miércoles, 7 de enero de 2015

El embargo o la “Inmaculada Concepción”


Con el inicio de la lucha por librarse del dominio español los cubanos comenzaron a exaltar la intransigencia no como mérito moral, recurso emotivo y justificación personal, sino como valor político. El error se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura: recorre las páginas de los textos que se enseñan en la escuela primaria y ha servido de vocación suicida a unos cuantos insensatos; también a muchos demagogos para alimentar sus engaños.
Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia, según el Diccionario de la Real Academia. De acuerdo a la definición, la intransigencia se acerca a un sinónimo de rectitud: cuando se transige, se cede, en parte se claudica.
La definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster.
Entre ambos aspectos de una misma definición hay un abismo cultural. Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.
La Protesta de Baraguá, llevada a cabo por el general mambí Antonio Maceo, es la posición intransigente más valorada en la historia de Cuba. Desde los textos de la época republicana a los manuales implantados tras el triunfo de Fidel Castro, nadie se ha atrevido a considerarla un gesto inútil, que prolongó de forma infructuosa una contienda liquidada y que sólo produjo muertes innecesarias.
Las dos caras de la intransigencia están presentes en la Protesta de Baraguá. Era digna la actitud de Maceo de negarse a una paz que no incluyera la independencia y el fin de la esclavitud; insensata su decisión de continuar la contienda bélica.
La valoración positiva de la intransigencia —paradigma heredado de los patriotas pero que también se ha utilizado para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos— se asume desde hace muchos años con orgullo por un sector del exilio miamense, despreocupado o ignorante del efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen a los ojos del resto del país.
Una vez más el debate sobre el embargo ataca a la intransigencia del exilio por su flanco más débil: el aferrarse irracionalmente a una estrategia caduca.
La mayoría de las razones actuales para el levantamiento del embargo son malintencionadas en sus pronunciamientos y lógicas en su práctica. Detrás de ellas se encuentran intereses comerciales que no solo buscan vender unos cuantos artículos en la isla.
Tanto Europa como Canadá y México desarrollan una política mercantilista respecto a Cuba tan criticable o más que el embargo. Sus empresarios han contado con el apoyo de sus países respectivos, y con las bondades de un comercio restringido, donde sus productos se pasean libres de la competencia norteamericana.
Todos estos países le han pagado a Estados Unidos con la misma moneda que este país aplica en otros mercados, solo que en sentido inverso y para su propio beneficio. Ahora los comerciantes norteamericanos están más decididos que antes a no quedar fuera del reparto.
Está claro que los posibles cambios que algunos quieren ver en Cuba -y de los cuales no hay señal verdadera por ninguna parte- son simples pretextos. En igual sentido, la falacia de que una mayor entrada de productos norteamericanos llevará una mayor libertad para Cuba es otra utopía neoliberal, que tiende a asociar la Coca-Cola con la justicia y la democracia con los McDonald's. Mentira es también que el pueblo de Cuba está sufriendo a consecuencia del embargo, y no por un régimen de probada ineptitud económica.
Pero aferrarse al embargo es batallar a favor de la derrota, algo que nunca hacen los buenos militares: defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua custodiado por un puñado de soldados sedientos. Se trata de una herramienta tan poco efectiva para lograr la libertad de Cuba que no justifica una discusión seria: su ineficacia ha quedado demostrada por el tiempo; su significado reducido a un problema de dólares y votos y su valor a una pataleta radial.
Claro que al renunciar a la lucha en favor del embargo el exilio tiene que pagar un enorme precio emocional: concederle al régimen de los hermanos Castro su victoria más soñada. Pero aferrarse a un todo o nada, considerar a la medida algo así como el “Santo Grial”, la “Inmaculada Concepción” o un texto sagrado es perder de vista un objetivo político en favor de una satisfacción emocional.