miércoles, 31 de diciembre de 2014

La sagrada plaza o el éxito de una performance en La Habana


Apenas hay tiempo para imaginar las paradas militares, los desfiles gloriosos y el despliegue de banderas. Unas enormes pantallas tratan de llamar la atención del visitante, pero lo que se percibe con mayor fuerza es la presencia de un aparato disuasivo donde la represión no solo es una presencia inmediata sino también un espectáculo: militares en patrulla marchando alrededor del sitio; policías en vehículos motorizados personales recorriendo el área; ciudadanos vestidos de civil que no ocultan que son otra cosa y soldados aislados, que marchan y se detienen en atención a los pocos pasos, como si de pronto se les hubiera agotado una cuerda breve. Todos son jóvenes, la mayoría de una altura no común en el país y de una marcialidad que intenta borrar la  dulzura que unos pocos años atrás caracterizaba sus rostros. Por  todas partes, rodeándolo a uno, cámaras y más cámaras de vigilancia instaladas en postes.
Pero si se camina a lo largo de la avenida Dongchang’an Jie y se llega a la Wangfuing Dajie, el panorama cambia por completo. El emblemático restaurante McDonald no es una puerta ni un puente, como los que han quedado atrás tras pabellones y dioses guardianes en la Ciudad Prohibida, sino la entrada a un mundo con la ilusión de transpirar lo contrario a prohibición y censura. Se inicia entonces un largo recorrido, donde establecimiento tras establecimiento define la imitación mayor de Times Square que hay en el mundo― y que a veces incluso  se aproxima a superarla― como si el único objetivo fuera construir tiendas de lujo mayores a las de París y Nueva York.
Si es cierto como dicen analistas, que el futuro de Cuba pasa en buena medida por una imitación de China y Vietnam, la Plaza de la Revolución será entonces una Tiananmen tropical.
Una Tiananmen como la actual en China, pero sin sangre que recordar, aunque ese recuerdo no signifique arrepentimiento sino simplemente falta de “precaución y pericia”.
En una ocasión, Fidel Castro le afirmó a un oficial de alto rango de la seguridad del Estado cubana que la conducta del gobierno chino en la plaza de Tiananmen demostraba que no sabía como reprimir al pueblo de forma adecuada, y por lo tanto éste se había visto forzado a la “dolorosa y poco placentera” tarea de “eliminar” a miles de sus ciudadanos.
La dictadura militar de los hermanos Castro no ha escatimado recursos en una maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que recurrir a medios más burdos.
En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.
Esa represión que no se detiene —aunque ahora prefiere lo momentáneo y pausado cuando es posible— y que no distingue, ha vuelto a manifestarse en Cuba. Reprimir hoy el más leve intento, para cumplir con la norma de que dar un respiro traerá mañana la necesidad de apagar con tanques cualquier esfuerzo mayor.
Ayer en La Habana —al impedir las autoridades que la artista Tania Bruguera realizara una performance en el lugar, en que intentaba colocar un micrófono abierto para que las personas discutieran sobre el futuro del país— no se dio un primer paso en este sentido; simplemente se reafirmó una tradición. Para los gobiernos totalitarios comunistas o poscomunistas las plazas son sagradas, como las catedrales católicas en el medioevo. Y al igual que las catedrales hoy, ni el cobro de la entrada ni la venta de recuerdos anulan el ritual: más bien lo sostienen.
La permanencia de gobiernos, el paso de sistemas, muertes, sucesiones y dinastías han hecho poca mella en ese carácter sagrado, porque precisamente se antepone a los cambios terrenales. No ha sido así en la Plaza de la Revolución, Tiananmen ni en la Plaza Roja de Moscú —cuyo rojo es anterior a la Revolución de Octubre— como tampoco ocurre en el mayor centro de poder del mundo encerrado al aire libre: la plaza de San Pedro. Basta colocarse junto al obelisco, en su centro, y no dejarse avasallar por la magnificencia. sino recordar el detalle del Passetto, que une la Ciudad del Vaticano con el Castillo Sant'Angelo: la vía de escape, esa que el papa Clemente VII conoció tan bien durante el asedio y saqueo de Roma en el año 1527, cuando tuvo que refugiarse en la fortaleza.
Un régimen totalitario busca siempre una vía de escape, sobre todo tras el mal recuerdo que dejó Hitler, un empecinado enloquecido que hizo todo lo contrario: se refugió en un búnker. El búnker es una mala solución en estos tiempos, y quienes lo han intentado y multiplicado en fecha reciente terminaron muertos y humillados: Sadam, Gadafi.
