domingo, 22 de diciembre de 2013

Fidel y los retazos del pasado


Hay una versión castrista del cuento de la anciana que año tras año le echa a perder la Navidad a la familia, con el cuento de que para ella será la última.
Aquí es Fidel Castro quien se aparece de aguafiestas del exilio, recordándonos que aún está vivo y que además no piensa morirse en largo tiempo, que otros lo hagan por él.
Acaba de hacerlo Mandela y Fidel no habla tanto del muerto como del vivo. El vivo, por supuesto, es él. Dejó correr las especulaciones con su ausencia y silencio, y luego se apareció, primero con una fotografía y luego con un comentario tardío sobre el líder sudafricano. El Partido no será inmortal, pero el otrora Comandante en Jefe apuesta a que él lo es.
Puede argumentarse que esa táctica de dilatar sus apariciones y comentarios, para hacer creer que está más del otro lado que aquí, es sumamente barata, pero no deja de resultar efectiva. Quisiera un vendedor de automóviles en Hialeah contar con una propaganda tan eficaz.
Donde las cosas ya no son tan claras para Fidel es a la hora de escribir. Más allá de la pacotilla que despliega siempre en sus comentarios —esa sabiduría estilo la revista Selecciones que siempre lo acompaña—, lo que resulta patético es el aferrarse a una visión del mundo que no solo es caduca y pueblerina sino aburrida.
Solo la disciplina periodística justifica la lectura de la llamada por este periódico “columna de Fidel Castro”. Por lo demás, recomiendo la lectura de cualquier otra información, desde el desnudo de Sissi hasta el cumpleaños del Papa.
Lo que llama la atención en Fidel Castro es su autismo. Al final ha resultado que un hombre tan hablador y extrovertido, que durante décadas se estuvo reuniendo con tanto rico, poderoso y famoso, vive encerrado en un pequeño mundo, más parecido al de un barbero de esquina que al del gran estadista que siempre se supuso fuera.
Porque en lo de “pelarle” la cabeza a muchos, siempre lo hizo sin necesidad de tijera.
Castro dice en su escrito: “Los fraternales sentimientos de hermandad profunda entre el pueblo cubano y la patria de Nelson Mandela nacieron de un hecho que ni siquiera ha sido mencionado, y de lo cual no habíamos dicho una palabra a lo largo de muchos años”.
Sin embargo, lo que pasa a describir después —en medio de las digresiones e incoherencias a que nos tiene acostumbrado— son acontecimientos que desde hace mucho tiempo se saben al dedillo, desde la participación decisiva de las tropas cubanas en la guerra de Angola, la repercusión que para el fin del Apartheid tuvo la derrota del ejército sudafricano por parte de Cuba, las bombas nucleares en manos de Sudáfrica entonces y hasta la tan traída y llevada Batalla de Cuito Cuanavale.
Toda la información que escribe ahora Castro no solo es conocida gracias a libros como Conflicting Missions (Havana, Washington and Africa 1959-1976), de Piero Gleijeses, sino en las propias reflexiones de Castro, como la publicada en octubre del 2008, en que dejaba en claro que la guerra de Angola fue la segunda ocasión en que Cuba estuvo envuelta en un conflicto que podría haber desencadenado una hecatombe nuclear.
No hay comparación entre la Crisis de Octubre y la guerra de Angola en cuanto a la dimensión y las implicaciones del diferendo, pero ambas muestran que el gobierno cubano, con Fidel Castro al frente, no estaba dispuesto a detenerse frente a una amenaza de ataque nuclear.
Junto a este panorama de combatividad, peligro y una posible destrucción de grandes dimensiones, hay una historia más vulgar y menos heroica.
'”Sudáfrica no soportó el desafío y negoció, después que recibió los primeros golpes en esa dirección, todavía dentro de territorio angolano. En la misma mesa se sentaron durante meses los yanquis, los racistas, los angolanos, los soviéticos y los cubanos.
Allí estaba, entre los que discutían en favor de nuestra causa, Konstantín. Lo conocía ya, había tratado de evitar que se sintiera humillado por nuestra discrepancia y nuestros éxitos. Tenía sin duda influencia en el mando militar del glorioso Ejército soviético. Sus errores fueron la más importante contribución a la decisión adoptada por nuestro país de prohibirles a los racistas intervenir en Angola y de rectificar los errores políticos que había cometido la Dirección de la URSS en 1976”, escribió entonces Castro.
Es a Konstantín a quien Castro vuelve a referirse ahora: “El asesor principal no era, sin embargo, un Zhúkov, Rokossovski, Malinovsky u otros muchos que llenaron de gloria la estrategia milita.r soviética”.
Ese asesor soviético es el general Konstantín Kurochkin, que encabezaba la misión militar soviética en Angola. Es esa visión de la historia llena de rencor y lugares comunes la que repite Fidel Castro. Retazos del pasado. Balbucir de déspota.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 23 de diciembre de 2013.

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