lunes, 30 de septiembre de 2013

Disidencia: realidad e ilusión



La relación entre el exilio de Miami y la actual oposición en Cuba requiere de un análisis que contenga pero no se limite a la efectividad dentro de los intentos por lograr la democracia en la isla, y en primera instancia una mejora de los derechos humanos.
Medir el avance de esta oposición —que incluye formas y objetivos diversos dentro de una actitud general  de rechazo al régimen— por los cambios que, gracias a ella, ha experimentado la sociedad cubana en los últimos años, es abordar el problema con una visión parcial.
En primer lugar debido al hecho de que muchos de estos cambios no son debidos a la oposición sino puestos en práctica en un desarrollo paralelo a ésta. En segundo porque esta misma oposición, que reclama su participación para lograr estos cambios, al mismo tiempo los disminuye o desestima, al catalogarlos de “cosméticos”, dentro de una retórica que le es necesaria para justificar su presencia: admitir que, aunque sea de forma parcial, algunas de sus quejas anteriores ya han sido resueltas: liberación de los prisioneros de la “Primavera Negra”, posibilidad de entrar y salir del país, eliminación del bloqueo a blogs y sitios en internet, ampliación del trabajo por cuenta propia y el permiso a la contratación de personal por empleadores privados en determinadas categorías.
Pero por encima de estos aspectos, hay otro que no por evidente deja de contener una serie de aristas polémicas al tomarlos en consideración: la oposición cubana se define no solo en su circunstancia insular sino en su relación internacional.
Para opositores y exiliados, la forma más fácil de resolver esta cuestión es argumentar que, a mayor apoyo internacional, más pierde en prestigio el régimen castrista; mayor protección tienen quienes son reprimidos arbitrariamente dentro de la isla —ya sea mediante detenciones temporales, actos de repudio y acoso, entre otros medios— y también aumentan las posibilidades de la condena del régimen en los foros internacionales.
Sin embargo, este argumento contiene puntos débiles, que dificultan sea esgrimido sin la menor duda, salvo cuando obedece a motivos políticos elementales.
Por demasiadas décadas, la sustentación de los vínculos económicos del régimen ha estado edificada sobre fundamentos que no guardan relación ni con la democracia ni con los derechos humanos, sino con factores gubernamentales en donde este factor ocupa un lugar secundario o no se toma en cuenta. El embargo estadounidense puede ostentar un récord de permanencia, pero poco que alegar en cuanto a efectividad.
Así que, en última instancia, los logros de la oposición y el exilio en este terreno se limitan en muchos casos a la obtención de gestos, que también pueden ser catalogados de cosméticos.
Lo anterior no debe llevar a desconocer u opacar lo que sí constituye el mayor logro de esa oposición pacífica en la esfera internacional, y es la denuncia de los atropellos que a diario comete el régimen de La Habana. Aquí sí ha ido en aumento la eficacia opositora —en parte al aumento de quienes se dedican a esta actividad y en parte gracias a los avances tecnológicos.
Como en lo fundamental el otorgamiento de la categoría opositora viene dictado no solo por la labor en sí, sino por lo que determinan La Habana y Washington, los parámetros para medir la efectividad en muchos casos son ajenos a una incidencia dentro de la situación en la isla, y responden más bien a una repercusión externa.
Raúl Castro ha logrado un difícil equilibrio entre represión y reforma. Lo ha hecho dilatando la segunda y modificando la primera sin que pierda su naturaleza de mantener el terror. Que ese avance se deba a circunstancias específicas no disminuye el hecho de que sea real.
Esta situación de transformación limitada en la isla —con modificaciones económicas decretadas por un gobierno que en Miami se detesta y rechaza, pero contra el cual se puede hacer poco— presenta un nuevo problema para el llamado exilio de “línea dura” de esta ciudad: ¿cómo responder a una situación cada vez más alejada de la ideología que la sustentó durante tantos años y que se sostiene con el apoyo de las circunstancias del momento?, ¿cómo hacer frente al sainete, que ha resultado tan exitoso como la epopeya?
