lunes, 26 de agosto de 2013

Diario ruso dice que EEUU presionó a Cuba para no permitir viaje de Snowden



Edward Snowden tuvo que permanecer en Rusia luego que Estados Unidos amenazaran a Cuba de las “consecuencias adversas” si el excontratista de inteligencia abordaba el vuelo Moscú-La Habana, publicó el diario Kommersant.
Bajo presión de Estados Unidos, las autoridades cubanas informaron a Moscú que se le negaría el aterrizaje en La Habana a la aeronave rusa, dice el periódico haber conocido a través de una fuente.
Una de las fuentes cercanas al Departamento de Estado afirmó que Cuba fue uno de los países que fueron prevenidos de las “consecuencias adversas” si ayudaban a Snowden.
El periódico también señaló que las autoridades rusas no se pusieron en contacto con Snowden o lo invitaron a que se refugiara en su territorio, aunque conocían que este aterrizaría en Moscú en destino hacia Latinoamérica.
“La ruta elegida por él (hacia Latinoamérica vía Moscú) y su petición de ayuda nos tomó por sorpresa de forma absoluta. Nosotros no lo invitamos”, explicó una fuente oficial.
 El periódico también supo que antes de partir de Hong Kong, Snowden permaneció un par de días en el consulado ruso, donde incluso celebró su cumpleaños. Una fuente de gobierno ruso confirmó que Snowden no fue invitado y que se puso en contacto con el consulado por iniciativa propia.
De acuerdo al informe, Snowden explicó al consulado que intentaba buscar asilo en un país latinoamericano, y presentó su boleto de viaje a La Habana a través de Moscú.
Una fuente de un país occidental dijo al diario ruso que Occidente creía que era posible que “los rusos se hubieran puesto en contacto con Snowden, y le hubieran dado una invitación a través de los chinos, que estaban deseosos de quitárselo de arriba”.
Snowden, que acababa de cumplir 30 años, voló a Moscú el 23 de junio. Permaneció sin identificación adecuada durante alrededor de mes y medio, en el aeropuerto de Sheremetyevo, Rusia, luego que Washington le retirara el pasaporte. El gobierno de Vladimir Putin terminó por otorgarle asilo temporal por un año.
Más información aquí.

