domingo, 24 de noviembre de 2013

La marcha sin rumbo de la izquierda oficialista


En un artículo reciente sobre la polémica generada a partir del cierre de los cines privados en Cuba, el poeta y ensayista Víctor Fowler expresaba: “queda la amarga sensación de que la (vieja) retórica ha sido incapaz de elaborar algún discurso coherente para enfrentar a la (nueva) realidad”.
Retirado de circulación el discurso ideológico fundacional, quienes aún defienden el modelo cubano dan tumbos entre lo viejo y lo nuevo, incapaces de definir un rumbo.
Espero que no esté lejano el día en que esa izquierda cubana, oficialista o semioficialista, pueda actuar libremente y echar por la borda a Lenin.
Cuando pueda reconocer que la teoría y la práctica política del fundador de la desaparecida Unión Soviética tenía por objetivo crear un estado totalitario habrá dado un paso de avance.
Hasta entonces, se quedará en los márgenes, elaborando artículos para consumo fuera de la isla, mientras se mantiene cómplice de un régimen que niega las libertades más esenciales.
Poco hay que buscar en el llamado “socialismo del siglo XXI”, que postulaba el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez. Me cuesta trabajo admitir que las referencias al legado de Mao Tsedong en China y de Ho Chi-Minh en Vietnam que a veces citan signifiquen algo más que citas circunstanciales.
Quienes favorecen la idea de un gobierno socialista para Cuba cuentan con ejemplos suficientes en Europa, sin necesidad de recurrir al “fantasma de Stalin” para cargarlo de culpas y tratar de reinventar un pasado sin errores.
El modelo político-económico creado por Lenin fue no sólo un fracaso sino una aberración histórica. Pretender salvarlo es imposible. Su negación no es la negación del socialismo, o de un sistema que otorgue la prioridad necesaria a la justicia social.
Comprendo las dificultades que tienen los legítimos pensadores de una izquierda cubana a la hora de plantear estos problemas.
Hay dos aspectos claves sobre los que se definirán el futuro cubano: mejoramiento de vida de la población y libertad ciudadana.
Una gran interrogante es si los dirigentes cubanos cuentan con la capacidad y el valor necesarios para buscar una solución a estos problemas, tras la desaparición de los hermanos Castro. Otras preguntas tienen un alcance más largo. Queda por ver si el destino que aguarda a la isla es el restablecimiento de la democracia o algo similar a lo que ocurre en la  Rusia actual.
Aunque en ocasiones formulan críticas válidas sobre la situación imperante en Cuba,  los intelectuales orgánicos que aún quedan rezagados en la isla formulan sus opiniones dentro de un fárrago dominado por una retórica  caduca y maniatados por las cortapisas ideológicas.
Algunos por formación y otros por conveniencia, parecen condenados al uso y abuso de los modos de pensamiento y escritura que caracterizaron los años en los que en Cuba imperó un mal llamado análisis marxista o dialéctico de las situaciones, que en la mayoría de los casos se limitaba a explicaciones de acomodo. Ello es patente en el recurrir constante a las citas de autoridad y el no olvidar los socorridos pretextos y justificaciones.
El defender un modelo de justicia social —que realmente nunca existió en Cuba tras el 1 de enero de 1959— no implica el suscribir propuestas agotadas. Se puede estar a favor de la educación gratuita, servicios médicos a la población y renglones económicos de propiedad estatal sin tener que andar con las obras de Marx y Engels bajo el brazo. Y mucho menos tener que salvar a Lenin y echarle toda la culpa a Stalin.
Los que creen que el problema cubano radica en la forma que se ejerció la propiedad estatal de los medios de producción continúan transitando el camino equivocado. Colocar todos los recursos económicos de una nación en manos del Estado no resuelve los problemas sociales, sino que los aumenta. Hay que buscar soluciones alejadas del tipo de capitalismo o “caudillismo” de Estado que en la actualidad impera en Cuba.
