domingo, 21 de diciembre de 2014

No todos los legisladores republicanos tiene igual posición frente al régimen cubano


Uno de los comentarios que con mayor fuerza han repetido legisladores cubanoamericanos y sus simpatizantes en estos últimos días ha sido que los esfuerzos por normalizar las relaciones con el gobierno cubano, anunciadas por el presidente Barack Obama, serán neutralizadas cuando tome posesión el nuevo congreso dominado por los republicanos.
Con independencia de la posible batalla legal y política entre el poder legislativo y ejecutivo, se ha tratado de brindar una imagen de unanimidad, por parte de los republicanos, en contra de un cambio en la relación con el régimen de La Habana. Solo la congresista Ileana Ros-Lehtinen ha mostrado una mayor cautela en este sentido.
La realidad, sin embargo, es otra. Aunque es indiscutible que hay muchos legisladores republicanos en contra de la posición de Obama sobre el tema cubano —y por añadidura de cualquier cosa que haga el Presidente, desde tomarse un helado a irse de vacaciones—, también hay otros que en este punto específico no se aferran a un enfoque hostil.
La cuestión clave en el asunto es que hasta el momento nadie se había atrevido a mover ficha. Ahora la situación ha cambiado. No se trata simplemente de un acuerdo de momento. Lo que se acaba de conocer, y se mantuvo en un absoluto secreto durante año y medio, es que Cuba ha sido una prioridad del gobierno de Obama, aunque por tiempo se pensó que la urgencia de otros asuntos había relegado a la isla al final de la lista de asuntos pendientes.
Lo que se conoció el 17 de diciembre fueron los primeros resultados de un esfuerzo que empezó en 2009, con la llegada de Obama a la Casa Blanca, pero que no tomó fuerza hasta su segundo y último mandato, cuando se autorizó el inicio de las negociaciones. Tras salir reelegido en las presidenciales de 2012, el mandatario estadounidense situó Cuba como una de las prioridades de su política exterior. Así que ahora su gobierno se va lanzar en este objetivo con fuerza, rapidez y lo más profundo que pueda. Esto, por supuesto, abre una especie de caja de Pandora, que ha permanecido tapada por demasiados años.
Por otra parte, la situación internacional e interna de Estados Unidos no puede ser más propicia para el cambio. Tanto el gobierno de La Habana ha estado ganando terreno en el área diplomática —sobre todo en América Latina, pero en Europa también—, como ha sido incapaz de despegar en el terreno económico. El gobernante Raúl Castro acaba de decir, en el acto de clausura de la última sesión anual de la Asamblea Nacional cubana el sábado, que el mejoramiento de la economía continúa siendo “la asignatura pendiente” de su gobierno.
En EEUU, por otra parte, la situación viene a ser en cierto sentido la contraria. Si bien en lo que respecta a Latinoamérica Washington se ha visto aislado en su posición respecto a Cuba — en la Cumbre de la Américas, que se celebró en Colombia en abril de 2012, hasta aliados como México y Colombia le dijeron claramente que estaban en contra del embargo y a favor de invitar a la isla al próximo encuentro—. desde el punto de vista económico hoy es más claro que nunca que es el único “salvavidas” a que puede aferrarse la deteriorada economía cubana. A ello se agrega que en estos momentos EEUU ha vuelto a situarse a la cabeza del mundo democrático en el terreno económico, con un crecimiento sostenido y muy por encima de Europa. Ello hace que hay capital estadounidense dispuesto a invertirse en nuevos mercados, y el más cercano está a 90 millas.
Así que los intereses de granjeros y empresarios de EEUU, que en buena medida constituyen la base de sustentación del Partido Republicano, volverán el próximo año a mostrarse favorables a una ampliación del comercio con Cuba.
Dentro de este panorama, se tendrá que analizar la posición que asumirán muchos legisladores federales, no limitados a una simple agenda de confrontación local sino todo lo contrario: comprometidos con la posibilidad de negocios para sus estados y distritos.
Hay ya, de hecho, varios legisladores republicanos que no favorecen una actitud de hostilidad hacia el gobierno de La Habana.
El primero es, por supuesto, el senados por Arizona Jeff Flake, que acompañó a Alan Gross en el avión de regreso a su patria.
Flake ha sido el patrocinador de una legislación que busca eliminar las limitaciones de los viajes de estadounidenses a Cuba, junto con el senador Ron Paul , republicano por Texas. Ambos favorecen poner fin al embargo.
Se debe recordar, una vez más, que Estados Unidos no prohíbe a sus ciudadanos viajar a Cuba, porque constitucionalmente no puede hacerle, ya que ambos países no están en guerra, sino “gastar dinero” en la isla. Acabar con esta medida, que se ha ido debilitando cada vez, requiere la aprobación del Congreso, gracias a la Helms-Burton, pero no es tan difícil como echar abajo el embargo.
El legislador Jason Chaffetz, republicano por Utah, será el próximo presidente de la comisión de Supervisión y Reformas Gubernamentales de la Cámara de Representantes. Considera que la actual prohibición de viajes para los norteamericanos es “ridícula”.
El republicano Mark Sanford, por Carolina del Sur, ha dicho que introducirá una propuesta de ley similar a la de Flake.
La lista podría estar aumentado. Flake considera que hay otros legisladores republicanos que apoyan una lenta normalización de las relaciones con el gobierno de la isla.
Pero si bien es cierto que hay legisladores republicanos favorables a una flexibilización de los vínculos con La Habana, también lo contrario ocurre en el campo demócrata, y aquí el ejemplo es el senador Bob Menéndez, por Nueva Jersey.
Solo que la cuestión más omitida por los legisladores cubanoamericanos, al hablar sobre el cambio del Senado a favor de los republicanos, es que dicho cambio puede resultar desfavorable al mantenimiento de una línea agresiva frente a La Habana. Es decir, nada supera en este sentido la salida de Menéndez de la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado.
La entrada del senador Marco Rubio a la presidencia de una subcomisión de Relaciones Exteriores no es comparable con el peso que ha tenido Menéndez en dicho campo. Aquí las diferencias entre republicanos y demócratas no cuentan, y lo que importa es que, por su historial —entre otros aspectos, por haber sido presidente de la Comisión para las Campañas Senatoriales Demócratas, al igual que en su momento Robert Torrichelli—  experiencia e influencia es un verdadero “peso pesado” entre los defensores de la línea en favor del embargo.

Nada hace esperar entonces que las discusiones del próximo año dentro del poder legislativo estadounidense, sobre el relanzamiento de los vínculos con el gobierno de la isla, van a ser definidas simplemente de acuerdo a estrechas líneas partidistas, sino que influirán muchos más factores.