lunes, 3 de febrero de 2014

“Gusano” y el abuso infantil


Hay una ópera que siempre me causa un profundo terror. Está olvidada casi por completo y fue creada por un compositor que pocos mencionan, el checo Hans Krasa. Cuenta las aventuras de dos niños, que cantan para ganar algún dinero que sirva para curar a su madre enferma. Musicalmente es una mezcla con limitado valor de Debussy, Ravel, Berg y Gershwin. La primera vez que se representó fue en un orfanato judío en Praga, en 1942.
Lo que me aterra no es la obra sino la historia de sus representaciones. Poco después del estreno, Krasa, un judío, fue enviado al campo de concentración de Terezín (Theresienstadt), considerado la antesala de Auschwitz.
Allí Brundibár, que es el nombre de la ópera, fue representada en 55 ocasiones, bajo la dirección de Krasa y con un reparto siempre variable de niños prisioneros.
Al terminar la puesta en escena, los nazis escogían entre los pequeños cantantes y mandaban algunos para Auschwitz y el resto quedaba a disposición del próximo espectáculo.
Siempre se estaba preparando un nuevo montaje, porque Terezín era un “campo modelo” y no faltaba una audiencia —que en muchos casos incluía a visitantes enviados por los nazis para mostrarles lo bien que ellos trataban a los detenidos— con el entusiasmo suficiente para disfrutar de una jornada de buena música en medio de la barbarie. Nunca faltaron niños tampoco, que sustituyeran a los escogidos.
Este es un artículo sobre un hecho trágico, pero no tan trágico como lo que ocurría en Terezín. Tampoco es intento de establecer comparaciones. Sólo intenta, por una parte, destacar ese malsano interés que tanto los dictadores de todo tipo, como los regímenes totalitarios, muestran por los niños. Por la otra quisiera servir de denuncia sobre una forma de abuso infantil que existe en Cuba: enviar a los niños a participar en actos de repudio.
Sirve de referencia a esta columna un documental que acaba de dar a conocer Estado de SATS y que se titula Gusano. Es un materia elaborado sobre la génesis y el desarrollo de los actos de repudio, y termina enfatizando en uno que, bajo el disfraz de acto cultural, se realizó frente a la sede de este proyecto y contra los miembros e invitados por la organización para un Encuentro Internacional sobre los Derechos Humanos.
El Encuentro conmemoró el 65 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se celebró entre los días 10 y 11 de diciembre del pasado año en La Habana. No solo fue interrumpido con este acto de repudio sino culminó con la detención de varios miembros, entre ellos Antonio Rodiles, coordinador de Estado de SATS.
Entre otros méritos, Estado de SATS se ha caracterizado por ser un panel de discusión y análisis sobre la sociedad cubana, que no se limita a la necesaria denuncia de los abusos sino va más allá, y busca contribuir a la elaboración de una sociedad civil en la isla. Por ello la participación de intelectuales y artistas es parte básica del proyecto y Gusano es una buena muestra de esa labor: en pocas ocasiones se ve un material con una factura tan bien realizada dentro de las naturales limitaciones que enfrenta la tarea del activismo a favor de la democracia y la lucha por los derechos humanos en Cuba.
Hay un aspecto que vale la pena destacar en este documental, y es la denuncia solo a través de las imágenes, del hecho siniestro de llevar a niños a esa especie de aquelarre, que por supuesto ellos no entienden y al que son obligados a convertirse en cómplices inocentes. 
Ese objetivo moralmente dañino, de empeñarse en destruirle la infancia a quienes no se sabe si en el futuro permanecerán en Cuba o vivirán en otros países, de tratar de convertirlos en repetidores de consignas huecas e inculcarles un afán de protagonismo y participación política que debe ser preservado para tiempos peores evidencia una falta de humanidad total, al estilo de la practicada en la desaparecida Unión Soviética, China, Corea del Norte y Cambodia.
Detrás de cada acto de repudio hay no solo un abuso de autoridad y un despliegue de violencia de forma descarnada, cuyos límites son los que imponen quienes controlan la actividad. También constituyen una expresión brutal que evidencia la esencia soez del régimen cubano y sus gobernantes. Tratar de enmascarar esa degeneración humana con una presencia infantil los hace aún más despreciables.

El documental Gusano detalla el odio que encierra cualquier acto de repudio, pero además muestra como, al tiempo que niños son convocados a unirse a una algarabía insoportable, por otro lado son apresados ciudadanos que simplemente intentan expresar y discutir sus derechos de forma pacífica. Esa mezcla de terror, chusmería y desprecio hacia los valores ciudadanos más elementales es lo que el gobierno cubano trata de inculcar a las nuevas generaciones, por encima de cualquier declaración hipócrita sobre buenos modales.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 3 de febrero de 2014.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...