Tras el pensamiento y las acciones del actual gobernante cubano no subyace otra ideología, sistema filosófico, social o político, que una retórica, un discurso de énfasis, gestos y lugares comunes, que sabe adaptarse tanto a la grandilocuencia dramática como a la sutil modestia y la ignorancia estudiada, y que trata de sacar provecho tanto de las desigualdades sociales como de apelar a los aspectos más irracionales de la conducta humana.
Adoptar este punto de vista no sólo evita los desaciertos cotidianos de discutir si resulta más adecuada una política de cambio bajo presión o sin presión. También facilita la saludable falta de esperanza de no buscar a diario señales de tolerancia o de avances hacia una economía de libre mercado en Cuba.
Tratar de conservar las ruinas del llamado “socialismo cubano” y edificar sobre ellas un futuro mejor para la nación es un ejercicio estéril: no se puede salvar lo que nunca existió.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Cuba y el ajiaco ideológico


El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos ideológicos y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa realidad al propósito único de conservar el poder.
Una visitante reciente a la isla se expresaba en estos términos, al referirse al proceso de “actualización” del régimen: “la falta de mensajes oficiales que orienten sobre el proceso o expliquen el significado de los mismos, hace pensar en la falta de un proyecto integral concreto. De hecho más que ideologización ‘orientadora’, para dirigir el proceso, como cabría suponer en un régimen autoritario, hay una completa desideologización”.
Sin embargo, lo que a los ojos europeos de la profesora española Sonia Alda es un vacío que “solo puede generar desorientación y desconcierto” —según escribió en un agudo artículo publicado en Infolatam— en la práctica cubana es un acomodo que un día avanza y otro retrocede, pero siempre busca conservar el poder.
Contrario a lo esperado por algunos, el agotamiento ideológico del modelo marxista-leninista no desembocó en un desmoronamiento del sistema.
Si quienes viven bajo las ruinas del socialismo cubano son sujetos moldeados por una época en que se produjo una amplia distribución de algunos derechos sociales —como tener un trabajo asegurado y el acceso gratuito a los servicios de salud y educación— que con los años experimentaron un cada vez mayor deterioro, son también ciudadanos con un precario entrenamiento para ejercer derechos civiles y políticos, o en general poco preparados para asumir riesgos a la hora de obtenerlos.
El gobierno de La Habana ha hecho todo lo posible por mantener esa condición, timoneando de acuerdo al momento pero sin soltar el control del rumbo.
En lo que se refiere al aspecto cultural e ideológico, en los años previos al mandato de Raúl Castro el régimen mantuvo dos maniobras para tratar de encaminar el deterioro ideológico: el nacionalismo posmarxista, adoptado como elemento fundacional del proceso, y la despolitización de escritores y artistas.
Luego, en los últimos años, ha sido capaz de prescindir de ambos o relegarlos al “departamento de asuntos sin importancia”.
Una maniobra puesta en práctica durante la última etapa de Fidel Castro al mando de los asuntos diarios del poder, pero que se vino a emponderar con el gobierno de Raúl y a partir de la “guerrita de los emails”, se ha caracterizado por la transformación definitiva del “intelectual orgánico” en un creador hasta cierto punto neutral, en lo que respecta a una militancia política activa, aunque fiel guardador de los “valores patrios”.

Al dar muestras de agotamiento el nacionalismo católico, a comienzos de este siglo, algunos de los portavoces de la ideología oficial iniciaron un desplazamiento hacia el llamado “socialismo del siglo XXI”, propuesto por Hugo Chávez en Venezuela.

El problema con esos cambios oportunos —o menor, oportunistas— fue que, desde el punto de vista teórico y fundacional, carecían de solidez y solo sirvieron de espejismos al uso para justificar un acercamiento al poder o al dinero. A ello hay que agregar que, como el lugar que antes ocupaba la teoría lo comenzaron a llenar los medios masivos, el debate se ha permeado de mezclas absurdas.

