miércoles, 5 de noviembre de 2014

Presos políticos y planes sin futuro


Entre la denuncia de actos represivos y el anuncio de planes o propuestas de unidad transita el estancamiento del movimiento disidente en Cuba.
La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) notificó el lunes 3 de noviembre que ha verificado al menos 413 arrestos por razones políticas en la Isla durante el pasado octubre.
Según indicó la CCDHRN, en su último informe mensual sobre la represión en Cuba, el número de detenciones registradas en octubre es semejante al de septiembre pasado, cuando consignó 411 y catalogó esa cifra como la más baja en lo que va de año.
El informe confirma una tendencia a la baja en el número de detenciones.
La CCDHRN ya había indicado que la intensidad de la represión política en la Isla disminuyó en el mes de septiembre, cuando se produjeron 411 detenciones políticas. En esa fecha, se indicó que era la cifra era la más baja de detenidos en lo que va del año, según el informe divulgado por la organización.
El informe de septiembre señalaba que “continúa manifestándose la tendencia a la disminución de este tipo de acciones represivas, observada en los últimos cuatro meses”. El número de casos registrados durante septiembre representaba una disminución del 35% respecto al mes anterior, y casi la tercera parte de los casos registrado en el mes de mayo, cuando se obtuvo la cifra más alta de detenciones políticas en el año.
Una tendencia similar ya se había observado en otras variables evaluadas por la Comisión, como los casos de víctimas de agresiones físicas, opositores pacíficos hostigados, y aquellos que fueron objeto de los llamados actos de repudio y de acciones vandálicas.
“A pesar de este evidente (y positivo) contraste estadístico, que pudiera ser puramente coyuntural, la CCHDRN no puede ocultar su profundo escepticismo en cuanto a que el régimen, que impera en Cuba hace casi 56 años, esté dispuesto a adoptar verdaderas reformas económicas y en materia de derechos fundamentales, al tiempo que la inmensa mayoría de la población es hundida, lenta pero inexorablemente, en la pobreza y la desesperanza”, consignaba el informe de septiembre.
Sin embargo, al margen de ese último párrafo con un intento de análisis puramente editorializante —que un grupo como la CCHDRN debió haber dejado a un lado— lo que quedaba claro en el informe era una tendencia a la disminución en el número de detenciones, que si bien entonces la organización consideraba “puramente coyuntural” ha continuado hasta la fecha.
¿Evidencia esto un cambio en la naturaleza represiva del régimen? No, en cuanto a que no se ha producido un aumento de las libertades políticas que permitan al ciudadano de a pie elegir su destino político. Sin embargo, al mismo tiempo señala una situación cambiante que una organización como la CCHDRN es incapaz de analizar a profundidad, por aferrarse a sus viejos esquemas y motivaciones.
Si el régimen cubano, de cara a Europa y también a Estados Unidos, ensaya un lavado de imagen, no basta con aferrarse al pasado, sino se debe actuar de acuerdo a esta nueva situación.
Si la CCDHRN registró en el mes de marzo de 2012 más 1.150 detenciones de opositores —el número más alto del que existía constancia en los últimos cincuenta años de entonces—, esta cifra de 413 detenciones indica un cambio. Negarse a verlo y adoptar una actitud de avestruz no contribuye ni a la lucha en favor de la democracia en Cuba ni al conocimiento de la verdad sobre lo que ocurre en la Isla.
“En marzo de 2012 verificamos al menos 1.158 detenciones arbitrarias por razones políticas, el número más alto para un mes en las últimas cinco décadas, solo comparable con las grandes redadas realizadas en todo el país en abril de 1961, a raíz de la invasión por Bahía de Cochinos”, destaca un documento de la organización.
Tan solo en el primer trimestre de ese año se documentaron un total de 2.393 detenciones contra opositores y activistas de derechos humanos, una cifra que superaba los 2.074 arrestos ocurridos en todo el año 2010.
Nuevas tácticas
Uno de los problemas que en la actualidad enfrenta la disidencia es que la táctica represiva puesta en práctica por el gobierno de Raúl Castro resulta muy eficiente a la hora de implantar el terror: reprimir de forma limitada, solo lo necesario, pero al mismo tiempo no permitir que se olvide o se pierda el miedo.
A la vez, a la hora de la denuncia, queda clara la naturaleza abusiva del régimen, pero lo ocurrido no logra despertar una alarma internacional o desencadenar una activa repulsa mundial.
La cualidad represiva del régimen queda amparada tras la búsqueda de cuantificaciones: ¿cuántos muertos, cuántos desaparecidos, cuántos torturados? Y salen a relucir los casos de nutridas manifestaciones dispersadas a balazos, chorros de agua o bastonazos de los destacamentos antimotines en cualquier lugar del mundo.
Esa vendría a ser la mitad de la ecuación. La otra mitad radica en la existencia de horizontes alternativos, que hace que todo cubano lo piense dos veces, y hasta cuatro y cinco, antes de unirse a un grupo disidente.
