viernes, 4 de octubre de 2013

Los orígenes



Los orígenes de lo que está ocurriendo en este país tienen una fecha: la noche del 2 de noviembre del 2004. Esa noche se jodió Estados Unidos. O al menos la nación como se había conocido tras la Guerra de Vietnam. No fue sólo de que el país cambió luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Las razones del triunfo republicano de entonces fueron más profundas: reventaban las últimas costuras que quedaban para intentar mantener la unión de una sociedad que desde mucho antes daba muestras evidentes de resquebrajamiento. Culminó la larga etapa en que el Norte se impuso sobre el Sur e impuso una coherencia progresista, industrial y civilizadora a territorios disímiles. La reelección de Bush demostraba que el estilo político del Sur —con su carga de ignorancia y atraso— era capaz de imponerse como fuerza predominante para regir los destinos de la que era entonces única superpotencia del planeta. No es caer en la idiotez de echarle toda la culpa a Bush, que al final ha resultado un moderado si se mira a los políticos del Tea Party. Fue una señal de alerta. Luego, con el triunfo de Barak Hussein Obama, hubo una vuelta a la esperanza, confirmada tras su reelección. Pero las fuerzas retrógradas, que se empecinan en hacer regresar a esta nación a la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, están actuando cada vez con mayor fuerza.

La noche que se jodió Estados Unidos

La noche del 2 de noviembre de 2004 se jodió Estados Unidos. O al menos la nación como se ha conocido en los últimos treinta y tantos años, tras la Guerra de Vietnam. No se trata sólo de que el país cambió luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Las razones para explicar el triunfo republicano son más profundas. Acaban de reventar las últimas costuras que quedaban para intentar mantener la unión de una sociedad que desde mucho antes daba muestras evidentes de resquebrajamiento. Culminó la larga etapa en que el Norte se impuso sobre el Sur e impuso una coherencia progresista, industrial y civilizadora a territorios disímiles. Se abre un nuevo período que puede desembocar en una guerra civil, el establecimiento de un estado totalitario de corte fascista y el renacimiento de una izquierda radical. Es posible que estas tendencias extremas nunca se materialicen, pero se ha ampliado la puerta que podría darles salida. A las puertas de la reelección de Bush, es el estilo político del Sur —con su carga de ignorancia y atraso, de la que no ha podido desprenderse pese al avance económico norteamericano— el que ha logrado imponerse como fuerza predominante para regir los destinos de la única superpotencia del planeta.
Basta contemplar un mapa de Estados Unidos para comprobar que el territorio está definido por líneas ideológicas que se han convertido en verdaderas fronteras. Al centro y al sur geográficos domina una mentalidad provinciana, aislacionista por principio, apegada al fanatismo religioso y hostil hacia la inteligencia. A lo largo de la costa oeste y al otro extremo —en la costa noreste— impera el cosmopolitismo, la tolerancia sexual y religiosa y el culto al conocimiento. Es un contorno delineado a brochazos, pero no carente de valor práctico a la hora de juzgar los resultados electorales del 2 de noviembre.
Lo primero que ha quedado demostrado es que los ocho años de gobierno del ex presidente Bill Clinton fueron un paréntesis, logrado por el carisma y la habilidad de un político astuto. La elección que demostró la verdadera tendencia nacional no llevó un nuevo mandatario a la Casa Blanca, sino una serie de legisladores al Congreso, y ocurrió en 1994, con el dominio republicano de ambas cámaras. Desde entonces nada ha sido igual. Hoy el Partido Republicano cuenta con una cifra de gobernadores estatales, senadores y representantes federales apenas imaginados hace cuarenta años.
¿Qué significa que los republicanos mantengan el control ampliado del Congreso, al tiempo que es casi segura la reelección del presidente George W. Bush? Pues que en los próximos meses y años serán nominados por el mandatario —y confirmados en el Capitolio— un gran número de magistrados que convertirán a la Corte Suprema y a las cortes estatales en organismos judiciales conservadores, que revertirán fallos y leyes en favor de los derechos de la mujer, las minorías raciales, los empleados y la protección ambiental. Las reducciones fiscales que benefician a las corporaciones y ciudadanos de elevados ingresos se harán permanentes, ampliándose en muchos casos. Los servicios sociales se reducirán como una justificación para reducir el déficit. La política inmigratoria será más estricta. Los programas de Bienestar Social serán privatizados en gran parte y la Asistencia Social limitada al máximo. La distinción entre la Iglesia y el Estado se volverá mas tenue y la protección del medio ambiente se verá doblegada ante los intereses corporativos. Los controles sobre la vida ciudadana se intensificarán. El presupuesto militar seguirá aumentando y la política internacional norteamericana se caracterizará por el aislacionismo y los planes hegemónicos.
Durante su primer período, Bush no se detuvo para poner en práctica una agenda de un marcado énfasis partidista, donde el fundamentalismo cristiano pasó a un primer plano, el secreto en la actuación gubernamental se convirtió en norma política y la  arrogancia en las decisiones no admitieron la menor vacilación y duda. Hizo todo eso y mucho más, pese a que su llegada a Washington estuvo marcada por una decisión cuestionable de la Corte Suprema. Es imposible imaginar que ahora —tras una victoria rotunda de su partido en el Congreso y a un paso de la reelección— cambie de actitud. No se puede negar que aquello por lo que ha sido criticado por muchos —empecinamiento, fervor religioso y aislacionismo en la esfera internacional— ha contribuido en gran medida a su victoria en las urnas.
Pese a que aún no ha concluido el recuento electoral, ya pueden señalarse dos factores que contribuyeron en una medida determinante al triunfo de Bush: logró venderse como el mandatario capaz de garantizar la seguridad del país y movilizó a la base de creyentes cristianos —quienes profesan diversos cultos evangélicos— que se unieron en una cruzada moral y religiosa en favor de un presidente que supuestamente está destinado única y exclusivamente a ejercer un poder terrenal.
El resultado de elegir al gobernante del país más poderoso del planeta valorando sólo su fe religiosa y una imagen de “hombre duro” contra el enemigo exterior no es un buen presagio para el futuro de Estados Unidos. Tanto la realidad de que la economía no acaba de despegar —y que la cifra de nuevos empleos no supera al número de despedidos— como el hecho de que la nación fue lanzada a una guerra bajo premisas falsas y el atolladero actual de la situación iraquí pasaron a un segundo plano, frente a la ignorancia, el fanatismo y el miedo,
De confirmarse el triunfo de Bush, en los próximos días se analizarán los errores cometidos por el senador John Kerry a lo largo de su campaña, el papel desempeñado por determinados grupos de votantes —como los hispanos en general y los cubanoamericanos en particular— y otras razones que posibilitaron que durante otros cuatro años continúe una administración que ha dado muestras de una incompetencia que hoy por hoy parece no preocupar a la pequeña mayoría que decidió que todo continuara igual, es decir peor.
Luego de todos esos análisis imprescindibles, será necesario valorar si el Partido Demócrata no debe imitar a Bush y abandonar la política de centro que tan buen resultado dio a Clinton. No cabe duda que este año el país no estaba preparado para un político más radical al estilo de Howard Dean. Durante los próximos cuatro años, Bush hará que esta situación cambie. Esta es la única esperanza que queda en estos momentos.
Este artículo apareció publicado en Encuentro en la red el 3 de noviembre de 2004.


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