miércoles, 19 de noviembre de 2014

“The New York Times” y los médicos cubanos


Si una clase profesional ha sido hostigada en Cuba a partir de 1959 es la de los médicos. Estos han tenido que sufrir las órdenes y hasta los caprichos de un poder que siempre los ha considerado uno de sus recursos más valiosos.
Hasta en la conversación más simple sobre el tema sale a relucir el hecho de que el estudio de la carrera de Medicina en la Isla es gratuita, mientras en Estados Unidos cuesta miles y miles de dólares. Pero el régimen nunca necesitó de ese pretexto para retener a los facultativos. En la primera y segunda década tras la llegada de Fidel Castro al poder los médicos que solicitaba la salida del país eran “castigados”, rebajados de categoría, enviados a lugares remotos e impedidos de partir durante años, con independencia de dónde y cómo habían obtenido sus títulos, que por supuesto por aquel entonces no eran resultado de los “logros de la revolución”.
A estos “castigos” se agregó luego otro aún peor: el retener a los familiares —en particular los hijos pequeños— de los médicos cubanos que “desertaban“ en el exterior, luego de ser enviados a ejercer su profesión en otros países. De hecho, el lenguaje establecido en estos casos por el gobierno cubano —y adoptado incluso en cierta medida por las agencias de prensa internacionales—  establecía una connotación militar, guerrera a la labor: “misión”, “contingente”, “desertores”. Todo ello tenía el objetivo de enfatizar el carácter bélico con que siempre Fidel Castro concibió esos planes: una filosofía de guerra por otros medios, pacíficos e incluso humanitarios, que no por ello dejaba de fundamentar un expansionismo político e ideológico. Cuando las circunstancias impusieron el repliegue ideológico, pero no político, los fines se transformaron en diplomáticos y económicos.
Es por ello que la emigración de los médicos cubanos ha sido por décadas un tema recurrente en el conflicto entre Washington y La Habana. Por una parte el gobierno cubano niega o demora por años la salida de los facultativos, así como retiene a sus familiares si éstos desertan en terceros países. Por la otra, durante la administración de George W. Bush se decidió otorgar un parole a cualquier médico que se encuentra en una misión gubernamental en un tercer país y tome la decisión de desertar, así como el dar visado a los familiares del profesional.
Ambas actitudes han mantenido un carácter marcadamente político, que ha contribuido al aumento de las tensiones entre amos países. En este aspecto estaría la razón de ser del último editorial del diario The New York Times, que critica las alegadas facilidades que ofrece EEUU a los profesionales de la salud cubanos para que abandonen la isla y pidió el fin de esa política “incoherente”.
El editorial, al igual que los anteriores publicado en inglés y español, forma parte de una serie que desde hace semanas el influyente diario de dedica a las relaciones entre Washington y La Habana.
Uno puede estar o no de acuerdo con el juego político que ha provocado estas situaciones y argumentar sobre las decisiones tomadas tantos por ambos Estados como por los médicos protagonistas de tantas historias. Lo que resulta muy difícil es admitir es que alguien se coloque de parte de los verdugos.  Y eso es precisamente lo que ha hecho el diario estadounidense.
No estamos en la Edad Media, el gobierno cubano tiene un concepto feudal en muchas de sus decisiones, tanto en su concepción del tiempo como en los recursos a que echa mano en muchas de sus disputas. Utilizar a niños como rehenes es inadmisible. La Habana lo ha hecho y continúa haciendo. Y pese a los cambios migratorios puestos en práctica, aún el régimen se otorga el derecho de decidir quien sale y quien se queda en Cuba. Es más, considera dicho derecho una potestad indiscutible.
Puede especularse sobre las razones de The New York Times para publicar esta serie editorial, se puede incluso compartir algunos criterios de otros anteriores, pero en esta ocasión el periódico ha producido una pieza no solo absolutamente parcializada sino incluso torpe y pedestre, que al tiempo que amplía el tipo de tergiversación que ya había mostrado al escribir sobre el caso de Alan Gross, contrasta precisamente con otro editorial del mismo diario también de la semana pasada, en que criticaba la censura en China a la Internet y las limitaciones de los corresponsales extranjeros en el país asiático. Incluso, y con razón, reafirma su posición de seguir informando la verdad sobre China, aunque el precio que tuviera que pagar por ello es que el gobierno de Pekín no le diera visa a sus periodistas. Entonces, ahora, y en las misma sección, una muestra vulgar de un doble rasero.
Porque lo cuestionable no es solo el punto de vista de The New York Times, sino principalmente la forma de sustentación.
El periódico parte del elogio por la contribución de médicos cubanos que atienden a pacientes con ébola en África —en realidad la mayoría de ellos aún no están laborando con enfermos, pero vamos a considerar secundaria esa falta de actualización que no debería ocurrir en una publicación de tal categoría— para criticar el supuesto “robo de cerebros”.
