miércoles, 31 de diciembre de 2014

Amargo triunfo


El 1ro. de enero de 1959 los intelectuales cubanos despertaron con una noticia alegre que pronto se transformó en amarga: el triunfo de una revolución en la que —pronto comenzarían a escuchar la reclamación hasta el cansancio— ellos no habían hecho lo suficiente. Mañana, 56 años más tarde, amanecerán con otro sabor agridulce: su participación o ausencia en un proceso que los ha utilizado, despreciado, halagado y hasta explotados sin que ellos pudieran hacer otra cosa que aprovecharse por breves momentos, consumirse o estallar.
Ernesto “Che” Guevara lo caracterizó con una frase lapidaria: “El pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios”. El poeta Roberto Fernández Retamar (asociado hasta ese momento con el grupo Orígenes, formado por los escritores y artistas más alejados de la realidad política y social) le dedicó un verso que pareció sentido y luego resultó hipócrita: “¿Quién murió por mí en la ergástula?”.
A partir de ese día y durante décadas muchos escritores cubanos lucharon —algunos con honestidad, otros dedicados a las apariencias— por librarse de una carga que al principio adquirió la forma de culpa existencial y terminó transformada en alabanza fácil, justificación oportunista o pura cobardía.
El origen de la culpa hay que buscarlo en el siglo XIX, cuando surge en la isla un grupo de eminentes intelectuales que se destacan por su lucidez y el deseo de evitar que tras la Independencia se repitieran en el país los errores que por entonces ya ocurrían en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Su labor educativa fue enorme, pero su “fracaso político” —no lograr librar a la sociedad cubana de los males que anticiparon— marcó el destino de la nación.
El fracaso en la esfera ciudadana se justificó con la idealización emocional: la imagen del poeta combatiente como símbolo del intelectual sacrificado por el futuro del país. Basta un solo nombre para llenarla: José Martí, pero hay ejemplos antes y después de la Independencia: Carlos Manuel de Céspedes, Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau, por citar varios de los más destacados.
Tras la república, muchos intelectuales entendieron la labor de educar como un ejercicio diario, a través de la prensa, la radio y el libro. Algunos rozaron el poder político o formaron parte de él; otros se sintieron más a gusto en sus bibliotecas. Pero la mayoría limitó su lucha al terreno de la confrontación cívica y ciudadana —aunque siempre sin olvidar los nombres ya mencionados.
Que el intelectual viera relegado su papel en los aspectos políticos no fue necesariamente una consecuencia negativa. Quizá todo lo contrario. Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los medios de gobierno —aun limitada a los aspectos de orientación— no solo ha resultado en muchos casos errónea sino incluso contraproducente y hasta peligrosa.
Sin embargo, el fantasma del “fracaso” de los intelectuales cubanos del siglo XIX —que al principio no habían aprobado la lucha armada como la vía hacia la independencia y terminaron sin poder imponer sus reformas— volvió a repetirse en la segunda mitad del XX. La aspiración a una evolución y no a una revolución terminó por convertirse en un “error” del que había que renegar a todas luces.
De esta forma, muchos intelectuales cubanos terminaron siendo “más revolucionarios” cuando precisamente lo fueron menos. Marcharon, hicieron guardias y gritaron consignas. Demostraron una complacencia mayor que nunca con el poder.
Más allá del debate entre hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo termino la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar al debate político.
No es hasta los años noventa que se abre la posibilidad de definir una labor literaria al margen de la política, y asumir una posición que es tanto un rechazo a la situación imperante en la isla como un establecimiento de jerarquías, que deja fuera aspectos que deberían preocupar a todo ciudadano pero a ser respetada como una opción personal.
Ahora, y en otro primero de enero que inicia un año en que pudiera cambiar el destino nacional, preguntarse por el papel del intelectual en la sociedad no vuelve como un fantasma del pasado pero adquiere cierta urgencia a medida que aumenta la incertidumbre sobre el futuro.
El año cierra con un proyecto frustrado o realizado de la artista Tania Bruguera, cuyo éxito se determina sobre cuál platillo de la balanza se mire (no voy ahora a volver sobre mi mirada). Más allá de cualquier valoración sobre tiempo y lugar para la performance, llama la atención la relativa soledad que ha tenido que afrontar la creadora.
Si el futuro de la isla se limita a un grupo de opositores cívicos —periodistas independientes y activistas en favor de la sociedad civil— son razones suficientes para sustentar la esperanza, pero al mismo tiempo hay motivos para lamentar la inercia y una complacencia que a través de los años siempre ha estado cerca de convertirse en complicidad, tanto por su falta de silencio en ocasiones como por la ausencia de voz en otras.
No se trata de confundir la labor del intelectual con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional en Cuba y el exilio.
Pero responder a esta urgencia hace indispensable plantearse varias preguntas que no tienen una respuesta fácil.
La primera es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria. De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así, Cuba sería un páramo cultural porque siempre han existido razones para el fuego. El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del “Apóstol”: más bien hizo todo lo contrario durante toda la tiranía de Batista y en algunos casos y situaciones también tras 1959 se alejó lo más posible de las llamas.
Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento —no pocas veces usado como justificación— es que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser eso: fines políticos, medios para alcanzar el poder.
A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado. Apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen, pero rechazar en bloque a todos los creadores es menospreciar la cultura.
Queda también la necesidad de debatir una situación que no resulta fácil de comprender fuera de Cuba, y cuya capacidad de asimilación comienza a alejarse desde el día en que uno sale de la isla: el ambiente de encierro, frustración y desesperanza en que viven quienes no abandonan el país.
Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. El intelectual cubano —en la isla y el exilio— no está obligado a definir su obra en términos políticos, pero al mismo tiempo no debe eludir su responsabilidad ciudadana. No es un problema político. Es una condición moral. 