La Plaza de la Revolución ha sido y es también un bunker, pero Raúl Castro está intentando trazar puentes que al mismo tiempo aseguren la vía de escape y la permanencia. Misión imposible porque requiere una nueva mentalidad, y aunque se refugie en la “actualización” rehúye de la modernidad. De lo que se trataría entonces no es de actualizar el modelo, ni siquiera de modernizarlo, sino desconstruirlo, porque lo claro y evidente de la revolución cubana ha dejado de serlo atrapado en sus paradojas.
De hablar con libertad de esas paradojas trataba en buena medida El susurro de Tatlin #6, una performance en dos actos celebrada con todo éxito ayer en Cuba. Si consideramos que el primer acto fue el intento de llevarla a cabo, el impedirla fue su segunda parte. La represión cumple entonces un objetivo teatral y aclara el futuro. No se agota en simple actividad represiva sino complementa la representación. Policías se convierten en actores que brindan su testimonio voluntario/involuntario no mediante la palabra sino al impedirla. Es también una visión de lo que le espera a los cubanos, en el mejor de los casos; McDonald y Tiananmen a unas cuadras de diferencia. La única pregunta que cabe es si se sentirán satisfechos.
¿Ha tenido consecuencias favorables, para la libertad de pensamiento, la avanzada mercantil de Occidente en China? La tienda de libros extranjeros en la calle Wangfujing Dajie es el mejor lugar para desplegar el discurso neoliberal de la libertad tras la Pepsi. Pese a lo limitado del muestrario, en lo que a pensadores contemporáneos se refiere, se encuentran obras que permiten afirmar un avance en las posibilidades de lectura para una clase intelectual y académica. Años atrás algo tan simple como dos libros del personaje de comics francés Tintín estaban prohibidos en China, El lotus azúl y Tintín en el Tibet, hoy no solo se encuentran en los estantes sino en ediciones hechas en China. Pero esa presencia de libros hasta hace poco prohibidos no anula los casos conocidos y divulgados hasta el cansancio de represión intelectual. Hay que añadir esa amplitud en la literatura y el arte no constituye, de por sí, el establecimiento de la democracia, aunque en cierta medida contribuye. La contrapartida al pesimismo es agregar que la vida se hace de pequeños gestos.
Sin embargo, apostar por sacrificar la libertad a cambio de pequeñas ventajas económicas casi siempre resulta una mala inversión a largo plazo. En otra plaza, la Plaza del Manezh en Moscú, más de un centenar de personas fueron detenidas ayer por protestar contra la condena del líder opositor Alexéi Navalni.
Por años la oposición al despótico Vladimir Putin ha tenido que luchar no solo contra la represión —que llega al asesinato— sino también marchar a la opuesta de la desidia de buena parte de la población rusa, que satisfecha con la posibilidad de poseer un automóvil o cierto grado de mejora económica del país gracias a los altos precios del crudo se consideraba satisfecha o al menos prefería “no buscarse problemas”.
Al igual que China y Vietnam, Rusia es también un referente sobre el futuro cubano, y quizá un ejemplo aun más preocupante, ya que el establecimiento de un gobierno autoritario ha sido —y en buena medida es todavía— apoyado por buena parte de la población.
Lo que resulta aún más paradójico en el caso ruso es que ese autoritarismo no ha tenido que prescindir de todas las libertades ciudadanas, sino que puede darse el lujo de mantener algunas. Así, al tiempo que la televisión está completamente controlada o en manos del gobierno y corporaciones afines al Kremlin, los periódicos gozan de cierta independencia por la sencilla razón de que pocos los leen.
Pero con los años ese despotismo ha comenzado a afectar a los rusos no solo en sus derechos humanos, sino también en sus bolsillos. La crisis económica por la que atraviesa el país es consecuencia directa del mal manejo financiero de Putin y la falta de un sistema de control que le impida o limite en sus errores.
De nuevo en el caso ruso aparece un esquema similar al cubano: ciudadanos que protestan y son reprimidos, partidarios del gobierno que de pronto aparecen como contrapartida de los manifestantes y el temor a que quienes disienten ocupen una plaza.
Ese afán común al control de los lugares públicos es una manifestación de poder, pero también de miedo. Otorga a la plaza una posición única porque la convierte también en una ambivalencia: es un centro de poder, pero como tal también un lugar de desafío.
Estamos entonces ante una de las consecuencias que podría tener la performance que en última instancia, y de acuerdo a la ecuación libertad/represión, sí se celebró en La Habana. La Plaza de la Revolución ha pasado a ser no solo símbolo del castrismo sino lugar de desafío.. Es posible que dentro de poco otros se lancen al intento de dejar oír su voz en el lugar. Ha dejado de ser simplemente el lugar de recuerdo de las glorias y los desfiles en honor de Fidel Castro, para ser una referencia hacia el futuro.