De acuerdo al diario “los médicos que trabajan en África occidental hoy podrían fácilmente abandonar sus obligaciones, tomar un taxi a la embajada estadounidense más cercana y solicitar estatus migratorio, mediante un programa que ha permitido miles de deserciones. De ser aprobados, pueden ingresar a Estados Unidos en cuestión de semanas, a pocos años de convertirse en ciudadanos estadounidenses”.
Bueno, esta visión idílica de la fuga no solo resulta absurda por tratarse de un país africano, sino porque el diario pasa por alto que en cualquier lugar del mundo estos trabajadores de salud son vigilados estrechamente, se les retiene el pasaporte y trabajan, se han educado y por regla general vivido siempre bajo un ambiente de miedo, sospecha y traición que resulta difícil de entender por cualquier norteamericano, incluso si es aficionado a las películas de espionaje de la época de la guerra fría.
Aunque más importante aún es señalar lo torcido que resulta partir de la actual lucha contra el ébola, o invocar la labor en el terremoto de Haití, como punto de referencia para el análisis de las deserciones de los médicos. Porque las cifras que más adelante ofrece el periódico no guardan relación con esos cientos de profesionales sino con miles que trabajaban en Venezuela y ahora en Brasil. No tienen que ver con una ayuda humanitaria que por otra parte no es gratuita: la paga la Organización Mundial de la Salud (OMS) y cuenta con la participación de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), tan criticada por Cuba, y por el propio Times en otro editorial. Son datos que reflejan, en particular, lo que viene ocurriendo en Venezuela, donde a un grado de explotación extrema de los médicos se une una situación de inseguridad creciente. Pero de esto no habla el periódico.
The New York Times tampoco hace referencia a dos fuentes en que se fundamentó para cifras, ahora actualizadas, y argumentos.
En 2011 el Wall Street Jounal publicó que cerca de mil seiscientos profesionales médicos y técnicos de salud cubanos se habían exiliado en Estados Unidos a partir de 2006.
De acuerdo al Journal, 800 profesionales utilizaron a Venezuela como el primer país de enlace; luego Colombia con  300. De igual modo, 135 huyeron por Bolivia, Brasil, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, Guyana, Namibia y Perú, con destino a EEUU. Para concretar las deserciones, un total de 1.574 visas fueron emitidas desde consulados estadounidenses en 65 países.
El Times prescinde de este desglose de cifras porque echaría por tierra su argumento: “Es incongruente que Estados Unidos valore las contribuciones de los médicos cubanos enviados por el gobierno para asistir en crisis mundiales, como aquella del terremoto en Haití en 2010, mientras procura desestabilizar al estado facilitando las deserciones”.
No se trata de trabajadores humanitarios que abandonan su ejemplar labor tentados por “cantos de sirenas del imperialismo” —como aún no se atreve a decir el Times, pero está cerca— sino de simples profesionales que huyen de la explotación en busca de un mejor futuro.
Si para 2011 el gobierno cubano tenía 37.041 médicos y trabajadores de la salud en 77 países, según el Journal, eso significaba que alrededor del 4,3 por ciento de ese personal médico había desertado.
Entra entonces la segunda fuente del Times, que además de cifras aporta argumentos. En una "reflexión", Fidel Castro dijo que Estados Unidos robó a Cuba el 5,16 por ciento de los profesionales graduados durante la revolución.
"Entre 1959 y 2004 se graduaron en Cuba 805.903 profesionales, incluyendo médicos. La injusta política de Estados Unidos contra nuestro país nos ha privado del 5,16 por ciento de los profesionales graduados por la revolución", escribió Fidel Castro en una Reflexión del 17 de julio de 2007, titulada El robo de cerebros. Esto significa que unos 156,182 profesionales abandonaron Cuba.
Podría pensarse que el régimen de La Habana ha establecido mecanismos de control más estrictos, que dificultan la salida de los facultativos, pero en general el plan de las misiones médicas cubanas adolece de los mismos problemas de corrupción que otros modelos cubanos de cooperación o búsqueda de divisas.
Al final todo parece estar más cerca de otra versión de Casablanca: sobornos, la libertad puesta a precio, e irregularidades propias de un ambiente de  guerra fría.
No se trata, sin embargo, de una disputa que se resuelve moviendo tanques y aviones, con declaraciones más o menos amenazadoras o  mediante pactos estratégicos. Es un drama humano, algo que también omite el Times.
Queda entonces el elemento que podría darle la justificación mayor al diarios estadounidense: los cambios introducidos por el gobierno cubano en la política migratoria.
Sin embargo, aquí también el Times omite de su análisis aspectos fundamentales.
