sábado, 20 de diciembre de 2014

Historia de dos hermanas


Un mensaje llega desde La Habana: “Hoy Cuba está feliz. Raúl Castro y Barack Obama hablaron del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países. Pienso que pronto se abolirá el bloqueo y los cubanos podremos vivir un poco mejor”. El otro desde Nueva Jersey: “Hoy me siento muy triste. Tenía la esperanza de que cuando Venezuela no pudiera ayudar más a los Castro, Cuba se vería libre del azote comunista. Y ahora Obama le acaba de tirar un salvavidas al tirano. Qué bajo ha caído este país”. Dos cartas, dos mundos, un abismo. Y sin embargo, se trata de dos hermanas o dos primas o dos amigas de infancia que se quieren y se apoyan mutuamente.
Dos espacios imaginarios recorren ambos extremos del estrecho de la Florida. Se acumulan mitos, fantasías, anhelos. ¿Cuánto sobrevive en la isla la creencia de que el bloqueo/embargo es la madre de todas las dificultades? ¿Quienes creen en la miseria económica como el arma perfecta para lograr la salida de los Castro del poder? ¿Alguien confía aún en un cambio del partido en el gobierno, no en la isla sino en Estados Unidos, como una solución cubana?
Ampararse en la ilusión de que en Cuba la democracia está a la vuelta de la esquina, ya sea porque se agotan los recursos de la ayuda venezolana, o por pequeñas protestas esporádicas, es pecar de iluso. Ni el reloj biológico ni el precio del crudo deben servir de fundamento para decidir o esperar el futuro. La realidad es que cada vez más, quienes viven en Cuba y en el exilio, responden a otras expectativas. No a clichés agotados.
Hay dos planos de realidad superpuestos, que a un tiempo definen y emborronan la imagen del caso cubano. Uno está formado por eternas discusiones, análisis, dichos y desdichos (esta columna, por supuesto, no escapa a ese entorno). Otro rehúye de la retórica y desprecia el discurso: no ensaya la afirmación verbal sino el gesto. Curioso que en una nación tan caracterizada por la verborrea de sus habitantes, ellos recurran con tanta frecuencia a las acciones, para expresarse mejor que con las palabras: votar con los pies es el mejor ejemplo. Para otros países, un balsero cuenta más que mil discursos disidentes, a la hora de tomar decisiones sobre La Habana. El aumento creciente del éxodo no es sólo otra señal de alarma, sino define la respuesta.
Si los mensajes del comienzo marcan dos actitudes distintas, en la práctica se ha impuesto la conducta sobre el verbo. Y la conducta en estos momentos se define por los viajes, los envíos y las remesas, que han sustituido a la agresividad anterior: los ataques y atentados. ¿Madurez o agotamiento? Una mezcla de ambos. La lucha civilista es un logro, pero debe fundamentarse en su independencia, no en los dictados de Washington o un exilio que paga.
Si la oposición dentro de la isla es casi un 90 por ciento verbal (declaraciones, planes, proyectos, anuncios, entrevistas) y un 10 por ciento activa (protestas), en esta ciudad la reacción primera al inicio del restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana se ha caracterizado por una algarabía irritada, breve y poco numerosa. En todas otras partes, el  hecho ha sido saludado con entusiasmo.
Unos cuantos manifestantes en el lugar de siempre, con las mismas palabras, carteles y gritos. Economía de medios y recursos. Tacañería de esfuerzo. Todo ello en días radiantes y poco calurosos. Imaginar que hubiera sucedido con lluvias.
No hay duda que el anticastrismo vertical ha vivido épocas más felices en esta ciudad. Los días en que “luchábamos por Elián” son un pasado lejano.
Los límites de la acción han llevado a ese exilio, en otra época beligerante, a refugiarse en el negativismo.
Esa actitud encierra una motivación irracional: el negarse a aceptar lo que ha dictado un presidente democráticamente electo y con un mandato definido.
En este sentido, ha salido a relucir una y otra vez el poder del Congreso, no en su función legislativa sino convertido, para la ilusión exiliada, en un poder ejecutivo. El consuelo del instante es que todo lo anunciado por el presidente Barack Obama cuenta poco, a partir de que el próximo año el Congreso echará por tierra cualquier cambio.
Sin embargo, como dijo Lyndon B. Johnson, la presidencia sirve para algo. Quienes ahora invocan el poderío del Congreso, no deben olvidar que en esta nación gobierna el presidente.
Más allá de la mencionada respuesta emocional —de signo contrario en Cuba y en el exilio—, se ha pasado por alto que, más que un cambio de política hacia el régimen, lo que se ha establecido es una nueva estrategia dentro de esa misma política.
Obama ha hecho lo necesario, imprescindible e inevitable: convertir al embargo en un verdadero instrumento de presión. Sus resultados no están libres de incertidumbre, pero ante el estancamiento vale la pena el riesgo.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 22 de diciembre de 2014.

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