Si hasta el momento es difícil valorar la repercusión que a la larga tendrán en la isla las visitas de los disidentes a diversos países (de momento se puede decir que nula), es posible que estos viajes tengan logros meritorios en conseguir en Miami un mayor acercamiento a la realidad cubana. Aunque existe el peligro de que al final se imponga una actitud  complaciente —e incluso mimética.
Entonces todo queda reducido en la incorporación de nuevos elementos al viejo ejercicio de vender la ilusión, que en esta ciudad ha resultado en buenos dividendos económicos para unos pocos. No hay que afirmar que así será. Tampoco es bueno desestimar de entrada la tentación de la complacencia.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 30 de septiembre de 2013.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Breaking news: ¡Los niños de Miami leen periódicos!



En su penúltima columna en el Diario Las Américas, Jaime Bayly anunciaba que estaba muriéndose. Que se está muriendo Bayly no debe asombrar a nadie: él mismo lo ha dicho varias veces, durante varios años. No es la crónica de una muerte anunciada. Es el anuncio de una muerte repetida. A mi todo eso me parece que es imitar a Woody Allen (hay una conexión entre las dos últimas columnas de Bayly y es Hannah and Her Sisters), pero llegará el día en que se muera y podrá decir: Se los había advertido.
La noticia aquí viene por otra parte. Alarmado, el director de la publicación, Manuel Aguilera, ha escrito esta semana en la misma sección, y le pide al periodista y escritor que no se muera. Probablemente Bayly lo obedezca y así garantice mantener su columna semanal. Pero donde se encuentra la noticia es en algo que escribe Aguilera: “me pasaron una llamada en el Diario de una lectora enfurecida. ¿Usted no se lee lo que escriben sus columnistas antes de publicarles?, ¿Qué [sic] le parece que sus hijos puedan leer esto?…”.
Todo hace suponer que la lectora irritada se refiere a niños, porque los hijos grandecitos ya no cuentan. Y aquí sí hay razón para asombrarse: en Miami hay niños que leen periódicos, o al menos se amenaza con que esto ocurra. Valía la pena investigar el hecho antes de escribirlo, pero eso no es lo importante. Lo importante es la pregunta: ¿Es para alegrarse o para preocuparse?

martes, 24 de septiembre de 2013

Las reglas del juego



Todo emigrante que tiene la esperanza de lograr en el exterior lo que no ha conseguido en su patria puede sufrir un choque. Es el encuentro cuando descubre que siempre queda algo más allá del placer del triunfar —por pequeño y transitorio que éste sea—, y es intentar que se haga justicia.
La justicia no sólo como castigo frente a lo mal hecho, sino como recompensa al justo.
Abandonarlo todo y empezar de nuevo es un acto de reafirmación. Para muchos cubanos —y quiero creer que este principio se ha mantenido a través de varias generaciones—, el exilio o la diáspora es tanto un viaje más allá de las fronteras de la patria como un regreso a los principios fundamentales.
En ese recorrido doble debería quedar fuera —y si no ocurre uno debe luchar para lograrlo— todo lo que quedó atrás y no servía.
A partir del momento de la salida, hay que intentar que cualquier triunfo futuro no sea obra del engaño. En Miami esto no resulta fácil. No niego que iguales dificultades se presenten en cualquier otra ciudad, pero me limito a las de aquí no sólo porque son las que mejor conozco, sino por la vinculación única que tienen con la política: un vínculo que acerca a Cuba y Miami. Es la política —o mejor decir: la conveniencia política— lo que determina el éxito. De nuevo tengo que aclarar que es una visión personal, no por ello deja de ser compartida.
