lunes, 6 de enero de 2014

Castroviejo


Si hay algo de cierto en el objetivo del gobernante cubano Raúl Castro, expresado en su discurso del primero de enero en Santiago de Cuba, es el carácter profundamente reaccionario del proceso que acaba de cumplir 55 años.
Pero hay algo más y muy grave. La decisión tomada sobre el rumbo a seguir por el régimen, entre la vía china y la norcoreana, se inclina definitivamente por la segunda: Pyongyang en La Habana.
Castro dedicó la parte final de su discurso —y a todas luces la única importante— a lanzar una advertencia sobre  “la permanente campaña de subversión político-ideológica concebida y dirigida desde los centros del poder global para recolonizar las mentes de los pueblos y anular sus aspiraciones de construir un mundo mejor”. A partir de ese momento, la retórica anticuada que como siempre había manchado su oratoria se hizo más espesa aún: “intentos de introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial”; “vender a los más jóvenes las supuestas ventajas de prescindir de ideologías y conciencia social”; “inducir la ruptura entre la dirección histórica de la Revolución y las nuevas generaciones”; “promover incertidumbre y pesimismo de cara al futuro, “desmantelar desde adentro el socialismo en Cuba”.
Como si el supuesto socialismo cubano no estuviera más que desmantelado —al igual que los centrales azucareros— por los propios hermanos Castro.
Si fuera verdad que la intención de Raúl fue abrir el desvencijado armario ideológico —y hay que enfatizar la duda, porque quizá todo no fue más que palabras para satisfacer a los “duros” en su día de celebración espuria—, el año comienza muy mal para los cubanos.
Porque desde hacía algún tiempo la ideología en Cuba había sido tirada a un rincón, sentada detrás de la mesa cotidiana y encerrada en los días de fiesta. Algo así como la boba de la familia.
De pronto Raúl Castro habla de Marx y Lenin y el sempiterno Martí a su uso. Alerta sobre el peligro de estar “favoreciendo el individualismo, el egoísmo y el interés mercantilista”. El general señala la amenaza del “menoscabo de los valores, la identidad y la cultura nacionales”.
Así que nada del anciano Deng Xiaoping, que lanzó la consigna de ¡Enriqueceos! El viejo Raúl Castro nos recuerda que nunca hay que olvidar “que esta es la Revolución Socialista de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Da cuerda al reloj detenido que es el país, pero no lo pone en hora, sino que lo atrasa una vez más.
Ni siquiera se atreve a un “neocastrismo”, Es simplemente el Castroviejo de siempre.
En un país que se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen supermercados,  viviendas y empleos, y el miedo a que todo esto sea imposible de alcanzar sin una  sacudida que ponga en peligro o disminuya notablemente el alcance de los centros de  poder tradicionales, el general al mando opta verbalmente por el retroceso.
Por supuesto que las respuestas en favor de las transformaciones habían sido  descorazonadoras. El avance económico y las posibilidades de empleo sustituidas por la vuelta al timbiriche.
Sin embargo, desde hace años en la esfera cultural se avanza con pereza y temor en un ambiente más laxativo, en que la tensión de la barricada ideológica se ha venido sustituyendo en cierta medida por una distensión programada.
¿Se interrumpirá este relajamiento? ¿Una vuelta a la cultura de consignas? El gobernante apela al “compromiso patriótico de la gran masa de intelectuales, artistas, profesores y maestros revolucionarios”, y las palabras tienen el eco tenebroso de los años 70. Raúl Castro recrimina que “no se ha avanzado lo necesario”  en la esfera ideológica. Y no es una alerta, sino más bien una advertencia a intelectuales y maestros.
De lo que no hay duda, es que esta parte del discurso estuvo dirigida contra los activistas de la sociedad civil, periodistas y blogueros independientes, y grupos como Estado de SATS. Yoani Sánchez y Antonio Rodiles están en la mirilla. Lo han estado siempre.
En este sentido, el discurso de Raúl Castro no es una sorpresa. Desde hace semanas, en Cuba y Miami se ha intensificado la campaña contra quienes intentan abrir la sociedad cubana mediante la información y el debate de ideas.
De nuevo el régimen está utilizando la represión como otra forma más de distraer la atención de los graves problemas económicos que afectan el país. Una táctica que se repite sin agotarse: la intimidación, ya sea mediante advertencias, arrestos preventivos o encausamientos, y el empleo de turbas para llevar a cabo los tristemente célebres actos de repudios. La eficacia del método se fundamenta en la supervivencia en el poder de quienes los ordenan.
Ahora con su discurso Raúl Castro ha dado un paso más allá —o mejor dicho, un paso más atrás— y le ha recordado a escritores y artistas que un cuadro, un poema o una línea siempre son peligrosos en Cuba.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 6 de enero de 2014.



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