domingo, 25 de agosto de 2013

Dos Cubas



La noticia apareció la pasada semana, con el regreso de los escolares de Miami a las aulas. Miles de niños residentes en esta ciudad habían pasado parte o la totalidad de sus vacaciones en Cuba.
La cifra puede resultar imprecisa, pero el dato no es anecdótico. No se trata de una familia aquí y otra allá. Las agencias de viaje tienen información sobre un aumento del número de niños viajando solos a la isla. Por requerimientos federales, estos pequeños requieren atención especial y han tenido que aumentar, en algunos vuelos, el número de azafatas.
Tampoco se trata de un fenómeno reciente y hay testimonios de años anteriores, que indican que los padres han preferido que sus hijos vayan de visita a Cuba, con tíos y abuelos, mientras ellos disfrutan de un par de meses de mayor privacidad y tiempo disponible para la pareja.
Las ventajas enunciadas siempre han sido las mismas: menor costo, mayor seguridad y la posibilidad de compartir con familiares en la isla, de acuerdo a un reportaje de Rui Ferreira en el diario español El Mundo.
Se puede argumentar y discutir sobre estas ventajas, pero lo que queda claro es que se trata de una nueva opción que en buena medida sirve de ejemplo a la hora de caracterizar la realidad de la comunidad cubana en Miami: las fronteras entre esta ciudad y la isla son cada vez más porosas.
A esto se une el hecho de que la cantidad de cubanos que han dejado su país se incrementó con fuerza en los últimos años. El éxodo ha alcanzado niveles no vistos desde 1994, cuando decenas de miles se lanzaron al mar en balsas.
Con el Departamento de Estado extendiendo la duración de la mayoría de las visas de visitantes para los cubanos de seis meses a cinco años —permitiéndoles por lo tanto realizar múltiples viajes a este país en ese período— y la flexibilización llevada a cabo en enero por el régimen cubano, con un alivio importante a las restricciones para que sus ciudadanos viajen al extranjero, se han introducido cambios en la política migratoria de ambos países, que podrían ser utilizados para facilitarle a los cubanos no solamente los viajes, sino el poder quedarse a trabajar en Estados Unidos por un tiempo y volver a la isla cuando quieran.
En los últimos cinco años, los cubanos han estado emigrando a un promedio anual de 39,000 personas, el promedio más alto en un periodo similar desde los primeros años de la llegada de Fidel Castro al poder.
Este éxodo masivo y silencioso está conformando un nuevo panorama en el exilio, donde los conceptos de temporalidad e indefinición de fronteras cobran nuevos significados e importancia.
Por supuesto que esa brigada de respuesta rápida que mantienen algunos cubanos que viven en Estados Unidos ya ha redoblado la petición de que se debe revisar las solicitudes de residencia y naturalización de esos padres y colocarlos en listas para ser deportados. Si la estulticia no fuera tan enorme entre quienes así comentan, deberían ser considerados simplemente malvados —¿y por qué no?, lo son—, al igual que es malvada e idiota la respuesta rencorosa de quien le echa la culpa de todo a la actual administración y suspira por un próximo presidente de Estados Unidos que reduzca al mínimo o elimine viajes y remesas.
Entre la ira estéril y el reclamo plañidero se debaten quienes quieren imponer una categoría de exiliados que, para empezar, ellos no practican, ya que se limitan al comentario refrigerado y la algarabía soez. La Ley de Ajuste Cubano no es una medida destinada al otorgamiento de asilo político. Quienes se han beneficiado con ella pueden escoger si viajan a Moldavia o a Cuba después de un año y un día de residir aquí. Es simplemente una elección personal. Lo demás es cuestión de conseguir visa.
Hay una Cuba a la que viajan con frecuencia quienes residen en Miami. Hay otra, de la que han comenzando a llegar —también con frecuencia en aumento— los disidentes y opositores. Ambas son válidas y destacar una por encima de la otra es en buena medida una decisión de cada quien.
Como un ritual característico de esta ciudad, estos disidentes y opositores visitan estaciones de radio y televisión, hacen declaraciones a la prensa escrita. Llama la atención que en lo fundamental destaquen “lo que les hacen” —es decir, la represión que sufren— y no “lo que hacen”, porque en esto último los resultados continúan siendo pobres, por no decir nulos.
Mucha represión, es cierto, pero también desinterés y abulia generalizados en la población cubana, que sigue apostando por la partida como la mejor opción para un regreso temporal que permite el paso de humillado a exaltado. Y así transcurre la vida para la comunidad cubana en Miami: mientras unos se entretienen oyendo a los disidentes, otros simplemente preparan las maletas aquí y allá.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 26 de agosto de 2013.

