miércoles, 26 de noviembre de 2014

¿Fue un fracaso el viaje de García-Margallo?



El ministro español de Exteriores, José Manuel García-Margallo, abandonó el martes Cuba sin ser recibido por Raúl Castro. El hecho ha marcado la visita, acaparado titulares en la prensa española y es ya la referencia obligatoria para analizar el viaje. Sin embargo, una reducción en blanco y negro siempre deja fuera demasiados puntos, y en especial en el caso cubano, donde los que gobiernan la Isla siempre son partidarios de ese enfoque. Para decirlo rápido: una vez más el régimen mostró su intransigencia o “sensibilidad extrema”, al dejar patente que no le gustan los consejos y las críticas desde fuera —las de dentro,  ya desde hace décadas se resolvió la forma de silenciarlas—, pero también una vez más se le hizo saber a la Plaza de la Revolución que la posible respuesta para mejorar la situación de deterioro económico social perenne no radica en el enquistamiento sino en la transición, y que no hay a la vista otra Venezuela u otro Hugo Chávez salvador. Así que si resulta poco promisorio el futuro junto a Nicolás Maduro, hay que buscar el cambio verdadero, o al menos ciertos cambios.
La reunión con Castro no figuraba en la agenda de la visita ni había sido confirmada, pero se contaba con ella, a partir del hecho de que el gobernante cubano ha venido recibiendo a otros ministros que han viajado recientemente a la isla. Así que algo ocurrió para que de forma no oficial, pero oficiosa, el gobernante cubano manifestara un alejamiento que no ex más que una expresión de disgusto.
De acuerdo a la prensa española, el motivo para el desplante estaría en una conferencia sobre la Transición española, pronunciada el día anterior por el ministro. Es curioso que en este enfoque coincidan tanto El País como ABC, que precisamente reflejan en sus páginas las opiniones, actitudes y trayectorias de los dos principales partidos españoles, en una muestra de unidad de análisis que trasciende el punto de vista partidista.
Motivos hay de sobra para argumentar que el tema de la Transición española sea particularmente espinoso para el régimen cubano, desde los vínculos históricos entre Cuba y España hasta las posibles comparaciones entre Franco y Fidel Castro. Meses atrás, un grupo de opositores y activistas cubanos viajó a Madrid para participar en un seminario sobre el tema. A ello se une lo que podía considerarse casi una tradición española de “aconsejar, recomendar, tratar de influir” en los gobernantes cubanos sobre las medidas necesarias para “arreglar” el entuerto económico, social y político en que se mantiene estancada la Isla.
Por años también —mejor sería hablar de décadas— estos esfuerzos españoles han conducido no solo al fracaso, sino que han sido vistos con temor, desconfianza y recelo. Más de un funcionario cubano ha visto opacado o seriamente afectado su futuro, dentro de la cúpula gobernante, por al menos la sospecha de buscar una demasiada cercanía con homólogos españoles.
Así que si hoy se habla del “desplante de Raúl” es posible que mañana se comente o especule sobre el encuentro con Díaz-Canel.
Sin embargo, la importancia de la visita de García-Margallo hay que buscarla más allá del recibimiento frustrado o el encuentro provechoso, y radica en el hecho de que, de forma clara e incluso en parte publicado por la prensa, quedó claro en estos dos días que si el gobierno cubano quiere incrementar sus relaciones económicas y políticas con Europa, y en especial con España, tiene que ofrecer algo a cambio. Por supuesto que ese algo puede en muchas ocasiones estar alejado de los objetivos de los exiliados cubanos —ese es otro problema—, pero nunca será pura complacencia lo que brinde Europa.
Este hecho, que constituye la esencia puesta de manifiesto en el viaje de García-Margallo, estuvo presente desde el desayuno inicial en Cuba con los empresarios  españoles.
