lunes, 31 de marzo de 2014

Inversión en Cuba, riesgos y ventajas


Cuando esta columna aparezca publicada ya estará aprobada la nueva ley que regula las inversiones extranjeras en Cuba. No es especular sobre lo que aún no se conoce al momento de escribirla, sino volver sobre lo que ya se sabe el objeto de este texto.
La nueva ley se ha anunciado que tendrá un carácter amplio. Permitirá inversiones extranjeras en casi todos los campos, salvo la educación, la salud y la esfera militar. “La nueva ley cubana de inversión extranjera recorta impuestos, abre nuevos sectores a los extranjeros y permite inversiones de cubanos que viven en el exterior”, de acuerdo a lo publicado por Juan O. Tamayo en este mismo diario.
Tamayo añade que la nueva ley incorpora o deja en pie limitaciones anteriores, al tiempo que añade otras, como son que la contratación de trabajadores sólo se realice mediante la contratación a través de agencias laborales del Estado e impide la inversión a los cubanos residentes en la isla.
El diario Granma ya dejó en claro que la “Ley para la Inversión Extranjera en modo alguno significará la venta del país ni un retorno al pasado”, en su edición del miércoles 19 de marzo.
Cabe considerar que lo publicado en el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba es apenas un intento para tranquilizar a los “revolucionarios”, —si es que alguno queda en el país— o simplemente un ejercicio para lavar la cara. Pero es también una aclaración necesaria que el gobierno cubano se vio obligado a realizar antes de la “discusión” del anteproyecto de ley.
El problema aquí no es practicar la típica visión de ver el vaso medio lleno o medio vacío, actitud que ya está presente en muchos de los análisis surgidos incluso antes de que se conozca el contenido completo de la ley.
Por supuesto que la ley será un paso de avance para los que contemplan invertir en Cuba, en cuanto a exenciones fiscales, y está supuesta a prestar mejores garantías a las inversiones.
Lo que no contempla la ley es fabricar un país nuevo, de la noche a la mañana, donde todo esté resuelto para quien quiera arriesgar su dinero en Cuba.
En este sentido, no especular, sino considerar por un momento la realidad cubana.
Es muy probable que los capitalistas cuenten con un marco legal más amplio que el existente hasta el momento. De hecho, el interés de Cuba en ciertas inversiones extranjeras ya ha llevado a modificaciones del sistema legal.
Cuba aprobó en el 2010 la legislación necesaria para desarrollar exclusivos campos de golf en la isla.
Sin embargo, llama la atención el hecho de que este clima, que en apariencia resulta más favorable a la inversión extranjera, hasta el momento no ha tenido una respuesta positiva en el exterior.
Según un artículo de americaeconomica.com del 2012, el número de solicitudes que los inversores internacionales habrían presentado a revisión en el 2011 se limitaba a 240 proyectos, un número muy alejado de los 700 proyectos que por término medio se presentaban ante el Ministerio de Inversiones Extranjeras en la década de los noventa del pasado siglo.
De acuerdo al artículo de Tamayo ya citado, en la actualidad la cifra de empresas mixtas con capital extranjero se ha reducido a unas 200.
No son buenas noticias para un país que en los últimos años ha tratado de recuperar su destruida industria azucarera, y en que los planes para echar a andar una agricultura depauperada solo brinda resultados paupérrimos cuando no negativos.
Ahora que la alianza con el presidente venezolano Nicolás Maduro es un gran signo de interrogación, hacen falta las inversiones extranjeras más que nunca, no únicamente con vista al presente sino que éstas resultan imprescindibles para el futuro de un modelo que permita sobrevivir a la élite gobernante luego del fin de los hermanos Castro.
Entre los factores que parecen haber contribuido a la disminución de las inversiones extranjeras en Cuba está el hecho de que algunos inversionistas extranjeros han declarado en privado que la campaña de corrupción que se desarrolla en la isla se ha convertido en un factor de inseguridad.
Muchos de ellos expresan sus dudas y temores ante la situación de que a la vez que el régimen les impone un “gerente cubano”, al tiempo resulta que dicho “gerente” se ve envuelto en una investigación por corrupto, con el consiguiente proceso de congelación de cuentas y paralización de operaciones.
Lo peor, sin embargo, es que estos inversionistas ven que esta campaña contra la corrupción es también un ajuste de cuentas, en que ciertos negocios en manos de determinados grupos, familias o miembros de la elite gobernante son favorecidos o perjudicados. Una especie de lucha entre familias mafiosas.
Mientras este panorama no se modifique, hay razones para dudar de la efectividad de cualquier nueva ley para apoyar la inversión extranjera.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 31 de marzo de 2014.


