domingo, 4 de mayo de 2014

Censura chavista en Globovisión


El miércoles pasado, muchos recibimos un mensaje de la periodista venezolana Shirley Varnagy en nuestra cuenta de Twitter. “Ayer ( el martes) no transmitieron la entrevista completa que le hice a Mario Vargas Llosa. No haré silencio en mi espacio, hasta hoy trabajé en Globovisión”.
El mensaje resultaba alarmante. Desde que en abril del 2013 la emisora televisiva fue adquirida por Juan Domingo Cordero, Raúl Gorrín y Gustavo Perdomo —que de entrada manifestaron que iban a ser “sensatos” ante el gobierno de Nicolás Maduro— se han sucedido 51 salidas, ya sea por despidos o renuncias.
Además, lo ocurrido a Globovisión durante los últimos años no dejaba esperanza alguna. En marzo del 2010 había sido arrestado temporalmente Guillermo Zuloaga, el dueño mayoritario del canal, quien había asumido una actitud muy crítica hacia Hugo Chávez.
Se trata de una cruda advertencia a quienes se atreven a alzar la voz en contra de Chávez, escribí entonces en este mismo periódico. Lamento decir ahora que resultó cierto.
Agentes de la inteligencia militar habían detenido temporalmente a Zuloaga, como parte de una pesquisa sobre supuestas declaraciones “ofensivas” al mandatario venezolano, realizadas por el dueño de Globovisión durante una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), una semana antes.
Para esa fecha, Globovisión era la única estación de televisión que mantenía una línea crítica hacia el mandatario venezolano, tras el cierre en el 2007 del canal de cable RCTV.
Debido a esas y otras presiones, Zuloaga terminó por salir del canal y este pasó a manos “sensatas” con el gobierno venezolano. Se acabaron las críticas, o casi.
Ahora lo ocurrido a Varnagy es típico de lo que pasa en una dictadura cuando se afianza en el poder. No hizo falta detenerla, bastó con censurar su programa. El miedo a lo que pueda pasar complementa al temor por lo que pasa.
Si a Zuloaga Chávez lo acusaba de una supuesta participación en el fracasado golpe de Estado en su contra, en el 2002, en estos momentos basta un comentario, durante una entrevista a uno de los escritores más famosos del mundo, para que se desencadene el recelo de los censores.
Lo ocurrido es simple, pero al mismo tiempo ejemplifica ese terror cotidiano que se sufre bajo el totalitarismo; esa forma de gobierno que el presidente Maduro trata a diario de implantar en Venezuela, para concluir la tarea que la enfermedad le impidió llevar a cabo a Chávez.
Varnagy entrevistó al escritor Mario Vargas Llosa, quien recientemente estuvo en Venezuela, y le preguntó que opinaba sobre una valoración de Chávez hecha por Gabriel García Márquez, en un artículo publicado hace varios años, tras el encuentro del novelista colombiano con el mandatario venezolano.
Con agudeza, García Márquez había escrito sobre Chávez: “Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.
La respuesta de Vargas Llosa a ese comentario de García Márquez no la vieron los televidentes venezolanos, porque esa parte de la entrevista fue censurada.
Vargas Llosa había respondido: “Los propios venezolanos se han dado cuenta de que esa utopía tarde o temprano va a fracasar en el país y que eso ha creado unas tensiones muy fuertes que ha heredado el presidente Maduro”.
En cualquier democracia, estas palabras no pasan de una opinión más, con la que se puede estar a favor o en contra. En la Venezuela de Maduro son inadmisibles, incluso si la formula alguien con el prestigio y la fama internacional de Vargas Llosa.
En Cuba toda esta situación se hubiera resuelto de forma muy sencilla, porque nunca habría ocurrido. Ni a Vargas Llosa se le da entrada al país ni hay periodista que se atreva a una entrevista de esta índole. Quienes trabajan en la prensa en la isla —decir oficialista es una redundancia— tienen que guardarse ese tipo de comentario y actitud hasta que vienen a Miami.
Como Venezuela aún no ha llegado a la meta de Maduro, de ser otra Cuba de pies a cabeza, en Globovisión inventaron todas las tretas y excusas posibles para dilatar la transmisión de la entrevista, interrumpirla, acortarla y finalmente terminar por censurarla. Incluso la emisora llegó a colocar en internet el video de la entrevista, en un intento de limpiar imagen. Pero lo determinante aquí es que un programa de televisión se hace para, en primer lugar, ser transmitido por su medio principal de difusión.
Con su renuncia, Varnagy ha rescatado la dignidad de la que carecen los ejecutivos y actuales dueños de Globovisión. Hay que saludar esa actitud, destacarla, porque dentro de poco ya no será posible sostenerla en Venezuela. Entonces solo quedará el silencio, el exilio y el ruido.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 5 de mayo de 2014.

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