En muchos casos actuar “de forma correcta” en Miami no es regirse por principios. Es acomodarse a la situación. Conocer las reglas del juego. No con el fin de cumplirlas. Lo importante es saber cuándo resulta el momento adecuado para violarlas impunemente. No se trata de jugar bien. Lo único que se deben conocer son las trampas. Cuáles son permitidas y cuáles no. En qué momento poner una zancadilla a otro jugador y en qué momento esquivar el que se la pongan a uno. Saber además cuándo permitirla. El instante adecuado para caerse antes del golpe.
Siempre queda el dedicarse a la protesta. Pero protestar es una trampa más. Que algunos saben muy bien como esquivarla. Los que son torpes se limitan a no protestar. Cuando se cuenta con un mínimo de habilidad se entra en el juego de la protesta: hacerlo en el momento adecuado en que se ve bien a los que protestan o escoger los temas sobre los cuales la protesta es saludada con entusiasmo.
Desde el punto de vista político, todo este juego y rejuego es fácil y conveniente.
El diferenciar a diario entre ganadores y perdedores en Cuba alimenta los odios del exilio. También carece de sentido. Al poco tiempo de vivir en Miami, algunos exiliados comienzan a sentir que algo no anda bien. Lo que al llegar creían que era una reafirmación comienza a agrietarse. Puede que al principio no se den cuenta, pero al final terminan por encontrar que una salida no necesariamente significa un nuevo mundo, sino también en parte un regreso al antiguo.
Si el paso al exilio es un viaje a las antípodas, resulta lógico que los que allá estaban arriba aquí estén abajo. Que los triunfadores en el otro extremo fueran los fracasados en éste. Que quienes alimentaron el error ahora sufran las consecuencias.
Equivocado. Acabar con el castrismo parecer ser la razón de existir de Miami. Al menos, eso es lo que escucha y lee por todas partes. Pero también hay otra realidad, que no se dice a diario pero tampoco se oculta.
Por una época esa realidad fue incluso más evidente. Por entonces se veía a diario en los noticieros. Era cuando las deserciones eran noticia. Si abandonaba el país un importante funcionario del régimen, su figura aparecía en los noticieros y las páginas de los diarios. Si llegaba un preso político más, solo se enteraban los familiares. Si el inmigrante era alguien que se había negado a militar en las filas del Partido Comunista —y a desempeñar funciones de responsabilidad en favor del régimen—, las posibilidades de encontrar empleo dependían de su suerte. Si se trataba de un funcionario más o menos importante, lo más probable era que al poco tiempo contara con las relaciones suficientes para procurarse un buen salario. Si alguien llegaba al exilio, luego de publicar varios libros en Cuba, era recibido como un escritor —no importaban las alabanzas a Castro y a la revolución que contenían esos libros. El que venía sin una obra —porque se había negado a someterse a los criterios imperantes en la isla sobre la literatura y el arte— era un simple desconocido.
Se ha perdido categoría en la época actual del sainete. Los cortesanos, espías de diverso valor, esposas de hijos de figuras importantes, peluqueros, cocineros y hasta recaderos de oficio múltiple compiten por una noche de fama y fortuna en la televisión por cable local.
Pero la importancia no radica en reconocer si el que llega ha sido o no funcionario, escritor, general o recadero. Aceptar y celebrar la llegada de los desertores es un paso de avance en el exilio, logrado tras el éxodo del Mariel. Alimentar el resentimiento resulta una actitud malsana.
Es comprensible, desde el punto de vista emocional, la actitud de diversos presos políticos, que tras pasar la juventud y parte de su vida encerrados se ven obligados a desempeñar labores mal pagadas en esta ciudad. Sus años de juventud malgastados en las prisiones. Pero se justifica emocionalmente, no como una forma de conducta adecuada.
No se trata de argumentar que había vivido engañado. Repetir: “Yo creí en aquello, pero un día me di cuenta de mi error, bla, bla, bla”. Tampoco de recurrir a la consabida autocrítica: “Pido perdón al exilio. porque yo estaba equivocado y ahora lo que quiero es una segunda oportunidad, trabajar en tierras de libertad, bla, bla, bla”. Quienes se dedican por un tiempo a recriminarse —y a inventar justificaciones — siempre despiertan la sospecha de estar buscando un perdón fácil, que les permita integrarse con rapidez a la sociedad que hasta ayer habían rechazado.