viernes, 28 de marzo de 2014

Crucigramas subversivos


¡Cuidado, hasta un crucigrama puede ser subversivo en Venezuela! Confieso que este país ha desbordado mi capacidad analítica y me ha convertido en un adicto a sus noticias que no son noticias.
También me llena de envidia esa caterva que rodea al gobernante Nicolás Maduro, esos funcionarios, ministros, generales y sicarios que, carentes de la más absoluta imaginación, pueden llegar tan lejos en la inverosimilitud. Al lado de ellos, novelistas y cineastas palidecen. En pocos casos la estulticia ha podido llegar tan lejos.
Es cierto que durante el terror nazi, fascista y estalinista se llevaron a la práctica ejercicios más audaces, donde cualquier simple acto cotidiano estaba cargado de peligros y amenazas.
Por ejemplo, todavía me asombra que la esposa del compositor ruso Serguéi Prokófiev fuera acusada de espionaje simplemente porque visitaba embajadas extranjeras y había enviado un dinero a su madre que vivía en España.
Lina Prokófiev fue condenada a 20 años de trabajo forzado en un Gulag. Solo fue liberada en junio de 1956. Pasó un año más, hasta que en 1957 se reconoció oficialmente su inocencia, se le entregó un certificado de su matrimonio con el compositor y una pensión como viuda soviética.
También es cierto que Latinoamérica tiene su historial de hechos similares, durante gobiernos populistas. En especial en el régimen de Juan Domingo Perón: abusos cometidos contra escritores como Jorge Luis Borges y condenas injustas. En ese país, en mayo de 1953, la escritora y mecenas Victoria Ocampo fue arrestada y enviada a una cárcel de prostitutas y criminales. Tenía 63 años.
A todo esto, por supuesto, hay que añadir las torturas y asesinatos durante los años de dictaduras militares reaccionarias en la región.
Sin embargo, todo esto parecía cosa del pasado en Latinoamérica. Pero no es así, no es así en Venezuela.
Lo que asombra —repito— es la banalidad con que se lleva a cabo la represión. El hecho de que personas carentes de la más mínima imaginación inventen conspiraciones y pongan en peligro la vida de otras.
La ministra venezolana de Comunicación e Información, Delcy Rodríguez, dice que el diario El Aragüeño incita a la violencia contra el Gobierno de Nicolás Maduro. ¿Cómo? Mediante mensajes cifrados en sus crucigramas.
Lo mejor del caso es que la ministra no entró en detalles sobre su denuncia, pero dijo que se ha ordenado una investigación.
Así que en lugar de promover la información, la ministra actúa como fiscal e incluso policía, y se dedica a perseguirla. Y seguro ni siquiera conoce la obra de Franz Kafka.
Resulta aterradora esa capacidad para crear situaciones kafkianas sin saber la obra del escritor, y si la sabe es peor todavía.
Más aterrador aún es que este hecho —que otro momento podría haber producido burla e ironía— forma parte de una campaña de intimidación desatada por el régimen de Maduro.
No hay que dudar sobre las consecuencias que denuncias tan absurdas como esta pueden desencadenar
En un editorial, el diario español El País recuerda que en enero pasado, la fiscalía egipcia investigó a los creadores de un anuncio televisivo de Vodafone porque sospechaba que sus muñecos enviaban a los Hermanos Musulmanes instrucciones para poner bombas. Como señala El País, “los militares egipcios empiezan persiguiendo muñecos y terminan condenando a muerte a personas de carne y hueso”. Es de temer que lo mismo ocurra en Venezuela.
El objetivo de este tipo de acciones, por parte del régimen de Maduro, es crear el terror y la autocensura. Así lo hicieron en otras épocas dictaduras y gobiernos totalitarios.
A partir de ahora los venezolanos van a tener que medir cada chiste, cualquier comentario deportivo y la más invitación de ir a la playa o a un restaurante. Porque siempre habrá un fiscal implacable, como Delcy Rodríguez, dispuesto a perseguirlos.