jueves, 22 de agosto de 2013

Pícaros en radio y televisión




Como parte de la prensa del corazón, existe en España una industria millonaria: los programas de televisión dedicados a comentar la vida de los famosos.
No importa si es un cantante, un artista o se trata de alguien que, por casarse con fulano o ser hijo de mengano, ha logrado tener un nombre conocido. Tampoco hace diferencia alguna la fecha del acontecimiento y la edad de los participantes en el asunto. La celebridad, convertida en mercancía, dicta la pauta.
Cualquier acto es convertido en meritorio, por el poder singular de un medio capaz de convertir al comentario de esquina en foco de atención de millones.
Estos programas hacen la fortuna de unos pocos y ayudan a pasar la noche a muchos. Tanto se afanan quienes los producen, que la competencia por tener una “exclusiva” adquiere carta de presentación.
Cuentan con la facilidad de apretar un botón y no tener que preocuparse en mantenerse atento. Pasan semanas, meses y años, y todas las noches se sigue girando sobre los mismos temas.
Esta televisión conforma la visión más vulgar de la eternidad del momento. Algunos o muchos la encuentran entretenida.
Aquí en Miami se ha logrado desarrollar un formato similar a estos programas españoles. Sólo que al corazón lo sustituye la política.
El resto es lo mismo: frivolidad, repetición y sensacionalismo. Un público cautivo todas las noches, o  las mañanas y tardes en el caso de la radio, que se sienta, mira y oye con asombro y entusiasmo hechos conocidos, comentarios banales, noticias ocurridas años atrás.
Tanta falta de memoria debería indicar la importancia transitoria de lo que se contempla. La propuesta, sin embargo, requiere de una presentación llamativa: invita a participar de un suceso único, advierte que se está haciendo historia, recalca la singularidad del acontecimiento.
Las mismas palabras una y otra vez, noche tras noche.
Esta degradación de la información, convertida en espectáculo, no debe sorprender en una ciudad que transforma en sainete cualquier tragedia.
Desde los lejanos planes de la CIA, durante la década de 1960, para exterminar a Fidel Castro y su régimen, una y otra vez en esta ciudad se ha utilizado el mismo esquema, difícil de entender fuera de Miami: el empleo de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de no lograr nada.
En este sentido, se puede trazar una curva que va desde la supuesta militancia anticastrista, violenta y radical, hasta el relato de supuestas operaciones militares, privilegios, abusos y cuanta interioridad se conoce o inventa respecto al régimen de La Habana.
Haciendo gala de una picardía digna de la Época de Oro en España, hay quienes llegan a esta ciudad y sin quitarse el polvo castrista del camino, luego de preguntar dónde se cena bien y se duerme mejor, se presentan ante cualquier estación de radio y televisión para contar lo que dicen que vieron y oyeron, sin escatimar relatos de terror y advertencias infundadas.
Mercaderes del miedo, que aprenden pronto la lección de vender cualquier exageración.
Farsantes al afirmar que conocen planes secretos —que por lo general elaboraron ellos mismos por el camino—, los cuales no pasan de ser un engaño socorrido para ganar algunos dólares.
Lo que por regla general se refleja en la pequeña pantalla no es más que el paso del tiempo. Lo que surgió como parte de un esfuerzo violento, conoció una etapa que en parte aún subsiste de utilización inadecuada de fondos para la ayuda a la disidencia, se concentra cada vez más en la revelación sensacionalista, el libro de memorias lleno de secretos y el “descubrimiento” de la última trama de espionaje castrista en Miami.
Ha sido el paso del hecho al chisme, y aunque el dinero ahora no llega en las cifras de antaño, siempre hay quien encuentra la forma de vivir del cuento.
De industria financiada por el Estado, esta variante “anticastrista” se está convirtiendo en renta personal, truco de animador de carpas, casi labor de televangelista.
El modelo que atravesó diversas etapas —donde el nexo entre la política y la economía siempre ha sido estrecho— y por años demostró una pujanza envidiable, tanto para otros inmigrantes como para los residentes de la isla, se agota en su variante empresarial, pero sobrevive como empeño individual.
Desde hace años, Washington considera que el camino del anticastrismo está agotado, y tanto presidentes demócratas como republicanos han apostado por un traspaso de poder en la isla que garantice la necesaria estabilidad indispensable para evitar un éxodo masivo.
En este sentido la ruta del dinero de la industria anticastrista comenzó a alejarse de Miami, aunque no se ha marchado por completo.
Para sustituirla —aunque sea en parte— ha florecido otra, donde la capacidad para asimilar el aburrimiento sirve para medir el poder de la ignorancia, la rentabilidad de la complacencia, lo beneficioso que puede resultar el empeño en el lugar común, el filón inagotable de la bobería. Hasta cierto punto puede argumentarse que es menos perjudicial, pero no por ello deja de reflejar la situación en que se encuentra una audiencia de exiliados, que no encuentra nada mejor para subsistir a una frustración de décadas, que refugiarse en lo pueril.


