domingo, 4 de enero de 2015

Las cifras ahogan a Maduro


Lo que hace que una democracia sea tal no es el gobierno de las mayorías, sino el respeto y la participación de las minorías. Si se limitara a las mayorías, Hitler, Mussolini y otros tantos sátrapas habrían sido demócratas por excelencia.
En Estados Unidos, los fundadores de la democracia se preocuparon en dividir los poderes y dar representación y controles a la oposición, como garantías de buen funcionamiento del sistema.
En la mejor tradición latinoamericana, el teniente coronel bolivariano y primer socialista del siglo XXI, el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, ignoró las minorías y aplicó la dictadura del número. En la mejor tradición de líderes como Perón o Getulio Vargas, logró aprovecharse de los errores de la oposición y lograr una mayoría absoluta en la Asamblea Constituyente. Luego fue fabricando otras “mayorías”. que le permitieron no solo mantenerse en el poder hasta su muerte, sino nombrar heredero político.
Pero la dictadura del número se debilita cuando los números cambian, y eso es lo que ocurre ahora en Venezuela.
El presidente venezolano, Nicolás Maduro, enfrenta su peor momento de popularidad, con una aprobación de tan solo 22,6% según una encuesta de la firma consultora Datanálisis elaborada en diciembre pasado.
La popularidad de Maduro ha retrocedido considerablemente desde que asumió la jefatura en abril de 2013, cuando ganó las elecciones con 50,6% de los votos y una diferencia de apenas 223.000 votos sobre el líder opositor Henrique Capriles Radonski.
También está por el suelo la economía venezolana.
El Banco Central de Venezuela confirmó a finales de año que la economía del país cayó en una profunda recesión en 2014.
En el tercer trimestre de 2014 se registró una contracción de 2,3%, informó el BCV. Fueron las primeras y únicas cifras oficiales sobre el comportamiento económico de Venezuela ese año.
En el segundo trimestre se reportó una caída de 4,9%, luego de registrar una contracción de 4,8% en los primeros tres meses del año. De acuerdo con los parámetros internacionales, dos trimestres continuos con contracciones económicas apuntan hacia una recesión.
La contracción se produce en una época en que los precios internacionales del petróleo caen constantemente.
Venezuela tiene una fuerte dependencia del crudo, el cual genera cerca del 96% de los ingresos que recibe por exportaciones. La caída de precios ocurre en momentos en que el país enfrenta una inflación galopante —la cual alcanzó en noviembre una tasa anualizada de 63,9%— y severos problemas de escasez de productos básicos.
Chávez mantuvo su popularidad e influencia en Latinoamérica gracias a los miles de millones de dólares que pudo dedicar a ese, fin debido al elevado precio del combustible.
El mandatario venezolano hizo todo lo que pudo en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP),  para promover junto con Irán un aumento del barril que ya rondaba los $100 en 2007.
En aquel entonces incluso la presidenta chilena, Michelle Bachelet en su primer mandato de gobierno, le había pedido interceder para aumentar la producción y bajar los precios, que fue finalmente la postura de Arabia Saudita.
El precio del petróleo, que por oferta y demanda sería de no más de $60 en esas fechas, resultaba una carga pesada para los países latinoamericanos que estaban tratando de salir de la pobreza y el subdesarrollo. Pero a Chávez poco le importó aquello. Lo que quería —y obtuvo— era un precio estratosférico del combustible, para luego utilizarlo como arma de dominación y chantaje.
También soñó con extender ese chantaje hacia Estados Unidos, sin considerar que esta nación estaba mejor preparado que ningún otro país, debido a su poderío económico, para afrontar los precios del petróleo, la calamitosa gestión del presidente George W. Bush y la crisis hipotecaria.
Los resultados de todos esos errores de Chávez los ha tenido que cargar Maduro, que por su parte ha agregado otros propios
Mientras Chávez colocaba en el presupuesto fondos para interferir en los asuntos internos de otros países, no hacía nada por aliviar el desabastecimiento de productos elementales, así como la inseguridad sin precedentes que azota a Venezuela.
Tras la llegada al poder, Maduro ha demostrado no solo ser incapaz de siguiera afrontar estos y otros problemas, sino que los ha agudizado.
La pregunta a formularse a finales del pasado año —cuando los medios de prensa hacen análisis de lo transcurrido en los últimos 12 meses, seleccionan noticias y revisan cifras— era muy sencilla: ¿cómo el presidente venezolano ha logrado sostenerse en el poder? Nadie la  puso por escrito, lo cual no implica que deje de estar latente.
De acuerdo a la más reciente evaluación sobre la situación del país, el 86% de los entrevistados dio una respuesta negativa.