La sagrada plaza o el éxito de una performance en La Habana


Apenas hay tiempo para imaginar las paradas militares, los desfiles gloriosos y el despliegue de banderas. Unas enormes pantallas tratan de llamar la atención del visitante, pero lo que se percibe con mayor fuerza es la presencia de un aparato disuasivo donde la represión no solo es una presencia inmediata sino también un espectáculo: militares en patrulla marchando alrededor del sitio; policías en vehículos motorizados personales recorriendo el área; ciudadanos vestidos de civil que no ocultan que son otra cosa y soldados aislados, que marchan y se detienen en atención a los pocos pasos, como si de pronto se les hubiera agotado una cuerda breve. Todos son jóvenes, la mayoría de una altura no común en el país y de una marcialidad que intenta borrar la  dulzura que unos pocos años atrás caracterizaba sus rostros. Por  todas partes, rodeándolo a uno, cámaras y más cámaras de vigilancia instaladas en postes.
Pero si se camina a lo largo de la avenida Dongchang’an Jie y se llega a la Wangfuing Dajie, el panorama cambia por completo. El emblemático restaurante McDonald no es una puerta ni un puente, como los que han quedado atrás tras pabellones y dioses guardianes en la Ciudad Prohibida, sino la entrada a un mundo con la ilusión de transpirar lo contrario a prohibición y censura. Se inicia entonces un largo recorrido, donde establecimiento tras establecimiento define la imitación mayor de Times Square que hay en el mundo― y que a veces incluso  se aproxima a superarla― como si el único objetivo fuera construir tiendas de lujo mayores a las de París y Nueva York.
Si es cierto como dicen analistas, que el futuro de Cuba pasa en buena medida por una imitación de China y Vietnam, la Plaza de la Revolución será entonces una Tiananmen tropical.
Una Tiananmen como la actual en China, pero sin sangre que recordar, aunque ese recuerdo no signifique arrepentimiento sino simplemente falta de “precaución y pericia”.
En una ocasión, Fidel Castro le afirmó a un oficial de alto rango de la seguridad del Estado cubana que la conducta del gobierno chino en la plaza de Tiananmen demostraba que no sabía como reprimir al pueblo de forma adecuada, y por lo tanto éste se había visto forzado a la “dolorosa y poco placentera” tarea de “eliminar” a miles de sus ciudadanos.
La dictadura militar de los hermanos Castro no ha escatimado recursos en una maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que recurrir a medios más burdos.
En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.
Esa represión que no se detiene —aunque ahora prefiere lo momentáneo y pausado cuando es posible— y que no distingue, ha vuelto a manifestarse en Cuba. Reprimir hoy el más leve intento, para cumplir con la norma de que dar un respiro traerá mañana la necesidad de apagar con tanques cualquier esfuerzo mayor.
Ayer en La Habana —al impedir las autoridades que la artista Tania Bruguera realizara una performance en el lugar, en que intentaba colocar un micrófono abierto para que las personas discutieran sobre el futuro del país— no se dio un primer paso en este sentido; simplemente se reafirmó una tradición. Para los gobiernos totalitarios comunistas o poscomunistas las plazas son sagradas, como las catedrales católicas en el medioevo. Y al igual que las catedrales hoy, ni el cobro de la entrada ni la venta de recuerdos anulan el ritual: más bien lo sostienen.
La permanencia de gobiernos, el paso de sistemas, muertes, sucesiones y dinastías han hecho poca mella en ese carácter sagrado, porque precisamente se antepone a los cambios terrenales. No ha sido así en la Plaza de la Revolución, Tiananmen ni en la Plaza Roja de Moscú —cuyo rojo es anterior a la Revolución de Octubre— como tampoco ocurre en el mayor centro de poder del mundo encerrado al aire libre: la plaza de San Pedro. Basta colocarse junto al obelisco, en su centro, y no dejarse avasallar por la magnificencia. sino recordar el detalle del Passetto, que une la Ciudad del Vaticano con el Castillo Sant'Angelo: la vía de escape, esa que el papa Clemente VII conoció tan bien durante el asedio y saqueo de Roma en el año 1527, cuando tuvo que refugiarse en la fortaleza.
Un régimen totalitario busca siempre una vía de escape, sobre todo tras el mal recuerdo que dejó Hitler, un empecinado enloquecido que hizo todo lo contrario: se refugió en un búnker. El búnker es una mala solución en estos tiempos, y quienes lo han intentado y multiplicado en fecha reciente terminaron muertos y humillados: Sadam, Gadafi.
La Plaza de la Revolución ha sido y es también un bunker, pero Raúl Castro está intentando trazar puentes que al mismo tiempo aseguren la vía de escape y la permanencia. Misión imposible porque requiere una nueva mentalidad, y aunque se refugie en la “actualización” rehúye de la modernidad. De lo que se trataría entonces no es de actualizar el modelo, ni siquiera de modernizarlo, sino desconstruirlo, porque lo claro y evidente de la revolución cubana ha dejado de serlo atrapado en sus paradojas.
De hablar con libertad de esas paradojas trataba en buena medida El susurro de Tatlin #6, una performance en dos actos celebrada con todo éxito ayer en Cuba. Si consideramos que el primer acto fue el intento de llevarla a cabo, el impedirla fue su segunda parte. La represión cumple entonces un objetivo teatral y aclara el futuro. No se agota en simple actividad represiva sino complementa la representación. Policías se convierten en actores que brindan su testimonio voluntario/involuntario no mediante la palabra sino al impedirla. Es también una visión de lo que le espera a los cubanos, en el mejor de los casos; McDonald y Tiananmen a unas cuadras de diferencia. La única pregunta que cabe es si se sentirán satisfechos.
¿Ha tenido consecuencias favorables, para la libertad de pensamiento, la avanzada mercantil de Occidente en China? La tienda de libros extranjeros en la calle Wangfujing Dajie es el mejor lugar para desplegar el discurso neoliberal de la libertad tras la Pepsi. Pese a lo limitado del muestrario, en lo que a pensadores contemporáneos se refiere, se encuentran obras que permiten afirmar un avance en las posibilidades de lectura para una clase intelectual y académica. Años atrás algo tan simple como dos libros del personaje de comics francés Tintín estaban prohibidos en China, El lotus azúl y Tintín en el Tibet, hoy no solo se encuentran en los estantes sino en ediciones hechas en China. Pero esa presencia de libros hasta hace poco prohibidos no anula los casos conocidos y divulgados hasta el cansancio de represión intelectual. Hay que añadir esa amplitud en la literatura y el arte no constituye, de por sí, el establecimiento de la democracia, aunque en cierta medida contribuye. La contrapartida al pesimismo es agregar que la vida se hace de pequeños gestos.
Sin embargo, apostar por sacrificar la libertad a cambio de pequeñas ventajas económicas casi siempre resulta una mala inversión a largo plazo. En otra plaza, la Plaza del Manezh en Moscú, más de un centenar de personas fueron detenidas ayer por protestar contra la condena del líder opositor Alexéi Navalni.
Por años la oposición al despótico Vladimir Putin ha tenido que luchar no solo contra la represión —que llega al asesinato— sino también marchar a la opuesta de la desidia de buena parte de la población rusa, que satisfecha con la posibilidad de poseer un automóvil o cierto grado de mejora económica del país gracias a los altos precios del crudo se consideraba satisfecha o al menos prefería “no buscarse problemas”.
Al igual que China y Vietnam, Rusia es también un referente sobre el futuro cubano, y quizá un ejemplo aun más preocupante, ya que el establecimiento de un gobierno autoritario ha sido —y en buena medida es todavía— apoyado por buena parte de la población.
Lo que resulta aún más paradójico en el caso ruso es que ese autoritarismo no ha tenido que prescindir de todas las libertades ciudadanas, sino que puede darse el lujo de mantener algunas. Así, al tiempo que la televisión está completamente controlada o en manos del gobierno y corporaciones afines al Kremlin, los periódicos gozan de cierta independencia por la sencilla razón de que pocos los leen.
Pero con los años ese despotismo ha comenzado a afectar a los rusos no solo en sus derechos humanos, sino también en sus bolsillos. La crisis económica por la que atraviesa el país es consecuencia directa del mal manejo financiero de Putin y la falta de un sistema de control que le impida o limite en sus errores.
De nuevo en el caso ruso aparece un esquema similar al cubano: ciudadanos que protestan y son reprimidos, partidarios del gobierno que de pronto aparecen como contrapartida de los manifestantes y el temor a que quienes disienten ocupen una plaza.
Ese afán común al control de los lugares públicos es una manifestación de poder, pero también de miedo. Otorga a la plaza una posición única porque la convierte también en una ambivalencia: es un centro de poder, pero como tal también un lugar de desafío.
Estamos entonces ante una de las consecuencias que podría tener la performance que en última instancia, y de acuerdo a la ecuación libertad/represión, sí se celebró en La Habana. La Plaza de la Revolución ha pasado a ser no solo símbolo del castrismo sino lugar de desafío.. Es posible que dentro de poco otros se lancen al intento de dejar oír su voz en el lugar. Ha dejado de ser simplemente el lugar de recuerdo de las glorias y los desfiles en honor de Fidel Castro, para ser una referencia hacia el futuro. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Fugitivos al sol en Cuba


