domingo, 20 de julio de 2014

Vuelta al pasado


OPINION
Cuba, Fidel Castro, Raúl Castro


El gobierno cubano interpreta el acercamiento con Moscú como una marcha atrás al reloj político e histórico



Vuelta al pasado
Alejandro Armengol

En el afán de repetirse, el llamado proceso revolucionario cubano ha establecido varios récords.
Ahora el diario Granma  recuerda la muerte de un miembro del batallón fronterizo en Guantánamo, que el gobierno cubano atribuye a marines de la Base de Guantánamo.
Además de los calificativos ad hoc a que nos tiene acostumbrados la prensa cubana —”ilegal Base Naval Yanki”— el diario oficial cubano encabeza su nota con un título “¡Qué viva la paz, pero con los fusiles, cañones y tanques bien engrasados...!”, que es una frase del discurso del actual gobernante Raúl Castro pronunciado durante el sepelio del joven hace algunas décadas.
Llama la atención de este reverdecimiento de una retórica belicista en Cuba, cuya única justificación parece encontrarse en el actual acercamiento entre Moscú  y La Habana.
La Plaza de la Revolución parece haber confundido dicho acercamiento con una vuelta atrás del reloj, que estamos viviendo de nuevo en la época de la guerra fría, que el campo socialista no ha desaparecido y que las “banderas del internacionalismo proletario ondean de nuevo. Pura ilusión. El presidente ruso Vladimir Putin está jugando una peligrosa estrategia nacionalista y sin el menor pudor y reserva La Habana se ha subido al carro. La realidad es mucho más compleja, pero para los hermanos Castro todo se limita a una vuelta al pasado.
En igual sentido pueden interpretarse los mensajes de Fidel y Raúl a Daniel Ortega por el 35 aniversario de la revolución sandinista.
A Daniel Ortega podría saludarse por su habilidad para volver al poder, pero de eso a considerar que su mandato actual es una muestra del triunfo del sandinismo hay una distancia que solo salva la imaginación y el oportunismo.
El Ortega actual poco tiene que ver con el sandinismo, salvo la conveniencia de mantener su alianza con ese otro engendro en decadencia, el chavismo, y la ocasional visita a la vivienda de Fidel Castro para la foto de ocasión. Nada más.
Como consecuencia de esa vuelta al pasado que está experimentando el gobierno cubano como tabla de salvación, está el reverdecimiento también de la figura de Ramiro Valdés.
Para Raúl Castro, esta reafirmación reaccionaria tiene un objetivo práctico: encubrir su fracaso como administrador. Sus objetivos de reavivar la agricultura no han dado los resultados esperados; el incremento de la actividad de producción privada esta amordazada por las limitaciones impuestas por el régimen y los cambios migratorios solo actúan como válvula para aliviar el deterioro económico que caracteriza a la actual situación cubana. Al final, el panorama del país se limita a la ilusión de inversiones futuras de resultado incierto, el paliativo de los viajes y remesas que brinda la comunidad exiliada y el ir resolviendo a diario gracias al mercado negro y las actividades que generan el cuentapropismo y las actividades paralelas —más o menos ilegales— de una economía informal.
Cuando Raúl Castro llegó al poder se apoyó en una legitimidad de origen (el triunfo durante la insurrección del Movimiento 26 de Julio) para esquivar con éxito que su mandato comenzara a ser analizado de acuerdo con la “legitimidad de ejercicio”, y justificar tanto su herencia del poder como cualquier juicio sobre la eficiencia de su mandato, que al principio despertó esperanzas sobre su supuesta capacidad como “administrador”, a diferencia de su hermano mayor, ideólogo y político por excelencia pero pésimo conductor de las labores cotidianas de un gobierno. Ahora que la gestión raulista ha comenzado a demostrar fallas similares a su predecesor, se ha vuelto imperativo recalcar la función ideológica que siempre ha desempeñado La Habana y por ello ha vuelto a figurar Fidel Castro en las declaraciones propias del gobierno.  Si Raúl Castro había podido hasta ahora limitar las definiciones ideológicas al mantenimiento del status quo, le será más difícil mantener esa actitud si Fidel Castro vuelve a acaparar la función ideológica y retomar su papel como el máximo representante de la “legitimidad de origen”.
Fidel Castro ha intentado en varias ocasiones este regreso, y siempre su hermano menor ha conseguido relegarlo y enviarlo de nuevo al reposo obligado en Punto Cero, ya sea por razones de gobierno o limitaciones de edad o salud. Pero ahora, con este retorno de Rusia como factor fundamental en la determinación del rumbo del país, parece más difícil mantener relegado a un segundo plano al “líder histórico” , y pese a su edad Fidel parece determinado a sacar el máximo provecho a esta segunda —tercera, cuarta…— oportunidad.
Mucho de este rejuego político, que siempre ha caracterizado al mando en Cuba, depende de la próxima visita del presidente chino Xi Jinping ll —con el cual ya Raúl Castro se reunió en Brasil— en un encuentro que, a diferencia del que realizó Putin, estará más marcado por una agenda económica que política.
El problema con Raúl es que aún no ha logrado éxitos en su señalado pragmatismo, y sigue sin demostrar su eficiencia en el terreno de la “legitimidad de ejercicio”, la cual tendría que ser definida por los logros en conseguir cierto avance en el nivel de vida de la población, alcanzado mediante la inversión extranjera adecuada y una limitada liberalización económica. Así que estos aspectos continúan en buena medida sin ser definidos, tras la frustración a consecuencia de que las esperanzas despertadas tras su llegada al mando, y sus medidas de cambios económicos, no han continuado a un ritmo creciente sino todo lo contrario: se han detenido.

De  verse obligado Raúl Castro a ocultar su fracaso administrativo en una vuelta a una retórica agresiva —e incluso belicista— como todo parece indicar, no solo se incrementaría el aislamiento de la isla frente a Occidente, que en cierta medida la gestión del gobierno raulista había logrado opacar, sino que la represión aumentaría aún más. Todo ello solo con el objetivo de asegurar la permanencia en el poder, que en última instancia es el único objetivo de la elite gobernante.

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