La sombra de Chávez


Los chavistas parecen no tener problemas con la falta de productos básicos de la canasta familiar, en primer lugar con los alimentos. Parece también que les sobra el tiempo y no tienen que dedicarlo a hacer largas filas frente a los establecimientos, especialmente los supermercados, para comprar algún producto. No, los chavistas dedican su vida a cosas más meritorias.
Al cumplirse 20 años de la salida de la cárcel de Hugo Chávez, los chavistas rememoraron la caminata que realizó el caudillo luego de dos años de encarcelamiento por intentar un golpe de Estado contra el entonces gobernante Carlos Andrés Pérez. Y no solo dedicaron su tiempo a caminar. También hubo poemas, alabanzas y gritos de victoria. Y todo ello fue transmitido, sin interrupción, por la cadena de televisión estatal, Venezolana de Televisión.
Curiosa cosa que en un país donde el actual mandatario repite a diario que se lleva a cabo un golpe de Estado en su contra, éste se dedique a celebrar a un golpista. Porque el propio gobernante Nicolás Maduro se unió a la marcha en su recorrido final.
Los chavistas han convertido cada palabra de Chávez, cada gesto y cada mueca en motivo de celebración.
¿Y qué hizo Chávez para merecer todo eso?
Qué hizo por los venezolanos, porque a Maduro lo que hizo fue dejarlo en el poder. Y eso bien vale no recorrer un corto trayecto, sino dedicarle todo un maratón.
Si de alguna forma se puede categorizar a Chávez, es de un mandamás que recibía los reclamos, las súplicas, las peticiones simples y absurdas. Una persona caprichosa y volátil, despiadada e injusta: un ser humano que actuaba con la omnipotencia de un dios y aspiraba a convertirse en mito, a continuar cercano y presente en Latinoamérica con un mandato hasta 2030, año en el que se cumplirán 200 años de la muerte de Simón Bolívar.
Chávez, que siempre se creyó el continuador de Simón Bolívar e imitó a Fidel Castro hasta en el enfermarse, fue solo la versión masculina de Eva Perón. Mucha fanfarria y poca esencia. Migajas a los pobres y delirios de grandeza. Un carisma que obedeció a circunstancias políticas e históricas, y gestos altisonantes. Al igual que con Evita, un cáncer se interpuso  en una carrera política marcada por baños de multitudes.
Sin embargo, a diferencia de Eva Perón, que siempre fue el poder tras el trono, alguien a quien acudir en busca de favores, un medio para llegar al jefe, Chávez representó la versión actualizada del caudillo.
En tratar de imitar el caudillismo de su protector, Maduro dedica todo minuto de su vida. Y por ello ha escogido la bravata como el camino más rápido y sencillo para afianzar su poder político.
No solo es una vía con un resultado incierto sino la peor en la situación venezolana actual. Nada de eso parece importarle. Ante la incapacidad para conducir a la nación de una forma independiente, no le queda más remedio que imitar a sus dos únicos modelos Hugo Chávez y Fidel Castro.
El problema en su caso es que carece de esa capacidad innata que tanto Chávez como Castro mantuvieron siempre: el difícil equilibro entre asumir una actitud  bélica en muchas ocasiones y en otras poner en práctica —no siempre de forma pública— un conveniente retroceso en sus posiciones más agresivas.
Maduro, sin embargo, carece de sagacidad. Para él todo es público: cuando grita y cuando calla. Por supuesto que ello constituye una fuente de inseguridad constante. Ve conspiraciones, enemigos y conspiraciones por todas partes.
Lo que quiere el actual gobernante venezolano es que lo reconozcan como miembro de esa élite donde el mando se asume como una aventura y no como un deber administrativo.
No es gobernar desde la doctrina, algo en lo cual tiene referencias de sobra en los déspotas que por años se impusieron en los diversos sistemas totalitarios, tanto de un signo como de otro, sino algo más burdo: adoptar la pose del buscapleitos.
La táctica de Maduro es imponerse en medio del caos y la violencia, al tiempo que intenta entretener a sus seguidores con una avalancha de discursos y gestos altisonantes. Todo ello mientras incrementa la represión a diario.
En una incesante retórica izquierdista Maduro cree haber encontrado la fórmula ideal para consolidar su poder. Eso y los palos a los manifestantes, la violencia que degenera en asesinatos y la detención arbitraria de sus opositores.
Sin embargo, este constante transitar entre el aspaviento y el arañar incesantemente en los recursos petroleros tiene muchos riesgos. Las fuentes de sustentación de su poder se han reducido a la actitud cómplice de los gobiernos populistas de la zona y al despilfarro petrolero. Pero estos medios de subsistencia en el poder, cada vez más reducidos, no crean estabilidad y mucho menos desarrollo.
En la arena internacional, los aliados naturales de Caracas, más allá de los gobiernos populistas de la zona, son los regímenes parias del mundo —Cuba, Irán, Corea del Norte, para citar unos pocos ejemplos— junto a una China que se mueve de acuerdo a su conveniencia estratégica y política y no de acuerdo a simpatías ideológicas.
Esa división entre un estar siempre ”tapando agujeros“ en el terreno nacional, ya sea reprimiendo a la oposición, manteniendo alianzas forzadas dentro del chavismo y repartiendo beneficios y privilegios, mientras despotrica contra Estados Unidos, y especialmente contra Miami, se encamina al desastre.

jueves, 27 de marzo de 2014

Categorías caducas:


Alfredo Triff comenta mi artículo sobre las características fascistas de los regímenes castrista y madurista, y señala:
“armengol ya se mete en camisas de once varas con esos que definen el fascismo como un movimiento exclusivamente de la derecha (zizek y co.). por supuesto vale la pena discutir qué queda de aquella división tradicional entre izquierda y derecha del siglo XX, algo que pensadores de la izquierda como laclau ya parecen reconocer. si existe un fascismo que aplique a la derecha y la izquierda, ¿cuál sería el común denominador? 1- un rechazo a la democracia parlamentaria, 2- a la sociedad de consumo y su producto: la sociedad burguesa, pero sobre todo, 3- la fascinación por la violencia”.
Más allá de los comentarios de Triff y mío —y tratando de evitar la percepción de regodeo en citas mutuas— hay una cuestión que considero fundamental, y es la relatividad de ciertas categorías al uso, de las que nos cuesta trabajo desprendernos y que aun se repiten (en lo particular, desde ahora me declaro que no estoy libre de ese pecado). Aquí entran de lleno los conceptos, o mejor el continuar apelando a los términos de “derecha” e “izquierda”.
Octavio Paz ya alertaba sobre ello en un artículo publicado en el número 168 de la  revista Vuelta, en noviembre de 1990, que “las denominaciones ‘izquierda’, ‘derecha’ y otras semejantes no son confiables, sí lo son, en cambio, las actitudes, las ideas y las opiniones. Y más adelante agregaba: “¿Izquierda o derecha? Lo que cuenta no son las denominaciones sino las actitudes”.
Entre el discurso de Pinochet y el de Fidel Castro siempre hubo más de una similitud. En una entrevista aparecida en la revista The New Yorker, poco antes de su arresto en Inglaterra, el general chileno se atrevió a caracterizar al gobernante cubano como un líder "nacionalista", al que respetaba por la defensa firme de sus ideas. Castro siempre mostró su reserva durante el cautiverio de Pinochet, apelando al criterio de la territorialidad y advirtiendo que él nunca se dejaría capturar fácilmente.
Se ha avanzado en la denuncia de las violaciones a las libertades individuales, por encima de los criterios partidistas. Pero aún queda aún mucho por hacer. Perseguir y torturar a un ser humano por sus ideas merece la repulsa internacional.
Parece casi imposible que se pueda "limpiar" toda denuncia de maltratos de la carga ideológica. Algunas organizaciones, como Amnistía Internacional, lo logran. Pero no son pocas las víctimas y sus defensores que con todo derecho exigen el castigo de sus torturadores, mientras injustamente miran para otro lado cuando se trata de condenar a otros.
No hay terrorismo bueno y terrorismo malo. No se justifica ningún estado policial. El gobierno de Nicolás Maduro merece esa condena internacional a cual se niegan los gobiernos que representan una supuesta “izquierda” latinoamericana, que se proclama radical y antiimperialista, cuando no es más que corrupta y déspota.

