Cuando el homosexualismo era peor que una enfermedad en Cuba


La información la trae el diario español El País. Los principales líderes que durante años impulsaron terapias agresivas para curar la homosexualidad reconocen ahora su error, porque se han dado cuenta de que estos tratamientos “no funcionan”. Sin embargo, para quienes estudiamos psicología en Cuba en la década de 1970, el considerar al homosexualismo una enfermedad —ya fuera de origen mental o por un desequilibrio hormonal— era una posición “avanzada”, no libre de reproche y hasta de sanciones. La definición oficial al respecto era menos elaborada: un homosexual era simplemente un degenerado sexual y antisocial.
La Escuela de Psicología de la Universidad de La Habana tomaba medidas muy precisas para evitar la entrada de homosexuales al centro docente. Todo aspirante a estudiante de psicología en esa época tenía que someterse a diversos tipos de evaluaciones, que intentaban garantizar que era “confiable”, tanto desde el punto de vista político y vocacional como en términos de salud mental.
La investigación política se asemejaba a otras similares, cuando se trataba de cargos, estudios o labores que el Estado cubano decretaba debían estar en manos de gente leal a la revolución. Lo ideal era que el aspirante fuera miembro o aspirante a la Unión de Jóvenes Comunista, pero el no formar parte de esa organización no era un criterio de por sí excluyente.
Para verificar la lealtad —en todos los candidatos, pero especialmente entre quienes no eran Jóvenes Comunistas— existían las verificaciones al uso, desde el análisis del expediente docente hasta el reunir datos e informaciones por otros medios. Por supuesto que el proceso no era infalible —algo común en Cuba— y el éxodo de psicólogos y estudiantes de psicología nunca pudo frenarse por completo, pese al rigor entonces de las leyes migratorias.
Sin embargo, mucho más profundo y “científico” era el análisis de la capacidad mental y la estabilidad emocional del aspirante.
Había de entrada una lógica para llevar a cabo este proceso. Una de las motivaciones fundamentales para estudiar psicología siempre ha sido el conocerse mejor a uno mismo y comprender cualquier sentimiento, conducta o interés que se aparte de las normas sociales establecidas. Pero al igual que los peligros de “recetarse” sin consultar a un médico, el autoconocimiento no es garantía de cura y puede tener un resultado nocivo.
En igual sentido, la inestabilidad emocional afecta no solo la comprensión de los procesos mentales sino que puede resultar en una vulnerabilidad peligrosa en quienes —por su trabajo o estudio— tienen que enfrentar a personas perturbadas o situaciones perturbadoras.
Esa sería a grandes rasgos la justificación del requisito indispensable de someterse a una batería de tests y una o más entrevistas antes de entrar en la Escuela.
Sin embargo, dentro de la aplicación de tales pruebas psicológicas se consideraba un factor fundamental el detectar cualquier rasgo homosexual o la existencia de un homosexualismo latente o activo.
Por ejemplo, entre los múltiples indicadores que mide el Inventario de Personalidad de Minnesota (MMPI) se encuentran los rasgos de síndromes que van de la esquizofrenia e histeria a la depresión y la paranoia. Pero el test tiene una escala clínica cuya medición siempre se analizaba en detalle en la Escuela, y es la que mide el índice Masculino-Femenino. Cualquier puntuación elevada en ese indicador, si correspondía al sexo contrario en el sujeto (un hombre con elevada puntuación “femenina” o una mujer con alto índice de “masculinidad”) podría ser causa de rechazo y que se le negara la entrada en la Escuela de Psicología a la persona.
Aunque el “Minnesota” es una prueba confiable, el inventario consiste en
550 afirmaciones que el sujeto debe clasificar como verdaderas o falsas, si es que son aplicables o no a sí mismo. Ocurría que en la versión que se aplicaba en Cuba algunas preguntas respondían a factores culturales y en realidad no determinaban con exactitud tendencias de género (el Inventario fue creado alrededor de 1943 por Hathaway y McKinley; la escala masculino-femenino (Mf) fue desarrollada en 1956 por ambos autores, con el propósito inicial de diferenciar entre hombres heterosexuales y homosexuales). Por ejemplo, una de las preguntas era sobre si se prefería estar en una biblioteca o en un terreno de fútbol. La biblioteca se identificaba con feminidad mientras el fútbol era por supuesto de esencia masculina.
Aunque en la propia escuela se realizaron estudios para determinar esas inexactitudes, no por ello se limitó el uso de la prueba a la hora de decidir si un aspirante debía ser o no excluido bajo la sospecha de homosexualismo.
Si bien durante las décadas del 60, 70 y 80 del pasado siglo el gobierno cubano siguió un patrón similar al soviético —de considerar a la homosexualidad, además de como un crimen y un acto contrarrevolucionario, sobre todo como una patología—, en la Escuela nunca se apoyaron los abyectos tratamientos psiquiátricos soviéticos contra los homosexuales.
Ello no impidió, sin embargo, que los gais y lesbianas fueran vistos como seres “infectados” con una perversión atroz, en la que la “desviación sexual” se asociaba al infantilismo, un defecto orgánico y el desarreglo hormonal.
Aunque en todos los casos se prefirió el silencio a la explicación. Dejar el asunto en manos de la policía.
