lunes, 13 de abril de 2015

Tiempo para recordar: Hillary, sí


Esta columna fue publicada el martes 18 de agosto de 1998 en El Nuevo Herald

Billy el pequeño y Hillary la grande

Conste que no soy feminista, pero si se comprueba que el presidente Bill Clinton tuvo relaciones sexuales con Mónica Lewinsky, debe reconocerse que la verdadera heroína de la historia es Hillary. Ella no solo ha antepuesto cualquier sentimiento de celo y desprecio y está actuando como uno de los principales asesores de su marido infiel, sino que ha demostrado ser el elemento de mayor estabilidad dentro del matrimonio y un verdadero sostén para la carrera de su esposo. Si este país estuviera gobernado por formas más simples de poder, como los consejos de ancianos sabios de algunas tribus indígenas, y no por una compleja trama en que el Congreso y los dos principales partidos están prisioneros en una red de intrigas, intereses y componendas, se mandaría al “joven Bill” de regreso a Arkansas, o se le castigaría con una temporada de aislamiento, cazando osos en cualquier montaña, para que alcanzara mayor madurez de carácter. Luego se colocaría en la presidencia a su esposa, con amplios poderes para llevar a la práctica la transformación del sistema de cuidado de salud y para poner en práctica otras medidas que el país requiere.
Escarceos de adolescente
No se trata de si el Presidente cometió un delito que merece ser castigado con un juicio político, porque ello carece de sentido. Lo que resulta inaceptable es que el gobernante de la nación más poderosa del planeta se comporte como un escolar sencillo, corriendo detrás de una interna y aprovechando los lapsos entre reuniones importantes y encuentros con dignatarios de otros países para entregarse a escarceos amorosos propios de adolescente, que han dado pie a que los ciudadanos de este país y de gran parte del mundo sigan día a día en la prensa —que evidentemente no encuentra o no le interesa informar sobre nada mejor— los capítulos por entrega de una novela que no es rosa sino mojada. Pienso en la explicación freudiana de los hechos: Lewinsky, producto de un matrimonio donde el amor se fue perdiendo poco a poco y criada en un hogar donde imperaban la desunión y las rencillas, encontró en usted sabe dónde un sustituto del pezón materno que no supo nutrirla adecuadamente. Luego de una transferencia afectiva de la madre al padre, halló en el Presidente, transformado en amante-padre, solo un consuelo momentáneo. La joven volcó en despecho el destete, y presa de los celos, sabiéndose utilizada, contó la historia con la secreta esperanza de la venganza. Por supuesto, hubo más, y el vestido que no se quitó, pero tampoco se lavó, se convirtió en prueba poderosa. De ahora en adelante las tintorerías de Washington aumentarán las concentraciones de sus detergentes y se dedicarán a la caza de manchas impuras, o todo lo contrario. Seguro alguien inventa un detergente en spray a precio especial para legisladores: no llegue a Washington sin su frasco.
Persecución política
Es posible que al final el Presidente salga bien parado del asunto. Puede que hasta retenga a su esposa. Quiero ver detrás de la dureza de Hillary la generosidad de una madre bondadosa, dispuesta al perdón de un marido que ya varias veces se comporta como un torpe adolescente. A su vez, toda la persecución tiene un marcado carácter político, y al final el inquisidor Kenneth Starr obtendrá un amargo triunfo: habrá dedicado millones a encontrar lo que una madre descubre al registrar el cesto de ropa sucia de una hija descuidada. El escándalo nada afecta por el momento al Partido Demócrata, ni al vicepresidente, posible futuro candidato a la presidencia.
Por lo demás, si al Presidente no lo sacan de la Casa Blanca como merece, por tonto e inmaduro, al menos Hillary debería transformarse en maestra e imponerle un castigo ejemplar: cien líneas de “no debo manchar la ropa de mis compañeritas”.