martes, 25 de marzo de 2014

Maduro, el fascista eres tú


El poschavismo degenera con rapidez y violencia hacia un fascismo rojo. Los que en este momento mandan en Venezuela han decidido acallar mediante el atropello. Amenazar con encerrar a los que expresan pacíficamente su desacuerdo con un “heredero” que ha acabado despojándose de cualquier disfraz democrático e intenta implantar una dictadura total en el menor tiempo posible.
El gobierno de Nicolás Maduro no se inicia donde lo dejó Chávez, sino donde lo comenzó Fidel Castro en Cuba: con la amenaza de meter en la cárcel a quien se le opusiera —que la cumplió de inmediato— y una campaña de desinformación destinada a desprestigiar a todo aquel que consideraba un enemigo.
Maduro y Diosdado Cabello no han perdido un minuto en dejar en claro que con ellos no hay diálogo y negociación posible: acatar o sufrir las consecuencias. Por supuesto que han recurrido a ese viejo expediente de hablar del peligro de golpe e Estado, incitación al caos y los desórdenes por parte del bando contrario, así como tampoco se han demorado un segundo en lanzar acusaciones de que han sido los opositores pacíficos los responsables de las muertes ocurridas.
¿Cuántas veces ocurrieron “sabotajes” en momentos muy precisos en Cuba, la quema de un círculo infantil durante los días del éxodo del Mariel, varias bombas que dieron pie a decretos gubernamentales o a la creación de los órganos de vigilancia en cada cuadra, sin que nunca se supiera quién en realidad había estado tras esas acciones?
En ese libreto, que en la actualidad es dictado por La Habana —incluso con más fuerza que durante la época de Chávez— no es de extrañar que ocurran situaciones que de inmediato se utilicen para justificar la represión.
En todo ello, no hay originalidad. No lo inventaron los Castro. Existe desde mucho antes, pero nunca se aplicó con tanta eficiencia como durante el fascismo, el gobierno nazi y el comunismo.
Precisamente lo que está ocurriendo en toda Venezuela es que el régimen avanza con prisa en imponer una maquinaria represiva que consolide y perpetúe su presencia.
El desastre político que vive Venezuela es un retroceso histórico y social. Maduro ha comenzado a retrotraer al país a algo nunca vivido en Venezuela: una dictadura como la cubana.
No lo está haciendo ni siquiera guiado por un objetivo ideológico malsano, sino por ambición personal. Pero los fines personales no alteran para nada lo peligrosa que se está tornando la situación en Venezuela.
Bastan algunas referencias a lo que significó Mussolini  para Italia y para el mundo, y mencionar como luego el régimen de La Habana ha repetido estas mismas características, para  comprobar la forma en que estas ahora comienzan a perfilarse en Venezuela.
Fascismo y Ur-Fascismo
El Partido Fascista de Mussolini nació bajo la bandera de que era la fuerza destinada a establecer un nuevo orden social, pero fue financiado por los terratenientes y las capas más conservadoras de la sociedad italiana. En su comienzo, el fascismo fue un movimiento urbano de tendencia republicana, que contaba con un amplio apoyo entre la clase media y que se extendió a las áreas campesinas. El primer gobierno de Mussolini incluyó tanto a ministros liberales como populistas, hasta tener la fuerza suficiente para establecer un régimen totalitario, que subsistió durante 20 años proclamando su lealtad al rey Víctor Manuel III y a la familia real. Sin embargo, cuando el Rey destituyó y encerró a Mussolini, éste reapareció con el apoyo nazi proclamando una nueva república.
Mussolini fue en un comienzo un militante ateo que incluso retó a Dios a que lo destruyera como prueba de su existencia, pero no sólo pactó con la Iglesia Católica y reconoció la soberanía del estado vaticano, sino que gobernó con el beneplácito del papa Pío XI, los obispos y la curia romana.
A diferencia del nazismo y el comunismo soviético, que no permitieron la menor muestra de disidencia en los terrenos del arte y la cultura, bajo el fascismo italiano fueron toleradas manifestaciones artísticas y literarias que se apartaban del oficial estilo grandilocuente.
¿Quiere esto decir que existió en Italia una mayor tolerancia que en Rusia o en Alemania? Nada de eso, el líder comunista Antonio Gramsci murió en la cárcel, el diputado opositor Giacomo Matteotti fue asesinado por una grupo de rufianes fascistas y el propio Mussolini se responsabilizó del hecho. A su regreso, durante el gobierno establecido en Saló bajo el respaldo alemán, el Duce prometió fusilar a los miembros del Gran Consejo que habían votado en su contra, entre ellos su yerno, el conde Galeazzo Ciano, al que ejecutó por la espalda. Cuando algo realmente amenazaba su poder, el dictador italiano sabía que la mejor manera de resolverlo era por la vía rápida: eliminando al contrario.
Desde hace años los cubanos saben cuantas similitudes existen entre el fascismo y el régimen de La Habana. No son simples coincidencias. El gobierno de Fidel Castro siempre fue profundamente fascista, sólo que llegó al poder con atraso, en un momento en que tal denominación ya estaba cubierta de ignominia. Raúl Castro ha establecido breves reformas destinadas única y exclusivamente a su sobrevivencia. Ripios a cuentagotas en permitir timbiriches e intentos de seducción de grandes capitales, pero en lo político una continuidad absoluta o casi absoluta.
Ur-Facismo
Umberto Eco enuncia 14 características típicas de la ideología fascista en su artículo Ur-Fascismo . El régimen cubano las cumple a plenitud. Eco dice que es suficiente que una de ellas esté presente para permitir que el fascismo se aglutine a su alrededor. Según el ensayista y novelista italiano, en un sistema fascista no hay lucha por la vida, sino que la vida se vive para la lucha. En tal perspectiva, todo el mundo es educado para convertirse en un héroe. En toda mitología, un héroe es un ser excepcional, pero bajo la ideología del fascismo total, el heroísmo es la norma. Este culto al heroísmo está directamente vinculado al culto de la muerte.
Decirle fascistas a los opositores pacíficos venezolanos es un insulto soez. Señalar las similitudes entre el fascismo, el castrismo y ese poschavismo donde la fanfarria, el sainete y el velorio ceden cada vez más el lugar a la fuerza bruta es únicamente advertir de un peligro.
Si el presidente Maduro está en problemas, con una situación que cada día escapa más de sus manos, el gobierno cubano también debe estar preguntándose qué hizo o qué no hizo en su labor de asesoramiento de seguridad, pero más que un problema de los maestros, lo que ha ocurrido es que los alumnos salieron malos, indisciplinados y torpes.
Sin embargo, las intenciones no escapan con los malos resultados. Lo único que interesa a Maduro es el poder. Es la copia de un fantoche de un fantoche. Un mal imitador de Castro y Mussolini, pero no por ello menos malvado

