viernes, 31 de mayo de 2013

La reconstrucción del cubano



Mientras abundan los estudios y conferencias sobre la reconstrucción de la Cuba poscastrista, poco se ha profundizado en esta transformación desde la óptica del individuo.
Enfrentar la necesidad urgente de crear los medios que posibiliten los cambios, para que el cubano devenga en un  individuo capaz de enfrentar los retos y beneficios de un estado democrático y una sociedad civil, es tan apremiante como discutir las bases económicas y políticas de la nación del futuro. Conocer cómo piensan y actúan las personas que por demasiado tiempo han sobrevivido en un país en ruinas abarca un universo más amplio que las discusiones políticas.
Los cubanos han evolucionado en dos grupos, con diferencias y semejanzas significativas a lo largo de 45 años: un grupo —la mayoría— ha permanecido en el país. Otro ha creado una nueva forma de vida en el exilio.
Desde hace años, La Habana viene repitiendo que los exiliados abandonan Cuba por motivos económicos. El argumento ha encontrado eco en Miami. También aquí se proclama a diario que quienes han llegado en los últimos años lo hacen en busca de una mejor vida y no por razones ideológicas. Por esa paradoja que siempre crea la convergencia de los extremos, se alza ahora un discurso repetido en ambas costas —divididas por el estrecho de la Florida—, que proclama el surgimiento de una inmigración sólo interesada en el bienestar y no en un ideal de libertad.
 La diferencia más significativa es que quienes han emigrado a Estados Unidos y otros países habitan en lugares donde rige un sistema capitalista, de libre comercio y gobierno democrático. Los que por voluntad o causas ajenas han permanecido en Cuba se ven obligados a regirse por las circunstancias imperantes en una sociedad totalitaria de corte comunista —aunque en la práctica esta nominación ideológica ha evolucionado, y el sistema imperante es la fachada de un sistema sólo preocupado en sobrevivir a cualquier precio. Más allá de poder expresarse libremente, aunque por lo general sin muchas consecuencias en el capitalismo y la censura generalizada en un sistema que se llama socialista, lo que actúa con mayor fuerza sobre el individuo es el sentimiento de incapacidad para regir su vida. Esto puede tener como consecuencia una existencia encerrada en el desencanto y la apatía o una salida violenta en determinado momento.
Lo que se ha estado fraguando durante los últimos años en Cuba es un escenario extremadamente volátil, que hasta ahora el gobierno de la isla ha logrado controlar con represión y promesas.
Pese a ser generalizada, la represión se manifiesta de forma más visible contra la disidencia. El régimen aún cuenta con la capacidad de mantener fragmentada no sólo a la disidencia ello no es noticia desde hace años sino en lograr que las pequeñas protestas y actos de desacato que ocurren a diario no alcancen una dimensión mayor. Ni la disidencia guía o logra aglutinar el sentimiento de descontento nacional ni el gobierno ha logrado grandes avances en un programa destinado a paliar en alguna medida la pobreza imperante. En este sentido, hay más bien un estancamiento, tanto en la oposición que en la actualidad exhibe solo la cara de los actos represivos contra las Damas de Blanco como en el gobierno, cuyas reformas avanzan tan lentamente que simplemente puede decirse que están detenidas.
Todo ello lleva a un aumento de las posibilidades de un estallido social. De producirse esta fragmentación violenta y con independencia del resultado de la misma― el uso del caos y la fuerza como solución de los problemas se convertiría en un patrón de conducta adoptado por una parte de la población de la isla, que limitaría o impediría el avance social, al igual que ocurre actualmente en Haití. La manipulación dejaría de estar institucionalizada, como ocurre ahora, y se convertiría en tarea en manos de pequeños matones, demagogos y politiqueros de esquina.
En caso de ocurrir un estallido social y hay que repetir que las condiciones de la realidad cubana se asemejan mucho a una caldera que cada vez adquiere una mayor presión la gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.
Es posible que un estallido popular ocurra primero fuera de La Habana que en la capital. De ocurrir así, obedecería a factores económicos: la pobreza es mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.
Por otra parte, desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante de protestas más o menos generalizadas. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha.
Pese a las limitaciones extremas que han caracterizado a su labor determinadas en primer lugar por la fuerte represión que enfrenta  la disidencia se ha caracterizado no solo por alertar, sino por hacer todo lo posible para evitar que se llegue a esa situación caótica, tras la cual será muy difícil llevar a cabo esa tarea de reconstrucción del carácter del cubano, mientras que da la impresión que el gobierno de los hermanos Castro está empeñado en dejar solo el caos tras su desaparición.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Miami-Cuba: de apariencias y partidos políticos