martes, 20 de agosto de 2013

Disidencia entre el dicho y el hecho



Al igual que el embargo, como ocurrió con las incursiones armadas y los actos de sabotaje, de la misma forma que viene sucediendo en la arena internacional, la política de Washington hacia la disidencia es un fracaso.
Nacida con total independencia de Washington, la disidencia conforma un cuerpo heterogéneo, y hasta cierto punto amorfo en la actualidad. Pero en cuanto a imagen en el exterior, siempre enfrenta igual problema: mientras algunas de las organizaciones más conocidas no reciben fondos de Washington, el argumento del dinero sirve para demonizarlas a todas. Al mismo tiempo, el tratar de silenciar las críticas respondiendo que sirven a los fines de La Habana es repetir la vieja táctica de aprovecharse de la conveniencia política para obtener objetivos personales.
El tema de la ayuda a la disidencia gira más sobre el mal uso de los fondos que alrededor de las necesidades que cubren. No se trata de convertir en un pecado el aceptar dinero del exilio, pero cuando éste proviene de un gobierno, no sólo existe siempre la sospecha de que “quien paga manda”, sino el peligro de injerencia extranjera.
La amenaza de una excesiva dependencia política al dinero norteamericano no ha provocado ni un rechazo generalizado por parte de la oposición en la isla, ni una respuesta emotiva y efectiva en el exilio. No hay el intento de suplantar con fondos cubanos la mayor parte del dinero destinado a los afanes democráticos en Cuba, lo que no niega que organizaciones privadas realicen envíos. Vale la pena reflexionar acerca del papel que desempeña una disidencia que depende de los fondos del gobierno norteamericano para existir y de las emisoras de Miami para hacerse conocer.
Si bien el régimen de La Habana es incapaz de crear un programa de desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, sí ha logrado mantener al pueblo bajo el régimen de una economía de subsistencia. Ni el desarrollo ni la miseria extrema generalizada en tiempo y espacio.
Mientras la disidencia pudo en un momento enfatizar sus demandas sobre las diferencias en los niveles de vida, incrementados en los últimos años, en su lugar encaminó el discurso hacia la lucha por una alternativa política y reclamos en favor de la libertad de expresión. Este esfuerzo se vio afectado por la represión en Cuba, pero tuvo una amplia repercusión internacional. La situación, sin embargo, ha derivado hacia un panorama en que elementos dispersos y contradictorios contribuyen al statu quo: en la actualidad a la disidencia y oposición se le conoce mejor por “lo que le hacen” que por “lo que hace”.
Al tiempo que la represión en la isla no ha disminuido, y que se hace necesario mantener la denuncia de los abusos que se cometen con frecuencia, los diversos planes divulgados durante años por los grupos opositores no han pasado en su mayoría de simples declaraciones.
Desde hace décadas no se conoce en Cuba un plan político como el Proyecto Varela, que pese a sus limitaciones fue capaz de movilizar a un sector de la población y presentar una alternativa dentro del mismo marco establecido  por el gobierno de la isla.
De ahí que resulte desatinada y falta de pudor cualquier comparación desde Miami, entre el papel del movimiento disidente cubano y la función que desempeñaron en su momento organizaciones como Solidaridad en Polonia.
La discrepancia entre la proyección internacional de la oposición en Cuba y su bajo relieve en la isla ha sido un factor que ha contribuido a perjudicarla por vías diversas. Pero donde los opositores han resultado más afectados es en la repetición de errores por parte de Washington.
Tanto cuando financió la lucha armada contra Castro como cuando apoyó la vía pacífica, Estados Unidos ha impuesto no sólo su ideología sino también su política.
Una política que ha beneficiado solo a unos pocos y dañado el prestigio de la disidencia.