domingo, 23 de marzo de 2014

Retrato del pianista en el exilio


A un año de la muerte de Bebo

Si existiera otra isla y estuviera desierta, imaginaría por un instante la ilusión pueril de responder a la pregunta siempre idiota de qué incluir en el equipaje. Quizá demoraría la respuesta más de lo necesario, aunque sin dudar por un momento sobre uno de los discos a los cuales echar mano: Bebo, el álbum de un pianista legendario sin otro auxilio que su instrumento para abarcar la historia musical y la cultura de un país demasiado perdido en la política. Bebo Valdés y su piano en solitario: nada más hace falta para olvidar a Castro y recordar a Cuba.
Todo pianista que se precie, al decir de Fernando Trueba, tiene que hacer un disco de piano solo, al menos una vez. Con este álbum Bebo no se dedica simplemente a cumplir este encargo de virtuosismo. En 17 composiciones recorre el quehacer de la música de la isla, desde sus orígenes hasta nuestros días, sin eludir las piezas que cualquier otro artista hubiera desestimado por otras más aptas para mostrar sus habilidades, pero también sin dejar a un lado los ejemplos fundamentales que permiten hablar de una pianística cubana. De Manuel Saumell e Ignacio Cervantes a Ignacio Cervantes y Moisés Simón hay para todos los gustos.
Este es un disco que sacrifica una parte de los méritos artísticos que han hecho famoso a Bebo Valdés —el arreglista y director, y en buena parte también el compositor— para destacar el oficio de ejecutar temas clásicos, y en muchos casos abusados en interpretaciones estereotipadas, con un aire nuevo donde lo innovador no depende de arreglos espectaculares sino de un aire, un ritmo y una picardía que aprovecha y transforma la melodía con un afán creativo que supera —o, mejor sería decir, destaca— la modestia del artista que puede prescindir de adornos llamativos y  alardes de interpretación.
Pocas veces logra reunirse en un solo disco una muestra tan amplia de ejemplos —dos siglos: de principios del  XIX a mediados del XX— de una forma tan compacta, que al mismo tiempo elude la monotonía de marcar un estilo interpretativo único para multiplicarse en formas disímiles. Variantes que buscan aprovechar un instrumento tan completo como el piano para brindar una amplitud de registros imposibles de captar sin esa sabiduría antigua y esencial que caracteriza a un maestro, no sólo en pleno dominio de su oficio —eso Bebo desde hace muchos años dejó de tener que demostrarlo— sino dueño de un conocimiento profundo de toda la música cubana, sin distinción de épocas y etiquetas.
Hubiera sido fácil para Bebo limitarse a la interpretación de danzas, contradanzas y danzones; lanzar al mercado un disco depurado y digno de elogios: la obra de un pianista de primera. Aquí estamos en presencia de algo que trasciende la habilidad frente al teclado. ¿Cómo suena un son que prescinde de las voces y la sección rítmica? ¿Dónde están la trompeta, el contrabajo, las claves y las tumbadoras? ¿Qué ritmo puede darse el lujo de echar a un lado el bongó? Aquí se saca al piano de la sala familiar e incluso del escenario teatral para colocarlo en medio del solar y ponerlo a sonar usurpando el lugar del septeto y el espacio del grupo de guaguancó. No sólo es que el ritmo lo pone el propio pianista, sino que la melodía puede obviar la necesidad del violín para reinar soberana sobre las teclas.
Bebo es no sólo un muestrario de la mejor música cubana. También es evocación y añoranza. Música del recuerdo y el recuerdo hecho música. Un disco desde el exilio que canta y llora y no se limita a la nostalgia porque llega al corazón de cualquier cubano —y de cualquier oyente dispuesto a captar su arte— sin necesidad a apelar al patriotismo fácil o la estampa costumbrista pueblerina. De hecho, hay más de una melodía aquí que podría aspirar a la categoría de paradigma musical de la república sin necesidad de retreta de parque. ¿O qué otra cosa son La Bayamesa de Sindo Garay, Los Tres Golpes de Ignacio Cervantes, Tres Lindas Cubanas de Guillermo Castillo y Antonio María Romeu, La Comparsa de Ernesto Lecuona y Echale Salsita de Ignacio Piñeiro? Todas variaciones sobre un mismo tema que podría abanderar cualquier himno posible de la república. No por gusto el disco está dedicado a Guillermo Cabrera Infante in memorian, habanero ilustre.
No sé si al final todavía ahí estará Cuba, después del último castrista y el último anticastrista y el primer indio y el primer español y el primer africano, pero sí puedo afirmar que quedará la música cubana, sobreviviendo a todos los naufragios, bella, imperecedera, eterna y el piano de Bebo escuchándose en la distancia para contar la historia de esa triste, infeliz y larga isla.



