jueves, 17 de abril de 2014

El gran escritor y el pequeño hombre



 “¡Maestro!¨, dice él mismo que le gritó en París, y nunca fue más certero un calificativo. Asistimos hoy a un acontecimiento que ocurre cada cien años (con o sin soledad, eso no importa) y estamos frente a un hecho difícil de asimilar: la muerte de algo más que un escritor o un periodista: el fin de quien encarnaba un mito.
La frase, más que un oxímoron, es un disparate. Los mitos no mueren. Desaparecen quienes lo crearon, pero eso no los afecta. Solo que, con el no existir físicamente termina la esperanza, el aguardar de forma tonta que renaciera algo agotado y al mismo tiempo imperecedero.
Gabriel García Márquez pudo haber muerto hace diez años y eso no hubiera cambiado la ecuación. El hombre persistía, aferrado a la vida, pero ya no tenía nada que decir.
Tampoco hay que ver reproche en ello. Mas bien constatar la verdad de lo limitado de una existencia. Hoy, al igual que ocurrió con Ernest Hemingway, sabemos que solo queda una quimera: idear que aún queda algo por descubrirse, uno o varios libros inéditos que saldrán a la luz en el futuro, el manuscrito en el baúl o la bóveda del banco.
A diferencia de Hemingway, es más difícil que ocurra en el caso de García Márquez, pero sería mezquino proclamarlo en estos momentos.
En el caso del novelista colombiano, y a diferencia del estadounidense, el mito se reafirma precisamente porque se impuso por encima del hombre y su circunstancia: llegó tarde al triunfo literario y se mantuvo demasiado tiempo viviendo a su cuenta. Cultivó un desdén por el oropel que no era más que una forma de abrazarlo en su forma más vulgar: una seducción por los poderosos que no solo se concretó en la figura de Fidel Castro sino que convirtió en su reino, cuando él tenía mucho más a su disposición.
No es que despreciara la cumbre literaria, sino que nunca le bastó. Esto terminó por empequeñecer su grandeza. Muchos quisieron ver en ese regodeo con su cercanía al poder la búsqueda de una fuente de conocimiento e inspiración. Fue algo más simple: le gustaba.
Como siempre que muere una gran figura, llueven los elogios y las remembranzas. Nada fuera de lo habitual. Solo una palabra de advertencia: no ha muerto un Víctor Hugo. Un intelectual no es grande cuando se acomoda sino cuando se rebela. Por lo demás, su obra literaria tiene un lugar asegurado desde hace mucho tiempo y continuará siendo leída y admirada. Su periodismo también, y será un ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer.
Detenerse ahora en el comentario de esa obra es caer en la repetición. Volver por un instante a las pequeñeces podría considerarse un gesto mezquino. Solo que en el caso de los cubanos, poner a un lado al escritor extraordinario y no hablar de su amistad con Fidel Castro sería un acto de injusticia.
Hay algo más que el reproche por esa relación, y la eterna discusión sobre cuánto hizo o no por los escritores cubanos en desgracia con el régimen. Tiene que ver con ese vínculo de García Márquez con caudillo. Porque ese deslumbramiento llegó a comprometer su obra. Y eso es imperdonable, mientras estuvo vivo y ahora que está muerto.
Es García Márquez quien logra que Fidel Castro, tras décadas en el poder, declarará una vana ilusión por una definición mejor.
Durante un homenaje al escritor colombiano, hace unos años, Castro proclama que, de reencarnar preferiría nacer como escritor. Dice estar dispuesto a  echar por la borda su historial de estadista y guerrillero y cambiarlo por una labor más íntima: una novela bien escrita, un verso logrado, el cuento que se vuelve a leer con agrado varias semanas después de hecho.
Fueron palabras cargadas de ironía. Todo podía haberse resuelto de forma más satisfactoria para Cuba, de haber existido durante la época republicana un mayor reconocimiento para los creadores; un buen concurso de narrativa: más revistas prestigiosas que hubieran permitido al joven Castro llevar a cabo una carrera que confiesa añorar, pero que nunca desarrolló.
Cuando en el 2002 Castro se suma al homenaje a Gabriel García Márquez, en la revista Cambio, aparenta despojarse por un momento del poder y presentarse como escritor. Entonces relata un episodio ocurrido durante el “Bogotazo”, en abril de 1948, en Colombia.
La revelación llega cuando describe la forma en que ayuda a otro a desbaratar una máquina de escribir.
Castro le ahorra el esfuerzo al desconocido, que la había emprendido a golpes contra la máquina.
Por su parte, el futuro guerrillero cubano la emprende con saña contra el instrumento:  “la lancé hacia arriba y voló en pedazos al caer contra el piso de cemento”.
La escritura no como destrucción sino la destrucción del medio de escritura.
De haber llevado a cabo esa tarea literaria, Castro hubiera sido un escritor fascista, un apasionado de la violencia contra lo indefenso.
Llega ahora el turno de García Márquez. Castro cuenta que al oír la narración, el escritor colombiano le confiesa que era él el hombre que golpeaba la máquina.
Es la parte más reveladora del relato. No por su verosimilitud —una coincidencia demasiado forzada—, sino porque evidencia más bien al cortesano que se suma a las palabras del poderoso.
Se entiende entonces que el gobernante cubano se sientiera a gusto con el novelista famoso. El Premio Nobel convertido por el mandatario en un segundón débil.
García Márquez que se muestra alegre y dócil al ser reducido a una tarea torpe: que se confiesa un pobre diablo que trataba inútilmente de destruir un instrumento de escritura.
Este hecho, por supuesto, no reduce una coma de la brillantez de la prosa del escritor colombiano hoy fallecido. Solo reduce al hombre, cuando en vez de utilizar un instrumento de escritura se dedica a triturarlo. Un salvajismo no literario sino adocenado.
Este texto aparece también en la edición del viernes 18 de abril de Cubaencuentro.

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