De esta forma, el intentar montar en el mismo carro a Bolívar y Marx, en el mal llamado "socialismo del siglo XXI", no ha resultado más que un disparate que solo unos pocos intelectuales han tratado de justificar.
Si bien para sostener estos ajiacos ideológicos, por momentos el régimen de La Habana ha necesitado tanto controlar la lectura como la escritura, también se ha percatado de la existencia de cierta permisividad inofensiva, que no afecta su capacidad de sobrevivir e incluso le brinda cierta publicidad adicional, sobre todo en el exterior.

Sin embargo, aunque se han producido avances en Cuba, al analizar los límites de la tolerancia no deja de imperar un panorama sombrío.
La razón de ello es que más allá de casos específicos, géneros mencionados y momentos históricos, aún el gobierno cubano, y los intelectuales que lo defienden, fundamentan su política cultural en una administración territorial de la creación y en practicar una aduana política, que permite pasar a unos y a otros no.
La publicación de ciertos libros, temas y autores marginados no es lo suficientemente fuerte como para romper la lógica de la exclusión.
Frente a este desmembramiento cultural e ideológico, en la actualidad se debaten varios proyectos en la isla, por parte tanto de esa intelectualidad que con diversos matices mantiene cierta cercanía con la posición oficial —hablar de colaboracionismo en la mayoría de los casos es exagerado— como  dentro de esa gama que comprende a la sociedad civil, disidencia, activismo y periodismo independiente, y cada vez es más amplio y complejo. Dichas posiciones merecen un artículo aparte.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 18 de noviembre de 2013.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Cartas de cabeza


Al rumbo lento, errático y por momentos confuso de los cambios en Cuba se ha añadido una nueva interrogante: los comentarios del presidente Barack Obama durante su visita a Miami el viernes pasado.
En primer lugar, hay al menos dos lecturas del evento, que aparecen más adelante.
Sin embargo, vale la pena enfatizar antes que las especulaciones van más allá de la reunión que el mandatario sostuvo con opositores cubanos, dentro de un encuentro más general con donantes para las campañas de su partido; una mezcla de declaraciones, buenos propósitos y dinero que a veces no resulta fácil conciliar.
Los hechos son simples. Obama viajó a Miami para varias de sus interminables cenas de recaudación de fondos.
Una de ellas se celebró en la residencia de Jorge Mas Santos, presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana (CANF).
Desde que por primera vez manifestara su aspiración a la nominación presidencial demócrata, Obama ha contado con el apoyo de la CANF, así que hasta aquí no hay nada nuevo.
Es más, la cena podría considerarse algo similar a otra realizada por los Estefan en abril de 2010.
En aquella ocasión Gloria y Emilio Estefan llevaron a cabo una cena de recaudación de fondos ($30,000 el cubierto para dos personas) y le plantearon al mandatario la situación de los derechos humanos en Cuba y la necesidad de apoyar a quienes estaban luchando en favor de la democracia en la isla.
En marzo de ese mismo año, los Estefan habían organizado una gran manifestación en Miami para condenar la muerte de Orlando Zapata y en apoyo a las Damas de Blanco.
Así que a primera vista esta nueva cena podría verse simplemente como un acto de continuidad, y nada más.
No es así.
En primer lugar porque en este segundo encuentro hubo algo ausente en el primero. La presencia de dos figuras que en la actualidad son claves dentro del movimiento opositor cubano: Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, y Guillermo Fariñas, portavoz de la Unión Patriótica de Cuba.
Mientras Gloria Estefan solo pudo mostrarle al Presidente un álbum de fotos con las Damas de Blanco y los actos de repudio en su contra, Jorge Mas Santos logró colocar junto a Obama a dos de los más destacados participantes en esas actividades.
Pero esa diferencia entre mostrar fotografías y conversar con los protagonistas de los hechos era posible ahora, en gran medida, por un cambio llevado a cabo por el gobierno de Raúl Castro. Y este hecho, fundamental, no escapó a Obama.