viernes, 21 de marzo de 2014

El general en su laberinto familiar


No son los Borgia y apenas se ajustan a  la comparación con los herederos de Vito Corleone. Ajenos a los excesos —al menos en lo que se conoce de ellos— la comparación con una familia mafiosa vendría determinada por la figura paterna, no por la función de los hijos.
Esto no es más que una definición de momento, pero a estas alturas se necesitaría un posicionamiento mayor para afirmar lo contrario.
Raúl Castro tiene la clara intención de perpetuar su clan, pero no parece interesado en dejar a su hijo al frente de esa especie de sultanato caribeño que ha creado desde su llegada a la presidencia.
No estamos frente a la tradición norcoreana. Hay que recalcar que se trata de una valoración de momento, pero tiempo ha tenido para poner en práctica una sucesión directa acordada, como hizo con él su hermano.
Lo que sí roza su núcleo hogareño es a la típica familia disfuncional pequeño burguesa, aunque aquí tampoco se ajusta a la categorización clásica.
Más bien es una familia más, con su oveja negra, las diferencias comunes y los hijos que no llegan a la altura de los padres.
Es el poder lo que la hace distinta. El poder y el hecho de que, a diferencia de su hermano mayor, no ha ocultado a su familia durante años y no la ha mantenido alejada del gobierno.
Pero como en todo análisis de una familia, hay que comenzar por quien la encabeza.
A diferencia de Fidel Castro —al que solo la enfermedad y largos años de vida pudieron despojarlo del carisma— la fotogenia de Raúl languideció transcurridos pocos años de su juventud.
Al triunfo de la revolución destacó brevemente por su rostro lampiño en medio de tantos “barbudos” y su pelo recogido en una “cola de caballo” ambigua para la época, que produjo más de un comentario ridículo y mal intencionado en un país caracterizado por su machismo.
Pero pronto adquirió esa imagen poco agraciada que lo ha acompañado siempre. Fue su esposa, Vilma Espín, la que por un tiempo reflejó una belleza e inteligencia que también pronto opacó la pertenencia al poder y el desempeñar un rol al que se vio obligada.
Figura espuria que en ocasiones pareció destinada a una función de “primera dama” que nunca fue (ni Celia Sánchez logró ese papel, pero al menos ejerció una influencia real y aparente), más bien se limitó a un rol protocolar y a dirigir una organización pantalla, la Federación de Mujeres Cubana, que en el mejor de los casos no pasó de ser una agencia de empleos.
En otra época, en otro país, quizá Vilma hubiera llegado más lejos. Falleció en el 2007.
Mientras que Fidel Castro fue —y en cierta medida continúa siendo— todo un universo, Raúl se limita a él y su circunstancia. Nunca cupo la posibilidad de opacar a Fidel. Raúl es solo un cargo.
Sobre el entorno familiar de Fidel hay poco que decir, salvo el chisme de ocasión. De sus hijos, al primogénito siempre lo mantuvo en un papel secundario y en ocasiones lo apartó por completo. De los que tuvo con Dalia Soto del Valle, ninguno ha destacado en puesto oficial. Profesiones diversas apartes, dan la impresión de no ser solo ajenos al gobierno sino también al país. Más cercanos en sus características y modo de vida a cualquier “hijo de papá” de la Cuba anterior a 1959, todo hace presagiar que a la desaparición del padre se embarquen hacia el extranjero, a gastar la fortuna paterna que debe estar situada en bancos internacionales. Quizá en este destino ha influido de forma determinante la madre, pero en última instancia fue el propio Fidel quien prefirió que ningún descendiente lo apoyara, auxiliara o pretendiera sustituirlo. Aquí Raúl también es diferente al hermano, pero con matices.