En ese encuentro a puerta cerrada, que el responsable de la diplomacia española mantuvo con los empresarios, éstos le trasladaron sus preocupaciones e inquietudes sobre el desarrollo de su actividad empresarial, entre las que destacaron la necesidad de la unificación monetaria y de apoyar la incipiente iniciativa privada en Cuba. Quedó claro también en la reunión —según lo trascendido en la prensa— que los empresarios españoles consideraban que en la Zona Especial de Desarrollo del Mariel (ZEDM) todavía quedaba mucho por hacer, ya que aún no estaban construidas las naves suficientes, así como la infraestructura necesaria, para que las empresas interesadas se pudieran instalar.
Sin duda que el canciller español salió de este encuentro con una serie de criterios, que debe haber trasladado a las autoridades cubanas, sobre “lo que está faltando para que más empresas nos entusiasmemos con el tema de Mariel”, según palabras de Xulio Fontecha, presidente de la Asociación de Empresarios Españoles en Cuba. Y también debe estar claro, para los cubanos, que de momento no hay que contar mucho con los españoles para las anheladas inversiones. Así que aquí tenemos el embrión de que, a su vez, Raúl Castro no se mostrara muy “entusiasmado” para reunirse con García-Margallo.
Hay otro posible motivo, que puede haber influido en la decisión de Raúl de mantenerse al margen, y tiene que ver con las especulaciones sobre si el representante de Exteriores llevaba un “mensaje” de Obama al gobernante cubano. Aunque a través de los años no han faltado intermediarios en la búsqueda de un diálogo entre Washington y La Habana, y aunque ambas partes se han servido de ellos con mayor o menor utilidad, desde la llegada a la presidencia, Raúl Castro viene afirmando que solo admite el intercambio directo. Al no haber recibido a García-Margallo, corta en buena medida cualquier especulación al respecto.
En este sentido se sitúan toda una serie de eventos internacionales, en los que Madrid tiene un gran interés: la próxima Cumbre Iberoamericana de Veracruz (México) que se celebrará en diciembre y que para el Gobierno de España un “acontecimiento clave” en el proceso para refundar estos foros; la negociación en marcha para alcanzar un acuerdo de cooperación entre la Unión Europea y Cuba; la conferencia entre el bloque comunitario y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) que se celebrará en 2015; el papel de España como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU durante el bienio 2015-2016.
Por lo tanto, lo que Raúl hizo al no recibir a García-Margallo fue restarle importancia no solo a la visita, sino también a España. Importancia política, no económica, ya que según cifras oficiales, España es el tercer socio comercial de Cuba con un intercambio comercial de $1.397 millones de dólares en el 2013, pero muy lejos de Venezuela, que ocupa el primer lugar con $7.000 millones. Pero con una población de españoles en aumento, con la llamada “ley de nietos”, el gobierno cubano está interesado en no brindar una imagen en que la antigua metrópolis se considere un factor decisivo en el futuro de la Isla. Pero en particular, es una muestra de rechazo al posible papel mediador de Madrid en el largo diferendo entre Washington y La Habana.
Con estas cartas sobre la mesa, es lógico que el canciller español reafirmara públicamente lo que le planteó a las autoridades cubanas, en un encuentro con la prensa, sin posibilidad de preguntas, antes de su partida.
García-Margallo no dijo nada que no se conociera en esta presentación, desde abogar por mayores reformas hasta el permitir la salida de los 12 opositores excarcelados con licencia extrapenal, así como el regreso a la Isla de algunos disidentes que salieron de las cárceles cubanas para ir a España en virtud del acuerdo alcanzado en 2010 con la Iglesia Católica. Por supuesto que las palabras del canciller serán comentadas hasta el cansancio en el exilio, pero en realidad buscan más una compensación ante el desplante de Raúl y nunca constituyeron el objetivo fundamental de su visita.
Más que lección aprendida, debe hablarse de lección repetida: tratar con el gobierno cubano nunca es fácil, salvo cuando los intereses ideológicos y políticos (Venezuela), estratégicos (Rusia) y comerciales (China) determinan la agenda. En el caso español, en que economía, historia y política se mezclan, unen y divergen, resulta especialmente complejo, y García-Margallo acaba de comprobarlo.


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