domingo, 12 de enero de 2014

Castro o la vejez como mortaja


Entre todos los dictadores, tiranos, sátrapas y cualquier otro nombre al uso, Fidel Castro ha adquirido el récord de sufrir en vida una mayor destrucción de su imagen.
Quizá algún día se sepa si fue un esfuerzo combinado o solo se trató de un plan de su hermano Raúl. Lo más probable es la influencia de diversos factores, desde una al parecer pérfida esposa hasta unos hijos más interesados en vivir bien y comprometer lo menos posible futuro y presente.
Lo cierto es que Raúl Castro es el más favorecido con este infortunio de la figura de su hermano mayor. Indudable que para su ascenso era necesario que su hermano descendiera, no solo al deterioro que significa cualquier enfermedad sino a la humillación de una vejez que ha logrado esquivar la ignominia pública pero no el descrédito.
Curioso que quien una y otra vez adoptara el nombre de Alejandro, no simplemente como un mote de guerra sino como un destino, termine reducido a la imagen del deterioro y el símbolo de la decadencia.
Fidel Castro le está haciendo un favor a sus seguidores. No importa lo que escribe o lo que habla. Lo único que vale es que está ahí. Lo que escribe, cada vez más esporádicamente, no pasa de una simple muestra de torpes banalidades, una interminable regresión de repeticiones destinadas a no decir nada.
El célebre slogan “No Castro, no problem” ha resultado ser mucho más que una calcomanía llamativa, para colocar en el guardafrenos trasero del automóvil. Resume una forma de pensar caduca, un círculo vicioso.
Si para confirmar que Fidel Castro está vivo, el gobierno cubano no tiene mejores recursos que sacar cada varios meses las imágenes de su asistencia a un evento de poca o ninguna importancia política, su presencia pública ha sido condenada a comentarios de café con leche.
Que todas las muertes y resurrecciones de Fidel Castro no sean más que un recurso cansado para alimentar la mitología del líder, matar el poco entusiasmo restante sobre el futuro de la isla y jugar con el exilio y la desilusión de los cubanos, estamos no ante el crepúsculo de los dioses, sino frente a las huellas —cada vez más miserables— del paso del tiempo. Lo que sí cada vez resulta más burdo es todo el entramado alrededor de estas fabricaciones.
Durante estos últimos años quienes residen en la isla han sido testigos de una situación anómala: carteles y murales continúan mostrando la imagen poderosa de un caudillo que por décadas los guió, mientras de vez en cuando aparecen fotos y videos de un anciano débil y balbuciente, que para mantenerse en pie siempre necesita del apoyo de uno o dos ayudantes jóvenes —más en la labor de sostenedores que en la función de guardaespaldas.
En medio del esfuerzo para lograr la comida diaria, poco tiempo queda para detenerse y pensar por un momento en  esa figura deteriorada.
La enfermedad le hizo a Fidel Castro una de las peores jugadas que pudo haber imaginado: no lo mató, simplemente se entretuvo en destruirlo lo suficiente para que quedara convertido en un residuo de otra época.
Al reconocer que el caudillo ha logrado sobreponerse lo suficiente —a sus padecimientos y a la edad—, para no ocultarse por completo a la vista pública, no hay que olvidar que ese triunfo de la voluntad lo es por el apego a la vida, y por un resto de vanidad que lo obliga a recordarnos ocasionalmente que sigue vivo.
En parte responde al interés en conservar la ilusión de que sigue siendo el guía de un sistema que cada día se parece menos a lo que fue; en parte es una consecuencia lógica de un aferrarse no solo al pasado sino al presente: existe, no todo está perdido para él. Lo demás es la espera, inevitable, de la muerte.
Sin embargo, esta permanencia se define más por esos carteles y fotografías, en periódicos, calles y muros de la isla, donde el recuerdo impera.
Lo demás, que esa presencia aparezca a veces —y no sea un fantasma sino simplemente un vestigio— se lo debe al hermano. Sin este, al que muchas veces relegó y otras despreció —pero nunca lo suficiente como para apartarlo de su lado—, no sería más que un objeto de estudio, de repulsa o admiración.
Raúl Castro se ha convertido en el poder que preserva no al régimen instaurado un primero de enero, sino a los creadores que caos que vino después. Más guardador que guardián.
Esta dicotomía esquizofrénica entre el caudillo todo poderoso que fue Fidel Castro, y ese anciano balbuceante e inseguro, no oculta una realidad: el único acto verdadero que queda por cumplir, que será observado en todo el mundo, es la famosa noticia mil veces anunciada de forma anticipada y un funeral de pompa y circunstancia: una revolución ya muerta, que terminará por definirse en un acto fúnebre.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 13 de enero de 2014.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...