sábado, 9 de agosto de 2014

El agente malo y la agencia buena


Mauricio Claver-Carone considera que Fulton Armstrong está detrás de los reportajes de la Associated Press sobre los programas de USAID en Cuba.
“Por alguna razón, en el caso de Cuba, el apoyo a la sociedad civil independiente ha disgustado mucho a Armstrong, y ahora a AP” escribe Claver-Carone en un artículo que reproduce Café Fuerte.
Claver-Carone no entra de detalles, así que uno se queda con las ganas de saber en que fundamenta este juicio, más bien una acusación.
El director ejecutivo de Cuba Democracy Advocates y editor del sitio digital Capitol Hill Cubans considera que “la agencia Associated Press (AP) lanzó el tercer capítulo de su colaboración con el exanalista de la CIA y exempleado del Senado, Fulton Armstrong, sobre la manera de desprestigiar a los programas de democracia en Cuba de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID)”.
Desprestigiar, en español sencillo, es quitar el prestigio, pero cabe preguntarse si los programas de la USAID tienen estimación, renombre, buen crédito. ascendiente, influencia y autoridad, en lo que se refiere al avance de la democracia en Cuba. La respuesta es no.
La USAID no ha negado la existencia de este programa específico, al igual que en su momento reconoció el intento de creación del “Twitter cubano” llamado ZunZuneo. También ha reconocido que ambos planes fueron abortados y que se invirtieron fondos en ello. Es decir, que se botó, despilfarro o empleó mal dinero de los contribuyentes norteamericanos.
Esto es importante, porque una cosa es que determinado grupo o institución utilice fondos recaudados por particulares para sus fines. Otra muy distinta es que el dinero de un Estado sea empleado por un gobierno para cierto objetivo. Una organización privada no tiene que rendir cuentas de sus acciones, dentro de un marco legal, salvo a sus miembros. Una agencia estatal sí. Y es precisamente una labor fundamental de la prensa investigar o dar a conocer lo que hacen las agencias gubernamentales.
La Agencia ha dicho que el programa “no es secreto, ni encubierto”, y que emplea fondos aprobados por el Congreso. La utilización de fondos aprobados por el Congreso cuenta poco en un razonamiento de este tipo, porque además de que la aprobación del Congreso a cualquier fondo no es garantía de su buen uso por parte del gobierno (de lo contrario no tendrían sentido los procesos de control y contrapeso), también hay que considerar que una asignación genérica para un programa no es una luz verde indiscriminada. Por otra parte, si el programa no era ni secreto ni encubierto —que en realidad lo que quiere decir es que no se trataba de un plan top secret estilo operaciones encubiertas de la CIA, como digamos la ejecución de Osama bin Laden— sino apenas “discreto”, entonces cómo se explica el revuelo causado.
Ante todo, hay que dejar en claro dos aspectos fundamentales. Uno es que, por principio, resulta imposible el establecimiento de una sociedad civil plena en un sistema totalitario. En este sentido, cualquier plan para la creación de un proyecto independiente corre el riesgo de ser declarado subversivo por el régimen, No importa si se trata de un club de ajedrez o de una asociación de veterinarios. Pero al mismo tiempo esa realidad no deber impedir el apoyo a los intentos de avanzar en la construcción de esa sociedad civil, siempre y cuando estos intentos se originen dentro de la misma sociedad cubana y no sean importados o programados —algo muy distinto a apoyados— por otro gobierno. Incluso el asesoramiento, en estos casos, debe estar sujeto a escrutinio.
El otro aspecto fundamental es que el reconocimiento de la existencia de un sistema totalitario en Cuba nunca puede ser echado a un lado, pero al mismo tiempo no debe servir de pretexto ni amparo a cualquier plan, por disparatado que resulte. El confundir la crítica al exilio, el Departamento de Estado, la CIA, el Congreso y el gobierno estadounidense —e incluso la propia disidencia— con una actitud de complacencia, fidelidad o colaboracionismo con el régimen de La Habana es simplemente la justificación perfecta a la que se recurre, de buena o mala fe, cuando se quiere amparar u ocultar lo mal hecho.