Las decenas de fugitivos que huyeron a Cuba tras cometer delitos en Estados Unidos deben andar preocupados y no dormir bien durante la noche. Sus días bajo el sol podrían estar contados. O no.
El gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, quiere que el presidente Barack Obama exija a La Habana la devolución de una estadounidense que mató a un policía "antes de cualquier consideración ulterior para restablecer las relaciones diplomáticas con el gobierno" de la isla.
Christie quiere que Cuba entregue a Joanne Chesimard, a la que se declaró culpable de la muerte de un policía estatal de Nueva Jersey en 1973.
El reclamo no es nuevo. Por más de 40 años el gobierno estadounidense y el Congreso vienen pidiendo la extradición de varios connotados criminales. Desde secuestradores de aviones y asesinos convictos hasta traficantes de armas y al parecer estafadores al Medicare.
El caso de Chesimard ya es un argumento muy comentado entre quienes defienden el mantenimiento de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo internacional. El presidente Barack Obama pidió al secretario de Estado que inicie de inmediato un proceso de revisión sobre la inclusión de Cuba en dicho listado
Tanto en el informe del 2012 como del 2013 el Departamento de Estado establecía, como causa principal para mantener a Cuba en la lista, el hecho de que el régimen acogiera a fugitivos buscados por EEUU, a integrantes de ETA y que prestara ayuda sanitaria a las FARC.
Podría argumentarse que, de esos tres aspectos, solo los fugitivos estadounidenses cuentan a la hora de negar la exclusión. Agregar que en el 2013 el Buró Federal de Investigaciones (FBI) incluyó a Chesimard en su lista de los terroristas más buscados.
Así que algunos creen que en el próximo año se verá si esta mujer de 67 años, que vive en La Habana con el nombre de Assata Shakur, se convierte en un obstáculo al mejoramiento de los vínculos entre EEUU y Cuba.
Pero apostar por Assata Shakur, en el difícil acercamiento entre ambas naciones. es una jugada muy riesgosa.
En este sentido, no hay que olvidar que el concepto de "intercambio" siempre ha sido la clave cada vez que se menciona el tema.
El gobierno del presidente George W. Bush intentó la devolución de los prófugos buscados por las autoridades norteamericanas, en 2002, según un artículo publicado entonces por The Washington Post.
De acuerdo al Post, funcionarios cubanos se expresaron en favor de un intercambio de fugitivos de ambos países.
“Hay muchos que han cometido delitos en Cuba que viven en Estados Unidos”, dijo en aquella fecha un portavoz no identificado del gobierno cubano, de acuerdo al Post.
Según el periódico, el funcionario mencionó que las autoridades cubanas querían que Orlando Bosch fuera deportado.
Para el gobernante Fidel Castro, la deportación de Bosch era imposible de conseguir. Por ello el funcionario lanzaba el nombre.
Si en esa fecha el Departamento de Estado incluía a Cuba entre los países que apoyaban el terrorismo porque, entre otras razones, la isla todavía mantenía fresco —y en cierta medida vigente— su historial de amparo a miembros de grupos subversivos.
Esta situación ha cambiado fundamentalmente. Fidel Castro no es el mandatario en Cuba. Orlando Bosch falleció en Miami. Ya el informe de 2013 aseguraba que había indicios de que el régimen de la isla se estaba distanciando de los terroristas de ETA. Las conversaciones entre las FARC y el gobierno colombiano se desarrollan precisamente en La Habana.
Si en 2002 un funcionario cubano hizo una alusión a actividades terroristas desde Miami, era precisamente porque ya estaba en marcha la campaña para la devolución de “Los Cincos” y la justificación de Cuba para las actividades de espionaje: la supuesta necesidad de contar con una red de información para vigilar a las organizaciones exiliadas sospechosas de practicar atentados terroristas en la isla, como la oleada de bombas en varias instalaciones turísticas ocurridos en La Habana en 1997, que ocasionaron un muerto.
Los espías cubanos ya se encuentran en Cuba.
A estas alturas, el caso Chesimard/Shakur no va impedir el avance de lo iniciado por Obama y Castro. No es momento de volver sobre lo viejo sino de avanzar al futuro. Los argumentos que en un momento sirvieron para justificar débilmente una inclusión pueden ser eliminados con la misma facilidad que se pusieron.
El Presidente solo necesita enviar un informe al Congreso certificando que ha habido un cambio fundamental en la dirección y las políticas del gobierno cubano, que dicho gobierno no está auspiciando actos de terrorismo internacional y está ofreciendo garantías de que no apoyará semejantes actos en el futuro. Obama también puede enviar un informe al Congreso, dentro de un plazo mínimo de 45 días antes de la remoción, en que certifique que el gobierno cubano no ha brindado ayuda alguna al terrorismo internacional durante los seis meses anteriores y ha ofrecido garantías de que no apoyará semejantes actos en el futuro. Así de simple.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 29 de diciembre de 2014.


