sábado, 14 de junio de 2014

El museo como depósito reaccionario de arte y los límites actuales a la hora de “Épater le bourgeois”


El 29 de mayo la artista luxemburgués Deborah de Robertis entró en una de las salas del Musée d’Orsay de París. Se sentó debajo del Origen del Mundo, de Gustave Courbet, y con su cuerpo reprodujo la imagen que aparece en la pintura.
Fue un acto de exhibicionismo —¿qué performance no lo es?— pero también una demostración de límites, tanto de esa institución reaccionaria que es cualquier museo, como de los intentos de superar la representación con fórmulas que pueden producir un efecto momentáneo, aunque durante un segundo vistazo nos demuestren que son tan anticuadas como el propio establecimiento que buscan impactar.
Contemplar la pintura y al mismo tiempo a la artista, que cuidadosamente viste del mismo color que el marco del cuadro, fue el objetivo buscado. La imagen estática y la representación con pelos y señales. Naturaleza muerta y naturaleza viva. Solo que es al mismo tiempo el engaño mayor. Sin la obra de Courbet, no hay diferencia entre esta performance y la estrella de cine, bailarina o cantante a la que “sorpresivamente” se le abre el vestido y enseña una teta.
Por supuesto que la artista brinda otra versión, pero no son más que palabras para la prensa, habilidad para ofrecer la cita adecuada a la hora de dar una información y no limitarla al vulgar escándalo.
“Mi obra, titulada Espejo del origen, no refleja el sexo, sino el ojo del sexo, el agujero negro. Mantuve mi sexo abierto con las dos manos para revelarlo, para mostrar lo que no se ve en el cuadro original”, señaló de Robertis a Le Monde.
El museo se ha negado a pronunciarse sobre lo ocurrido, en una actitud que busca no alimentar el hecho, y seguramente para tratar de evitar imitadoras ¿o imitadores? Aunque quizá el silencio sea la mejor respuesta, porque el espectáculo carece de transcendencia y solo ha servido para darle notoriedad a la autora.
El video de la performance, colgado por la propia artista en internet, evidencia la superficialidad de su obra, que intenta competir con el cuadro.
De Robertis avanza descalza por la sala, con un vestido de lentejuelas doradas y sin ropa interior. Se sienta y abre las piernas. La escena dura varios minutos, pero lo que llama la atención —luego de contemplar, por supuesto, el sexo de la joven— es lo que viene a ser el segundo acto de la escenificación: lo que otros “actores”, involuntarios pero previsibles, incorporan al reparto. Son los cuidadores del museo que se interponen entre la artista y el público, e intentan desalojar la sala, mientras algunos espectadores aplauden. Entonces todo se transforma en un acto de vaudeville, sonrisa breve y entretenimiento gratuito.
Para acompañar las imágenes, un texto soso en forma de poema —“Yo soy el origen, yo soy todas las mujeres. No me has visto, quiero que me reconozcas. Virgen como el agua creadora de esperma”— y como fondo musical el Ave María de Schubert.
Texto y música son las costuras más claras de una fabricación demasiado fácil, demasiado pegajosa, demasiado poco escandalosa.
Porque no hay riesgo en la escena, los cuidadores del museo se cuidan muy bien de no forzarla físicamente a que abandone su performance, mientras ella sigue obstinada repitiendo el poema, y solo tienen la reacción estúpida de tratar de desalojar la sala. Reducen a voyerismo y represión pequeño burguesa lo que no es más que un acto de propaganda, al que solo lo prohibido puede librar del tedio luego de un rato.
Pintado en 1866, el cuadro de Courbet resulta todo lo contrario. Está expuesto de forma permanente. Uno puede dedicarse a contemplarlo durante horas. Pero pese a tantos desnudos frontales en el cine, pornografía y fotos, la pintura aún impresiona. Basta detenerse un rato en la sala y observar al visitante que da vuelta alrededor de otros cuadros y vuelve a él; a la pareja de jovencitas que intercambian miradas y risas cortadas; a la mujer que mira pero que no quiere que la vean.
Courbet continúa imperecedero, por encima de la juventud de la carne y el desafío del momento.
Desafío que tampoco es tanto, porque tras DaDa y los surrealistas se consumió en gran medida la capacidad para Épater le bourgeois.
Si el escandalizar ha perdido profundidad, ha logrado sin embargo un  enorme alcance, gracias a internet y los medios sociales, solo que no en la forma de denuncia y rebelión, sino reducido a publicidad.
Casi dos millones han visto el video de De Robertis y la noticia ha aparecido en los principales diarios del mundo, solo que las imágenes están recortadas o con círculos negros o blancos, tapando lo que es el meollo de la representación, con el mismo pundonor que los guardianes del Musée d’Orsay.

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