domingo, 4 de agosto de 2013

El escape



Además de la materialización de un anhelo y un cambio total de vida, el emigrar define no sólo al individuo sino a su nación de origen. En lo que respecta a los cubanos, a través de los años ha ocurrido una transformación paulatina ―amplia y profunda al mismo tiempo― de la forma en que se percibe a quienes llegan de la isla.
Vale la pena analizar brevemente el cambio en la representación del inmigrante, una simbología que ha evolucionado del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano; de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones ―o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones― a los guardafronteras persiguiendo las lanchas rápidas de los contrabandistas. Y aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido en parte su justificación política. Es vista ahora ―en el mejor de los casos― como un drama familiar, al tiempo que es condenada por muchos que, por los medios más diversos, siguieron un camino similar con anterioridad.
Este esfuerzo que se ha llevado a cabo con éxito en los últimos años, para poner fin a la inmigración ilegal y acabar con el contrabando humano, responde no sólo a los intereses fronterizos y de estabilidad nacional de Estados Unidos ―así como a la necesidad de frenar una actividad delictiva―, sino que también avanza en la elaboración de una política migratoria respecto a Cuba de cara al futuro, cuando llegue el día en que los cubanos perdamos gran parte de nuestros privilegios a la hora de emigrar, debido a un cambio político en la Isla. No más el proclamar la llegada a “tierras de libertad” como salvoconducto de entrada.
Por encima de cualquier etiqueta política que identifique a quienes ocupan la Casa Blanca y el Congreso, con respecto a Cuba y desde el punto de vista migratorio, Estados Unidos no ha hecho más que proseguir el camino ya iniciado a mediados de la década de 1990, en que al tiempo que se estableció la devolución de los cubanos, y se convirtió a la fuga en un doble escape ―de las autoridades norteamericanas en alta mar además de las cubanas en mar y tierra―, se empezó a observar el fenómeno migratorio, por parte de los propios exiliados cubanos, de forma similar al existente en otras naciones —México, Haití, Latinoamérica en general—, al considerar a los recién llegados―y al considerarse éstos también en muchos casos― como inmigrantes económicos.
Durante muchos años la política migratoria ha sido utilizada como un instrumento político, por parte de EEUU y Cuba. Dos países disímiles unidos por un problema común, mientras miles de desesperados continúan buscando un destino mejor.
La Ley de Ajuste Cubano —promulgada en 1966, durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson— se fundamenta en que los cubanos no pueden ser deportados, ya que el Gobierno de La Habana no los admite, que en cualquier caso estarían sujetos a la persecución y que en la isla no existe un gobierno democrático. Aunque en Cuba continúa en el poder no solo un gobierno dictatorial sino que en el país impera un sistema totalitario, algunas condiciones han cambiado y en la actualidad imprimen un nuevo matiz a la situación. En especial la frontera Cuba-Miami se ha vuelto más porosa: los cubanos residentes en la isla no solo tienen mayores posibilidades de viajar a esta ciudad y hacerlo reiteradamente sino que existe la posibilidad de que un cubano adquiera la residencia en Estados Unidos y luego pueda viajar de regreso a la isla, residir por un tiempo allí —ya que no son decomisados sus bienes y vivienda cuando parte al exterior— y volver a viajar al exterior.
Al mismo tiempo, la abolición de esta ley es el reclamo preferido y constante de los funcionarios cubanos, durante las diversas reuniones migratorias llevadas a cabo entre Washington y La Habana. Durante su gobierno, el expresidente Bill Clinton logró darle un rodeo a la ley, con la política de pies secos/pies mojados y el acuerdo con Castro de que los inmigrantes devueltos no serían perseguidos y podían regresar a sus casas.
Cuando en julio del 2004 se promulgaron las medidas que limitaban los viajes familiares y las remesas a la isla, salió a relucir el argumento de que quienes iban a Cuba lo hacían fundamentalmente por motivos económicos. En apoyo a las restricciones, los propios miembros de la comunidad exiliada, que defienden a ultranza la medida, recurrieron al argumento de negarles a la mayoría de los cubanos llegados en los últimos años la categoría de perseguidos políticos.
Tras la llegada de Barack Obama al poder, y luego de la flexibilización de los viajes y las remesas a la isla, hubo un nuevo intento de darle marcha atrás al reloj y restablecer las restricciones promulgadas por el  expresidente George W. Bush. Entonces el mismo argumento volvió a relucir: los recién llegados que a la menor posibilidad viajaban de visita a Cuba no eran verdaderos refugiados políticos. Con cierta envidia en el tono de voz, con indignación provinciana e ínfulas inquisitoriales, se volvió a escuchar que quienes viajaban a la isla iban a la búsqueda de placeres sexuales baratos o con el objetivo pueril de vanagloriarse con dinero sacado de las tarjetas de crédito. De nuevo se afirmó que quienes llegaron primero eran los verdaderos exiliados políticos, y quienes llegaban ahora constituían simples inmigrantes económicos. Pero los intentos de una marcha atrás en lo que respecta a viajes y remesas han fracasado. La realidad ha sido todo lo contrario: cada vez más visitantes, más recién llegados y más viajes a Cuba. Por otra parte, esta realidad también ha servido para destacar una certeza: la inmigración cubana actual es en buena medida una inmigración económica, pero no por ello deja de ser cierto también que el deterioro de las condiciones de vida en la isla obedece a una razón política.
Puede argumentarse que lo mismo ocurre en México, pero hay una diferencia fundamental. El ideal de cambio de gobierno en Cuba pasa por un cambio de sistema. A estas alturas, buscar un cambio de gobierno en cualquiera de los países latinoamericanos que enfrentan el problema de que sus ciudadanos buscan abandonarlo implica un conjunto de acciones y medidas que no conlleva a un cambio de sistema, salvo en la mente de los extremistas de izquierda nostálgicos. Incluso esa aberración que ha dado en llamarse “socialismo del siglo XXI” no ha dejado de ser, en la práctica, un capitalismo con demagogia y algarabía populista, que ha contado con petróleo en abundancia —a elevado precio gracias al mercado— para sustentar el despilfarro de planes sociales que indudablemente han traído cierto alivio a sectores necesitados, pero distan mucho de contribuir a sacarlos de su miseria. En el caso cubano ocurre lo contrario. Pese a la llamada “actualización”, el objetivo fundamental de quienes están al mando es perpetuar una forma económica y social y obsoleta, que sólo en Cuba y en Corea del Norte se mantiene en pie.
A veces cargada de ironía, otras cómica o trágica, la obsesión de escapar del régimen castrista no deja de manifestarse a diario. Imposible apartar la anécdota de los motivos; la astucia y el engaño de la desesperación y la angustia; la esperanza del fracaso. Pero siempre es una historia triste.

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