martes, 23 de diciembre de 2014

De plaza sitiada a plaza visitada


Asombra a estas alturas la pereza mental de quienes se refugian en viejas explicaciones para analizar la relación que se avecina entre Estados Unidos y Cuba. Si el argumento de plaza sitiada fue utilizado por décadas por el régimen, en ningún momento implicó compromiso ideológico alguno y mucho menos único recurso. El que por tranquilidad y conveniencia se siguiera repitiendo por los voceros de allá y aquí tampoco significó nunca que quienes realmente gobiernan en la Isla —a  estas alturas un hermano, algunos miembros de una familia, unos pocos del círculo íntimo— lo necesitaran con urgencia imprescindible. Aun asusta más ese condicionamiento —adquirido por la comodidad del exilio o simple cobardía— que impide ver la capacidad de adaptación de quienes —a punto de cumplir 56 años en el poder— han logrado sobrevivir las condiciones más diversas y algunas verdaderamente difíciles. Más que desconocimiento de las capacidades del enemigo, lo que aflora entonces es una ignorancia casi innata para descubrir la torpeza propia.
Afirmar que Cuba era “una plaza sitiada” o que “la nación estaba en guerra” constituía parte de ese rosario de lemas ya gastados, pero a los cuales sacaba utilidad el gobierno, sobre todo en medios internacionales. Por décadas resultó difícil comprender que un país estaba en guerra con otro y al mismo tiempo le compraba alimentos a su enemigo, agasajaba a los legisladores del bando contrario y celebraba subastas de tabacos donde los compradores no venían de una trinchera sino viajaban cómodamente a La Habana. Una guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entraban en aguas cubanas traían mercancías que se cargaban en los puertos de la nación agresora. La clave era que nunca al régimen le interesó que creyeran sus argumentos, sino simplemente que los aceptaran.
Cuba estaba en “guerra”, decían los repetidores de los argumentos surgidos en la Plaza de la Revolución, y no le quedaba más remedio que encarcelar a los “agentes”  del otro bando. Pero la justificación ideológica había pasado a un plano secundario ante la represión más vulgar.
El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos ideológicos y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa realidad al propósito único de conservar el poder.
Al principio de la llegada de Raúl al poder asombró la falta de mensajes oficiales, que orientaran sobre el proceso o explicaran su significado. Pero eso que se vio como carencia ideológica pronto pasó a convertirse en la esencia de una nueva etapa: la práctica cubana en la puesta en marcha de una supuesta “actualización” , en que un día se avanza y otro se retrocede, pero siempre en la búsqueda de conservar el poder.
Contrario a lo esperado por algunos, el agotamiento ideológico del modelo marxista-leninista no desembocó en un desmoronamiento del sistema.
Si una parte de quienes viven bajo las ruinas del socialismo cubano son sujetos moldeados por una época en que se produjo una amplia distribución de algunos derechos sociales —como tener un trabajo asegurado y el acceso gratuito a los servicios de salud y educación, que con los años han experimentado cada vez un mayor deterioro—, son también ciudadanos con un precario entrenamiento para ejercer derechos civiles y políticos, o en general poco preparados para asumir riesgos a la hora de obtenerlos. Por otra parte, ha ido en aumento otra generación que no se preocupa tanto por esas conquistas sociales como por un bienestar inmediato. al que se ven limitados con condiciones internas y externas. Son estos, que nunca han aspirado a “ser como el Che” aunque lo repitieran de niños, y que tampoco ejemplifican el “hombre nuevo” guevarista, a quienes están destinados los cambios que se avecinan en la relación entre Cuba y Estados Unidos: los hijos del Período Especial. En lidiar con esta generación están empecinados los gobiernos de ambos países.
Raúl Castro ha hecho todo lo posible por mantener esa condición de acatamiento de los viejos y desinterés político de los jóvenes, timoneando de acuerdo al momento pero sin soltar el control del rumbo. En lo que se refiere al aspecto cultural e ideológico, en los años previos a la llegada del menor de los Castro, el régimen encaminó el deterioro ideológico sobre el supuesto de un nacionalismo posmarxista, adoptado como elemento fundacional del proceso. Poco sirvió argumentar que esos cambios oportunos —o mejor, oportunistas— carecieran de solidez desde el punto de vista teórico y fundacional, y solo sirvieran de espejismos al uso para justificar un acercamiento al poder o al dinero, fue imponiéndose esa praxis que priorizaba la salida individual por encima de las luchas sociales y políticas —sea gracias a la represión o la esperanza de marcharse—, y que en última instancia se guía por el “resolver” a diario sin buscarse “líos políticos”. El argumento de “plaza sitiada” y el enemigo externo —aunque no eliminado por completo— comenzó a ceder espacio frente a la urgencia del momento. Abandonar el país no fue más el último acto de rebeldía o la única muestra “permitida” de rechazo al sistema, sino una salida económica.
Así Raúl Castro inició un discurso en apariencia repetitivo, torpe y cansado, pero que al margen de estas características permitía las inclusiones más diversas.
Tras una parada militar, el 2 de diciembre de 2006, habló de negociar con Washington, durante un discurso en la Plaza de la Revolución. En medio de tanques y cohetes, el entonces ministro de las Fuerzas Armadas y gobernante en funciones no lanzaba una arenga contra su viejo enemigo, sino declaraba la “disposición de resolver en la mesa de negociaciones el prolongado diferendo entre Estados Unidos y Cuba”. Propuso sentarse a negociar “sobre la base de los principios de igualdad, reciprocidad, no injerencia y respeto mutuo”.
Que años más tarde se inicie al fin tan diálogo no refleja solo la voluntad o el interés del presidente estadounidense Barack Obama, sino también una necesidad por parte del gobierno de la Isla. En este sentido, intereses y razones han sido discutidos y analizados en detalle, pero hay un elemento primordial que no debe pasarse por alto: una intención real de negociar.