Así que tenemos una primera lectura, simple, inmediata y en buena medida publicitaria. El presidente de Estados Unidos se retrata con dos líderes de la oposición cubana, premios Sájarov ambos.
El hecho no deja de ser importante. El encuentro —que se extendió por alrededor de una hora— es una señal de apoyo a la oposición interna de una nación cuyo gobierno ha sido por décadas un enemigo ideológico y político de este país; con el cual se mantiene una situación de aislamiento, pero cuya confrontación —también por décadas— se ha limitado casi todo el tiempo a declaraciones y acciones legales, en el terreno de un embargo económico.
Se produce además por parte de una administración que ha sido acusada reiteradamente por este exilio de ser demasiado complaciente con el régimen de los hermanos Castro, y de realizar concesiones (flexibilización de los viajes y el envío de remesas de los cubanoamericanos) sin recibir nada a cambio, mientras La Habana mantiene encarcelado a un ciudadano norteamericano (Alan Gross).
Hay sin embargo, límites que señalar. El encuentro se produjo no en la Casa Blanca ni durante una visita oficial. Fue simplemente una reunión durante una cena de recaudación de fondos, en que el anfitrión fue el encargado de presentar a los opositores.
No todo, por otra parte, se limitó a las fotos. El Presidente escuchó a los disidentes, “los alentó y habló de su admiración por sus sacrificios”, según El Nuevo Herald.
Este reconocimiento se une a una breve reunión, ocurrida en Washington, en que Soler fue recibida por el vicepresidente Joe Biden, además de otras realizadas en meses recientes entre opositores, activistas, comunicadores, congresistas y miembros del gabinete estadounidense.
Da entonces la impresión que la actual administración lleva a cabo una campaña —con un fuerte impacto gráfico— en que quiere dejar bien a las claras su apoyo a la disidencia cubana. Pero, ¿y qué más?
Las especulaciones comienzan a la hora de tratar de ver otros objetivos dentro de esta campaña.
Y aquí entran a jugar las palabras que pronunció Obama, más allá del apoyo político y la continuación de la asistencia económica a la oposición.
El Presidente se refirió al hecho de que en Cuba han ocurrido cambios que no pueden ser pasados por alto.
“Tenemos que ser creativos y tenemos que ser más cuidadosos y tenemos que seguir actualizando nuestras políticas”, expresó, de acuerdo a la agencia Reuters.
“Hay que tener en cuenta de que cuando Castro llegó al poder yo acababa de nacer, así que la idea de que las mismas políticas que pusimos en práctica en 1961 resulten eficaces hoy, en la era de internet, Google y los viajes internacionales no tiene mucho sentido”, agregó.
Señaló también que los cambios crecientes en la política de Estados Unidos hacia Cuba han permitido una mayor comunicación con quienes viven en la isla y un incremento en el envío de remesas.
“Creo que todos entendemos que, en última instancia, la libertad en Cuba vendrá debido a los extraordinarios activistas y la increíble valentía de la gente como que vemos aquí hoy”, enfatizó el presidente en la vivienda de Mas Santos, todo según la información de Reuters.
Estas palabras son una reafirmación de lo (poco) hecho por su administración en lo que se refiere a Cuba. También un avance de que —al menos según lo que él dice— ha llegado el momento de un avance en su política hacia el régimen castrista, algo que hasta ahora no se había producido. Y de que ese cambio tendrá que ver fundamentalmente con el internet y los viajes.
La primera pregunta es por qué ahora. Cierto que, como presidente, puede permitirse mayores riesgos porque no va a la reelección, pero es tonto pensar que lo que proponga no tendrá en cuenta al menos a dos figuras importantes dentro de su partido: Bob Menéndez y Hillary Clinton. También que el secretario de Estado, John Kerry, tendrá un papel fundamental, si se lo permiten tantos embrollos mundiales que tienen una mayor prioridad.
