martes, 23 de diciembre de 2014

De plaza sitiada a plaza visitada


Asombra a estas alturas la pereza mental de quienes se refugian en viejas explicaciones para analizar la relación que se avecina entre Estados Unidos y Cuba. Si el argumento de plaza sitiada fue utilizado por décadas por el régimen, en ningún momento implicó compromiso ideológico alguno y mucho menos único recurso. El que por tranquilidad y conveniencia se siguiera repitiendo por los voceros de allá y aquí tampoco significó nunca que quienes realmente gobiernan en la Isla —a  estas alturas un hermano, algunos miembros de una familia, unos pocos del círculo íntimo— lo necesitaran con urgencia imprescindible. Aun asusta más ese condicionamiento —adquirido por la comodidad del exilio o simple cobardía— que impide ver la capacidad de adaptación de quienes —a punto de cumplir 56 años en el poder— han logrado sobrevivir las condiciones más diversas y algunas verdaderamente difíciles. Más que desconocimiento de las capacidades del enemigo, lo que aflora entonces es una ignorancia casi innata para descubrir la torpeza propia.
Afirmar que Cuba era “una plaza sitiada” o que “la nación estaba en guerra” constituía parte de ese rosario de lemas ya gastados, pero a los cuales sacaba utilidad el gobierno, sobre todo en medios internacionales. Por décadas resultó difícil comprender que un país estaba en guerra con otro y al mismo tiempo le compraba alimentos a su enemigo, agasajaba a los legisladores del bando contrario y celebraba subastas de tabacos donde los compradores no venían de una trinchera sino viajaban cómodamente a La Habana. Una guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entraban en aguas cubanas traían mercancías que se cargaban en los puertos de la nación agresora. La clave era que nunca al régimen le interesó que creyeran sus argumentos, sino simplemente que los aceptaran.
Cuba estaba en “guerra”, decían los repetidores de los argumentos surgidos en la Plaza de la Revolución, y no le quedaba más remedio que encarcelar a los “agentes”  del otro bando. Pero la justificación ideológica había pasado a un plano secundario ante la represión más vulgar.
El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos ideológicos y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa realidad al propósito único de conservar el poder.
Al principio de la llegada de Raúl al poder asombró la falta de mensajes oficiales, que orientaran sobre el proceso o explicaran su significado. Pero eso que se vio como carencia ideológica pronto pasó a convertirse en la esencia de una nueva etapa: la práctica cubana en la puesta en marcha de una supuesta “actualización” , en que un día se avanza y otro se retrocede, pero siempre en la búsqueda de conservar el poder.
Contrario a lo esperado por algunos, el agotamiento ideológico del modelo marxista-leninista no desembocó en un desmoronamiento del sistema.
Si una parte de quienes viven bajo las ruinas del socialismo cubano son sujetos moldeados por una época en que se produjo una amplia distribución de algunos derechos sociales —como tener un trabajo asegurado y el acceso gratuito a los servicios de salud y educación, que con los años han experimentado cada vez un mayor deterioro—, son también ciudadanos con un precario entrenamiento para ejercer derechos civiles y políticos, o en general poco preparados para asumir riesgos a la hora de obtenerlos. Por otra parte, ha ido en aumento otra generación que no se preocupa tanto por esas conquistas sociales como por un bienestar inmediato. al que se ven limitados con condiciones internas y externas. Son estos, que nunca han aspirado a “ser como el Che” aunque lo repitieran de niños, y que tampoco ejemplifican el “hombre nuevo” guevarista, a quienes están destinados los cambios que se avecinan en la relación entre Cuba y Estados Unidos: los hijos del Período Especial. En lidiar con esta generación están empecinados los gobiernos de ambos países.
