lunes, 19 de enero de 2015

Una nueva plaza


Si el argumento de plaza sitiada fue utilizado por décadas por el régimen, en ningún momento implicó compromiso ideológico alguno y mucho menos único recurso. El que por tranquilidad y conveniencia se siguiera repitiendo por los voceros de allá y aquí tampoco significó nunca que quienes realmente gobiernan en la isla —a  estas alturas un hermano, algunos miembros de una familia, unos pocos del círculo íntimo— lo necesitaran con urgencia imprescindible.
Afirmar que Cuba era “una plaza sitiada” o que “la nación estaba en guerra” constituía parte de ese rosario de lemas ya gastados, pero a los cuales sacaba utilidad el régimen, sobre todo en medios internacionales. Por décadas resultó difícil comprender que un país estaba en guerra con otro y al mismo tiempo le compraba alimentos a su enemigo, agasajaba a los legisladores del bando contrario y celebraba subastas de tabacos donde los compradores no venían de una trinchera sino viajaban cómodamente a La Habana.
Cuba estaba en “guerra”, decían los repetidores de los argumentos surgidos en la Plaza de la Revolución, y no le quedaba más remedio que encarcelar a los “agentes”  del otro bando. Pero la justificación ideológica había pasado a un plano secundario ante la represión más vulgar.
El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos ideológicos y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa realidad al propósito único de conservar el poder.
Si una parte de quienes viven bajo las ruinas del socialismo cubano son sujetos moldeados por una época en que se produjo una amplia distribución de algunos derechos sociales —como tener un trabajo asegurado y el acceso gratuito a los servicios de salud y educación, que con los años han experimentado cada vez un mayor deterioro—, son también ciudadanos con un precario entrenamiento para ejercer derechos civiles y políticos, o en general poco preparados para asumir riesgos a la hora de obtenerlos.
Por otra parte, ha ido en aumento otra generación que no se preocupa tanto por esas conquistas sociales como por un bienestar inmediato, al que se ven limitados con condiciones internas y externas. Son estos, que nunca han aspirado a “ser como el Che” aunque lo repitieran de niños, a quienes están destinados los cambios en la relación entre Cuba y Estados Unidos: los hijos del Período Especial. Lidiar con esta generación es el gran reto en que están empecinados los gobiernos de ambos países.
Raúl Castro ha hecho todo lo posible por mantener la condición de acatamiento de los viejos y el desinterés político de los jóvenes, timoneando de acuerdo al momento pero sin soltar el control del rumbo.
El argumento de “plaza sitiada” y el enemigo externo —aunque no eliminado por completo— comenzó a ceder espacio frente a la urgencia del momento. Abandonar el país no fue más el último acto de rebeldía o la única muestra “permitida” de rechazo al sistema, sino una salida económica.
Tras una parada militar, el 2 de diciembre del 2006, Raúl Castro habló de negociar con Washington. En medio de tanques y cohetes, no lanzó una arenga contra su viejo enemigo. Propuso sentarse a negociar “sobre la base de los principios de igualdad, reciprocidad, no injerencia y respeto mutuo”.
Que años más tarde se inicie al fin tal diálogo no refleja sólo la voluntad o el interés del presidente estadounidense Barack Obama, sino también muestra una necesidad por parte del gobierno de la isla. En este sentido, intereses y razones han sido discutidos y analizados en detalle, pero hay un elemento primordial que no debe pasarse por alto: una intención real de negociar.
Curioso que uno de los puntos más significativos del discurso de Castro —durante la clausura del último período ordinario de la Asamblea Nacional del Poder Popular del pasado año— fue el ofrecer garantías de que su gobierno no boicoteará las negociaciones, como temen algunos analistas y añadió que se “tomarán medidas” para prevenir hechos que puedan obstaculizar el diálogo.
La declaración abre nuevas perspectivas. No se trata de creer al pie de la letra lo que dice el gobernante. Es algo más simple: no se inicia un diálogo buscado en los últimos años para romperlo de la noche a la mañana. Se sabe que Castro no está dispuesto a ceder en aspectos esenciales —democracia, derechos humanos—, pero hay otras cuestiones en que mostrará mayor flexibilidad. Tras los anuncios, este año ha dado inicio a lo que parece será un largo proceso de toma y daca.
Que algunas de estas cuestiones no resulten fundamentales para la oposición no deja fuera la posibilidad de que esta pueda lograr cierto provecho de ellas. Hasta dónde llevará Washington los reclamos democráticos es la gran interrogante, donde lo mejor es no colocar muchas esperanzas, pero también resulta contraproducente un rechazo de plano.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 19 de enero de 2015.