¿Por qué ahora? De nuevo la pregunta. Por una razón muy sencilla. Porque el gobierno de Obama ha decidido que es el momento de aprovechar los cambios que se han producido en Cuba, por muy limitados que estos sean. Y estos cambios se resumen en pocas palabras: viajes, dinero y turismo. Solo estas tres palabras servirán para alborotar el avispero en Miami. Lo veremos.
Escuchó, pero él va a decidir
Obama, por lo tanto, no se limitó a expresar su apoyo y retratarse con los opositores. Los escuchó, pero también dejó claro que va a llevar a cabo una reformulación de la política hacia Cuba. Esa es su prerrogativa y parece que finalmente la va a ejercer.
En esa reformulación es casi seguro que se van a producir cambios que no serán del agrado del sector más tradicional del exilio.
Son estas, entonces, las dos lecturas de lo ocurrido el viernes por la noche en Miami.
Los opositores declararon su satisfacción con el apoyo presidencial, pero también expresaron con claridad su posición.
Berta Soler dijo tras la reunión que “la libertad de Cuba depende de los cubanos”.
“Una petición que se le hizo fue que bajo ningún concepto negociará con el gobierno de Cuba si es que no estaba presente el exilio y la oposición interna no violenta, puesto que nosotros somos una sola nación y deberían tratarnos como nación”, señaló Fariñas a la agencia Efe.
Son aspiraciones válidas de la oposición cubana, pero lo más probable es que la administración estadounidense solo va a seguirlas hasta un punto. Lo primero es, por supuesto, lograr la liberación de Gross, pero esta es la carta que quizá Obama tenga guardada y no dijo en Miami. Una vez resuelto ese problema, si se realiza una negociación esta transitará de acuerdo a los intereses mutuos de ambas naciones, en la que el reconocimiento a la oposición pasará a un lugar secundario (para tratar de ser optimistas).
Por su parte, el Cuba Study Group aplaudió las declaraciones del Presidente, en que éste puso de relieve que su política de apertura ha beneficiado a la sociedad civil en Cuba y contribuido a los cambios en la isla. La organización abogó en favor de que esta oportunidad sirva “para dar pasos más audaces que rompan el aislamiento, brinden mayor poder a la creciente clase empresarial de Cuba, y acabe con las sanciones contraproducentes y los propósitos que sólo constituyen un obstáculo para un mayor cambio en la isla”.
El Cuba Study Group aboga por lo que llama una “restauración de la autoridad ejecutiva sobre la política estadounidense hacia Cuba”, en que el Presidente, mediante su autoridad ejecutiva, desempeñe un papel más activo en facilitar el cambio en la isla.
Puntos a considerar
El viernes un reducido grupo se manifestaba en la cafetería del Versailles en favor del rapero Ángel Yunier Remón Arzuaga, hospitalizado en medio de una prolongada huelga de hambre. Hay cierta ironía cruel en escoger para apoyar una huelga de hambre un sitio famoso por la comida, pero es uno de los lugares en Miami donde resulta fácil encontrar una cámara de televisión local. Esa noche habían dos. Por lo demás, nadie tenía la menor esperanza que Obama se apareciera por allí.
Las cafeterías y los restaurantes del exilio han quedado relegados a paradas de tránsito para los aspirantes a nominaciones presidenciales. Luego, a la hora de hacer política de verdad, ya no cuentan.
La oposición ha abierto una línea de comunicación directa con Washington. El exilio, en el mejor de los casos, se reduce a un papel mediador.
Obama habló de cambios en Cuba. Las palabras pronunciadas delante de un opositor que no hacía aun siete días fue golpeado pueden resultar —y en cierto sentido son— chocantes. ¿Qué cambios? Uno bien sencillo. El disidente estaba frente a él  y tenía un pasaje de regreso para el otro día.
El actual gobierno ha dejado bien claro que cuenta con la disidencia, pero también que no depende de ella. De hecho, ninguna administración estadounidense ha dependido de la oposición, pacífica o violenta, sino lo contrario. Sólo que ahora parece ser más independiente del exilio de Miami.
