jueves, 24 de abril de 2014

Maduro marcha hacia el abismo


La táctica del presidente venezolano Nicolás Maduro para mantenerse en el poder es un calco al pie de la letra de la que lleva a cabo el general Raúl Castro en Cuba. Este plan para seguir a flote y aferrado al mando se resume en dos puntos: mantener un estado de terror y aumentar la represión cuando es necesario, por una parte, mientras se anuncian a bombo y platillo cambios económicos y luego se ofrecen migajas.
No importa si a los pocos meses —a veces semanas— estos supuestos cambios no funcionen o nunca se lleven a la práctica. Ambos gobernantes consideran que basta con el anuncio para aliviar la tensión.
Si el fallecido mandatario venezolano Hugo Chávez adoraba e imitaba a Fidel Castro en todo —hasta en enfermarse durante el mando—, Maduro se limita a copiar lo que hace Raúl. Poco importa que La Habana le esté dictando de forma directa la agenda a Caracas o si se trata simplemente de imitación. El resultado es el mismo. Cuba ordena y dispone en el acontecer diario venezolano porque a Maduro no le queda otra alternativa: no solo su permanencia al frente del gobierno sino su seguridad personal depende de los agentes cubanos.
Dos factores hacen que lo que hasta el momento le ha funcionado a Castro en Cuba esté llevando al abismo al propio Maduro. La primera es personal. El general cubano mantiene un control férreo sobre el ejército, que es la institución que no solo mantiene el control político del país —después de la Causa No. 1 el Ministerio del Interior quedó subordinado por completo a los militares— sino también la maquinaria económica. Maduro carece de las cualidades organizativas de Castro. También tiene en su contra que lleva muy poco tiempo en la presidencia y que ha heredado un gobierno fundamentado en alianzas, que si bien hasta el momento no ha mostrado fracturas se mantiene sobre lo que podría considerarse un equilibrio fortuito o momentáneo.
El segundo factor viene dado en que Castro mantiene una presidencia en retirada. No porque anunciara su retiro al fin del término de gobierno actual, algo que está por verse. Más bien por el hecho de que Cuba es una sociedad en evolución —por no decir en transformación—, que aunque la elite gobernante lo niegue está saliendo de un modelo para adaptarse al mundo actual.
Maduro en cambio tiene una intención completamente contraria: continuar la implementación de un modelo socialista, o más bien la aberración de una aberración: “el socialismo del Siglo XXI”.
Mientras Cuba abandona a diario las ruinas de un socialismo que nunca fue, el mandatario venezolano pretende implantar otro que nunca será.
Así que el esfuerzo diario de Raúl Castro de ganar tiempo en Maduro no tiene sentido. Ni por edad ni por el país.
Ese afán de sostenerse al que se aferra Maduro a diario no conduce a parte alguna que no sea el deterioro, físico y moral del país. Poco tuvo que celebrar tras cumplir un año en el poder, salvo el hecho de sobrevivir. Su único asidero continúa siendo el precio del petróleo, pero la apuesta al crudo tiene un inconveniente que va más allá de la ilusión de que se mantenga indefinidamente el precio elevado, y es el deterioro de la industria petrolera nacional.
Por lo demás, el que quizá es el mayor logro del chavismo, la disminución de la pobreza, se reduce a una victoria pasajera.
Según un estudio realizado por Ecoanalítica, el gobierno venezolano ha decidido atacar solo los problemas coyunturales en lugar de los estructurales que causan la pobreza, lo que trae como resultado que es probable que pasado el ciclo de altos precios del petróleo, se produzca una caída del ingreso y un repunte del número de familias bajo la línea de pobreza, ya que desaparecería la capacidad para continuar con los subsidios.
Lo que consiguió Chávez y luego ha continuado Maduro es ponerle parches a la pobreza: una disminución artificial de la misma.
La economía sigue siendo el principal talón de Aquiles del gobierno de Maduro, junto con la inestabilidad social y política del país. Las medidas económicas que había anunciado con la algarabía habitual, en el marco de lo que el oficialismo llama con pomposo nombre Conferencia Económica por la Paz, no son más que un rosario de compromisos de dudoso cumplimiento, carentes de una visión de conjunto del problema: más de la misma bobería.
Nicolás Maduro continúa aferrado al modelo que Chávez ni siquiera logró desarrollar a plenitud, pero en lo político y en las medidas económicas puestas en práctica ha significado un retroceso para la región, con una agenda de izquierda radical dentro de un ropaje populista.
Con esa demagogia se puede gobernar por años —décadas en el caso de Cuba—, aunque no desarrollar un país. Cualquiera lo sabe. Solo tiene que bajarse en el Aeropuerto Internacional José Martí en La Habana. 

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