Tanto demócratas como republicanos se han mostrado más interesados en aparentar un interés por la situación en Cuba que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña. Esta realidad, repetida durante años, siempre encuentra en Miami un acondicionamiento político: los republicanos dicen que son los demócratas quienes no quieren un cambio en Cuba y los segundos responden desde una posición defensiva, argumentando que los primeros no han hecho nada útil al respecto. En la práctica ambos partidos hacen lo posible por no destacar sus objetivos comunes: el impedir una situación de inestabilidad en la isla que desencadene un éxodo masivo.
Desde los lejanos planes de la CIA, durante la década de 1960, para exterminar a Fidel Castro, una y otra vez en este país se ha repetido un esquema similar, difícil de entender fuera de Estados Unidos: la utilización de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de no lograr nada. Lo que en muchas ocasiones se ha interpretado como torpeza o franca ineficiencia no ha sido más que la apariencia de un proyecto destinado a fracasar. Sólo una nación con un presupuesto de millones y millones de dólares para el despilfarro puede llevar a cabo tal tarea. Washington lo ha hecho con éxito durante casi una década.
La consecuencia es que ha surgido un “anticastrismo” que es más un empeño económico que un ideal político, alimentado en gran medida por los fondos de los contribuyentes.
Este modelo ha atravesado diversas etapas —donde el vínculo entre la política y la economía siempre ha sido estrecho— y ha demostrado una pujanza que ha despertado la justa envidia en más de un grupo demográfico y nacional, tanto entre otros inmigrantes caribeños y latinoamericanos como respecto a los cubanos que viven en la isla.
Cuando a finales del siglo pasado la transformación de este modelo se acercaba al punto clave, en el cual la estrechez del objetivo político del grupo del exilio que lo sustentaba hacía dudar de sus posibilidades futuras, la llegada al poder de George W. Bush, dilató su supervivencia, al tiempo que  impuso un gobierno con una carga ideológica —afín precisamente a los principales beneficiarios del modelo anticastrista— como no se conocía en esta nación desde varias décadas atrás. La política de extremos pasó a ser la estrategia nacional y no una representación de Miami.
Esta ruptura temporal —este estancamiento momentáneo— no impidió sin embargo que el modelo económico anticastrista continuara reduciendo su campo de acción. El financiamiento de la ayuda a la disidencia —mal organizada, peor concebida y de resultados cuestionables— ha sido el canto del cisne de una industria que tiene sus días contados. 
Lo anterior no constituye un alegato en contra de la ayuda a los opositores en la Isla. Más bien es tratar de comprender que esa ayuda ha repetido los mismos esquemas y errores que en su momento atravesó el financiamiento a la subversión y el sabotaje.
En Miami muchos exiliados cubanos no han podido sacarse los clavos del castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos: a confesar la fe en la “lucha anticomunista” o arriesgarse a ser azotado en la plaza. Inquisición radial, centuriones de esquina, cruzados de café con leche, apóstoles de la ignorancia. Se han ido de la isla para continuar con una comparación inútil y absurda. Responder al mal con el desatino y a la represión con la intransigencia. Empeñarse en la violencia con la excusa de lo perdido.
El triunfo de Barack Obama, no sólo en la nación sino en el condado de Miami-Dade, abrió la posibilidad de un replanteamiento equilibrado y pausado de la política hacia Cuba. No ocurrió durante su primer período de gobierno y no hay indicador alguno que muestre que pueda ocurrir en el segundo, donde también volvió a ganar en el condado Miami-Dade.
En esta ciudad, donde desde hace mucho tiempo se ha intentado borrar las barreras entre el verdadero patriotismo y el enriquecimiento, se necesitan políticos que representen una alternativa frente a la mentira, la complacencia y la labor de sargento político disfrazada de servicio público. Con los años ha ido disminuyendo el espacio donde radica la esperanza de que algún día se logre un cambio.