Curioso que uno de los puntos más significativos del discurso de Castro, durante la clausura del último período ordinario de la Asamblea Nacional del Poder Popular de este año, casi no se ha comentado en esta ciudad, cuando fue dirigido fundamentalmente a Miami y Washington.
Castro ofreció garantías de que su gobierno no boicoteará las negociaciones, como temen algunos analistas y añadió que se “tomarán medidas” para prevenir hechos que puedan obstaculizar el diálogo.
Este hecho abre nuevas perspectivas. No se trata de creer al pie de la letra lo que dice el gobernante. Es algo más simple: no se inicia un diálogo buscado en los últimos años para romperlo de la noche a la mañana. Se sabe que no está dispuesto a ceder en aspectos esenciales —democracia, derechos humanos—, pero hay otras cuestiones en que mostrará mayor flexibilidad. Que estas cuestiones no resulten las fundamentales para la oposición cubana no deja fuera la posibilidad de que se pueda lograr cierto provecho de ella. Sobre todo si se parte de una premisa fundamental: es un diálogo entre dos naciones, no un debate nacional interno. Hasta dónde llevará Washington los reclamos democráticos es la gran interrogante, donde lo mejor es no colocar muchas esperanzas, pero también resulta contraproducente un rechazo de plano. Será cínico pero es también realista: ¿con cuántas divisiones cuenta la oposición, salvo más bien el estar dividida? No es que se aplauda que la moral quede fuera de la mesa de negociaciones, sino que se  prefiera abandonar cualquier intento a su entrada —aunque sea limitada— bajo el manto de la intransigencia.
Ampararse en la naturaleza pérfida del régimen, para rechazar el diálogo, puede reportar dividendos en el exilio y cierta satisfacción personal, pero poco ayuda en el esfuerzo por avanzar por un camino largo y difícil. Atrincherarse en juicios pasados sobre la actuación del gobierno evidencia conocimiento del pasado, pero también ignorancia del presente.
Si bien es cierto que el embargo comercial de EEUU hacia el gobierno cubano ha sido usado como coartada por la élite gobernante, también lo es que bajo el mando de Raúl Castro hay un interés de dejar a un lado esa ganancia colateral para enfrentar los aspectos que en realidad afectan sus planes económicos, que se resumen en la explotación del puerto del Mariel, la inversión extranjera, el turismo e incluso la exploración petrolera.
Que por décadas las quejas sobre el embargo, y el argumento de plaza sitiada, fueran parte esencial de la retórica del régimen no implica que en un momento determinado puedan ser echados a un lado. El uso del “bloqueo” como excusa perfecta fue mencionado por Castro es su discurso del 18 de diciembre de 2010, al referirse a la incapacidad demostrada por el Estado para producir café en cantidades suficientes. Por supuesto que ese momento aún no ha llegado por completo y el reclamo del levantamiento “incondicional” del embargo sigue formando parte de esa retórica. Pero lo fundamental es reconocer una capacidad de adaptación de ese régimen que no lo hace ni bueno ni malo: simplemente efectivo. Casi no vale la pena agregar que ese interés primordial es conservar el poder; llevan décadas demostrándolo.
La clave del análisis es no confundir los argumentos del régimen con su realidad, sino considerarlos partes de su superestructura ideológica.
Desde la salida de Fidel Castro del poder cotidiano, buena parte de la oposición y el exilio no desperdició tribuna alguna en que exponer puntos de vista, brindar cifras, recordar experiencias —a veces muy lejanas— y fraguar proyectos. Nada de esto debe impedir analizar que en Cuba se llevó a cabo un proceso de consolidación acelerada de un nuevo gobierno, con cambios paulatinos que se han realizado en escala reducida —en medio de estancamientos que más de una vez han puesto en duda sus etapas—, sin por ello eludir por completo una necesidad de efectuarlas.
No es que esta transformación en marcha sea para mejor, desde el punto de vista de la democracia. Con o sin relaciones con Washington el discurso político continuará siendo cerrado al reconocimiento de las libertades individuales y los derechos humanos y ciudadanos típicos de las democracias occidentales, aunque tampoco podrá eludir algunos cambios que de momento resultarán cosméticos, pero no libres de consecuencias.
El mecanismo de sucesión establecido, que se ha desarrollado a la perfección, solo necesitó de dos tácticas para funcionar con la implacable certeza de un mecanismo de relojería. Primero fue pregonar que Fidel se mantenía "al tanto de todo",  informado en todo momento y consultado respecto a las decisiones más importantes, para luego dejar de mencionarlo salvo en una broma de ocasión, como la intercambiada entre Raúl Castro y Obama en su reciente conversación telefónica. La otra ha sido abordar las dificultades e ineficiencias cotidianas, que endémicamente han mostrado la falta de voluntad y recursos del gobierno, no como problemas del sistema o consecuencias de su inoperancia, sino como aspectos disfuncionales capaces de ser enmendados: la indisciplina, el robo, el mercado negro y la corrupción.
La ausencia de cambios ideológicos y el férreo control de la prensa y los organismos estatales —que Raúl trata de mantener a cualquier costo— han contribuido en buena medida a que el exterior no se perciban cambios dentro del gobierno. En igual medida, y por paradójico que parezca, aún el exilio se mantiene a la espera del anunciado final de Fidel Castro. Que el rumor, o la pregunta sobre su destino, vuelva a figurar en estos días —tanto en la prensa tradicional como en la blogosfera— no es más que un ejemplo de esa actitud; válida como anhelo, pero también un desatino político.
La realidad que muchos siguen eludiendo es esa capacidad de adaptación enorme de un sistema donde el  tradicional esquema marxista de estructura económica y superestructura política e ideológica se empecinan en un cambalache insólito pero efectivo. Del reclamo de plaza sitiada a la estrategia de plaza visitada, el régimen ha recorrido un largo trecho, donde conceptos como escasez, represión y estancamiento económico son al mismo tiempo realidades del momento y condiciones para el mantenimiento del poder, colocados al frente de la vidriera o dejados en la trastienda del negocio, según interese al dueño: ¿hay que decir el nombre? 

