontrar el escondido y profundo pensamiento del fallecido, es cuestión de tiempo. Ese tiempo que se va entre discurso y discurso, acto y banquete, viaje y recepción. Quizá ya hay algún académico cubano, residente en la isla, pensando en alguna tesis.

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