Para neutralizar o acabar con sus enemigos, el régimen castrista nunca ha dudado en ejercer la represión, pero también ha desarrollado hábilmente la práctica de dejar abierta una puerta de escape a los opositores —siempre que exista esa posibilidad— y de anticiparse a las situaciones límites.
La alternativa entre la cárcel y el esperar la oportunidad de partir hacia Miami u otro país define desde hace décadas la realidad cubana.
Frente a la evolución del movimiento opositor, de una disidencia tradicional e ilustrada ―y cuyos líderes superaban los 50 años de edad― a un grupo menos encerrado en categorías, embriones de partidos políticos y organizaciones de nombres presuntuosos, el enfoque represivo del régimen continua similar al patrón reafirmado con violencia en la primavera de 2003.
Es decir, que no permite intento alguno de buscar una ampliación del horizonte político, en cuanto a prohibir no solo alternativas de gobierno sino también variantes dentro del mismo, que se aparten de las ligeras variantes agrupadas bajo el paraguas de la “actualización del modelo” y que se limitan a la esfera económica.
Más allá del terreno político y económico, es cierto que en el terreno cultural se han ampliado en buena medida las opciones que permiten no simplemente el ejercicio de evocar nombres años atrás prohibidos sino de tocar temas y desarrollar opiniones que por décadas fueron simplemente excluidas.
Sin embargo, no basta para la explicación de lo que en la actualidad ocurre en Cuba el enfatizar solo en el cambio de las tácticas intimidatorias. Hay que hablar también de cierto desplazamiento del ejercicio disidente —cuya limitada acción siempre se ha justificado por la existencia de un fuerte aparato represivo— de la Isla a Miami, al menos en su reflejo mediático.
Un buen ejemplo —aunque no el único— fue el recién concluido viaje a esta ciudad del opositor Guillermo Fariñas. Si años atrás Fariñas acaparaba titulares —incluso en la prensa internacional— por su desafío al régimen, huelgas de hambre y actitud militante, ahora sus declaraciones han ido desde un descabellado proyecto de comedores populares, administrados por la disidencia y financiados desde el sur de la Florida, hasta una injerencia espuria en la contienda electoral, así como dimes y diretes sobre un supuesto intento de soborno.
Todo ello ha contribuido a una descaracterización en la que no hay que excluir la mano del régimen, pero tampoco usar este argumento para librar de culpas al protagonista.
Si la ilusión el viaje, el necesario apoyo político internacional y la búsqueda de recursos dejan de ser medios y se convierten en los fines de una disidencia, el gobierno de La Habana se encuentra en una posición óptima para aflojar la mano en la represión inmediata y más visible, no por un cambio de naturaleza sino por la ausencia de necesidad. 
Las transformaciones que ha experimentado el enfoque represivo han sido más bien de adecuación de un modelo que mantiene intacta su esencia —que es castigar con dureza cualquier acción que alega va en detrimento de “la independencia del Estado cubano”, así como de la “integridad de su territorio”—  al tiempo que alimenta y explota tanto la codicia que podría derivarse esos supuestos cambios económicos como la esperanza en un cambio biológico irremediable. En este sentido, y sin la necesidad de reconocerlo explícitamente, La Habana está utilizando la utopía de “No Castro, no problem” con una mayor efectividad de la que nunca soñó el exilio.
En este sentido, si bien no puede negarse que en la actualidad el régimen es más permisivo en actividades de denuncia o periodismo independiente labores que llevaron al encarcelamiento de muchos opositores en 2003 mantiene la barrera de impedir que llegue “a la calle” cualquier manifestación de crítica o rechazo, por leve que sea.
Lo que resulta lamentable es que, en buena medida, la disidencia y el exilio continúan aferrados a tratar de ver y mostrar al mundo una calcomanía del pasado, en lugar de una visión actual. ¿Hay menos presos políticos ahora que hace un año? Sí, es cierto. Decirlo sin contrapisas. Sin agregar que es un factor estadístico o algo coyuntural, porque iguales categorías podrían aplicarse a la situación existente hace dos años. Hablar a las claras que en Cuba se enfrenta una nueva situación y tratar de analizarla.
¿Existe una salida democrática en el caso de Cuba? La efectividad de la represión y el peso de la indolencia en la isla hacen que no se vislumbre en el movimiento disidente. Reconocerlo así no se limita a la crítica y mucho menos al reproche. Intentar crear una sociedad civil en la Alemania nazi siempre se vio como un imposible. Quizá es un argumento demasiado extremo, pero no por ello deja de tener un fundamento real: lo que define la efectividad de un movimiento opositor no son las dificultades que enfrenta sino la forma en que logra superarlas. Lo demás queda en el terreno de las lamentaciones.



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