Frente al tantas veces mencionado oportunismo político que se practica en Cuba, la farsa que a diario llevan a cabo muchos en el exilio. Aquí y allá fingir, reírle la gracia al que está al mando, ocultar la noticia o tergiversarla si, por ejemplo, se trabaja en un medio de prensa. No viajar a la isla —es otro ejemplo—, si el dueño del negocio es un “anticastrista vertical”. Confesar unas oportunas creencias religiosas, cuando uno se ha criado en el ateísmo y no cree ni en la madre.
Hablar de oportunismo resulta común en Cuba tras el primero de enero de 1959. En el exilio, la mayor parte de las referencias al término tienen que ver con la isla. No hay oportunistas que caminan por las calles de Miami. En su lugar, la ciudad está llena de automovilistas hipócritas.
¿Espejuelos para diferenciar a los farsantes de las personas con principios en el exilio? No existen. Bastan un micrófono o una página impresa para el intento —muchas veces con éxito— de otorgarle veracidad a un mentiroso.
De lo que se trata —lo realmente importante— es renunciar a una vida de engaño. Tratar en lo adelante de avanzar por méritos propios. No repetir la antigua fórmula de apelar a las palabras convenientes y el ocultar sentimientos y motivos para escalar posiciones. El problema es que en Miami, muchos no han aprendido el difícil arte de hacerlo mejor, cuando tienen una segunda oportunidad.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Los irracionales



Desde hace años una partida de fanáticos intentan apropiarse del Partido Republicano. Lo han logrado en parte. Todo comenzó con un desplazamiento geográfico, pero en realidad ideológico. El ala sureña del partido desplazó a los del norte, que lo habían guiado por años. Los gobiernos de ambos Bush, padre e hijo, fueron la culminación de este período, sobre todo durante el mandato del segundo.
Sin embargo, la llegada a la presidencia de Barack Obama vino a poner de cabeza lo que hasta entonces se consideraba un cambio acorde a las circunstancias del momento.
Como suele ocurrir, la respuesta no fue una rectificación de rumbo sino empeñarse en el error. Los triunfos parciales durante las elecciones legislativas de mediados del primer período presidencial de Obama parecieron confirmar en un sector republicano que el extremismo ideológico era la carta de triunfo en las urnas.
Luego vino la elección presidencial, pero la derrota del candidato republicano no ha servido para enmendar el error, sino todo lo contrario. Tras los debates en las primarias, en que cada aspirante a la presidencia se empeñó en ser más intransigente que el anterior, el elegido Mitt Romney trató de aparecer como el representante no solo de la clase media sino de la actual ciudadanía estadounidense en su conjunto. Fracasó en su empeño porque siempre resultó demasiado falso para creerse el cuento y con un desprecio total hacia la población hispana —para no hablar de los votantes negros— como para conseguir su apoyo.
Al igual que en el primer triunfo electoral de Obama con la derrota del senador John McCain, el fracaso de Romney no ha servido para un cambio.
Los motivos son dos, y muy elementales. El primero es que la próxima elección presidencial está aún lejana, y el juego político ahora no es conquistar al electorado estadounidense en general sino la base partidaria. El segundo tiene que ver con el dinero, y es que en la política de este país se está produciendo un fenómeno perjudicial para la democracia. El fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United contra la Comisión Nacional de Elecciones, que permite a las empresas gastar cantidades no limitadas de sus fondos corporativos en las contribuciones de campaña permitidas ha llevado a una mayor polarización ideológica y no a una representación más justa de los intereses de la mayoría ciudadana.
