lunes, 8 de septiembre de 2014

Para conocer las ciudades del Caribe


Para comenzar, una advertencia. Ciudades en el Caribe, de Haroldo Dilla Alfonso, es un libro "apabullante" por la cantidad de información que ofrece. En mi caso, mucha de ella nueva por completo. Y no me refiero solo a Santo Domingo y San Juan, que nunca he visitado sino a La Habana donde viví. Pero lo anterior no pretende intimidar al posible lector sino todo lo contario. El libro se lee con gran facilidad, porque está muy bien escrito, con una redacción libre de altibajos. Así que educa a la vez que entretiene.
Parte de esa virtud se origina en el hecho de que el autor no solo habla de ciudades sobre las que ha leído —y mucho— sino también en las que ha vivido. “Vivir en una ciudad no te capacita especialmente para escribir un libro sobre ella”, nos aclara Dilla, aunque agrega que ese argumento sencillo y bastante confuso lo ha acompañado todo el tiempo y ayudado a seguir adelante.
Se puede añadir otro. Nacido y criado en La Habana, Dilla cuenta con una condición natural urbana, que al mismo tiempo no se ha limitado a un entorno o conjunto: nunca ha vivido fuera de una ciudad, pero ésta a veces no ha sido “la ciudad”, sino “esta ciudad”.
Tal condición debe haberlo ayudado a comprender las diferentes urbes no solo en su interior, sino como proyección externa. Ciudades surgidas de un enorme sistema imperial con derechos territoriales exclusivos, Santo Domingo, San Juan y La Habana son quienes más páginas ocupan en el texto. A ellas se une otra ciudad bien distinta, que no responde a los modelos de la Europa del sur —tanto que más de un viajero procedente de esos países se siente perdido en ella, sin un centro al que referirse, sin que aparezca la tradicional plaza  mayor— y es un ejemplo tardío de otro concepto colonizador, propio de la Europa del norte: el asentamiento creado para el comercio abierto y con puntos comerciales y productivos dispersos. Esta última ciudad es Miami.
Urbes que en un momento no se limitaron a formar parte de una nación, sino que fueron “países” en sí mismas, o lo que único que importaba del territorio nacional, las tres fundadas por España tuvieron algunas semejanzas en sus orígenes y grandes diferencias en su desarrollo.
Santo Domingo fue importante en el siglo XVI, pero la crisis posterior la sumió en la pobreza y el silencio. San Juan y La Habana vivieron condiciones más favorables, pero esta última entró en un proceso incesante de deterioro de cual ahora solo hay débiles señales de que comienza a recuperarse.
Las cifras indican lo que fueron y son, sobre todo en lo que respecta a La Habana. A comienzos del siglo XX, La Habana ya tenía más de 300.000 habitantes, mientras San Juan no alcanzaba los 50.000 y Santo Domingo rondaba los 15.000. Miami, por su parte, apenas contaba con unos 2.000 residentes.
En este siglo, ha continuado un proceso iniciado a finales del anterior, y esas ciudades vuelven a alejarse de sus espacios nacionales y “devienen partes del proceso de exclusión e inclusión selectivas del mercado mundial y producen una alta segregación a sus interiores”.
Si Santo Domingo tiene un pasado ilustre, luego sumido en siglos de silencio; San Juan se convirtió en la fortaleza militar por excelencia y La Habana supo aprovechar su posición comercial y localización geoestratégica, ahora la ciudad que marca el futuro es Miami, convertida en punto de referencia trasnacional y cuyas fronteras con La Habana tienen a diluirse en un imparable intercambio familiar al que ya no detiene las diferencias políticas.
Ese carácter fronterizo de la región —anticipado por Jorge Mañach— define en buena medida el marco teórico del libro.
“Esta condición fronteriza que ha caracterizado a la región es una variable de vital importancia para analizar la emergencia y desarrollo de las tres ciudades históricas del Caribe Hispánico que aquí analizamos —Santo Domingo, San Juan y La Habana— así como de Miami. En una situación u otra, las maneras como estas ciudades ejercieron sus intermediaciones en torno a esta condición fronteriza es vital para entender los derroteros seguidos por cada una”, especifica el autor.
Hasta aquí podría pensarse que el libro abunda en análisis teóricos cuando es todo lo contario. El mayor número de páginas está dedicado a la evolución específica de cada ciudad, y es precisamente entonces que muchos mitos, ideas preconcebidas y situaciones en blanco y negro ruedan por el suelo ante un panorama mucho más abarcador.
En el caso de capital cubana, Dilla describe como, en una sociedad urbana comercial como la habanera, con una población intramuros que se extendía por dos kilómetros cuadrados, era muy difícil mantener una estricta separación racial y clasista. No se trataba de una esclavitud patriarcal —como la que experimentó Santo Domingo en sus siglos de depresión— sino de una modalidad flexible en que muchos esclavos trabajaban todo el tiempo, o una parte de él, como trabajadores alquilados. En ocasiones ello ocurría por contrato directo del amo, pero en otros casos con una notable autonomía por parte del esclavo, que solo estaba obligado a entregar una cantidad acordada de dinero al amo, que actuaba como un típico rentista. Muchos esclavos formaban familias y vivían separados de sus amos, lo que generó varias prohibiciones municipales poco exitosas.
Ciudades en el Caribe es un aporte singular no solo al estudios de las ciudades citadas, sino también una obra valiosa tanto para historiadores como novelistas. En sus páginas se encuentra más de una anécdota, un dato o una descripción que merecen desarrollarse en un cuento o relato en general. Pero sobre todo, es un libro de lectura inmediata y referencia futura.

Ciudades en el Caribe se encuentra disponible en Amazon.com o a través de flacso, donde pueden comunicarse con fernanda.gonzalez@flacso.edu.mx y lo envían por correo.

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