Raúl Castro ha hecho todo lo posible por mantener esa condición de acatamiento de los viejos y desinterés político de los jóvenes, timoneando de acuerdo al momento pero sin soltar el control del rumbo. En lo que se refiere al aspecto cultural e ideológico, en los años previos a la llegada del menor de los Castro, el régimen encaminó el deterioro ideológico sobre el supuesto de un nacionalismo posmarxista, adoptado como elemento fundacional del proceso. Poco sirvió argumentar que esos cambios oportunos —o mejor, oportunistas— carecieran de solidez desde el punto de vista teórico y fundacional, y solo sirvieran de espejismos al uso para justificar un acercamiento al poder o al dinero, fue imponiéndose esa praxis que priorizaba la salida individual por encima de las luchas sociales y políticas —sea gracias a la represión o la esperanza de marcharse—, y que en última instancia se guía por el “resolver” a diario sin buscarse “líos políticos”. El argumento de “plaza sitiada” y el enemigo externo —aunque no eliminado por completo— comenzó a ceder espacio frente a la urgencia del momento. Abandonar el país no fue más el último acto de rebeldía o la única muestra “permitida” de rechazo al sistema, sino una salida económica.
Así Raúl Castro inició un discurso en apariencia repetitivo, torpe y cansado, pero que al margen de estas características permitía las inclusiones más diversas.
Tras una parada militar, el 2 de diciembre de 2006, habló de negociar con Washington, durante un discurso en la Plaza de la Revolución. En medio de tanques y cohetes, el entonces ministro de las Fuerzas Armadas y gobernante en funciones no lanzaba una arenga contra su viejo enemigo, sino declaraba la “disposición de resolver en la mesa de negociaciones el prolongado diferendo entre Estados Unidos y Cuba”. Propuso sentarse a negociar “sobre la base de los principios de igualdad, reciprocidad, no injerencia y respeto mutuo”.
Que años más tarde se inicie al fin tan diálogo no refleja solo la voluntad o el interés del presidente estadounidense Barack Obama, sino también una necesidad por parte del gobierno de la Isla. En este sentido, intereses y razones han sido discutidos y analizados en detalle, pero hay un elemento primordial que no debe pasarse por alto: una intención real de negociar.
Curioso que uno de los puntos más significativos del discurso de Castro, durante la clausura del último período ordinario de la Asamblea Nacional del Poder Popular de este año, casi no se ha comentado en esta ciudad, cuando fue dirigido fundamentalmente a Miami y Washington.
Castro ofreció garantías de que su gobierno no boicoteará las negociaciones, como temen algunos analistas y añadió que se “tomarán medidas” para prevenir hechos que puedan obstaculizar el diálogo.
Este hecho abre nuevas perspectivas. No se trata de creer al pie de la letra lo que dice el gobernante. Es algo más simple: no se inicia un diálogo buscado en los últimos años para romperlo de la noche a la mañana. Se sabe que no está dispuesto a ceder en aspectos esenciales —democracia, derechos humanos—, pero hay otras cuestiones en que mostrará mayor flexibilidad. Que estas cuestiones no resulten las fundamentales para la oposición cubana no deja fuera la posibilidad de que se pueda lograr cierto provecho de ella. Sobre todo si se parte de una premisa fundamental: es un diálogo entre dos naciones, no un debate nacional interno. Hasta dónde llevará Washington los reclamos democráticos es la gran interrogante, donde lo mejor es no colocar muchas esperanzas, pero también resulta contraproducente un rechazo de plano. Será cínico pero es también realista: ¿con cuántas divisiones cuenta la oposición, salvo más bien el estar dividida? No es que se aplauda que la moral quede fuera de la mesa de negociaciones, sino que se  prefiera abandonar cualquier intento a su entrada —aunque sea limitada— bajo el manto de la intransigencia.
Ampararse en la naturaleza pérfida del régimen, para rechazar el diálogo, puede reportar dividendos en el exilio y cierta satisfacción personal, pero poco ayuda en el esfuerzo por avanzar por un camino largo y difícil. Atrincherarse en juicios pasados sobre la actuación del gobierno evidencia conocimiento del pasado, pero también ignorancia del presente.