Así que sacar a relucir lo malo que es el gobierno de Castro, para intentar parar cualquier denuncia o crítica —en este caso ni siquiera a la oposición cubana sino a las torpes y fallidas maniobras del gobierno norteamericano en la búsqueda de una vía para contribuir a la democracia en Cuba— no es más que recurrir a un viejo recurso típico precisamente del totalitarismo que se busca o se dice combatir.
No hay necesariamente una actitud proCastro cuando se denuncia el despilfarro, la ineficiencia y la irresponsabilidad de la USAID. Si La Habana se aprovecha de estas torpezas, la culpa es de la agencia estadounidense, no de quienes de lo sacan a la luz pública. (Hay que añadir aquí que, en otras ocasiones, La Habana ha utilizado en sus argumentos análisis y artículos de Fulton Armstrong.)
En el ejercicio de encontrar un culpable ajeno al problema causado, Mauricio Claver-Carone da un paso más allá dentro del manido argumento de matar al heraldo de las malas noticias: pone nombre y apellido al mensajero.
Sacar a relucir a Fulton Armstrong es particularmente interesante, porque por años Armstrong ha sido una especie de “bestia negra” de una ultraderecha republicana asociada a la causa de la democracia en Cuba. No se trata de negar la validez —que la tiene— esa búsqueda de la libertad para la isla. Tampoco de rechazar de plano si se han producido o no filtraciones a la prensa. Las filtraciones a la prensa —por parte de funcionarios o exfuncioanrios— ocurren en todos los gobiernos y en todos los partidos. La administración del presidente Barack Obama ha sido especialmente cuidadosa en este sentido y tiene un historial difícil de poner en duda, pero ese no es el punto.. Lo importante aquí es cuestionarse el intento de utilizar la figura de un exanalista de la CIA como chivo expiatorio y convertir la divulgación de los hechos en una conspiración procastrista.
“Armstrong tiene una larga historia de trabajar internamente contra la política de Estados Unidos hacia Cuba. Durante su tiempo en la CIA, Armstrong fue autor, junto con su excolega en la Agencia de Inteligencia de Defensa, Ana Belén Montes, de un informe muy citado de 1998, que argumentó que Cuba ya no representaba una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. Irónicamente, sólo tres años más tarde (en el 2001), Montes fue identificada como una espía cubana, detenida y condenada, y ahora está cumpliendo una sentencia de 25 años en una prisión federal”, escribe Mauricio Claver-Carone en su artículo.
¿Pero quién es en realidad Fulton Armstrong?
El arresto y condena de Ana Belén Montes intensificó la continua crítica de algunos legisladores, funcionarios del entonces gobierno de George W. Bush y exiliados de la llama “línea dura” de Miami sobre los informes de inteligencia elaborados en Washington —especialmente los del Pentágono— respecto al peligro que pudiera significar Cuba para EEUU.
Montes participó en la redacción de ese controvertido informe del Pentágono al que hace referencia Claver-Carone. Pero el tiempo quedó claro que la misión  de Montes fue principalmente el ofrecer información al gobierno cubano, al tiempo que fue mínima su influencia en la toma de decisiones y en la elaboración definitiva de políticas hacia Cuba. La evidencia más clara al respecto es que no se produjo un nuevo informe que indicara una posición diametralmente opuesta a la de los informes anteriores.
Otros documentos hechos con posterioridad, sin la participación de Montes, han confirmado la misma apreciación sobre la capacidad ofensiva del régimen de Castro.
Ni durante la administración de Bush, ni ahora bajo el gobierno de Obama, y hasta el momento, se ha emitido un informe que diga que el gobierno cubano ha aumentado su capacidad ofensiva y es actualmente una importante amenaza bélica contra EEUU. Ni siquiera el tan comentado caso del carguero Chong Chon Gang de Corea del Norte —que fue interceptado en Panamá el pasado 15 de julio con un cargamento de armas cubanas oculto bajo toneladas de azúcar— ha sido catalogado de amenaza a EEUU.
Por supuesto que nada de lo anterior salva al régimen totalitario cubano de ser catalogado como hostil a EEUU —como son hostiles otros muchos gobiernos de diversos países—, pero sacar a relucir a Montes en los reportajes de la AP sobre la USAID es un argumento tergiversador, tendencioso y mal intencionado.