Mientras que en los años 60 en Estados Unidos se logró un cambio de criterio sobre el homosexualismo, considerado como una enfermedad —en 1973/1974 la Asociación Psiquiátrica Americana decidió por una ligera mayoría (58%) eliminar la condición como categoría de enfermedad—, Cuba siguió aferrada a categorizar al homosexual como delincuente, antisocial y enfermo en el mejor de los casos.
Recuerdo en una ocasión en que un grupo de estudiantes oímos una discusión entre la directora y la subdirectora del plantel. La primera era renuente a categorizar al homosexualismo como una enfermedad, sino la consideraba un trastorno psicológico.
La diferencia entre trastorno psicológico y enfermedad es importante. Un trastorno implica cierto desajuste con el contexto, cierto problema de adaptación persona-sociedad: lo cual hace que por definición no esté libre de valores.
Por su parte, la subdirectora afirmaba una y otra vez que los homosexuales eran simplemente unos degenerados. La discusión subió de tono y ambas decidieron cerrar puertas y ventanas de la habitación en que se encontraban, para que nadie pudiera escucharlas. Tanto temor provocaba tratar el tema, incluso en términos psicológicos y psiquiátricos.
Curiosamente, la subdirectora tenía fama de ser lesbiana y se corría un rumor de que en los inicios del proceso revolucionario había sido una maestra detenida por contrarrevolucionaria y condenada a prisión. Luego de un proceso de reeducación, es que se había iniciado su ascenso político y docente, hasta convertirse en subdirectora.
El silencio sobre el homosexualismo no impidió que ocurrieran dos casos notorios —muy comentados en los pasillos, pero nunca explicados— en esos años. Uno de un estudiante —irónico y apartado del resto del grupo— que un día desapareció de las aulas. Con el tiempo se supo que había sido detenido en un baño público. Como era hijo de un célebre mártir de la revolución —muy famoso por colocar bombas en La Habana—, algo que él había mantenido en secreto, nunca se habló públicamente de lo ocurrido. Una víctima al mismo tiempo de la celebridad paterna y de sus preferencias sexuales, aunque quizá lo primero le salvó de terminar en la cárcel o en un campo de castigo. Con los años el estudiante cursó la carrera de medicina y terminó en Miami.
El otro caso era de un muy conocido militante de la Juventud, que además había sido un protegido del anterior director de la Escuela, Juan Guevara (hermano del director del ICAIC), aunque en este favoritismo no se vio nunca una connotación sexual sino política. También había sido “cogido” en un baño. Al igual desapareció de la Escuela. Su “condena”, por  otra parte, fue leve. Lo más probable que al igual que el otro por las implicaciones del escándalo, en especial para el director (En Cuba la sospecha de lo que no es, pero hubiera podido ser, siempre ha sido tan poderosa o más que la verdad). Con el tiempo pasó a trabajar como humilde oficinista del rectorado —lleva papeles y cosas por el estilo— y con los años recuperó su condición de profesor, pero no volvió a trabajar en la Escuela sino en la Facultad de Humanidades.
Ambos posiblemente en otro país no se hubieran visto en situaciones tan lamentables y proseguido sus carreras sin problemas y sin necesidad de recurrir a los tan famosos como temidos “baños públicos”. O les hubiera ocurrido lo mismo, porque el rechazo al homosexualismo no es patrimonio nacional cubano, y escándalos ocurren en cualquier parte. Pero lo que vale la pena destacar aquí es que de pronto el matiz político —heredado o adquirido— transformó y jugó un papel fundamental en sus destinos.
Ese temor a la sospecha siempre presente en muchos homosexuales cubanos —como hace algunos años me contó un luego premiado escritor— determinó que por décadas se esquivara cualquier mirada al subir a un ómnibus, se cuidaran los gestos y se reprimieran los deseos. Más en el caso de aquellos en que “cualquier caída” equivalía no solo al castigo sino al ostracismo posterior, el desprestigio y la pérdida de algún privilegio por minúsculo que fuera. No solo era un problema de vergüenza pública y humillación personal, sino de soledad y silencio, tanto nacional como callejera. Porque ser homosexual equivalía a ser inmoral y contrarrevolucionario, el peor estigma para la “pureza” revolucionaria. Un hijo de un mártir no podía ser gay, un militante comunista tampoco.

Si como dice Mariela Castro, la “historia del CENESEX se remonta a 1972 cuando la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) creó un grupo de trabajo destinado a evaluar las dificultades y censar las discriminaciones de las cuales eran víctimas los homosexuales y las lesbianas”, poco se supo entonces de esa labor. Castro reconoce las dificultades de aquel momento para avanzar en ese terreno, pero hubo mucho más que “dificultades”: una política sistemática y al más alto nivel docente, empeñada en seguir considerando al homosexualismo como mal y delito. Más bien el papel del CENESEX fue nulo entonces, cuando años más tarde, durante la época del Mariel, no solo gritarle “maricones” a quienes se iban se transformó en el insulto preferido, sino el homosexualismo real o fingido se convirtió en pasaporte de escape. Mucho queda aún por aclarar en esa historia de bochorno y escarnio.

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