domingo, 21 de diciembre de 2014

El ejemplo de Payá


Dice Rosa María Payá, miembro del Movimiento Cristiano Liberación, en su Carta abierta al presidente Obama, publicada en El Nuevo Herald:
“Lo nuevo sería un compromiso real con los ciudadanos cubanos y con acciones concretas en favor de las demandas de la ciudadanía. No desde posiciones injerencistas, no inventándonos soluciones, sino apoyando las soluciones que los mismos cubanos hemos creado”.
Es un pensamiento y una petición encomiable. El mejor ejemplo a seguir en este sentido es precisamente el que siempre impulsó el fallecido líder opositor Oswaldo Payá.
Sobre el pensamiento de Payá respecto a restricciones, hostilidad y el mantenimiento de una línea dura hacia el régimen de La Habana, el periodista Andrés Oppenheimer, quien lo entrevistó casi una docena de veces durante dos décadas, escribió en el mismo diario El Nuevo Herald, el 26 de julio de 2012:
“Payá sostuvo siempre que las palabras o actitudes hostiles de Washington contra Cuba eran contraproducentes”.
Más adelante expresa Oppenheimer;
“En las conversaciones que sostuvimos a lo largo de los años, Payá me dijo repetidamente que las posturas de línea dura de Washington contribuyen a que el régimen de los Castro perpetúe el mito de que Estados Unidos se está preparando para invadir la isla en cualquier momento, y de que los exiliados cubanos en Miami quieren desalojar a los cubanos de las casas que ellos dejaron atrás al abandonar Cuba”.
Luego cita Oppenheimer:
“En mayo del 2004, días después de que el presidente George W. Bush anunciara nuevas restricciones para los viajes desde Estados Unidos y en los envíos de dinero a la isla, Payá me dijo —tal como lo escribí en The Miami Herald en ese momento— que las nuevas sanciones eran una mala idea.
Ese tipo de medidas son contraproducentes porque desvían la atención de la confrontación entre la dictadura y el pueblo cubano, y la concentran en la confrontación entre Cuba y Estados Unidos, que es exactamente lo que quieren los hermanos Castro, me dijo. “Volvemos a Cuba versus Estados Unidos, una vez más”, lamentó Payá.
¿Qué debería hacer Estados Unidos?, le pregunté. Payá, que se oponía al embargo estadounidense a la isla, respondió que Washington debería dar a los disidentes pacíficos “apoyo político y moral”, pero sin imponerle sanciones a la isla.
Refiriéndose a las restricciones que Bush había impuesto a los viajes y los envíos, dijo: “Pienso que los que impulsaron esto miraron hacia sí mismos, y no hacia Cuba y hacia el movimiento de oposición pacífica”.
En octubre del 2007, horas antes de que Bush pronunciara un discurso anunciando nuevas iniciativas sobre Cuba, Payá me dijo que “Bush, o cualquiera que lo suceda, debe separar la retórica de Estados Unidos sobre Cuba: Aumentar la defensa de los derechos humanos, y dejar de lado los anuncios sobre ‘programas’ y ‘comisiones’ norteamericanas para la transición de Cuba, que huelen a intervencionismo de Estados Unidos”.
Así que el presidente Barack Obama es uno de los mandatarios estadounidenses que más se ha acercado a una línea de acción consecuente con el conocido líder opositor.
Queda en pie el justo reclamo de que el presidente de Estados Unidos contribuya a que la voz de los opositores se escuche en la próxima Cumbre de las Américas.
Una nutrida presencia de quienes buscan los derechos democráticos y la creación de una sociedad civil en Cuba —no limitada, por supuesto, a una sola organización— es un requisito indispensable para salvar en algo una reunión, que de lo contrario sería una bofetada a la democracia.