Militares, diálogo y oposición



Para mantenerse en el poder día tras día, Fidel Castro solo requirió de un equipo médico atento y un sistema de seguridad eficiente. Pero para perpetuarse le fue necesario sustentar una justificación ideológica. Durante décadas, la política fue la razón de ser del Estado cubano. A ello se sumó el desprecio a la economía y los proyectos faraónicos. Ahora, con Raúl al mando de las tareas cotidianas de gobierno, todo ha entrado en una dimensión más realista y menos heroica. Lo que está por ver es si ese realismo se impondrá en los círculos militares que, al parecer, tendrán el control del país tras la desaparición de ambos hermanos.
Lo que llama la atención es que mientras el espectro amplio del sector más inconforme con la realidad cubana se transforma de acuerdo a las características de la sociedad actual —y se podría hablar de una disidencia tradicional y  un fenómeno más reciente, como son los blogueros—, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas. En última instancia, el “recurso perfecto” para acallar cualquier voz independiente en Cuba son los actos de repudio.
Tacañería de un Estado que no admite la menor manifestación de independencia, donde la función opositora ha evolucionado de un enfrentamiento radical al desacuerdo, la disidencia y la simple búsqueda de una vida propia, sin que se permita la menor apertura de un espacio político. Mientras los métodos represivos cambian de tácticas ―detenciones por varias horas, advertencias―, el mecanismo de terror se mantiene inalterable.
Esto permite establecer el contraste entre una represión sin tregua y una actividad de respuesta que limita su acción, en la mayoría de los casos, al terreno de la palabra. No solo el oponerse, sino el simple hecho de contestar con voz propia es delito en Cuba.
Una y otra vez, el acto de repudio se utiliza con el mismo objetivo: además de sembrar el miedo, crear el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola. Estas actividades son la cara más turbia de un monstruo con varias cabezas, y no deben verse de forma aislada. A ellas se une una campaña de descredito por numerosos medios. Al régimen no le basta con castigar a los que alzan una voz independiente, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio. Para ello echan mano a dos recursos: la delación y la envidia. Alimentan la desconfianza, porque el Gobierno sabe que ésta es un freno a la hora de dar un paso al frente. Quieren ponerlo todo en blanco y negro, pero al mismo tiempo confundir los límites. ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué crítica es permitida? Lo mejor es quedarse tranquilo.
 La Habana dice una y otra vez que los blogueros, disidentes y opositores pacíficos están  al servicio del gobierno de Estados Unidos. No porque intente convencer a nadie, sino porque sabe que es el camino más seguro para reforzar la intimidación: una acusación que recuerda castigos anteriores.  No teme la repulsa internacional porque sabe que los gobiernos responden a intereses y no a ideales.
Al intensificar la represión, el régimen no solo busca acabar con la esperanza de un cambio dentro de la isla. Le preocupa también los cambios que se vienen promoviendo en Washington, los avances en los esfuerzos que buscan establecer un enfoque sobre el problema cubano que  no esté fundamentado en una retórica de confrontación directa. Ve como enemigos no solo a los opositores conocidos, sino también a quienes de momento le manifiestan la fidelidad más absoluta. Sabe que ésta se vería erosionada con una mayor cercanía entre la isla y Estados Unidos.
Unas declaraciones de Guillermo Fariñas, ofrecidas durante su visita a las oficinas del diario El Nuevo Herald en Miami, vienen a confirmar ese temor del régimen.
Militares cubanos están estudiando los cambios ocurridos en  Rusia y agentes de la Seguridad del Estado están siendo amables con los disidentes, en preparación para una posible transición en la isla, dijo el opositor. Algunos de los oficiales temen un colapso repentino del sistema comunista y “ellos no quieren que les pase como a la gente de (Moamar) Gadafi” en Libia, agregó Fariñas.
Según el activista, oficiales le dijeron que algunos de los asesores del gobernante Raúl Castro han sugerido que se debe admitir de 15 a 25 disidentes en el parlamento nacional. Castro respondió que estaría de acuerdo, pero que su hermano Fidel nunca lo permitiría.
Fariñas también describió un singular encuentro con el actual primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel —nativo de Santa Clara y su compañero de clase en la escuela militar— seis semanas antes del último ascenso de éste.
Fariñas dijo que pasaba frente a la casa de los padres de Díaz-Canel el 4 de enero cuando vio a su amigo de escuela estacionando su coche.
“Díaz-Canel le estrechó la mano calurosamente y le preguntó por su salud. Hablaron durante unos 15 minutos, dijo el disidente, en gran parte sobre su huelga de hambre de 135 días en 2010, que lo puso en el hospital en varias ocasiones”, de acuerdo a la información de El Nuevo Herald.
“El vicepresidente señaló en la charla que Fariñas se había negado a hablar con varios emisarios del Gobierno durante la huelga, dijo el disidente, y le preguntó si Fariñas hubiera estado dispuesto a hablar con él”, agrega el diario.
“Fariñas dijo que le informó a Díaz-Canel que efectivamente hubieran hablado y el funcionario respondió que ‘lo iba a tener en cuenta’. Agregó que tendría que informar de la conversación a sus superiores en La Habana”, añade El Nuevo Herald.
Con independencia de que estos comentarios de Fariñas no pueden ser confirmados independientemente, como el propio periódico aclara, hay dos aspectos que vale la pena destacar: uno es que hay una posibilidad muy real de que militares cubanos estén apostando a una transición pacífica lenta en la que ellos no se vean comprometidos en hechos de sangre. Otra es que declaraciones de este tipo, por parte de un opositor que días antes recibió un homenaje en esta ciudad, eran impensables unos cuantos años atrás. Se trata de un cambio saludable y necesario.
La confrontación ideológica, que hace unos años alcanzó su definición mayor en la llamada “batalla de ideas”, quedó reducida por un tiempo a las “reflexiones” del “Compañero Fidel”. Ahora se ha disuelto en el sainete y la farsa (¿no lo fue siempre en parte?). El mayor efecto que Fidel Castro produce en la isla es el de servir de rémora ante cualquier posibilidad de cambio, según unos, o de servir de pretexto para justificar la demora en ponerlos en práctica, según otros y lo que parece más probable.
Raúl Castro ha limitado las definiciones ideológicas al mantenimiento del statu quo, y a utilizar en sus discursos el argumento de la “legitimidad de origen” (el triunfo durante la insurrección del Movimiento 26 de Julio) para justificar la permanencia en el poder de él y su élite.
Contrasta ello con su fama de gobernante pragmático, ya que en este  pragmatismo lleva a plantear el fundamentar su mandato en una “legitimidad de ejercicio”, la cual tendría que ser definida por alcanzar cierta prosperidad, ya sea mediante la inversión extranjera adecuada y de una cierta liberalización empresarial, o gracias al buen manejo de la enorme e ineficiente maquinaria económica.
Desechadas las esperanzas de una mejora sustancial del nivel de vida de los cubanos a corto plazo, Cuba sigue esgrimiendo el argumento de plaza sitiada. Para ello tiene que apelar al espejismo de una retórica de confrontación, que prescinde de la palabra y la idea para limitarse a una actitud soez. Carencia ideológica y tacañería de opciones que ponen en peligro el destino de la nación y el futuro de aquellos que ayudan a mantener al régimen. Incluso por ese beneficio —egoísta e interesado— los oficiales de las fuerzas armadas deberían comenzar a presionar en favor de un diálogo con la oposición.

