domingo, 8 de diciembre de 2013

Cuba y Venezuela: escasez y represión


El presidente venezolano Nicolás Maduro ha aprendido muy bien la lección que le enseñaron en La Habana: recurrir a la escasez como una forma de represión.
Maduro lanzó una campaña de “saqueos controlados” y recortes obligatorios de precios bajo amenaza de arresto que ha enardecido al populacho, aunque el resultado final de este latrocinio es que los estantes de los establecimientos se quedan vacíos.
La maniobra no sólo le brinda una recompensa inmediata, propia de cualquier estrategia populista, de satisfacer anhelos y necesidades de una población de bajos recursos. Al repartir lo que no es suyo ni del Estado venezolano, Maduro se apunta un tanto alimentando envidias.
Sin embargo, los objetivos de largo alcance son aún más perjudiciales para el pueblo venezolano. Se trata de hacer girar la vida del ciudadano común alrededor de la necesidad imperiosa de adquirir lo necesario para sobrevivir. Los cubanos conocen muy bien esto: el “resolver” diario de productos a la vuelta de pocas semanas.
En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.
En una ocasión, Fidel Castro le afirmó a un oficial de alto rango de la seguridad del Estado cubana que la conducta del gobierno chino en la plaza de Tiananmen demostraba que no sabía como reprimir al pueblo de forma adecuada, y por lo tanto éste se había visto forzado a la “dolorosa y poco placentera” tarea de “eliminar” a miles de sus ciudadanos.
Además de la represión preventiva, el régimen se ha valido de otros medios para impedir que los cubanos se rebelen. Uno de ellos, utilizado por décadas, ha sido
la escasez. La falta desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos. Ahora Maduro transita el mismo camino.
En tal situación, la corrupción y el delito han reinado durante cincuenta años de proceso revolucionario. La escasez actúa a la vez como fuerza motivadora para el delito y camisa de fuerza que impide el desarrollo de otras actividades. No se trata de justificar lo mal hecho, sino de aclarar sus circunstancias. En resumidas cuentas, un análisis marxista de la crisis económica permanente que existe en la isla no debe excluir al mercado negro, la corrupción y el delito como importantes fuerzas de un mercado informal pero poderoso.
De ahí que resulte apropiado hablar de dos fuerzas opositoras frente al gobierno cubano. Hay otra disidencia en la isla. No son hombres y mujeres valientes que desafían el poder, porque forman parte del mismo. No gritan verdades, ya que se ocultan en la mentira. Ni siquiera se mueven en las sombras. Habitan en el engaño. Son los miles de funcionarios menores —y algunos no tan menores— que desde hace años desean un cambio, pero al mismo tiempo no hacen nada por conseguirlo. No por ello dejan de realizar una labor de zapa, por supuesto que para beneficio personal, que perjudica al gobierno.
En Venezuela está ocurriendo lo mismo. Las acusaciones de corrupción que lanza el poder chavista casi siempre son selectivas y con un claro objetivo político: desprestigiar a los opositores.
El régimen cubano siempre ha empleado a su conveniencia la distinción entre delito común y delito político. En una época todos los presos comunes estaban en la cárcel por ser contrarrevolucionarios, porque matar una gallina era una actividad contraria a la seguridad del país. Muchas veces a los opositores se les ha acusado de vagos y delincuentes.
La escasez también ha sido usada para incrementar la delación y la desconfianza, a partir de la ausencia de un futuro en la población manipulada como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.
Hay que agregar además que, tanto en La Habana como en Caracas, al régimen no le basta con castigar a los independientes, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio.

Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, tras el primero de enero de 1959 el cubano vive presa de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza. Desde los primeros fusilamientos hasta la Causa No. 1, es justificación y escape, motivo de envidia y rencor. El régimen de La Habana ha logrado como ningún otro gobierno anterior explotar la dicotomía de la falta de lo necesario para sobrevivir, y la corrupción actuando de respuesta para conseguirlo, como instrumentos represivos. Una penosa realidad que se repite ahora, al pie de la letra, en Venezuela.

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