Del familiar al ciudadano


Para los que llevamos décadas viviendo en este país, la elección al salir de Cuba fue fácil y difícil al mismo tiempo: empezar de nuevo. De una forma u otra todos lo hicimos. El restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos cambia esta ecuación.
Puede que no tanto en lo personal, y seguramente no en muchos recuerdos. Hace poco, una miniserie de televisión alemana me recordó a Cuba. En una escena de Unsere Mütter, Unsere Väter una mujer recibe una visita inesperada y desagradable en su nuevo apartamento. Una muchacha llega preguntando por quienes vivían allí antes. Contesta altiva y acusadora. Quién es esa que se interesa por los judíos que ella nunca vio, pero a los que despojaron de la vivienda donde ahora sobrevive con varios hijos, mientras su marido se encuentra en el frente. La escena se repite luego tras la caída de Berlín, solo que quien viene ahora es el hijo de esos judíos que seguramente murieron en un campo de concentración. De amenazadora, la mujer ha pasado a estar temerosa, a ignorar cualquier conocimiento del pasado. De interrogadora pasa a ser interrogada. Y no responde. Simplemente niega
Todo el que vivió en Cuba y tuvo que dejar su casa, sus muebles, hasta sus platos y cubiertos sin esperanza de recuperarlos, conoce bien las dos escenas.
No se repetirán ahora en la isla, pero surgirán temores. Luego de la euforia inicial, que parece vivirse en Cuba ante la falsa ilusión de que un anhelado levantamiento del embargo/bloqueo resolverá todos los problemas, vendrá la realidad: surgirán otros y saldrán a relucir algunos que por años han acechado o casi desaparecido.
No, no es lo mismo, La Habana no ha “caído”. El esperado inicio de conversaciones para restablecer vínculos diplomáticos se producirá con el mismo gobierno que tomó el poder el 1ro. de enero de 1959 y con igual sistema imperante a 90 millas en esa fecha. No es un encuentro entre nuevos amigos, sino entre viejos enemigos, quizá ya cansados y también transmutados. Y así y todo, nada será igual.
En primer lugar porque se pasará del ámbito familiar al ciudadano. Hasta ahora ha sido la familia el factor que viene definiendo esa porosidad fronteriza, que ha convertido a Miami en una especie de puesto de abastecimiento para la isla, donde el exilio —en su caracterización ideológica— se ha estado diluyendo, tiende a desaparecer, aunque perduran tanto las causas que les dieron razón de ser como las que hacen que en la actualidad continúe.
Entre ese existir —y el aprovecharse de las leyes y medidas que lo facilitan aquí en Estados Unidos— y la desvirtualización de sus supuestos objetivos primarios se define este instante aquí y en Cuba.
Lo más socorrido es decir entonces que se ha producido una transformación, en la que más que hablar de un exilio activo hay que mencionar que se trata de una emigración.
Añadir que esta emigración cada vez más se asemeja a la que por muchas décadas han realizado quienes llegan a este país en busca de una mejor vida, no importa si desde México, Centroamérica u otro país. No se debe condenar a nadie que intente mejorar su vida, sobre todo si uno hizo lo mismo antes.
Pero esta explicación adolece de un problema, y es que enmascara el hecho de que el éxodo cubano continúa respondiendo a razones políticas. Al igual que La Habana, Washington actúa de acuerdo a sus intereses: mantener una estabilidad social y política, forzada en ambas costas.
En este punto todos, cubanos de aquí y de allá, han optado en común por la válvula de escape, como solución a los problemas cotidianos. En la isla se prefiere pedir ayuda a los parientes antes que enfrentar cualquier protesta, simple pero no exenta de consecuencias. En el exilio se vuelve, pero no se regresa.
Lo que busca el presidente Barack Obama es cambiar en cierto sentido esa ecuación, no en el ámbito político sino social y económico. Permitir que la ayuda para el establecimiento de ese pequeño negocio familiar, o la forma en que puedan lograrse los medios para ejercer un oficio no dependan solo de la familia —aunque en buena medida seguirá siendo así en cuanto al aporte de capital inicial— sino de la propia iniciativa ciudadana. Sentar las bases para que el individuo se independice no solo del Estado sino también de la familia. Es un esfuerzo saludable y que merece todo el apoyo, porque en la medida que la persona sea independiente de la familia, también esta en el exterior dejará de ser rehén del gobierno cubano, como hasta ahora.
Una normalización de relaciones traerá cambios —más o menos rápidos— que ni siquiera se comienzan a vislumbrar de momento.
El más importante e inmediato de estos cambios es que —cuando comience a marchar el proceso— uno de los temas a debatir será el de la repatriación de miles de cubanos residentes en Estados Unidos, que en estos momentos no pueden ser deportados, ya que el gobierno cubano se niega a admitirlos, salvo en algunos casos.
Otros cambios, entre muchos, tendrán que ver con el establecimiento de normas —de cumplimiento obligatorio por ambos países— que tienen que ver con cuestiones que van desde los derechos de autor hasta el refugio. No más piratería de películas en ambas costas, pero también: ¿hasta cuándo sobrevivirá la Ley de Ajuste Cubano?
A todas esas interrogantes se une la necesidad de conversaciones entre los dos países, para definir los derechos en la isla de quienes nacieron en Cuba, pero hoy son ciudadanos estadounidenses.
Se dirá que este es un problema que atañe solo a la parte cubana. A partir de que el país no admite la doble ciudadanía y continúa considerando cubanos a todos los que nacieron allí.
Es cierto, es un problema del gobierno cubano, que de momento no ha mostrado la menor intención de resolver. En un mundo cada vez más globalizado, el régimen de La Habana se encierra en un concepto de nacionalismo decimonónico, propio a su conveniencia.
El nacer en Cuba implica una serie de responsabilidades —dicen desde Cuba y repite aquí su coro de seguidores—, y bajo el mantra de la “patria” hay que defender, respetar y contribuir en favor de algo que no es patria ni Estado, sino simplemente gobierno y en última instancia un apellido: Castro.
Al igual que el gobierno cubano lleva años aprovechándose de la priorización de los valores familiares entre sus residentes aquí y allá —en un cambio a conveniencia del rechazo inicial de la familia frente al Estado, por otro en que la familia debe colocarse en beneficio de este y no a la inversa— ha convertido a la patria en una especie de madre o padre a la que siempre hay que servir, obedecer y ayudar, por deber elemental filial, no importa las boberías que diga, más si se ha deteriorado con el inevitable paso de los años.
Solo que quienes ahora son estadounidenses por adopción, no se caracterizan simplemente como hijos de Cuba, aunque la nación de origen aparezca en el pasaporte, sino son ciudadanos con plenos derechos. Y el deber del país de adopción es reclamar por esos derechos.
Ese reclamo corresponde a Washington. Va más allá de la decisión personal que se adopte, ya sea no visitar Cuba con un pasaporte cubano —porque ya no se es cubano a los efectos legales en cualquier parte del mundo— o pasar por alto ese “detalle”, porque otros factores pesan más: desde deseos hasta necesidades familiares.
En este sentido, y como ciudadano norteamericano, las obligaciones y derechos son otros. Cuba no debe ser una excepción, porque es un derecho como estadounidense y no un deber por haber nacido en la isla.
Lo que llama la atención es que este tipo de reclamo no se formule en el exilio, donde aún se vive bajo el encierro de la arcadia del pasado; en esa dicotomía anti-pro que cada vez define menos. Si realmente se ha iniciado una nueva era y ha caído el último reducto de la guerra fría en el Hemisferio, el futuro tiene que establecerse también por los derechos, no solo de los cubanos. sino también de los que ahora son norteamericanos. Simplemente para tenerlos, ni siquiera para usarlos. 