Si bien es cierto que el embargo comercial de EEUU hacia el gobierno cubano ha sido usado como coartada por la élite gobernante, también lo es que bajo el mando de Raúl Castro hay un interés de dejar a un lado esa ganancia colateral para enfrentar los aspectos que en realidad afectan sus planes económicos, que se resumen en la explotación del puerto del Mariel, la inversión extranjera, el turismo e incluso la exploración petrolera.
Que por décadas las quejas sobre el embargo, y el argumento de plaza sitiada, fueran parte esencial de la retórica del régimen no implica que en un momento determinado puedan ser echados a un lado. El uso del “bloqueo” como excusa perfecta fue mencionado por Castro es su discurso del 18 de diciembre de 2010, al referirse a la incapacidad demostrada por el Estado para producir café en cantidades suficientes. Por supuesto que ese momento aún no ha llegado por completo y el reclamo del levantamiento “incondicional” del embargo sigue formando parte de esa retórica. Pero lo fundamental es reconocer una capacidad de adaptación de ese régimen que no lo hace ni bueno ni malo: simplemente efectivo. Casi no vale la pena agregar que ese interés primordial es conservar el poder; llevan décadas demostrándolo.
La clave del análisis es no confundir los argumentos del régimen con su realidad, sino considerarlos partes de su superestructura ideológica.
Desde la salida de Fidel Castro del poder cotidiano, buena parte de la oposición y el exilio no desperdició tribuna alguna en que exponer puntos de vista, brindar cifras, recordar experiencias —a veces muy lejanas— y fraguar proyectos. Nada de esto debe impedir analizar que en Cuba se llevó a cabo un proceso de consolidación acelerada de un nuevo gobierno, con cambios paulatinos que se han realizado en escala reducida —en medio de estancamientos que más de una vez han puesto en duda sus etapas—, sin por ello eludir por completo una necesidad de efectuarlas.
No es que esta transformación en marcha sea para mejor, desde el punto de vista de la democracia. Con o sin relaciones con Washington el discurso político continuará siendo cerrado al reconocimiento de las libertades individuales y los derechos humanos y ciudadanos típicos de las democracias occidentales, aunque tampoco podrá eludir algunos cambios que de momento resultarán cosméticos, pero no libres de consecuencias.
El mecanismo de sucesión establecido, que se ha desarrollado a la perfección, solo necesitó de dos tácticas para funcionar con la implacable certeza de un mecanismo de relojería. Primero fue pregonar que Fidel se mantenía "al tanto de todo",  informado en todo momento y consultado respecto a las decisiones más importantes, para luego dejar de mencionarlo salvo en una broma de ocasión, como la intercambiada entre Raúl Castro y Obama en su reciente conversación telefónica. La otra ha sido abordar las dificultades e ineficiencias cotidianas, que endémicamente han mostrado la falta de voluntad y recursos del gobierno, no como problemas del sistema o consecuencias de su inoperancia, sino como aspectos disfuncionales capaces de ser enmendados: la indisciplina, el robo, el mercado negro y la corrupción.
La ausencia de cambios ideológicos y el férreo control de la prensa y los organismos estatales —que Raúl trata de mantener a cualquier costo— han contribuido en buena medida a que el exterior no se perciban cambios dentro del gobierno. En igual medida, y por paradójico que parezca, aún el exilio se mantiene a la espera del anunciado final de Fidel Castro. Que el rumor, o la pregunta sobre su destino, vuelva a figurar en estos días —tanto en la prensa tradicional como en la blogosfera— no es más que un ejemplo de esa actitud; válida como anhelo, pero también un desatino político.
La realidad que muchos siguen eludiendo es esa capacidad de adaptación enorme de un sistema donde el  tradicional esquema marxista de estructura económica y superestructura política e ideológica se empecinan en un cambalache insólito pero efectivo. Del reclamo de plaza sitiada a la estrategia de plaza visitada, el régimen ha recorrido un largo trecho, donde conceptos como escasez, represión y estancamiento económico son al mismo tiempo realidades del momento y condiciones para el mantenimiento del poder, colocados al frente de la vidriera o dejados en la trastienda del negocio, según interese al dueño: ¿hay que decir el nombre?