viernes, 16 de agosto de 2013

El exilio y la repatriación de cubanos en Bahamas



El gobierno de Bahamas terminó repatriando a 24 inmigrantes cubanos, entre ellos ocho a quienes se les había ofrecido asilo en Panamá, y anunció que otros ocho cubanos serán devueltos a la isla en cuestión de días. Es una noticia triste, porque debido a las dificultades y trabajos sufridos, y al hecho que constituyen una cifra reducida, una solución humanitaria hubiera sido lo mejor para todos.
Un post anterior, Mal negocio, en este blog advertía que la dirección que había tomado la protesta de los exiliados en Miami, por el mal trato dado a los inmigrantes procedentes de Cuba detenidos en Bahamas, amenazaba con convertirse en un diferendo entre esta ciudad y el país caribeño. Mal negocio —en el sentido específico y más amplio del término— que la polémica se encaminara en esa dirección, se apuntaba entonces y hoy los hechos lo comprueban.
Aunque se trata de una situación aún cambiante, hay varios aspectos que merecen analizarse.
En primer lugar, hay que tomar en consideración una situación que no es nueva. Los cubanos detenidos en Bahamas, que en resumidas cuentas solo buscan una vida mejor —en lo que no se diferencian de otros inmigrantes ni de quienes llevamos varios años aquí— son a la vez víctimas de una dualidad legal y hasta moral: si en lugar de llegar allí hubieran sido interceptados por un guardacostas estadounidense, los habrían devuelto a la isla.
Desde hace años no se producen protestas en Miami por esas devoluciones. Si en un primer momento la protesta se refería fundamentalmente a malos tratos recibidos, después se trató de buscar una solución más amplia, que contemplaba el traslado a otros país, y en la que estaba implícita la posible entrada en este país, que en resumidas cuentas es el objetivo de los inmigrantes. Pero la negociación con el gobierno de Bahamas resultaba especialmente delicada en lo que respecta a un punto: Nassau había admitido unos inmigrantes ilegales, que de ser interceptados en alta mar por Estados Unidos hubieran sido repatriados de inmediato.