El exilio de Miami también ha cambiado o está en vías de extinción. Lo que aumenta cada vez más es una inmigración transnacional, cuyas fronteras son cada vez más difusas.
La indefinición cubana
Estas son algunas de las lecturas inmediatas que provocan la reunión de Obama y los opositores, pero hay más.
Cuba sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que no se termina. Su esencia es la indefinición, que ha establecido a lo largo de la historia: ese llegar último o primero, para no estar nunca a tiempo. No es siquiera la negación de la negación. Es una afirmación a medias. No se cae, no se levanta.
La renuencia del gobierno cubano a ceder en lo más mínimo, frente a las presiones internacionales, se ha mantenido sin alterarse.
La política de liberar a los prisioneros de la llamada “Primavera Negra” y cambiar la táctica de las largas condenas, en la mayoría de los casos, por encierros preventivos de pocas horas o días no permite la menor esperanza.
Ante el más leve temor de amenaza, el régimen cierra filas. El terror es el único instrumento en que confía. La turba que golpea y veja se apoya en el policía listo para encarcelar y en el tribunal sin decoro, que condena la decencia.
Una y otra vez, el acto de repudio se utiliza con el mismo objetivo: no sólo es sembrar el miedo, también es crear el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola.
Los repudios constituyen una de las  caras más turbias de un monstruo con varias cabezas, y no deben verse de forma aislada.
A ellos se une una campaña de descrédito por numerosos medios. Alimentar la desconfianza, porque el gobierno sabe que ésta es un freno a la hora de dar un paso al frente.
Por décadas el gobierno cubano ha mostrado ser un especialista en confundir los límites. ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué crítica es permitida? Lo mejor es quedarse tranquilo.
En un artículo publicado en Infolatam, la profesora española Sonia Alda destaca que en Cuba, “la falta de mensajes oficiales que orienten sobre el proceso o expliquen el significado de los mismos, hace pensar en la falta de un proyecto integral concreto. De hecho más que ideologización orientadora, para dirigir el proceso, como cabría suponer en un régimen autoritario, hay una completa desideologización”.
Más adelante agrega: “Un vacío así solo puede generar desorientación y desconcierto”.

La “actualización” castrista ha resultado una versión de aquella canción de la “ola marina”, con un motor que camina para adelante y otro para atrás, y lo que hoy es permisible se prohíbe mañana. Dentro de esa confusión, un cambio importante en la política estadounidense hacia Cuba significaría un empujón contra el inmovilismo reinante. Lo que está por verse es si la reacción del régimen será un avance o un retroceso.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Guerra con presos y brindis con el enemigo


Desde comienzos de este mes se ha incrementado la violencia contra los opositores pacíficos en Cuba. No es simplemente hablar de una mayor represión, porque el acoso y la intimidación a quienes expresan su desacuerdo con el gobierno de La Habana es una constante que desde hace décadas se manifiesta con períodos de mayor o menor intensidad.
Sin embargo, los ataques físicos a la disidencia, aunque también están presentes siempre, se intensifican en momentos en que el régimen considera que aumenta el riesgo para su afán de perpetuarse en el poder o en ocasiones en que el control represivo se mezcla con el vandalismo más soez.
Algo de ello viene ocurriendo en Cuba. Recientemente detuvieron en Santa Clara a unas 30 integrantes de Las Damas de Blanco y una turba castrista golpeó y pateó dos veces a Guillermo Fariñas.
En estos casos, como ha ocurrido con anterioridad, el argumento socorrido del gobierno —si es que se siente obligado a emitir alguno— es decir que es la respuesta espontánea de un pueblo enardecido contra los enemigos del país apoyados por un país enemigo. Afirmar que Cuba es “una plaza sitiada” o que “la nación está en guerra” es parte de ese rosario de lemas ya gastados, pero de los cuales aún saca cierta utilidad el gobierno cubano, sobre todo en medios internacionales.