Este artículo también aparece en Cubaencuentro.

lunes, 27 de mayo de 2013

Pavón, el olvido oficial



No es que Luis Pavón muera sin pena ni gloria, es que murió oficialmente olvidado. Nadie mencionó su fallecimiento en la prensa oficial cubana, ninguna nota breve, no hay hasta el momento un cable de agencia noticiosa que recoja el hecho. Por otra más de las ironías del destino, la historia o la política —la retórica aquí no importa— ha sido en el exilio donde más se ha comentado, o al menos mencionado, el fin de alguien al que muchos con razón consideraron y han considerado siempre un hijo de puta. Que ya no exista no cambia en nada ese criterio. Al menos, si se quiere ser consecuente.
Pavón, que fuera director de la revista Verde Olivo y también el aparente autor de unos pocos textos que, con el nombre de Leopoldo Ávila —los trabajos se han atribuido también a José Antonio Portuondo, otro mediocre estalinista— sirvieron para desatar el terror entre escritores y artistas, en momentos en que se impuso el dogmatismo, la mediocridad y la estulticia en buena parte de la literatura cubana. Sin llegar nunca a convertirse en una especie de Marat o Robespierre del trópico —no por falta de vocación sino por carencia de posibilidades— este poeta mediocre trató sin descanso de arruinarle la vida a varios creadores. Lo conseguiría mejor desde la presidencia del Consejo Nacional de Cultura entre 1971 y 1976, donde pudo ejercer casi a plenitud su destino de censor.
Tras su breve reinado de terror cultural pasó no sólo a la oscuridad casi total sino al rechazo poco menos que absoluto. Luego sirvió de pretexto para una de las tantas jugadas con múltiples interpretaciones que han ocurrido en la isla a partir de 1959, cuando apareció en un programa de televisión en 2007.  Es posible que aquella “guerrita de los emails” rindiera provecho a unos cuantos, lo que sí es seguro que nadie está dispuesto a repetirla ahora, ni en la más ligera escaramuza. Quizá, después de todo, ha sido el miedo, no a Pavón sino a mencionar a Pavón, lo que explica este silencio momentáneo en la prensa cubana.
La muerte de Pavón, por lo demás, a estas alturas no significa nada. Si acaso servirá para que algunos de los perseguidos de entonces, que han permanecido en la isla y logrado el pleno reconocimiento oficial y oficioso —premios nacionales incluidos— le dediquen una sonrisa irónica. No creo que la condición de humanista haga a nadie humanitario, al menos eso espero. Deberían celebrar, no tanto la victoria sobre el censor, que lograron hace mucho tiempo, sino el olvido como una forma más sutil, pero también más poderosa, de detracción.
Ironía también que fuera Norberto Fuentes quien diera a conocer la noticia en el exilio. Así resulta siempre: los censores terminan dependiendo de los censurados. Lástima que nunca aprendan la lección a tiempo.