martes, 20 de agosto de 2013

Disidencia entre el dicho y el hecho



Al igual que el embargo, como ocurrió con las incursiones armadas y los actos de sabotaje, de la misma forma que viene sucediendo en la arena internacional, la política de Washington hacia la disidencia es un fracaso.
Nacida con total independencia de Washington, la disidencia conforma un cuerpo heterogéneo, y hasta cierto punto amorfo en la actualidad. Pero en cuanto a imagen en el exterior, siempre enfrenta igual problema: mientras algunas de las organizaciones más conocidas no reciben fondos de Washington, el argumento del dinero sirve para demonizarlas a todas. Al mismo tiempo, el tratar de silenciar las críticas respondiendo que sirven a los fines de La Habana es repetir la vieja táctica de aprovecharse de la conveniencia política para obtener objetivos personales.
El tema de la ayuda a la disidencia gira más sobre el mal uso de los fondos que alrededor de las necesidades que cubren. No se trata de convertir en un pecado el aceptar dinero del exilio, pero cuando éste proviene de un gobierno, no sólo existe siempre la sospecha de que “quien paga manda”, sino el peligro de injerencia extranjera.
La amenaza de una excesiva dependencia política al dinero norteamericano no ha provocado ni un rechazo generalizado por parte de la oposición en la isla, ni una respuesta emotiva y efectiva en el exilio. No hay el intento de suplantar con fondos cubanos la mayor parte del dinero destinado a los afanes democráticos en Cuba, lo que no niega que organizaciones privadas realicen envíos. Vale la pena reflexionar acerca del papel que desempeña una disidencia que depende de los fondos del gobierno norteamericano para existir y de las emisoras de Miami para hacerse conocer.
Si bien el régimen de La Habana es incapaz de crear un programa de desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, sí ha logrado mantener al pueblo bajo el régimen de una economía de subsistencia. Ni el desarrollo ni la miseria extrema generalizada en tiempo y espacio.
Mientras la disidencia pudo en un momento enfatizar sus demandas sobre las diferencias en los niveles de vida, incrementados en los últimos años, en su lugar encaminó el discurso hacia la lucha por una alternativa política y reclamos en favor de la libertad de expresión. Este esfuerzo se vio afectado por la represión en Cuba, pero tuvo una amplia repercusión internacional. La situación, sin embargo, ha derivado hacia un panorama en que elementos dispersos y contradictorios contribuyen al statu quo: en la actualidad a la disidencia y oposición se le conoce mejor por “lo que le hacen” que por “lo que hace”.
Al tiempo que la represión en la isla no ha disminuido, y que se hace necesario mantener la denuncia de los abusos que se cometen con frecuencia, los diversos planes divulgados durante años por los grupos opositores no han pasado en su mayoría de simples declaraciones.
Desde hace décadas no se conoce en Cuba un plan político como el Proyecto Varela, que pese a sus limitaciones fue capaz de movilizar a un sector de la población y presentar una alternativa dentro del mismo marco establecido  por el gobierno de la isla.
De ahí que resulte desatinada y falta de pudor cualquier comparación desde Miami, entre el papel del movimiento disidente cubano y la función que desempeñaron en su momento organizaciones como Solidaridad en Polonia.
La discrepancia entre la proyección internacional de la oposición en Cuba y su bajo relieve en la isla ha sido un factor que ha contribuido a perjudicarla por vías diversas. Pero donde los opositores han resultado más afectados es en la repetición de errores por parte de Washington.
Tanto cuando financió la lucha armada contra Castro como cuando apoyó la vía pacífica, Estados Unidos ha impuesto no sólo su ideología sino también su política.
Una política que ha beneficiado solo a unos pocos y dañado el prestigio de la disidencia.

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