lunes, 19 de agosto de 2013

La generación que debía obedecer




Cuentan que a principios de la década de los años 1960, la época en que Fidel Castro solía acudir por las noches a revisar o preparar la portada del periódico Revolución, sucedió esta anécdota.
Una noche, tras terminar Fidel su labor de editor en jefe, Carlos Franqui, entonces director del diario, bajó la escalera que llevaba a su oficina y le dijo a varios reporteros: “Suban, suban, para que conozcan a Fidel”.
Uno de ellos no respondió y se quedó sentado.
Comenzaba a subir de nuevo la escalera Franqui, cuando se dio cuenta de la ausencia.
“¿Qué pasa Rine? ¿No quieres conocer a Fidel?”
Entonces Rine Leal, que continuaba tras su mesa y había vuelto a escribir a máquina, como si nada estuviera sucediendo, le dijo con voz pausada y expresión inquieta.
“No, no. No tengo ningún problema con conocer a Fidel. Lo que me preocupa es que él me conozca a mí”.
De haber tenido igual oportunidad por los años 70, no hubiera mostrado una reserva igual a la de Rine y mucho menos declarar una previsión tan peligrosa. Veía a Fidel con relativa frecuencia, pero nunca nadie me lo presentó. Una noche intenté acercármele, durante media hora avancé lentamente en medio del grupo que lo rodeaba y pensé haber logrado eludir con mi disimulo la vigilancia de dos de sus escoltas. Fue entonces que un tercero, al que no había visto, se limitó a decirme: “Hasta aquí”. Nunca más volví a intentarlo. Comprobé lo que mucho antes Rine logró intuir: era peligroso tratar de estar cerca de Castro.
¿Castro? Confieso que esta distinción impuesta en Miami me resultó ajena por muchos años y sólo ahora no me molesta. Si empalagoso es el oír el “Fidel” o el “nuestro querido Fidel” de los adulones en la isla, tampoco me entusiasma un “Castro” que quiere anular cientos de frustraciones en el exilio enfatizando con ira un apellido. Hoy puedo mezclar ambas palabras a mi antojo, dueño al menos de la forma de nombrarlo, sin practicar la fidelidad de la isla ni el anticastrismo del exilio histórico.
Fidel fue una presencia frecuente —a veces venía una o dos veces por semana, en ocasiones pasaban un par de meses sin verlo— en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana cuando yo luchaba por graduarme de físico nuclear y luego de psicólogo. Luego esas visitas fueron distanciándose más, pero antes de que esto ocurriera decidió limitar los temas de aquellas “conversaciones”, que con frecuencia se extendían por varias horas. Nada de política internacional dijo un día, “porque luego lo dicho por él en aquel lugar se interpretaba como la posición oficial del gobierno”.
Esa reserva inicial marcó el comienzo de un distanciamiento. Poco a poco se encerró más y más en su despacho de la Plaza de la Revolución y en sus visitas programadas o “sorpresivas” y en las actividades políticas en las cuales consideraba indispensable su presencia.
Sin embargo, a punto de iniciarse la década del 1980 —que cambió por completo al país con el éxodo del Mariel— todavía contemplaba a veces su caravana de jeeps por la avenida 26 en el Vedado, rumbo a la calle 23 para doblar a la izquierda y dirigirse hacia Miramar y la zona de las playas, avanzando a poca velocidad y respetando los semáforos. El sentado al frente en uno de los vehículos. Pienso que mi generación fue la última que conoció a un Fidel más o menos cercano, pero en muchos de nosotros esa cercanía personal nunca logró disminuir el hecho de que estábamos obligados a aceptarlo.
Cuando Castro finalmente muera, creo que podré recuperar la imagen  de un Fidel de poco más de 50 años, que es la que domina mi vida de adulto en Cuba, y también la del gobernante joven que marcó mi niñez y adolescencia. Pero en ambos casos, estos recuerdos solo serán un asidero para volver a mi propia juventud y nunca una añoranza de una época heroica.