Hay, sin embargo, un hecho innegable. Montes pertenecía al grupo de trabajo interagencias sobre Cuba (hay que enfatizar que se trató de un equipo con miembros de varias agencias, no de especialistas que trabajaban unidos en un mismo departamento). Otro miembro de este grupo era Fulton Armstrong.
Hay un capítulo de la vida de Armstrong que Claver-Carone no menciona. No hay que criticarlo por ello porque el objetivo de su trabajo se limita a un tema actual. Pero con mayor espacio vale la pena mencionarlo, porque resulta esclarecedor a la hora de comprender el rechazo que su figura provoca dentro del anticastrismo radical de Miami.
El exanalista de la CIA criticó un conocido discurso de John Robert Bolton sobre la amenaza bioterrorista de La Habana. Armstrong fue uno de los expertos que supuestamente Bolton trató de que fueran despedidos (en este caso que la CIA lo sacara de la nómina) por ello.
Sobre esta supuesta bioterrrorista de Cuba nadie habla hoy y Bolton tuvo una trayectoria no solo polémica sino poco efectiva durante el gobierno de George W. Bush. Fue nominado por el entonces presidente republicano para embajador de EEUU en la ONU, pero nunca confirmado y tuvo que renunciar, tras cumplirse el plazo de un año de estar en cargo sin confirmación senatorial. En la actualidad es miembro del American Enterprise Institute, comentarista de Fox News Channel  y trabajó como asesor de política exterior durante la campaña del candidato republicano a la presidencia Mitt Romney, en 2012.
El nombre de Armstrong salió al dominio público por primera vez en las audiencias sobre Bolton —algunos consideraron que de forma inapropiada, ya que entonces aún se encontraba trabajando como agente encubierto en el exterior—, pero su labor no era ajena a los académicos y periodistas dedicados al tema cubano.
Con un dominio perfecto del mandarín y el español, Armstrong trabajó en la Oficina de Intereses de EEUU en La Habana a finales de los años 80. Luego desempeñó el cargo de director del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional para un área que incluía a Cuba. En 2000 fue asignado como principal analista de inteligencia para América Latina del Consejo Nacional de Inteligencia (NIC).
Durante esos años realizó informes de inteligencia sobre Cuba, Nicaragua, Haití y Venezuela. Nunca ha sido cuestionada su lealtad a EEUU, por parte de administraciones republicanas o demócratas.
Según la publicación neoconservadora The Weekly Standard, Armstrong escribió un estudio sobre inteligencia para la CIA en 2002, ya desclasificado. El estudio destaca la existencia de cuatro prioridades diferentes en los asuntos de interés nacional, de las cuales solo dos son de una “importancia estratégica genuina”.
Armstrong calificaba a las medidas políticas de EEUU hacia Cuba en la tercera de estas categorías. Estas medidas no estaban, por lo tanto, destinadas a resolver un problema de prioridad nacional. Todos los asuntos concernientes a la isla —así como las respuestas de Washington— carecían de lo que el analista consideraba una real importancia estratégica.
Dice Armstrong en ese informe: “En ocasiones, cuestiones que no afectan a la nación en su conjunto son elevadas a la categoría de interés nacional debido al poder de los electores. Al tiempo que en un sentido general son consistentes con el interés nacional, estas prioridades políticas favorecen a los intereses de un grupo sobre otros. Estos electores presentan de una forma muy activa sus enfoques [sobre una cuestión considerada de interés nacional], pero sus opositores consideran que éstos soslayan aspectos más importantes”.
Luego se preguntaba: “¿Debe un analista aceptar el punto de vista de intereses muy particulares y limitados, como una expresión válida del interés nacional, cuando una administración parece apoyarlos?”.
Es este tipo de enfoque el que provocó que durante el primer período del gobierno de George W. Bush, Bolton y Otto Reich —entonces secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental— trataran de que Armstrong y otros fueran trasladados y dejaran de brindar sus servicios como analistas del Departamento de Estado. No lo lograron.
