viernes, 11 de abril de 2014

Siempre a la espera


Una y otra vez se repite que la razón por la cual el sistema comunista —o la versión castrista del mismo— no se ha derrumbado en Cuba es la represión absoluta existente en el país. Al mismo tiempo, se asocia esa represión a los hermanos Castro. Cuando éstos desaparezcan, así lo hará gran parte del miedo que su régimen inspira a la población.
Sin embargo, lo ocurrido en Cuba durante más de 50 años se aparta de esta óptica en blanco y negro.
Una de las razones que ha permitido a los hermanos Castro mantenerse en el poder es la capacidad para no ejercer una represión integra o absoluta, salvo en los momentos en que se han visto seriamente amenazados. Dejar abierta una puerta de escape a los opositores, siempre que existiera esa posibilidad, y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.
Durante la "primavera negra" de 2003, el régimen castrista condenó con toda severidad a 75 disidentes, y también ejecutó a tres simples ciudadanos que habían secuestrado una embarcación en el intento de salir del país, no por un afán represivo indiscriminado y generalizado, sino para impedir el desarrollo de una situación que en poco tiempo lo obligaría a tener que ejercer una represión masiva, desplegar un rigor mucho mayor.
Esto no libra al régimen cubano y a sus dirigentes de culpa alguna. Es simplemente un intento de conocer mejor la naturaleza del mecanismo empleado para permanecer en el poder por tanto tiempo.
La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de ésta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenas y los fusilamientos ocurridos ese año y a lo largo de la existencia del proceso revolucionario. Pero la maquinaria intimidatoria que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo no puede ser denunciada en términos tan simples.
El segundo error de análisis, que con frecuencia ocurre, es hacer depender esa maquinaria de control de la función de uno o dos protagonistas.
Es cierto que la muerte de Fidel Castro sacará a relucir una serie de expectativas, que por muchos años la mayor parte de la población, y de la dirigencia alta y media del país, han mantenido a la espera. Pero no hay que ilusionarse y pensar que éstas se canalizarán de inmediato, lo que tendría como resultado un cambio total de la situación imperante en la isla.
En primer lugar porque hay mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959 fue el día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. A partir de entonces se inició un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y de la clase media baja.
A unos y otros les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Pero al tiempo que nutrió el sadismo latente en los desposeídos, y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, intensificó su masoquismo. De esta forma, quedó establecido el principio de la aniquilación del individuo por el Estado, mediante el afianzamiento de un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios.
Con una población que mayoritariamente no había nacido o se encontraba en la infancia ese comienzo de año de 1959, el país está formado por ciudadanos que han vivido bajo el doble signo del poder de un padre putativo, dominante y despótico. Aunque también sobreprotector y por momentos generoso. Es el Estado cubano, que se ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se ha tratado no sólo de complacer en ocasiones, sino de obedecer siempre. O al menos de aparentar obediencia.
Tras la épica engrandecida hasta el cansancio de la lucha insurreccional y los primeros años de confrontación abierta, se abrió paso una obligación repetida, generación tras generación, de servir de puente a un futuro que se definía luminoso.
En lo cotidiano, más allá del discurso heroico repetido a diario, lo que por décadas ha imperado en Cuba es el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas. Desde el punto de vista psicológico, se descartó primero el derecho a la adolescencia —el afán de la rebelión— y luego se transformó el principio de la realidad que rige la adultez por una simulación infantil. Ese detener el tiempo transformó a muchos cubanos en eternos niños.

El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles de arrancar.

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