domingo, 25 de agosto de 2013

Dos Cubas



La noticia apareció la pasada semana, con el regreso de los escolares de Miami a las aulas. Miles de niños residentes en esta ciudad habían pasado parte o la totalidad de sus vacaciones en Cuba.
La cifra puede resultar imprecisa, pero el dato no es anecdótico. No se trata de una familia aquí y otra allá. Las agencias de viaje tienen información sobre un aumento del número de niños viajando solos a la isla. Por requerimientos federales, estos pequeños requieren atención especial y han tenido que aumentar, en algunos vuelos, el número de azafatas.
Tampoco se trata de un fenómeno reciente y hay testimonios de años anteriores, que indican que los padres han preferido que sus hijos vayan de visita a Cuba, con tíos y abuelos, mientras ellos disfrutan de un par de meses de mayor privacidad y tiempo disponible para la pareja.
Las ventajas enunciadas siempre han sido las mismas: menor costo, mayor seguridad y la posibilidad de compartir con familiares en la isla, de acuerdo a un reportaje de Rui Ferreira en el diario español El Mundo.
Se puede argumentar y discutir sobre estas ventajas, pero lo que queda claro es que se trata de una nueva opción que en buena medida sirve de ejemplo a la hora de caracterizar la realidad de la comunidad cubana en Miami: las fronteras entre esta ciudad y la isla son cada vez más porosas.
A esto se une el hecho de que la cantidad de cubanos que han dejado su país se incrementó con fuerza en los últimos años. El éxodo ha alcanzado niveles no vistos desde 1994, cuando decenas de miles se lanzaron al mar en balsas.
Con el Departamento de Estado extendiendo la duración de la mayoría de las visas de visitantes para los cubanos de seis meses a cinco años —permitiéndoles por lo tanto realizar múltiples viajes a este país en ese período— y la flexibilización llevada a cabo en enero por el régimen cubano, con un alivio importante a las restricciones para que sus ciudadanos viajen al extranjero, se han introducido cambios en la política migratoria de ambos países, que podrían ser utilizados para facilitarle a los cubanos no solamente los viajes, sino el poder quedarse a trabajar en Estados Unidos por un tiempo y volver a la isla cuando quieran.
En los últimos cinco años, los cubanos han estado emigrando a un promedio anual de 39,000 personas, el promedio más alto en un periodo similar desde los primeros años de la llegada de Fidel Castro al poder.
Este éxodo masivo y silencioso está conformando un nuevo panorama en el exilio, donde los conceptos de temporalidad e indefinición de fronteras cobran nuevos significados e importancia.
Por supuesto que esa brigada de respuesta rápida que mantienen algunos cubanos que viven en Estados Unidos ya ha redoblado la petición de que se debe revisar las solicitudes de residencia y naturalización de esos padres y colocarlos en listas para ser deportados. Si la estulticia no fuera tan enorme entre quienes así comentan, deberían ser considerados simplemente malvados —¿y por qué no?, lo son—, al igual que es malvada e idiota la respuesta rencorosa de quien le echa la culpa de todo a la actual administración y suspira por un próximo presidente de Estados Unidos que reduzca al mínimo o elimine viajes y remesas.
Entre la ira estéril y el reclamo plañidero se debaten quienes quieren imponer una categoría de exiliados que, para empezar, ellos no practican, ya que se limitan al comentario refrigerado y la algarabía soez. La Ley de Ajuste Cubano no es una medida destinada al otorgamiento de asilo político. Quienes se han beneficiado con ella pueden escoger si viajan a Moldavia o a Cuba después de un año y un día de residir aquí. Es simplemente una elección personal. Lo demás es cuestión de conseguir visa.
Hay una Cuba a la que viajan con frecuencia quienes residen en Miami. Hay otra, de la que han comenzando a llegar —también con frecuencia en aumento— los disidentes y opositores. Ambas son válidas y destacar una por encima de la otra es en buena medida una decisión de cada quien.
Como un ritual característico de esta ciudad, estos disidentes y opositores visitan estaciones de radio y televisión, hacen declaraciones a la prensa escrita. Llama la atención que en lo fundamental destaquen “lo que les hacen” —es decir, la represión que sufren— y no “lo que hacen”, porque en esto último los resultados continúan siendo pobres, por no decir nulos.
Mucha represión, es cierto, pero también desinterés y abulia generalizados en la población cubana, que sigue apostando por la partida como la mejor opción para un regreso temporal que permite el paso de humillado a exaltado. Y así transcurre la vida para la comunidad cubana en Miami: mientras unos se entretienen oyendo a los disidentes, otros simplemente preparan las maletas aquí y allá.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 26 de agosto de 2013.

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