Por otra parte, los aspectos en que tradicionalmente se han fundamentado los reclamos del exilio cubano, en lo que respecta a las diversas situaciones ocurridas con inmigrantes en este país y otros, han cambiado fundamentalmente.
El argumento de que se trata de refugiados, que huyen en busca de libertad, es muy difícil de sostener  frente a otras naciones (aunque no ha perdido por completo realidad). Por lo común se tiende a considerar a los cubanos como otros inmigrantes más.
La continuidad del problema durante décadas, y lo que implica en cuanto a cifras de refugiados, ha traído como consecuencia una saturación .
A todo esto se une que los países buscan soluciones más definitivas ante problemas de este tipo, y no salidas de momento, que en resumidas cuentas era lo que se negociaba desde el exilio. Muy bien, se resuelve el problema de estos inmigrantes cubanos, debe haber pensado el gobierno de Bahamas, pero ¿y los que lleguen mañana?
Así que lo más pertinente, para los intereses bahameños, debe haber sido buscar una solución similar al acuerdo entre los gobiernos de México y Cuba. Desde que se anunció la presencia en La Habana del ministro de Exteriores e Inmigración de Bahamas, Frederick Mitchell, era de esperarse que los inmigrantes serían devueltos a Cuba.
Precisamente había sido Mitchell quien se quejara, en una declaración por escrito enviada a El Nuevo Herald, de la protesta del exilio: “Es reprensible que Bahamas esté siendo atacada de este modo, aparentemente con sanción oficial. Es simplemente atroz”.
Luego había agregado: “Si quieren que estos detenidos estén en Estados Unidos deberían utilizar su influencia para que sean devueltos a Estados Unidos. Si las autoridades estadounidenses aprueban esto, podemos soltar a los detenidos mañana mismo”, agrega el documento.
Porque no solo Washington no mostró interés alguno en el asunto —más allá de las gestiones y comentarios de los legisladores cubanoamericanos— sino que desde hace años —aquellos comprendidos en tres administraciones estadounidenses, dos demócratas y una republicana— viene devolviendo a Cuba a los inmigrantes ilegales cubanos que no logran pisar tierra firme.
Lo ocurrido en Bahamas demuestra, una vez más, el deterioro del carácter “único” que el exilio cubano mantuvo por décadas —aunque esta unicidad se mantiene en gran parte gracias a la Ley de Ajuste Cubano—, así como el cambio de percepción, sobre el inmigrante cubano, que se manifiesta incluso en Miami.
En esta ciudad desde hace años hubo una evolución del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano; de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones —o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones— a los guardafronteras persiguiendo las lanchas rápidas.
Aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido su justificación política, vista ahora en el mejor de los casos como un drama familiar y condenada por muchos que por los medios más diversos siguieron un camino similar.
Irse de Cuba de forma ilegal en la mayor parte de los casos ya no es contemplado como un desafío a las leyes del régimen castrista ni se considera un escape de la tiranía; es sencillamente una violación de las fronteras de Estados Unidos, un asunto familiar y un delito.
Sólo un cambio tan notable de percepción sobre el inmigrante cubano (la palabra balsero abandonada ante la presencia o la ausencia de embarcaciones más poderosas utilizadas para la fuga) explica que las nuevas medidas migratorias, puestas en práctica durante el gobierno de Bill Clinton —tras la “Crisis de los Balseros”, se consideran sólo en uno de sus aspectos: como normas cuyo principal objetivo es poner fin al contrabando humano, y no se hiciera mención a otra característica que conllevaron: cerrar una vía de escape a la situación imperante en la isla. Es la famosa ecuación “pies secos/pies mojados”: empapar a todos los que aspiran a inmigrar ilegalmente; tratar por todos los medios de que nadie se pueda secar en la arena de las playas del sur de la Florida.
Este esfuerzo para poner fin a la inmigración ilegal y acabar con el contrabando humano responde no sólo a los intereses fronterizos y de estabilidad nacional de Estados Unidos, así como a la necesidad de frenar una actividad delictiva, sino que también avanza en la elaboración de una política migratoria respecto a Cuba de cara al futuro, cuando llegue el día en que los cubanos perdamos gran parte de nuestros privilegios a la hora de emigrar, ya sea debido a un cambio político en la isla o por modificaciones en las normas que en la actualidad permiten la permanencia en el país de cualquier cubano que entre de forma legal.
Las medidas continúan el camino ya iniciado a mediados de la década de 1990, en que al tiempo que se estableció la devolución de los cubanos, y se convirtió a la fuga en un doble escape, de las autoridades norteamericanas en alta mar además de las cubanas en mar y tierra, se empezó a observar el fenómeno migratorio, por parte de los propios exiliados cubanos, de forma similar al existente en otras naciones —México, Haití, Latinoamérica en general—, al considerar a los recién llegados, y al considerarse éstos también en muchos casos, como inmigrantes económicos.
En este sentido, lo ocurrido con los inmigrantes cubanos en Bahamas no pasa de ser un incidente menor, fundamentalmente para la atención de la prensa local, y sin trascendencia alguna de tipo internacional.
Está por verse si alguien se toma en serio lo de decretar un boicot a los cruceros y viajes a las Bahamas, pero si esto ocurre, no le espera un destino mejor que otros intentos anteriores, contra productos mexicanos o españoles.
A diferencias de protestas ocurridas décadas atrás, las realizadas a favor de los detenidos en Bahamas no han pasado de algarabía, declaraciones a la prensa y gestiones infructuosas. No se trata ahora de cuestionarse las intenciones de quienes han llevado a cabo estos esfuerzos, sino simplemente de señalar su efectividad limitada. Una nueva lección para el exilio, cuando vale la pena evitar que la confrontación verbal se convierta en una triste feria.

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