martes, 26 de agosto de 2014

Cuando Cortázar fue “agente de la CIA” en Cuba

—¿Y ustedes no creen que Julio Cortázar es un agente de la CIA? León nos observaba. Había hecho la pregunta sonriendo.
Los colores de los cuadros colgados resaltaban sobre el blanco de las paredes de su oficina.
Todo era blanco en el edificio del ICAIC: los pasillos, el vestíbulo, la enorme fachada. Las puertas eran blancas. Solo sus marcos eran de un color oscuro. Eugenio y yo esperábamos la aprobación de un préstamo de películas para el cine-club.
—Yo creo que Julio Cortázar, al firmar la carta que hicieron los intelectuales europeos al servicio del Imperialismo, con el objetivo de atacar a Cuba, se puso de parte de los yanquis. Y quien está a favor del Imperialismo está a favor de la CIA —agregó León.
Hizo una pausa y nos miró.
—Así que, de acuerdo a este razonamiento, Julio Cortázar es un agente de la CIA. Bueno, eso es lo que yo creo. Pero me gustaría oír sus opiniones. Digan lo que quieran. Digan todo lo que crean. Lo que de verdad piensan —insistió.
La sonrisa seguía inmóvil.
—No me responden. ¿Creen que Cortázar no es un agente de la CIA? ¿No están seguros que lo sea? A lo mejor tienen dudas. A lo mejor piensan que yo estoy equivocado. Vamos a ver. ¿Eso es lo que ustedes piensan? Hablen sin miedo. Lo único que quiero es saber sus opiniones.
—Bueno, realmente en una cultura decadente e imperialista como la Occidental, los escritores responden a los valores de esa cultura y los ejemplifican con sus obras. Y entre los valores creados por esa cultura están instituciones como la CIA. Por eso es que, desde el punto de vista de la conceptualización marxista, podemos decir que, no solo Cortázar y el resto de los firmantes, sino todos los intelectuales que propugnan los valores occidentales son de alguna manera hombres de la CIA o representan los valores de la CIA y sus agentes.
Habló Eugenio. Era una salida oportuna y también una respuesta llena de ironía. Le envidié la facilidad para salir airoso. No sabía hacerlo. Para mi solo habían dos posibilidades. Guardar silencio o aprobar lo dicho por el funcionario, si la presión aumentaba.
La sonrisa desapareció de la cara de León. Pensé que quizá también él advirtió el matiz irónico y que, al igual que me había ocurrido a mí, se quedó sin respuesta —una comparación ingenua, incluso para alguien que solo tenía veintidós años.
Sin ganas de proseguir ese juego del ratón y el gato, ahora que uno de los ratones se mostraba hábil y escurridizo. León se limitó a leer los títulos de las películas y a darle una rápida aprobación.
—¿Así que tú crees que Cortázar es agente de la CIA?
—Qué carajo Cortázar va a ser agente de la CIA. Se lo dije para que no jodiera más y nos prestara las películas. Además, ¿qué importancia tiene eso? —me respondió Eugenio a la salida del ICAIC.
Pero sí tenía importancia y los funcionarios del ICAIC lo sabían.
A los pocos días volvieron a reunirse con nosotros, esta vez con un grupo más amplio de estudiantes y en la propia universidad. Ahora junto a León estaba José Antonio González.
Ese interés momentáneo del ICAIC con un simple cine-club universitario no era bueno para nosotros. Los que asistimos a la reunión lo supimos al caer la tarde, porque los funcionarios llegaron puntuales y se demoraron dos horas en explicarnos que el momento era de prudencia.
Fueron generosos en su paternalismo, pero dejaron en claro que ellos eran los máximos responsables de todas las películas que se ponía en el país, sin importar que fuera una sala universitaria o un cine de barrio.
También nos hicieron saber que si se reunían con nosotros, era para salvaguardar la verdad en tiempos difíciles.
Algunos nombres no se podrán mencionar, pero la verdad hay que decirla siempre. Eso fue lo que nos expresaron, con el orgullo que se siente al salvaguardar la cultura en los momentos de mayor peligro.
—Hace poco tuvimos que hablar de la guerra de Argelia, a raíz de una proyección de La batalla de Argel —comenzó diciendo León.
—Dijimos que hubo intelectuales franceses que se opusieron a esa guerra —agregó José Antonio.
—No mencionamos nombres —era León quien proseguía aclarando las cosas.
—No dijimos que Sartre fue uno de esos intelectuales —nos explicó José Antonio.
—El nombre de Sartre no debe mencionarse ahora —nos advirtió benévolo León.
—Pero la verdad quedó a salvo para el día de mañana, cuando de nuevo se pueda volver a hablar de Sartre —se adelantó José Antonio.
—El que sabe nos entendió. Por supuesto que nos entendió muy bien —se justificó León.
