martes, 27 de enero de 2015

Ni espaldarazo ni zancadilla: simplemente a regañadientes


Primero las dudas. Cuestionarse la autoría de la carta de Fidel Castro a la Federación Estudiantil Universitaria encierra el problema clásico de confundir la realidad y el deseo. Basta en este sentido un par de preguntas claves: ¿por qué sería falso este documento y no otro del 14 de octubre del pasado año?, ¿qué ganaría Raúl Castro o el régimen cubano en general con esta falsificación?
Para ‘“dar prueba” de que Castro vive no se necesita una carta así, sino el tipo de misiva enviada al exjugador de fútbol argentino Diego Armando Maradona. Bastó la aparición de una firma para acallar el repetido rumor sobre su muerte —al menos en la prensa— y no hay motivos para pensar en una reafirmación necesaria en estos momentos. Lo demás queda a la fe, los supuestos y la ausencia de señales que indiquen la posibilidad de que esté muerto o de una desaparición física más o menos inmediata.
Así que lo más sensato es suponer que Fidel Castro está vivo y que escribió el mensaje, cuyo estilo es similar al de otros anteriores.
Vale la pena entonces intentar el análisis de algunos aspectos de la carta, algunos detalles del hombre que la escribe y la circunstancia en que lo hace.
Lo primero es que se inicia con una declaración sabida, pero que llama la atención se repita en estos momentos. Fidel Castro nos dice que él no es quien está a cargo del país. ¿Por qué recordar este hecho conocido? Al mencionar que ahora su hermano es quien gobierna está enfatizando no solo que la figura a cargo del poder es otra, sino también que toda la responsabilidad recae en ella.
Este recordatorio es importante, porque define el tono y lo que podría ser cierta dualidad del documento, del que solo merecen la atención un par de párrafos y la nostalgia ideológica y bélica que trasmiten las palabras.
Castro vuelve a insistir en haber desarrollado su labor influido por Marx y Lenin. También menciona que vivimos en un mundo de desigualdades. Simple retórica, pero también una precisa referencia a “las ideas revolucionarias”, tal como él las entiende, que matiza con referencias al paso del tiempo, “las más increíbles combinaciones de materia y radiaciones”, la mención de la primera utopía y el dejar a un lado “enigmáticos problemas”.
También resulta interesante que Castro se sienta obligado a justificar tanto su ausencia como a resaltar que sigue trabajando: “en días muy atareados por diversos temas en los que tal vez pueda ser todavía relativamente útil”.
Ese enfatizar que no manda, pero está ahí tratando de ser “útil” es lo que vendría a ser el aspecto personal del documento, que se define aún más en la perspectiva desde la cual menciona los últimos acontecimientos, y que continúa siendo una visión de guerra.
Así, al recordar el saludo entre el presidente estadounidense Barack Obama y su hermano, se detiene particularmente en la Guerra de Angola, a la que dedica varios párrafos, y que le sirve para dejar sentada su posición: no confía en la política de Estados Unidos, “ni he intercambiado una palabra con ellos”. Pero a continuación agrega que no rechaza “una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra”.
Pero, ¿dónde está o estuvo la guerra? Porque de lo que se trata es de restablecer relaciones diplomáticas, con un interés marcadamente comercial por ambas partes, sin que sea necesario para ello firmar un tratado de paz.
Si Washington y La Habana logran avanzar en una negociación larga y difícil, lo que motiva al régimen para el esfuerzo es conseguir mejoras —ventajas si es posible— en el ámbito comercial. La táctica que a diario enfatiza el régimen no es un ideal revolucionario, sino sacar partido al interés y la avaricia capitalista. Dejar que el proceso se desarrolle lentamente para que crezca en Estados Unidos el interés por el mercado cubano, y de esta forma aumente la presión sobre la Casa Blanca y el Congreso. No es “exportar la revolución” sino alimentar la ilusión de que se puedan importar ganancias de la isla.
