viernes, 20 de marzo de 2015

Diccionario bertiano


Berta Soler ha dicho en Miami que el incidente contra la integrante del grupo Damas de Blanco, Alejandrina García de la Riva, no se trató de un “mitin de repudio” porque “eso lo hacen los comunistas”, sino de un “mitin de rechazo“, según una información del diario español El Mundo. La diferencia no sería gramatical sino política.
De acuerdo al Diccionario Real de la Lengua Española, repudiar es “rechazar algo, no aceptarlo“, mientras que el rechazo se define por “la acción y efecto de rechazar”, es decir: el “mostrar oposición o desprecio a una persona, grupo, comunidad, etc.”, lo que implica que la diferencia no radica en la etimología sino en la connotación —o mejor decir contaminación— política que ha adquirido un término.
Postular este relativismo etimológico no debe ser pasado por alto, con independencia de si en su formulación hay simplemente el acudir a una salida fácil, pura demagogia o un razonamiento señalado por otro.
Relativizar el significado de las palabras o adjudicarle un valor ideológico o político es un recurso socorrido de los regímenes totalitarios. Que su práctica se extienda hasta una disputa entre miembros de la oposición cubana alerta sobre la permanencia de patrones mentales y de conducta más allá de su uso original.
Relativizar el valor de las palabras es un recurso repetido por el régimen cubano, que no ha perdido vigencia. Incluso términos simples, como “ciudadano“, sirvieron no solo para caracterizar un grupo sino de estigmas políticos.
Por décadas, cuando un cubano solicitaba la salida de la isla pasaba de inmediato de “compañero” a “ciudadano”.
Lo curioso es que la palabra ciudadano —habitante de las ciudades antiguas o de Estados modernos, como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país— se trasladaba de inmediato en una especie de alerta ante un potencial enemigo, aunque al mismo tiempo remitía a su valor original: no hay nada denigrante en ser un ciudadano sino todo lo contrario, ya que quien queda mal parado es aquel que pretende establecer esa distinción política y hasta bélica.
Sin embargo, dentro de la realidad cubana ese trastrueque de significados se lograba mediante una imposición desde el poder. En cierto sentido, es lo que pretende Soler, al otorgarle un valor a su conveniencia a los términos.
El uso inapropiado no resta peso a la carga emocional, que puede llegar a implicar la manipulación lingüística con fines políticos.
Confieso que tras décadas de vivir fuera de Cuba aún me choca en ocasiones, cuando por ejemplo en España oigo el término “compañero” referido simplemente a un asociado u otro trabajador o empleado.
Al tiempo que se comprende el arrastre que ciertos modos mentales pueden ejercer a largo plazo sobre alguien cuya vida transita en buena parte dentro de ambiente autoritario o totalitario, resulta alarmante que tales esquemas no produzcan una llamada de alerta entre quienes por largo tiempo o siempre han permanecido en una sociedad abierta.
Quienes financian y guían a Soler desde el exilio deberían comenzar a preocuparse por la permanencia de patrones dictatoriales en la conducta de quien supuestamente aboga por la democracia.