Armstrong fue responsable para América Latina del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, entre julio de 2008 a octubre de 2011. Con anterioridad desempeñó varios cargos en la rama ejecutiva, en una serie de puestos vinculados a la elaboración de políticas y análisis. Fue analista al más alto nivel para Latinoamérica de la Comunidad de Inteligencia de Latinoamérica, entre 2000 y 2004. También fue director del Centro de Estudios Interamericanos del Consejo Nacional de Seguridad (entre1995-97 y 1998-99), entre otros cargos. Obsérvese que estamos hablando aquí tanto de administraciones republicanas como demócratas.
Durante años, los partidarios de una línea dura frente al gobierno de Castro han tratado de fundamentar la supuesta amenaza que Cuba representa para EEUU sobre tres aspectos: el narcotráfico, la capacidad militar y el bioterrorismo. En determinados momentos, estas acusaciones no han carecido de fundamento, en un sentido general. Pero siempre su valor ha disminuido —o se ha perdido por completo— ante la imposibilidad de presentar una base sólida y demostrable que las sustente.
No es de extrañar entonces de que los puntos de vista de Armstrong y Claver-Carone sean diametralmente opuestos. Pero de ahí a considerar a las informaciones de la AP dentro de un esquema Castro-anticastrimo va la distancia que diferencia a la ideología del examen de los hechos.
Por supuesto que los análisis de inteligencia, en cualquier agencia con un mínimo de eficiencia, se fundamentan en hechos y tendencias, no en principios ideológicos. Armstrong, y no por gusto, fue analista de la CIA durante más de 20 años.
“Como miembro del personal de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Armstrong se opuso fervientemente a cualquier proyecto que promoviera la libertad para el pueblo cubano, ya fuese a través de los programas de democracia de la USAID, Radio y TV Martí, o una simple resolución del Senado para pedir la liberación de los presos políticos. Lo que al régimen de Castro le disgusta, lo mismo ocurre con Fulton Armstrong”, escribe Claver-Carone.
Pero el hecho de cuestionarse la eficiencia de un proyecto, más allá de las intenciones del mismo, ¿no es un ejercicio básico en un país democrático? Más allá de señalar que algo disgusta a Castro —¿de dónde sale la certeza para tal afirmación, si de entrada se sabe que el régimen de La Habana es mentiroso, tergiversador y taimado?— no resulta más adecuado intentar analizar su efectividad. En el caso de los programas de la USAID dados a conocer por la AP, no cabe duda de que no funcionaron, ni siquiera fue posible ponerlos en práctica. Esto ni siquiera lo cuestiona la propia agencia, ¿qué sentido tiene entonces defenderlos a ultranza?
“El hecho es que el programa de la USAID simplemente buscó apoyar los diferentes proyectos sociales y campañas de activistas jóvenes en Cuba, independientes del régimen de Castro. En este caso, el apoyo fue proporcionado por sus pares latinoamericanos”, escribe Claver-Carone.
En realidad el “apoyo” fue proporcionado por los contribuyentes estadounidenses, que pagaron por el proyecto. Ningún latinoamericano fue por su cuenta y con su dinero. Los documentos indican que fueron (mal) pagados por la USAID. Pero lo más importante a destacar aquí es la prepotencia del gobierno estadounidense, que va más allá del simple partidismo, de considerar a los cubanos como individuos que requieren recibir lecciones de democracia o de que alguien les diga que tienen que hacer valer sus derechos o desarrollar sus potenciales para trazar rumbos paralelos al gobierno. Eso es simplemente un insulto, y llama la atención el silencio de la disidencia al respecto. No solo la oposición cubana ha demostrado su valor para hacerle frente al régimen sino han surgido diversos proyectos, dentro de Cuba, para la creación —aún incipiente y muy rudimentaria— de esa sociedad civil. Lo demás es subordinarse a los planes de Washington, y durante décadas se ha más que demostrado a donde conducen: únicamente al fracaso. Justificar lo mal hecho —o al menos tratar de acallar la divulgación y denuncia de la chapucería estadounidense— no solo implica una complicidad encubierta, no importa si consciente o inconsciente, sino es también otra muestra de irresponsabilidad.

Este artículo también aparece en Cubaencuentro. 

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