lunes, 28 de julio de 2014

Barbie en Cuba


La noticia apareció días atrás gracias a un cable de la agencia Efe. La propietaria de un Museo Barbie, que hasta hace tres años estaba ubicado en una casona tradicional del siglo XVI en Huesca, España, quiere trasladar a Cuba la colección de más de 700 muñecas con sus trajes.
De lograrlo sería un capítulo más de esa Cuba —que si no es de “charanga y pandereta” bien podría definiese como de “rumba y tumbadora”— que el gobierno de la isla quiere elaborar para atracción de turistas extranjeros.
Porque a los niños cubanos las muñecas Barbie no les dicen nada, salvo a los afortunados que las han  recibido de regalo de un familiar exiliado. Durante décadas no han formado parte de su infancia; no las han visto en las vidrieras de los establecimientos y para tres o cuatro generaciones nacidas tras el 1 de enero de 1959 son algo tan ajeno como los snacks en las meriendas y las hamburguesas de los McDonald’s.
Que dicho museo logre establecerse en Cuba no sería de extrañar. La Habana cuenta con la catedral ortodoxa Nuestra Señora de Kazán, que si acaso es visitada por un europeo de paso y posiblemente algún ruso que ha quedado rezagado en la isla, o sus descendientes; un Jardín Diana de Gales, aunque la fallecida princesa británica nada tuvo que ver con el país caribeño, y una estatua de John Lennon, pese a que por años y durante la época de mayor gloria del cuarteto, la música de Los Beatles no se escuchaba en la radio, y mucho menos Lennon aparecía en la televisión dominada por un régimen que condenaba no sólo sus canciones sino su forma de vestir y su pelo largo. Eso para no hablar más que de los ejemplos de cara al exterior, porque si se mira al panorama nacional hay un monumento a una vaca, que más que al animal recuerda una obsesión de Fidel Castro,
Así que un museo a la famosa muñeca, aunque posiblemente aburrido, podría desembarcar en la isla, siempre y cuando las autoridades consideren que les resultará rentable.
De dinero es precisamente el asunto. El museo fue inaugurado en el 2008, pero al poco tiempo, en el 2011, cerró porque no recibía ninguna ayuda por parte de las instituciones españolas.
Con ese encanto especial que tiene Cuba para los españoles, la propietaria de la institución, María Pilar Marín-Yaseli —que ha visitado la isla en varias ocasiones— se puso en contacto con las instituciones cubanas para proponerles la idea de trasladar allí sus muñecas y que, según ella, los niños cubanos pudieran disfrutar de su colección.
De momento está a la espera de los permisos del Estado cubano para poder enviar sus muñecas, si bien confía en que en el plazo "de un mes" ya sepa en qué fecha trasladará las obras a la isla.
Ella quiere compartir su ilusión por las "barbies" con los niños cubanos, ya que muchos "no han tenido en su vida una muñeca" y además, ha insistido, que en Cuba las instituciones colaboran "desinteresadamente", de acuerdo a la información de la agencia Efe.
Hay en todo este proyecto mucho de ilusión —más bien de infatuación— y a Marín-Yaseli no se le ha ocurrido nada mejor que cargar con sus muñecas para eso que ella ve, si no como una isla de ensueño, sí como la continuación de su fantasía a un costo módico o de forma gratuita.
Su relación con las muñecas nació cuando sus dos hijas eran pequeñas. "Cada vez que tenía ocasión, les compraba alguna", dice.
Al crecer sus hijas, como es natural dejaron de jugar con las muñecas, pero a María Pilar le dio pena deshacerse de ellas (las muñecas, no las hijas), lo que ya deja de ser tan natural. Años más tarde sufrió un accidente de tráfico que le impidió seguir de empresaria en Zaragoza, por lo que decidió desempolvar sus muñecas y comenzar a confeccionarles trajes, sin nada mejor en que ocupar su tiempo.
No hay que despreciar el carácter humano de la historia, pero sí vale la pena unas palabras de advertencia. Sin objetivo ideológico y político a la vista, es difícil que el gobierno cubano ayude a crear un museo que, de por sí, tiene poco atractivo turístico. Más que ver las muñecas “imperialistas” —y ejemplos clásicos de una cultura de consumo que el régimen rechazó por décadas— tras las vidrieras de un museo, para los niños cubanos lo bueno sería tenerlas para jugar con ellas. Además, como suele ocurrir en Cuba, es probable que tras la apertura del museo, las muñecas comiencen a “desaparecer”. Si realmente le preocupa la alegría infantil en la isla, sería mejor que donara su colección a la Iglesia Católica del país, para ser distribuida. Los niños cubanos se lo agradecerían más.
Esta es mi columna semanal en el Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 28 de julio de 2014.  

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