—La verdad quedó a salvo —dijo José Antonio al tratar de redondear la idea.
—Ustedes y nosotros sabemos que fue Sartre uno de los intelectuales que se opuso a la guerra de Argelia. Hay otros que también lo saben. Pero ese nombre no debe pronunciarse ahora. No es el momento adecuado —volvió a recalcar León.
La repetición resultaba el método apropiado para que los estudiantes aprendieran.
—Igual ocurre entre nosotros. Hay nombres de intelectuales cubanos que no deben pronunciarse ahora —recalcó José Antonio.
—Nadie que haya abandonado el país. Ningún traidor. Ningún contrarrevolucionario. Los apátridas no tienen cabida en la cultura revolucionaria.
León ya no daba clases: advertía.
La palabra “pronunciarse” fue lo que más me llamó la atención de ese discurso. No sólo era negarnos el derecho de hablar de Sartre, de mencionar su nombre. Como buenos maestros, habían encontrado el ejemplo perfecto.
Mencionar al autor de La Nausea cumplía varios propósitos. Su firma había aparecido en una carta de protesta de los intelectuales europeos, en que se pedía la liberación del poeta Heberto Padilla. Hacer referencia a un intelectual francés servía para recordarnos que el ICAIC había tenido razón en preocuparse por nuestra simpatía con el pensamiento y el cine de esa nación europea.
Los intelectuales franceses no estaban solos. Muchos artistas y escritores occidentales habían demostrado que eran incapaces de comprender una revolución verdadera. Y nosotros llevábamos meses alabando sus obras, citando sus ensayos, intercalando referencias de sus novelas en los cine-debates y la revista.
Pronunciarse era algo más que nombrar. Implicaba que no debíamos tomar partido por las figuras que en aquel momento el Estado cubano consideraba enemigos ideológicos. A menos de que quisiéramos convertirnos en traidores. Porque una cosa era salvaguardar la verdad y otra muy distinta era traicionar a la revolución.
Otro firmante original de aquella carta había sido Julio Cortázar, y por ello días antes León lo había acusado de agente de la CIA.
Cortázar se arrepintió de aquella firma, retiró su nombre y escribió un poema lamentable. A partir de entonces y hasta su muerte se mantuvo junto al régimen de La Habana, sin expresar dudas, al menos públicamente.
Un buen ejemplo de ello aparece en Papeles inesperados. El libro fue publicado a los 25 años de la muerte de su autor, y contiene una extensa colección de textos inéditos y dispersos, escritos por el novelista a lo largo de su vida.
En Papeles inesperados no asombra —pero uno lamenta de nuevo— encontrar al otro Cortázar junto al escritor de brillantes cuentos y buenas novelas, ese que al hablar de Cuba llenaba cuartillas con un fervor digno del peor realismo socialista —ese estilo que denunció en más de una ocasión.
En una especie de cuaderno de viaje fechado en 1976 —luego de varios años de que el escritor argentino firmara la primera carta de denuncia por la detención de Padilla, en 1971, y se arrepintiera públicamente después—, Cortázar hace un recorrido por la isla donde todo lo encuentra de maravilla, y solo se permite un ligero guiño en un acápite último que titula "final prosaico". Un contraste con las crónicas y los artículos de denuncia, por los crímenes que por entonces cometían las dictaduras militares que azotaban a Latinoamérica, que aparecen en el mismo libro. Los altibajos de un autor apegado a la política.
Esa dicotomía a la hora de enfrentar los casos de abusos en diversos regímenes políticos no ha desaparecido aún. La batalla por el respeto de los derechos humanos es una lucha que debe trascender las fronteras ideológicas, pero algunos intelectuales no lo entienden así. Creen preservar una “verdad” que consideran sagrada, que para ellos se resume en un antiamericanismo anticuado o simplemente en repetir que el Imperialismo es malo, por encima de la realidad del momento. Cortázar calló siempre, y también cayó en ese trampa en muchas ocasiones. En algunos —pocos— momentos fue también víctima de ese mecanismo que le permitió a un oscuro funcionario, del que ni siquiera recuerdo el apellido, acusarlo de agente de la CIA frente a dos estudiantes universitarios pusilánimes, pero en las más se puso de parte de los represores, si eran del régimen cubano. Por supuesto que ello no le resta grandeza a su obra literaria. Simplemente lo caracterizó como ser humano, quizá demasiado humano.
Este texto aparece también en Cubaencuentro.

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