El dictamen de la Corte Suprema revocó todas las limitaciones de la ley Bipartisan Campaign Reform Act (también conocida como McCain–Feingold Act o BCRA), que prohibían a las empresas, incluidas las organizaciones sin ánimo de lucro y sindicatos, invertir en campañas electorales. Ello ha permitido la inversión de grandes sumas de dinero —a favor o en contra de los aspirantes y candidatos presidenciales de los dos principales partidos de este país— en las elecciones de 2010 y 2012.
Contrario a lo que se pensó en un primer momento, ello no se ha traducido necesariamente en privilegios para las corporaciones, sino en una vía para que algunos de sus principales propietarios, grandes accionistas y millonarios de cualquier tipo puedan invertir abiertamente en sus objetivos políticos personales.
Esto quiere decir que, para las corporaciones, los cabilderos continúan siendo los vehículos ideales para lograr leyes a su favor, mientras que a la hora de buscar inclinar la balanza política en agendas ideológicas individuales o de grupos de interés, los fondos en posesión de los grupos de acción política marcan la pauta.
En este sentido, el extremismo político que parece dominar en un poderoso sector del Partido Republicano no obedece al dinero de corporaciones sino de donantes individuales. Con frecuencia, estos grandes donantes promueven los puntos de vista más extremos. El mejor ejemplo en ese sentido es el magnate del juego Sheldon Adelson
En 2012, los principales donantes —que constituyen apenas el 0.1 por ciento— conformaron el 44 por ciento de las contribuciones de campaña, mientras que en 1980 un número igual de donantes privilegiados solo alcanzó el 10 por ciento de la cifra total de dinero dado para la promoción de candidaturas, de acuerdo a un artículo de The New York Times.
Ello explica que miembros populares del ala más radical del conservadurismo republicano, como el senador Marco Rubio, sean en este momento grandes recaudadores de fondos, de acuerdo a una información de El Nuevo Herald.
El cambio en el Partido Republicano, de un conservadurismo pragmático norteño a un fundamentalismo rural sureño, ha traído como consecuencia una polarización ideológica de los votantes, los cuales han llevado a la Cámara de Representantes a políticos que se aferran a posiciones ideológicas extremas, rechazan el compromiso y se aferran a una “pureza ideológica” que puede complacer a un número limitado de electores, pero se aparta del espíritu moderado y centrista del la mayoría de votantes de este país.
Este cambio, como se demostró en 2012, puede traer como resultado un nuevo fracaso republicano en la próxima elección presidencial. Pero por lo pronto los miembros de este partido apuestan a la votación para legisladores del próximo año.
¿Qué le queda entonces al movimiento conservador y cuál es su futuro?
Desde hace años el Partido Republicano necesita de una valoración de sus objetivos y prioridades, y al mismo tiempo liberarse del control que sobre él viene ejerciendo la ultraderecha sureña, en especial en su vertiente más reaccionaria, dominada en buena medida por los diversos grupos y sectas evangelistas, el extremismo en contra del Estado y el lograr una reducción cada vez mayor en los impuestos.
El movimiento Tea Party está exhausto, y ello debe traducirse fundamentalmente en un beneficio para la derecha, ya que este movimiento nacido en circunstancias de momento ha sido —en sus ideas, argumentos, estrategias, y sobre todo en su visión— de manera profunda y desafiante, anti conservador. Sin embargo, la pérdida de simpatizantes en el electorado en general del Tea Party —que quedó demostrada en las últimas elecciones— no significa aún que este movimiento ha perdido influencia a la hora de exigir a los miembros del Partido Republicano, en el reclamo de que se definan en sus acciones de acuerdo a lo que la organización considera “verdaderos republicanos o verdaderos conservadores”.

Esta exigencia tiene sus raíces en la transformación que ha sufrido una parte del movimiento conservador en este país, del pragmatismo al fanatismo ideológico.
Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el conservadurismo en Estados Unidos giró en torno a un debate único, que se ha repetido una y otra vez. Analizar ese debate es la mejor forma de comprenderlo.