No todos los legisladores republicanos tiene igual posición frente al régimen cubano


Uno de los comentarios que con mayor fuerza han repetido legisladores cubanoamericanos y sus simpatizantes en estos últimos días ha sido que los esfuerzos por normalizar las relaciones con el gobierno cubano, anunciadas por el presidente Barack Obama, serán neutralizadas cuando tome posesión el nuevo congreso dominado por los republicanos.
Con independencia de la posible batalla legal y política entre el poder legislativo y ejecutivo, se ha tratado de brindar una imagen de unanimidad, por parte de los republicanos, en contra de un cambio en la relación con el régimen de La Habana. Solo la congresista Ileana Ros-Lehtinen ha mostrado una mayor cautela en este sentido.
La realidad, sin embargo, es otra. Aunque es indiscutible que hay muchos legisladores republicanos en contra de la posición de Obama sobre el tema cubano —y por añadidura de cualquier cosa que haga el Presidente, desde tomarse un helado a irse de vacaciones—, también hay otros que en este punto específico no se aferran a un enfoque hostil.
La cuestión clave en el asunto es que hasta el momento nadie se había atrevido a mover ficha. Ahora la situación ha cambiado. No se trata simplemente de un acuerdo de momento. Lo que se acaba de conocer, y se mantuvo en un absoluto secreto durante año y medio, es que Cuba ha sido una prioridad del gobierno de Obama, aunque por tiempo se pensó que la urgencia de otros asuntos había relegado a la isla al final de la lista de asuntos pendientes.
Lo que se conoció el 17 de diciembre fueron los primeros resultados de un esfuerzo que empezó en 2009, con la llegada de Obama a la Casa Blanca, pero que no tomó fuerza hasta su segundo y último mandato, cuando se autorizó el inicio de las negociaciones. Tras salir reelegido en las presidenciales de 2012, el mandatario estadounidense situó Cuba como una de las prioridades de su política exterior. Así que ahora su gobierno se va lanzar en este objetivo con fuerza, rapidez y lo más profundo que pueda. Esto, por supuesto, abre una especie de caja de Pandora, que ha permanecido tapada por demasiados años.
Por otra parte, la situación internacional e interna de Estados Unidos no puede ser más propicia para el cambio. Tanto el gobierno de La Habana ha estado ganando terreno en el área diplomática —sobre todo en América Latina, pero en Europa también—, como ha sido incapaz de despegar en el terreno económico. El gobernante Raúl Castro acaba de decir, en el acto de clausura de la última sesión anual de la Asamblea Nacional cubana el sábado, que el mejoramiento de la economía continúa siendo “la asignatura pendiente” de su gobierno.
En EEUU, por otra parte, la situación viene a ser en cierto sentido la contraria. Si bien en lo que respecta a Latinoamérica Washington se ha visto aislado en su posición respecto a Cuba — en la Cumbre de la Américas, que se celebró en Colombia en abril de 2012, hasta aliados como México y Colombia le dijeron claramente que estaban en contra del embargo y a favor de invitar a la isla al próximo encuentro—. desde el punto de vista económico hoy es más claro que nunca que es el único “salvavidas” a que puede aferrarse la deteriorada economía cubana. A ello se agrega que en estos momentos EEUU ha vuelto a situarse a la cabeza del mundo democrático en el terreno económico, con un crecimiento sostenido y muy por encima de Europa. Ello hace que hay capital estadounidense dispuesto a invertirse en nuevos mercados, y el más cercano está a 90 millas.
Así que los intereses de granjeros y empresarios de EEUU, que en buena medida constituyen la base de sustentación del Partido Republicano, volverán el próximo año a mostrarse favorables a una ampliación del comercio con Cuba.
Dentro de este panorama, se tendrá que analizar la posición que asumirán muchos legisladores federales, no limitados a una simple agenda de confrontación local sino todo lo contrario: comprometidos con la posibilidad de negocios para sus estados y distritos.
Hay ya, de hecho, varios legisladores republicanos que no favorecen una actitud de hostilidad hacia el gobierno de La Habana.
El primero es, por supuesto, el senados por Arizona Jeff Flake, que acompañó a Alan Gross en el avión de regreso a su patria.
Flake ha sido el patrocinador de una legislación que busca eliminar las limitaciones de los viajes de estadounidenses a Cuba, junto con el senador Ron Paul , republicano por Texas. Ambos favorecen poner fin al embargo.
Se debe recordar, una vez más, que Estados Unidos no prohíbe a sus ciudadanos viajar a Cuba, porque constitucionalmente no puede hacerle, ya que ambos países no están en guerra, sino “gastar dinero” en la isla. Acabar con esta medida, que se ha ido debilitando cada vez, requiere la aprobación del Congreso, gracias a la Helms-Burton, pero no es tan difícil como echar abajo el embargo.
El legislador Jason Chaffetz, republicano por Utah, será el próximo presidente de la comisión de Supervisión y Reformas Gubernamentales de la Cámara de Representantes. Considera que la actual prohibición de viajes para los norteamericanos es “ridícula”.
El republicano Mark Sanford, por Carolina del Sur, ha dicho que introducirá una propuesta de ley similar a la de Flake.
La lista podría estar aumentado. Flake considera que hay otros legisladores republicanos que apoyan una lenta normalización de las relaciones con el gobierno de la isla.
Pero si bien es cierto que hay legisladores republicanos favorables a una flexibilización de los vínculos con La Habana, también lo contrario ocurre en el campo demócrata, y aquí el ejemplo es el senador Bob Menéndez, por Nueva Jersey.
Solo que la cuestión más omitida por los legisladores cubanoamericanos, al hablar sobre el cambio del Senado a favor de los republicanos, es que dicho cambio puede resultar desfavorable al mantenimiento de una línea agresiva frente a La Habana. Es decir, nada supera en este sentido la salida de Menéndez de la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado.
La entrada del senador Marco Rubio a la presidencia de una subcomisión de Relaciones Exteriores no es comparable con el peso que ha tenido Menéndez en dicho campo. Aquí las diferencias entre republicanos y demócratas no cuentan, y lo que importa es que, por su historial —entre otros aspectos, por haber sido presidente de la Comisión para las Campañas Senatoriales Demócratas, al igual que en su momento Robert Torrichelli—  experiencia e influencia es un verdadero “peso pesado” entre los defensores de la línea en favor del embargo.

Nada hace esperar entonces que las discusiones del próximo año dentro del poder legislativo estadounidense, sobre el relanzamiento de los vínculos con el gobierno de la isla, van a ser definidas simplemente de acuerdo a estrechas líneas partidistas, sino que influirán muchos más factores.

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