Los hijos de Raúl
De los cuatro hijos del matrimonio Castro-Espín, el quedarse cortos es la frase que mejor los define. Las hembras son Deborah (nombre de guerra de Vilma con una “h” al final que denota herencia burguesa y americanización), Mariela y Nilsa.
Respecto a Deborah (la mayor, de unos 52 años), lo más notable a señalar es su matrimonio —al parecer infeliz— con Luis Alberto Rodríguez López-Callejas. Hay dos hijos de esa unión. El mayor es Raúl Guillermo Rodríguez Castro —conocido por el sobrenombre de “El Cangrejo”—, ayudante y guardaespaldas principal de Raúl Castro, y la menor es Vilma, ingeniera.
Mariela (de 51 años) se desempeña como la cara light de la revolución cubana y en particular a partir de la enfermedad de su tío pasó a desempeñar una función importante en el frente de propaganda del régimen, como defensora de los homosexuales.
Con un expediente de sexóloga e investigadora mayormente fabricado, asiste a conferencias y eventos internacionales para proclamar su independencia familiar y defender la nueva política de tolerancia hacia la  orientación sexual, puesta en práctica por el gobierno cubano fundamentalmente después del éxito de dos filmes, Conducta impropia y Nadie escuchaba; los testimonios de la represión contra los homosexuales, que se entendió durante décadas del proceso revolucionario, dados a conocer principalmente tras el éxodo del Mariel y la notoriedad alcanzada por la obra del escritor Reinaldo Arenas.
De Nilsa (39 años, la menor), puede decirse que su pareja, Julio Cesar Garrandez, fue detenido en el 2012 por corrupción. Este sería la “oveja negra” más conocida de la familia.
El hijo del matrimonio Castro Espín es el coronel Alejandro Castro Espín, de 48 años y coronel del Ministerio del Interior. Es el encargado de la labor represiva contra la corrupción, especialmente dentro del mismo gobierno, una de las principales campañas que lleva a cabo el general Raúl Castro desde su llegada al poder.
Dentro de las singularidades de esta familia está el hecho de que el actual gobernante cubano tenga no solo de ayudante, sino de guardaespaldas, a su nieto. El hecho denota una falta de confianza absoluta en su entorno, pero también refleja una situación singular. Por lo general es norma en los servicios de protección personal que sus miembros no establezcan una relación afectiva con quienes cuidan. Cabe la pregunta de qué piensa Raúl Castro en el caso de una situación de peligro. Está claro que sería capaz de sacrificar a su nieto para salvar la vida. Este sería el mejor ejemplo de disfuncionalismo familiar, pero no el único.
Rodríguez López-Callejas ha sido ascendido a general de brigada. Durante un tiempo circularon rumores de que había caído en desgracia no exclusivamente por las desavenencias matrimoniales, sino por el hecho —documentado por conocedores del entorno familiar de Raúl Castro— de que no solo ha engañado con frecuencia a su esposa, sino también ha abusado física y mentalmente de ella. También se ha hablado en repetidas ocasiones de las discrepancias entre el coronel Castro Espín y el ahora general de brigada.
Pero ocurre que al parecer Rodríguez López-Callejas es un buen administrador. A su cargo está no solo el Grupo de Administración Empresarial S. A. (GAESA), la rama de negocios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) sino la supervisión de las obras de ampliación del mega-puerto del Mariel, el principal proyecto del plan económico de Raúl Castro.
A través de GAESA, las FAR controlan el 80 por ciento de la economía cubana, y sus empresas incluyen desde hoteles y restaurantes hasta fábricas y servicios aéreos.
Al parecer, en Raúl Castro ha pesado más que Rodríguez López-Callejas sea un buen administrador que un mal marido.

El valor de un grado
Desde 1959 en Cuba impera una dictadura militar. El ascenso de Rodríguez López-Callejas responde a ese hecho. Su actual rango no se deriva de méritos en combate sino evidencia una categoría de poder, y lo convierte en uno de los hombres más poderosos del país. Por encima de general de brigada solo hay tres grados: general de división, general de cuerpo de ejercito y general de ejército. Los dos primeros los tienen los miembros de un reducidísimo grupo. El único general de ejército es, por supuesto, Raúl Castro.
Podría argumentarse que el ascenso de Rodríguez López-Callejas es un ejemplo de la imparcialidad de Castro, que antepone los méritos (militares o administrativos) a la familia, pero en este caso estaría marcando un notable distanciamiento respecto a la práctica de favoritismo imperante a partir del primero de enero de 1959. 
La explicación podría venir en otro sentido. Rodríguez López-Callejas siempre ha sido un preferido de Raúl Castro. En primer lugar porque es hijo de un intimo amigo de los Castro. Su padre, el general de división Guillermo Rodríguez del Pozo, integró el Ejército Rebelde desde la etapa de la lucha insurreccional en la Sierra Maestra. A ello se une ser el padre del nieto predilecto del gobernante cubano. En tercer lugar vendrían sus capacidades administrativa y la inteligencia que tiene, según dicen los que lo conocen. Pero también entraría en juego el factor de que Raúl Castro, que ha sido catalogado por amigos y enemigos como un hombre de familia, no deja de ser un machista, que considera a la mujeres como secundarias en el núcleo familiar y tolera el abuso doméstico.
La gran incógnita aquí es el coronel Alejandro Castro Espín. Desde hace tiempo también corre el rumor de su posible ascenso a general, pero esto no se ha producido. Por lo pronto, queda claro que  Rodríguez López-Callejas se le fue por encima.
Demasiado arriesgada es aún la especulación de que este ascenso a uno y no  otro podría ser desencadenar algo más que simplemente alimentar la rencilla actual entre ellos, pero tampoco puede descartarse que este nuevo factor altera un inestable equilibrio de poder en un ambiente donde familia, gobierno y país se mezclan y confunden.
Quizá la conclusión más importante viene en otro sentido, y es que Raúl Castro prioriza la economía a diferencia de su hermano, pero una economía en manos de los militares. Así quedaría en claro una vez que en Cuba, primero los guerrilleros y ahora los militares son los que están en el poder. Y según Raúl Castro, llegaron para quedarse.
Este artículo también aparece publicado en Cubaencuentro.

