jueves, 29 de mayo de 2014

Las últimas palabras de un fracasado


 

Siempre, en la memoria de los 70 en Cuba, Alfredo Guevara fue más que la imagen del cortesano, el comisario político y el funcionario hábil. Era la representación del poder. Pero de otro poder: no el militar autoritario ni el cuadro del Partido altanero; ni siguiera el chivato de cuadra. Era el poder ilustrado y también la ilustración del poder. Doblemente dolorosa porque nada tenía que ver con toda esa epopeya bélica, que rechazaba, ni con la estulticia partidista, que nunca tuve y siempre desprecié. Aunque sabía que Guevara formaba parte de todo aquello, que no era simplemente por su amistad con Fidel y Raúl Castro que ocupaba el cargo que tenía, que había algo más que hacía que él contara para tantas cosas y opinara en tan diversas ocasiones. Era intrigante, conspirador y déspota, y lo hacía por supuesto con sagacidad. Pero lo peor es que no podía sentir solo desprecio por todo eso, sino también envidia. Envidia por los viajes que realizaba, por los cuadros que le rodeaban, los libros que le regalaban. Por tantas comidas que suponía se realizaban en un ambiente inteligente. Guevara no era la realidad cubana. Ni el campesinado, ni la Sierra Maestra y tampoco la Unión Soviética. Era Europa. Una especie de Iliá Ehrenburg, pero con un poder que nunca tuvo Ehrenburg. Lo envidiable desfilando frente a uno con ostentación. Mientras otros dirigentes vestían de miliciano o con uniforme militar, Alfredo —esa especie Roy Orbison sin canto, gracia ni guitarra— aparecía con el saco sobre los hombros, como si acabara de salir de una galería en París y Bruselas y todavía tuviera en los ojos las ediciones príncipe, los grabados y los textos más recientes, hojeados con laxitud y placer. Ahora una entrevista tardía, publicada en la revista Letras Libres, nos desnuda los últimos meses de su vida. No cuando supo que todo lo hecho había finalizado en fracaso, salvo las pequeñas ventajas de  detener aún la mirada en cuadros y jarrones que consideraba propios aunque no lo eran —eso lo sabía desde mucho antes— sino cuando se dio cuenta que ya nada importaba y podía decirlo a extraños: “Nunca ha existido el socialismo, tampoco en Cuba. En Cuba lo que hay es una sociedad más solidaria, más preocupada por lo social. Nuestro proyecto original ha sido deformado y la única esperanza que nos queda es que tengamos
la fuerza para cambiar, no la imagen sino la esencia estructural del proyecto. Si me equivoco, entonces habré perdido toda mi vida y será una novela como la he soñado, pero trágica. Porque lo único que merecería mi vida es que me suicidara”. Por un momento, tras el asombro dejado atrás en otras frases del mismo texto —“ no creo que mi pueblo valga la pena”— me sobrecoge como un sistema puede ser capaz de engendrar y alimentar a esos seres poderosos en un momento y miserables siempre, y como este individuo, dedicado a la doblez todo el tiempo, por apenas unos minutos se confiesa y muestra solo el rostro del fracaso. Lo leo, y esta noche soy feliz.

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