Aquí se entra en un terreno que a Fidel Castro nunca le interesó, y por supuesto tampoco le interesa ahora. De hecho, de esa transformación —lenta y de avances y retrocesos— no habla, porque no es su terreno ni entra actualmente dentro de sus facultades. Por ello todo lo que escribe es más remembranza que realidad, y temas planetarios.
Solo que ahora no ha podido distanciarse del día a día, y ha tenido que brindar una respuesta: “explico mi posición esencial en breves palabras”. Que se viera obligado a ello es algo abierto a la especulación. ¿Está Fidel Castro asumiendo las inquietudes de los viejos revolucionarios, los elementos de línea dura sobre los que a cada rato se especula existen dentro del gobierno, las supuestas luchas interinas por el poder o simplemente no se resigna al silencio? Y en la carta le reconoce el derecho que tiene su hermano, como gobernante, pero al mismo tiempo no le concede el beneplácito.
Se llega entonces al párrafo principal de la carta, el único que justifica dedicar tiempo a comentarla:
“El Presidente de Cuba ha dado los pasos pertinentes de acuerdo a sus prerrogativas y las facultades que le conceden la Asamblea Nacional y el Partido Comunista de Cuba“.
Casi al final del documento, en el antepenúltimo párrafo, reconoce que su hermano tiene las prerrogativas y facultades para hacer lo que está haciendo, pero ello no implica el estar de acuerdo, salvo en términos generales. Antes bien, hay una advertencia anterior:
“Advierto, sin embargo, que las ideas revolucionarias han de estar siempre en guardia a medida que la humanidad multiplique sus conocimientos”.
Fidel Castro se convierte en receptor y símbolo de quienes participan de las “ideas revolucionarias”, pero también deja claro que el poder está en manos de su hermano. No alimenta la conspiración —algo que nunca va a hacer de forma clara, porque ya pasó esa época y siempre los hermanos trataron las diferencias entre ellos y no de cara al exterior, ni entre sus colaboradores más cercanos— pero tampoco se compromete.
En Cuba la crítica de las armas —esa época dorada para Fidel Castro que tanto le gusta recordar— no ha dado paso al arma de la crítica. Él no critica ni apoya, simplemente recuerda.
Sin embargo, hay un recuerdo clave. Después de los tiempos “gloriosos” y triunfales de la Guerra de Angola, llegó otra época: “Sobrevino entonces el Periodo Especial en tiempo de paz, que ha durado ya más de 20 años sin levantar bandera blanca, algo que no hicimos ni haremos jamás”. De pronto aflora el Castro que aún habla como si gobernara el país. No es más que una ilusión momentánea. Vuelve a las generalizaciones, que sabe son perfectas para no decir nada: “Defenderemos siempre la cooperación y la amistad con todos los pueblos del mundo y entre ellos los de nuestros adversarios políticos”.
El problema con declaraciones de este tipo es que Obama ha dejado bien claro que no busca la amistad con el régimen y la cooperación solo en áreas comunes —como inmigración, medio ambiente, narcotráfico— pero que todo el mundo sabe que lo que está en juego va mucho más allá, y son las condiciones para llevar a cabo los acuerdos comerciales que el gobierno cubano necesita y a Estados Unidos le interesa iniciar, en un tiempo presente que mira al futuro.

Así que la retórica de Fidel Castro de guerra y paz resulta bastante caduca. La carta, que aparece precisamente el día que Raúl Castro viaja a Costa Rica, se convierte en noticia de un día y lo único que queda claro es que quien manda en Cuba es Raúl y el país no acaba de salir de un “Período Especial” que ya va por 20 años, toda una vida. Y se sabe que en tiempos de paz no hay que rendirse, sino adaptarse a las circunstancias. La diferencia entre Fidel y Raúl es que el primero lo hace a regañadientes y el segundo con gozo.

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