lunes, 17 de marzo de 2014

El enemigo externo


El canciller venezolano Elías Jaua acusó al secretario de Estado norteamericano, John Kerry, de alentar la ola de protestas en Venezuela y lo calicó de “asesino”. La táctica no es nueva. Lo asombroso es que, pese a estar tan gastada, todavía se utilice.
Por supuesto que si algo caracteriza al gobierno de Nicolás Maduro es la falta de originalidad.  A la hora de nombrar a un canciller, eligió a un equivalente en versión venezolana de Roberto Robaina y Felipe Pérez Roque: pacotilla en la arena internacional.
Pero aquí el mensajero no es lo importante, sino el mensaje. Como tampoco importan los criterios de certeza, verdad y credibilidad.
Tanto para La Habana como para Caracas, lo que hay que cumplir es con un patrón que permita ajustar cualquier discurso a un mecanismos de repeticiones en que las respuestas no se ajustan a una situación dada, sino las situaciones en su conjunto se adaptan a las respuestas.
Esto permite luego a los repetidores —esos que tanto en el país como en el exterior hacen el juego comparten los intereses del opresor— ejercer con facilidad el arte de la manipulación. Tales mecanismos ofrecen, además, la ventaja adicional de que no se requieren operadores hábiles para llevar a cabo la tarea.
Así las cosas, denunciar la distorsión o la falta de justicia se convierte, casi paradójicamente, en un ejercicio necesario pero incierto: decir que inútil sería llevar el pesimismo al extremo. Hay siempre una tabla de salvación en mirar hacia atrás: la caída del nazismo, el fin del comunismo.
Sin embargo, la tentación de la respuesta rápida siempre termina dejando un sabor agridulce. Para acortarla lo más posible baste decir que si de algo se puede acusar a Washington en el caso venezolano es de pasividad: la injerencia norteamericana aquí se da no por la intromisión en los asuntos de ese país sino por la falta de una participación más dinámica. Las causas de este fenómeno son históricas y limitarlas a una critica a la administración actual no supera el marco de la agenda partidista. A partir de la Segunda Guerra Mundial, Washington mira hacia todos lados, con preferencia Europa, Asia y el Oriente Medio, menos al traspatio sudamericano.
En el caso de Venezuela, lo más lejos que ha ido el secretario de Estado norteamericano es decir que Washington estaría “preparado” para imponer sanciones económicas contra el gobierno de Maduro, para a continuación agregar que en la situación actual estas resultarían perjudiciales al pueblo venezolano. Algo así como amenazar y justificarse de no cumplir con las amenazas al mismo tiempo. Una repuesta que, en el mejor de los casos, no solo aparenta ser simplemente una salida de momento sino que sirve poco como excusa y nada como advertencia.
Preocupación por el pueblo venezolano, de parte del Departamento de Estado, que vale la pena poner en entredicho cuando el mismo día en que se producían las declaraciones tres nuevas muertes se agregaban a la lista fallecidos de ambos bandos.
Así que de momento las palabras de Kerry solo han servido para ser tomadas como pretexto, y sacar a relucir, una vez más, al fantasma del enemigo externo. En este sentido, Jaua —ese pequeño fantoche de rostro de osito de peluche y cacofonía anunciada— aprovecha su tronar breve de canciller enfurecido en una denuncia torpe fabricada sobre la mentira
Venezuela vive desde el 4 de febrero sacudida por una ola de protestas de estudiantes y opositores contra la inseguridad, la inflación y la escasez de productos básicos. Son problemas reales, que forman parte de la situación que padece el país. El algunos casos, como los señalados, tienen su origen en la llegada al poder de Hugo Chávez y han sido magnificados por la impericia de Maduro. Nunca un conductor tan incapaz le ha costado tanto a un país. Si siempre debe haber sido un peligro detrás del timón de un autobús, ahora se ha convertido en una amenaza nacional y para la región.
Al igual que en Cuba, la exageración como instrumento para encubrir lo que ocurre. Llamar “asesino” a Kerry es más que una ofensa un improperio. Culpar a Estados Unidos de lo que ocurre en Venezuela es similar al marido cornudo que se queja del fabricante de la cama donde se produce el adulterio.
La obsesión con el enemigo externo, en especial si considera que la amenaza proviene de Estados Unidos, siempre ha recorrido los escritos y discursos de Fidel Castro, y aparece como renglón oportunista en los que su hermano menor se ve obligado a realizar.  En los temas más diversos, desde el deporte hasta la destitución de funcionarios, siempre el culpable, la amenaza o incluso el responsable fortuito viene de afuera.

Decir que Maduro y quienes lo rodean carecen de imaginación es, también, poco imaginativo. La pregunta es por cuánto tiempo, la torpeza puede sobrevivir solo al amparo de la represión e inventando pretextos.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 17 de marzo de 2014.