Difícil comprender que una nación está en guerra con otra y al mismo tiempo le compra alimentos a su enemigo, agasaja a los legisladores del bando contrario y celebra subastas de tabacos donde los principales invitados y compradores no vienen de una trinchera sino viajan cómodamente al país anfitrión, para citar algunos ejemplos.
Una guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entran en aguas cubanas traen mercancías que se cargan en los puertos de la nación agresora.
Cuba está en una “guerra”, dicen quienes gobiernan en Cuba, y no le queda más remedio que encarcelar a los “agentes” que luchan en favor del otro lado.
Sin embargo, un buen número de disidentes cubanos han cumplido largas condenas por el solo ‘‘delito” de divulgar análisis políticos y noticiosos  y buscar cambios pacíficos en la isla.
Desde hace mucho tiempo los disidentes luchan frente a dos enemigos poderosos: la represión y la inercia. Por décadas el régimen ha alimentado la ausencia de futuro en la población como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.
Pero si estas actitudes influyen negativamente en las posibilidades de un cambio democrático, también afectan a la capacidad de la nación para resolver sus problemas por medios propios.
Aunque se han producido ciertos cambios económicos, y pequeñas transformaciones en el orden social, la vida cotidiana de los cubanos sigue regida por el desbalance y la inseguridad que produce el permitir hoy ciertas actividades económicas y censurarlas mañana, o al mismo tiempo llevar a cabo acciones represivas contra la libertad creadora y ejercer la discriminación contra ciertos sectores poblacionales, ya sea debido a la raza o las preferencias sexuales de sus miembros.
Esta precariedad entre las prohibiciones y lo tolerado en ciertos momentos ha imperado por décadas en la isla. Y por supuesto se ha traducido en un sentimiento de inseguridad que afecta a todos, incluso a quienes ocupan cargos administrativos y de control.
 Lo que en cierta época fue delito en Cuba, ahora es permitido. Sin embargo, en esencia la capacidad o el derecho a expresar el deseo de cambiar ciertas leyes, así como aspectos y condiciones sociales ­—o a la sociedad y el gobierno en su conjunto— sigue siendo tan negado en Cuba como cuando esta persecución se expresaba en términos de la lucha de clases.
Un ejemplo de esto ha ocurrido en las últimas semanas, cuando el gobierno emitió un decreto que prohíbe a los cuentapropistas la venta de ropa, o más recientemente aún, cuando ordenó el cierre de salas de cine particulares. En ambos casos, se trata de actividades no autorizadas explícitamente por leyes, pero toleradas desde hace algún tiempo. Lo que ayer se podía hacer, hoy no se puede: así funciona un país donde la legalidad en muchas ocasiones se transforma simplemente en una permisividad que se da o se quita arbitrariamente, de acuerdo a los derechos o caprichos de un padre gobierno que ya no se preocupa por alimentar a sus hijos, pero que no deja de castigarlos cuando lo considera necesario.
En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo represivo invade todas las esferas de la forma más descarnada, ya sea al cerrar una sala de cine de no más de veinte sillas, dejar los percheros sin ropa o detener a un grupo de mujeres indefensas y caerle a golpes a un opositor pacífico. 
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 11 de noviembre de 2013.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Cuba: para orinar hay que pagar


El proceso que por costumbre y desidia se sigue llamando la revolución cubana siempre se ha caracterizado por los bandazos, el ir de un extremo al otro. En una época el Estado se ocupaba de todo, ahora busca quitarse de arriba aquello que no considera fundamental para su supervivencia. De pronto, los cubanos acaban de descubrir que orinar tiene un precio.
Se iniciaba con la vida y terminaba con la muerte. Del primer al último momento el Gobierno siempre aparecía para ocuparse del asunto. Todavía lo hace en cierta medida.