Lo que se conoce como movimiento conservador norteamericano tiene su origen en las ideas del pensador y político inglés Edmund Burke, quien a finales del siglo XVIII postuló que el gobierno debía nutrirse de una unidad “orgánica”, que mantenía cohesionada a la población incluso en los tiempos de revolución.
El conservadurismo de Burke no se sustentaba en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. En su denuncia de la Revolución Francesa, Burke no buscaba una justificación del ancien régime y sus iniquidades, tampoco proponía una ideología contrarrevolucionaria, sino que advertía contra todos los peligros de desestabilización que acarreaban las políticas revolucionarias.
Para Burke, lo más importante era salvaguardar las tradiciones e instituciones establecidas en lo que él llamaba “sociedad civil”. Ante el peligro de destruir lo viejo, era mejor tratar de enmendarlo con cautela.
En este sentido, el debate conservador se ha situado entre los que se mantienen fieles a la idea de Burke, de enmendar la sociedad civil, mediante un ajuste de acuerdo a las circunstancias imperantes en cada momento, y quienes buscan una contrarrevolución revanchista.
Una y otra vez, en los últimos años, dentro del Partido Republicano han adquirido mayor fuerza los contrarrevolucionarios.
Lo que buscan estos contrarrevolucionarios es destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados. Volver a la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del New Deal/Fair Deal de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60 del siglo pasado.

Así se explica ese odio sin medida hacia el plan de seguro médico para todos los estadounidenses del presidente Obama. Fuera de Estados Unidos, la idea de que un grupo de ciudadanos de un país se niegue a un seguro universal de salud suela descabellada, pero aquí se justifica no en cuanto al beneficio o no que pudiera producir, sino fundamentalmente como premisa ideológica. Claro que esta premisa ideológica no se muestra solo en su versión más descarnada —la intromisión del Estado en las decisiones del individuo—, sino que se alude desde el gasto, el despilfarro y el déficit nacional hasta la creación de empleos y las restricciones y posibles sanciones a los pequeños negocios. No se trata de discutir la forma de mejorar y ver la opción más eficaz de poner en práctica un proyecto, sino de demonizarlo por completo.
Los ultraderechistas han ido tan lejos en sus posiciones, que no solo han abandonado cualquier vestigio de los planteamientos de Burke, sino que se han convertido en una especie de comunistas a la inversa, al colocar la lealtad al movimiento —en este caso muchos de los postulados puestos en práctica durante el gobierno de Ronald Reagan—por encima de sus responsabilidades.
Los legisladores que siguen al pie de la letra los principios del Tea Party son en buena medida políticos ambiciosos, como Rubio y el senador Ted Cruz, que han encontrado en esa agrupación una vía para destacarse y alcanzar una posición independiente de lo que por años fue el establishment republicano. En otros casos se trata simplemente de figuras bastante gastadas dentro de su propio partido, que por temor a perder elecciones se suman a principios que no comparten por completo, pero que no pueden dejar de obedecer por esa forma de tiranía que imponen las urnas.
El intento de subordinar la aprobación de la prórroga presupuestaria a posponer por un año la entrada en vigor de la ley de salud —aprobada por el Congreso y reafirmada por la Corte Suprema— no es más que un disparate político.
Con independencia de que hoy viernes la Cámara de Representantes, dominada por los republicanos, apruebe una ley que eliminaría la financiación federal del sistema sanitario de Obama, el resultado final será nulo. El Senado dominado por los demócratas no dará el visto bueno a una medida similar, y en última instancia el presidente Obama ya ha dicho que votará cualquier ley al respecto.
Intentar paralizar al Gobierno  con una agenda estrecha produce resultados catastróficos para los políticos que se empeñan en ello. Los republicanos deberían saberlo. Les pasó durante el gobierno de Bill Clinton y les ocurrirá de nuevo si persisten en tratar de imponer una vez más lo que no es más que una obsesión de fanáticos irresponsables.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...