jueves, 15 de enero de 2015

Mercantilismo, alboroto y embargo


Uno de los argumentos repetidos en contra de cualquier medida que busque reducir las restricciones impuestas por el embargo norteamericano hacia Cuba es que de esta forma se alienta el mercantilismo impuesto por el régimen. En realidad, de levantarse el embargo, la tendencia económica que terminaría imponiéndose sería todo lo contrario.
El capitalismo moderno está fundamentado en la noción de un mercado libre de mercancías, servicios e ideas. Por contraste, el mercantilismo fue el sistema económico que dominó en la economía de Europa Occidental desde el siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Este se fundamentaba en una política estatal de beneficios mutuos entre la clase mercantil y un gobierno que buscaba fortalecerse.
El régimen cubano prohíbe a la población el comercio privado, salvo en lo que se refiere a operaciones limitadas de ventas de artículos elaborados artesanalmente o producidos en pequeñas cantidades. Es decir, se permite el trabajo por cuenta propia en ciertas áreas y se han autorizado —y están en aumento— las empresas familiares, cooperativas y particulares dedicados a la gestión de servicios. Pero en lo que se refiere al sector comercial en una escala mayor, no hay intenciones de autorizarlo.
Se puede tener un taller de reparaciones, una peluquería o un restaurante propiedad de un individuo, una familia o varios asociados, pero no un supermercado, ni tampoco lo que se conoce en Cuba como bodega —un sitio dedicado a la venta de comestibles, que se adquieren en el comercio mayorista, y por lo general situado en la esquina de una cuadra. Hay vendedores privados de alimentos, que cosechan ellos mismos o compran a campesinos. y luego ofertan en la calle, un sitio destinado a este tipo de actividades o mediante una red de clientes surgida a través del contacto personal. Si bien la gestión comercial privada ha logrado cierto desarrollo, sus limitaciones son muchas. Eso hace que la mayor parte de la producción y distribución de mercancías continúe en poder de la empresa estatal o de corporaciones mixtas —con capital e incluso administración privada, aunque foránea, y participación del Estado, es decir: del gobierno.
Se pueden vender confecciones elaboradas por productores privados, pero un cubano no puede abrir una tienda de venta de ropa adquirida en el extranjero. Hay actividades permitidas de momento, pero no plenamente autorizadas, lo que conlleva un amplio margen donde se confunden la ilegalidad, el mercado negro y la corrupción. Un extranjero puede abrir un negocio, siempre y cuando lo autorice el gobierno y esté dispuesto a asumir los riesgos de llevar a cabo transacciones que durante años le “dejan hacer” y el día le decomisan la empresa, multan o castigan con la cárcel por las razones más diversas.
Así que resulta válido afirmar que más que un capitalismo en desarrollo, lo que el régimen cubano permite de momento es tanto el “timbiriche” como una forma de mercantilismo propia donde el favoritismo, el patronazgo y el rentismo se dan la mano de formas diversas y siempre riesgosas.
En cuanto a las operaciones comerciales de envergadura —donde realmente están las guanacias sustanciosas y las posibilidades de desarrollo empresarial— estas se encuentran estrictamente reservadas para el Estado y sus gobernantes. Cada dólar que ha sido negociado con Cuba, por las firmas norteamericanas, ha sido tramitado por una entidad única, la empresa Alimport, que es propiedad del régimen castrista y operada por éste. En igual sentido, de incrementarse, el comercio con Estados Unidos, será fundamentalmente mediante empresas estatales de este tipo.
Las actuales leyes norteamericanas condicionan los vínculos comerciales a gran escala con la isla al reconocimiento y respeto de los derechos económicos, políticos y humanos del pueblo cubano, así como al establecimiento de un gobierno de transición —donde no participen los Castro— que lleve a otro establecido mediante elecciones democráticas. Solo cuando esto ocurra, el comercio con Cuba será libre y beneficioso, dicen quienes justifican la permanencia del embargo.
No solo este argumento es más vulnerable en estos momentos que los gobiernos de Estados Unidos y Cuba han iniciado un proceso para restablecer relaciones diplomáticas plenas, y La Habana ha liberado un grupo de presos políticos, sino lo que es más importante: parte de una premisa falsa.
Al tiempo que debe señalarse que la represión continúa en Cuba, el tratar de minimizar o pasar por alto las liberaciones de presos políticos es una actitud mezquina.
Es cierto que el gobierno cubano practica el mercantilismo económico, pero hay que agregar que la política del embargo contribuye a ello. Esto no quiere decir que la eliminación de las restricciones comerciales implicaría el fin de las prácticas mercantilistas en Cuba, pero sí puede afirmarse que el embargo brinda un medio ideal para el desarrollo del mercantilismo.
El recurrir a un embargo es una solución relativamente sencilla para los gobernantes de cualquier parte del mundo. La justificación perfecta ante la incapacidad o el deseo de hacer algo mejor. No basta con repetir con mayor o menor énfasis que funcionaron anteriormente. La época de los embargos es cosa del pasado. No se puede jugar a la subordinación del comercio según dictados gubernamentales y decirle al mundo que abra las fronteras a los productos norteamericanos. Incluso las sanciones económicas —que no deben confundirse con un embargo— tienen una efectividad limitada.
También es cierto que tanto Europa como Canadá y México ponen en práctica lo que se podría considerar una política mercantilista respecto a Cuba, la cual igualmente puede ser criticada. Sus empresarios han contado con el apoyo de sus países, y con las bondades de un comercio restringido, donde sus productos se pasean libres de la competencia norteamericana. Pero debe añadirse que le han pagado a EEUU con la misma moneda que este país les ha querido aplicar, solo que en sentido inverso.
El capitalismo moderno se fundamenta en el mercado libre, pero no es necesario el libre intercambio de información para que haya capitalismo. Demasiadas dictaduras han ocurrido en el último siglo y continúan en el presente que niegan esta afirmación. También cada vez más se hace evidente que no son necesarias las libertades políticas y el respeto a las derechos humanos para que se produzca un crecimiento económico. En ambos casos, el mejor ejemplo es China.
Los planteamientos de los legisladores cubanoamericanos y de varios grupos del exilio, de mantener las restricciones al comercio con Cuba y fundamentarse para ello en los supuestos beneficios del capitalismo, resultan perjudiciales para la economía norteamericana y en última instancia solo tienen una justificación emocional. Si se pusieran en práctica, no solo EEUU no podría comerciar con un puñado de países —con los cuales mantiene importantes nexos económicos—, sino que algunos de esos exiliados, que pertenecen al sector empresarial del exilio de Miami, no habrían podido desarrollar muchas de sus empresas, ya que han hecho un gran número de negocios con dictaduras latinoamericanas que no únicamente carecían del menor respeto por los derechos humanos, sino que han torturado sistemáticamente a sus opositores.

Las prácticas mercantilistas no son ajenas a los exiliados de Miami, una ciudad donde se han obtenido contratos sin licitación, cargos públicos han sido distribuidos entre compinches e incluso millones de dólares —supuestamente destinados a impulsar la democracia y el respeto a los derechos humanos en la isla— han servido para financiar viajes y proveer de un medio de vida cómodo a varios que aparentan ser feroces anticastristas, pero que en realidad y durante décadas convirtieron el alboroto en negocio.