Una encuesta realizada por la misma consultora entre septiembre y octubre de 2014 mostraba que la aprobación de Maduro llegaba a 30,2%; mientras que en las simpatías partidistas los adeptos al chavismo eran 28.9%, uno de los niveles más bajos en la década. Asimismo, en ese entonces el 81,6% de los encuestados consideraba de regular a muy mala la situación del país.
Si la tendencia de los número continúa, dentro de pocos meses la aprobación de Maduro será 0 y todos los venezolanos considerarán que el país se encuentra en una situación pésima.
En su último mensaje de 2014, Maduro afirmó que en este año se ejecutaría un programa de recuperación económica, aunque sólo presentó algunas metas sin anunciar ninguna medida concreta.
“Estoy convencido de que el año 2015 es el año del gran cambio del modelo económico”, dijo el mandatario.
¿Implican estas palabras la puesta en marcha de un modelo económico de corte similar al que existió en la desaparecida Unión Soviética, y en gran medida aún pervive en Cuba?
Es poco probable. En primer lugar cabría preguntarse cuán popular sería.
No hay que olvidar que la izquierda nunca fue una opción de poder en Venezuela. Entre la caída de Pérez Jiménez y el ascenso de Chávez, el poder se repartió en socialdemócratas, adecos, y socialcristianos, copeyanos. El discurso de izquierda, encarnado en partidos como el MAS, no superó el 10%. Es legítimo preguntarse si los venezolanos van a sentirse cómodos con una economía socialista, cuando nunca votaron por ello en el pasado.
Cuando en 2007, en plena salud y con el precio del crudo en alza, Chávez lanzó un referendo para aprobar una constitución socialista,  el “no” se impuso por un estrecho margen.
Si en circunstancias más favorables tanto Chávez como Maduro no pudieron dar el necesario paso del autoritarismo al totalitarismo —no por falta de voluntad sino por incapacidad políticas y época distinta a la que propició en el pasado este tipo de régimen—, lo cual convertiría en prescindible cualquier consulta popular, mucho menos es ahora el momento.
El segundo aspecto es aun más importante. Más allá de la altisonancia del discurso presidencial, nadie en Venezuela, incluido el propio mandatario, apuesta en favor de una profunda revisión económica en la actualidad. El único posible intento está en movimientos pequeños, actuaciones limitadas y acciones a corto plazo.
Debido a que la contracción de la actividad económica ocurre en medio de un contexto de aceleración de baja de los precios, Venezuela entró en un ciclo de "estanflación", que implica contracción económica e inflación alta.
Este tipo de situación no es nueva ni limitada a un país como Venezuela. Ha ocurrido y volverá a ocurrir en las naciones más diversas, incluso en aquellas con mayor desarrollo económico capitalista. El problema mayor de Venezuela no es solo la crisis en sí. Es la carencia, por parte del gobierno, de instrumentos adecuados para resolverla, a lo que se une su autoritarismo para impedir el desarrollo de otros medios que serían capaces de enfrentar el problema, pero que por su naturaleza quedarían fuera del control del gobierno.
Para decirlo con palabras más simple: el gobierno de Maduro ni arregla ni deja arreglar.
La visión que llega del Palacio de Miraflores es limitarlo todo a una cuestión de control, precios y cambios.
Sin embargo, este enfoque no es la solución, sino precisamente la causa de los problemas.
El estricto control gubernamental de divisas ahuyenta la inversión y provocar una escasez generalizada. En Venezuela rige un férreo control de precios y de cambio desde 2003. De nuevo estamos ante las culpas de Chávez que ha agrandado Maduro.
Precisamente el mandatario ha anunciado que establecerá un nuevo sistema cambiario, cuyos detalles serán dados a conocer en enero. Se va a "optimizar el sistema cambiario, perfeccionarlo", aseveró.
Pero lo más probable es que se produzca una nueva devaluación monetaria.
El líder opositor Henrique Capriles acaba de declarar que de nuevo “huele a devaluación” en el país, al comentar el anuncio de Maduro sobre reformas en el sistema cambiario.
La estrategia económica del chavismo siempre ha sido el intenta combatir a los números con otros números, pero con lo que se combaten las cifras es con hechos.
Chávez realizó todos sus cálculos apostando solo a un número: el precio del petróleo. Le salió bien, pero los tiempos han cambiado. Maduro no sabe salirse de esa pauta trazada y está hundiendo a Venezuela en una crisis de la que tardará decenas de años en recuperarse.
Con independencia de las medidas a adoptar por el gobierno, lo que parece seguro es que resultarán insuficientes. En primer lugar porque la crisis económica de Venezuela es también una crisis política, lo que hace indispensable dar los pasos necesarios para recuperar un clima de confianza, negociación y libertad. Es decir, el restablecimiento de la democracia. Y eso, por supuesto, no lo va a llevar a cabo Maduro. Lo que nos devuelve a la pregunta que debieron haber formulado los periódicos a finales del año pasado, y nadie hizo.