Quienes el primero de enero de 1959 éramos niños, nacimos bajo un signo hasta cierto punto siniestro: no somos los hijos de la Revolución —que vinieron después—, sino sus hijastros.
 Por capricho o necesidad de la que nos enseñaron era nuestra segunda madre —la tan traída y llevada patria cubana— fuimos entregados a un padre putativo, dominante y despótico, también sobreprotector y por momentos generoso, al que tratamos no sólo de complacer sino de obedecer siempre. No nos quedaba otra alternativa fue siempre nuestra justificación.
Vinimos al mundo con un destino injusto: ser una generación puente. Nuestro pecado original fue no nacer lo suficiente temprano para participar en la lucha revolucionaria, ni lo suficiente tarde para vivir en el “mundo glorioso del comunismo”.
Nunca tuvimos derecho a la vana ilusión de la infancia feliz de la pañoleta de pionero ni al miedo real de la pistola terrorista oculta bajo la camisa. Nuestro destino vulgar se caracterizó por el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas.
Lo primero que nos quitó la revolución de Castro fue el derecho a la adolescencia. Mientras los jóvenes en todo el mundo quemaban banderas norteamericanas, desafiaban el poder establecido y fumaban mariguana, nosotros —pelados y obedientes— marchábamos bajo el sol ardiente y fingíamos una moral estoica y una entrega absoluta a unos ideales que nos habían impuesto sin nuestro consentimiento.
No puedo entonces abrigar emoción alguna por un Fidel heroico y rebelde. Me justifica la esperanza de que mi sentimiento es compartido por millares, que como yo recordamos con desprecio al gobernante que nos prohibió a los Beatles, obligó a tener el pelo corto e impuso la insoportable estupidez de considerar que el vestir un pantalón vaquero —“pitusas” los llamábamos entonces— era una provocación ideológica.
Se hizo todo lo posible para impedirnos la posibilidad de equivocarnos con una apariencia viril, de luchar en uno y otro bando. Cuando llegamos a la edad de matar y morir impunemente, las guerras habían concluido, se limitaban a una opción para escogidos y estaban distantes aún las conquistas africanas plagadas de corrupción y sacrificios inútiles (fue el exilio quien vino a librarme de participar en ellas).
Cuando cumplí la mayoría de edad estaba vigente la Ley del Servicio Militar Obligatorio, el permiso de salida permanente del país vedado para los jóvenes y la enseñanza convertida en un ejercicio de chantaje que obligaba a demostrar no sólo una callada obediencia sino también una participación activa en las “tareas de la revolución”.
A mi generación le fue imposible ver en Fidel al joven rebelde, apoyado o rechazado por decisión propia, sino admitirlo como un dios natural, impuesto por la historia convertida en religión de las masas. Sus largos y fatigosos discursos leídos con desgano pero con apariencia de interés en reuniones y “plenos estudiantiles”, donde se “discutían” las oraciones pronunciadas por el Comandante en Jefe para concluir sin disensión alguna que todas eran perfectas, con las comas bien colocadas y los puntos —especialmente el punto final— apuntando siempre al corazón del enemigo.
Fuimos maestros de la espera. Nos enseñaron a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. Nos enseñaron también a no arriesgarnos, a no creer en el azar, a resignarnos a la pasividad.
Todavía a veces seguimos esperando. Por eso la incredulidad ante la noticia de la gravedad de Fidel. Hemos hecho todo lo posible para cumplir nuestro destino sin su presencia. Si hemos podido desterrarlo de nuestras vidas, el día que fallezca debemos tratar de olvidar su muerte lo más rápido posible. No lograrlo sería otra frustración. Intentarlo al menos nuestra mayor esperanza.