Nadie tenía que pagar por un parto o por un ataúd. Por el camino de la vida aparecían todos esos momentos en que se le recordaba al cubano lo afortunado que era, al vivir en un país donde no tenía que preocuparse por un seguro médico que cubriera el nacimiento de un hijo o esa modalidad del entierro y la tumba que se pagan por adelantado y a plazos.
Por supuesto que aparentemente había una ventaja económica. Luego el Gobierno se ocupaba de cobrarle de mil maneras al “beneficiado” por los dones recibidos, y las deficiencias que han ido agudizándose con los años —desde tener que llevar la sábana al hospital hasta los pagos subrepticios para lograr un mejor trato o simplemente el servicio que es gratuito pero no se brinda—, pero la filosofía de un Estado protector salía a relucir siempre.
Aunque mellada al extremo, esa filosofía sobrevive en los discursos. Sólo que desde hace años tiene otro concepto, la “gratuidad” ha venido a poner un freno. Para el gobierno de Raúl Castro, poner límites cada vez más firmes a lo que se entrega gratuitamente se ha convertido no simplemente en una realidad, sino también un postulado. No se plantea como un principio ideológico, pero en la práctica lo es: una proposición necesaria que sirve de base para justificar el no rendir cuentas por lo que se prometió originalmente pero ya no se cumple.
La gratuidad y la falta de control de costos fue por años parte del sistema cubano, sobre todo a partir de la mal llamada “Ofensiva Revolucionaria” de 1968. La entrada gratuita a las actividades deportivas y museos; las guarderías o círculos infantiles que no se pagaban; los teléfonos públicos gratis —y que  al mismo tiempo dejaron de funcionar— y las tarifas fijas y mínimas del consumo de gas en La Habana, para citar algunos ejemplos. Con furia  partidistas, los funcionarios buscaban como dar algo más sin cobrar —al punto que por esa época se comenzó a hablar de la eliminación paulatina del dinero— aunque luego aquello que no costaba un centavo desaparecía del panorama. Ser gratis se convirtió en sinónimo de inservible, inútil e inexistente.
Alguien puede argumentar que los servicios médicos y educacionales continúan ofreciéndose sin costo en Cuba, pero las deficiencias que enfrentan ambas esferas reflejan no solo una filosofía social sino también una incapacidad para encontrar una solución a los problemas que presentan.
Lo que llama la atención es que ese mismo afán que antes imperó en la tendencia a no cobrar existe ahora en la búsqueda de actividades, funciones y servicios que puedan ser entregados a la esfera privada y de los cuales el Estado pase a beneficiarse no como administrador sino como rentista. Y que ese énfasis en ampliar la esfera privada gira, como en otras ocasiones, dentro de un sector muy secundario de la esfera económica.
Y así se llega a la última de las “reformas” del gobierno de Raúl Castro, que acaba de descubrir que descargar la vejiga o el intestino debe tener un precio y legalizó el alquiler de los baños públicos como negocios privados.
Hay que añadir que lo que acaba de decretar —no confundir con excretar, para evitar chanzas— el gobierno cubano existe en buena parte del mundo En las ciudades europeas  hay diversos tipos de servicios sanitarios públicos, en que las formas de pago adoptan las más diversas modalidades, desde entregar algún dinero por lo general a un anciano a cambio de un trozo de papel higiénico hasta una puerta que para abrirla hay que introducir una moneda. Y también los hay completamente gratis.
Sin embargo, y conociendo el carácter y la inventiva del cubano, la noticia despierta de inmediato la sospecha que estas nuevas licencias abren la posibilidad de que sean utilizadas para la oferta de servicios más amplios, y que junto a urinarios, lavabos e inodoros comiencen  a surgir una modalidad de “baños turcos” y dentro de un tiempo conoceremos de redadas en estos nuevos baños públicos, problemas de “jineterismo”, etc. Sin excluir además la posibilidad de la aparición de letreros en contra del Gobierno. Por lo que no solo se abre una fuente de trabajo para el cuentapropismo, sino también se amplía la labor de la policía política.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición de hoy lunes, 4 de noviembre de 2013.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...