Hay un rasgo que se repite en las medidas formuladas por el gobierno de Raúl Castro, y es excluir a los profesionales de los cambios que, según La Habana, buscan “actualizar” el modelo cubano.
Para quienes mandan en la Isla, los graduados universitarios quedan fuera de los supuestos beneficios que trae trabajar por cuenta propia o emigrar temporalmente fuera del país.
La primera consecuencia es de índole personal. Quienes se esfuerzan por obtener un título se enfrentan a un presente muy limitado y un futuro más incierto aún. O se limitan a un trabajo mediocre, donde siempre está presente el peligro del despido por los ajustes laborales, dilatados pero no extinguidos, o se dedican a empleos más lucrativos aunque alejados de su perfil de estudios. La educación, una de las conquistas más cacareadas de la revolución, ha pasado de ser un logro a una rémora.
Mientras la ley de migración modificada amplía plazos, suprime la duplicación de permisos (el nuevo “permiso de salida” se concreta en el pasaporte actualizado) y permite el regreso de los inmigrantes obedientes al régimen, en el caso de los profesionales es incluso más represiva que en años anteriores.
No solo en el caso de los médicos. Por décadas el régimen no ha permitido o le ha puesto trabas y demoras a la salida de otros graduados universitarios, pero como todo lo que ocurre en Cuba, se han sucedido los períodos de un cierre mayor con otros de relajamiento, de acuerdo a multitud de factores que iban de la arena internacional al plano doméstico. De ahora en adelante no. La modificación de la ley deja establecido el parámetro a seguir.
De acuerdo a uno de los cambios establecidos en la ley, cualquier graduado de la enseñanza superior que participe en una investigación que se considere “vital” para el desarrollo de la nación queda excluido del otorgamiento del pasaporte y con ello de la posibilidad legal de salida. Lo que ocurre es que bajo una categoría tan amplia, y teniendo en cuenta los temores, la corrupción y la envidia imperante en la isla, cualquier jefe de, por ejemplo, el Ministerio de Cultura en un municipio, puede impedir que un licenciado en letras se vaya porque ha participado en un censo de los versificadores, y el dato es de “vital importancia”, ya que refleja el desarrollo cultural de la zona.
Como siempre, al formular la ley el Gobierno echó mano al socorrido argumento del “robo de cerebros”.  Solo que este llamado “robo de cerebros” no es más que un argumento tercermundista para ocultar la impericia de los gobernantes. En los hospitales de EEUU hay médicos de India y Pakistán; en la universidades de este país, por ejemplo, aquí, en la Universidad de Miami, se encuentran ingenieros de alto nivel procedentes de los países árabes; en Madrid resulta fácil encontrarse con un facultativo que sueñe o busque ejercer en Londres.
Todos estos casos reflejan un fenómeno intensificado con la globalización: las personas buscan vivir en donde se sienten mejor, se les reconoce más por su labor y son mejor recompensadas. Nada más natural, y no por ello los gobiernos tienen que establecer barreras que impidan la partida sino contribuir a crear mejores condiciones de vida en los lugares de origen.
En el caso de los profesionales cubanos, el gobierno da cada día nuevas muestras de que le interesan poco en la mayoría de los casos, cuando no puede explotarlos como fuerza de trabajo que alquila o exporta de acuerdo a conveniencias políticas. Lo demás es mantener en aumento un ejército de braceros encargados del suministro de remesas.
En estos momentos el gobierno de La Habana mantiene una flexibilidad no vista con anterioridad sobre la posibilidad de abandonar la Isla, pero se trata de un fenómeno circunstancial —no importa que llegue a extenderse por décadas— y no un cambio de principios. Siempre tiene a su disposición el invocar que un profesional realiza una labor “vital” para el país o catalogar el caso como “robo de cerebros”. Siempre puede convertir en una pesadilla algo tan rutinario y burocrático como la emisión de un pasaporte.
Es posible que ese ingeniero que sale de Cuba termine colocando antenas de televisión en Miami, o que ese médico que abandona una misión internacionalista nunca vuelva a ejercer, y sea simplemente un enfermero en esta ciudad. Pero es un destino propio, elegido sin que el Estado lo mueva como un peón de un barrio marginal de Caracas a un campamento en Haití, con independencia del beneficio que estos cuidados sanitarios puedan brindar a muchos. Tanto la supuesta bondad del régimen, como el beneficio económico que obtiene brindando servicios médicos en el exterior, se deben a la burda explotación de sus graduados universitarios, que en última instancia poco tienen que agradecer al Gobierno.

Resulta vergonzoso que el Times se coloque al lado del poder y niegue los derechos del individuos. Se supone que, más que la labor, el deber de los periódicos es todo lo contrario.  

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