domingo, 28 de junio de 2015

Mercantilismo y disidencia


El mito de la autonomía empresarial del exilio cubano, y la defensa denodada de sus miembros en favor de la menor participación posible del Estado en la gestión económica, guarda una gran similitud con la actitud emprendida por la oposición y disidencia dentro de la isla: considerar que el camino hacia la transición democrática en Cuba debe transitar la vía de la dependencia financiera a un gobierno extranjero.
La filosofía de la autonomía empresarial ha servido para que dichos exiliados se consideren representantes ejemplares del neoliberalismo. Aunque un análisis del desempeño de algunos capitales cubanos en Miami muestra un panorama distinto, donde el mérito y la virtud en obtener riquezas se encuentran más cerca de un astuto aprovechamiento de los vínculos con el poder local, estatal y nacional en una forma que los convierte, en la práctica, en paladines del mercantilismo —el modo económico en que el poder gubernamental se pone de parte de determinados grupos de interés para facilitarle la adquisición de prebendas, contratos y ganancias— y no en competidores que miden sus fuerzas y recursos en un mercado abierto.
Esta unión de negocios y política se encuentra en la raíz de las posiciones de algunos líderes comunitarios, portavoces del exilio y representantes políticos. Define sus conceptos y valores sobre lo que consideran mejor para el futuro cubano y explica sus apoyos y rechazos respecto a la forma de lidiar con el gobierno de la isla, sin considerar las aspiraciones de quienes viven en ella.
Intereses comerciales y económicos que bajo un disfraz de patriotismo intentan algo más simple: hacer negocios. Lo demás es ruido.
La consecuencia es que ha surgido un “anticastrismo” que es más un empeño económico que un ideal político, alimentado en gran medida por los fondos de los contribuyentes. El financiamiento a una disidencia mal organizada, peor concebida y de resultados cuestionables es el canto de cisne de esa industria.
Si el capitalismo y la democracia marchan unidos —reclamación dudosa que postula buena parte de esa disidencia—, poner en práctica las elementales normas de efectividad económica que rigen en el mercado sería un paso necesario para lograr eficiencia y prestigio.
En este sentido se puede afirmar que la productividad del movimiento opositor cubano está por el suelo; los costos resultan exorbitantes; el “overhead” imposible de sostener; los gastos de representación por las nubes y los beneficios marginales fuera de control.
Para lograr un cambio hacia la libertad en Cuba, muchos opositores tienen poco que mostrar a su favor, salvo la última foto en una capital de Europa o aquí en Estados Unidos, en Miami o Washington.
Más allá del mal uso y la falta de control sobre los millones de dólares que desde hace años viene destinando EEUU para supuestamente hacer avanzar la libertad en Cuba, hay varios aspectos que llaman la atención en lo que hasta el momento no ha sido más que un gran derroche de fondos.
En primer lugar hay que señalar el desconocimiento y la prepotencia que subyace en ese esfuerzo, aparentemente democrático y generoso, que por años llevó a la impresión de miles de textos sobre la importancia de los derechos humanos.
Lo que en un inicio pudo haber sido una labor educativa, se convirtió en el pretexto perfecto para justificar costos de imprenta, compras en librerías y elevados gastos de distribución.
El fundamento que determinó tal colosal botadera de dinero fue, en el mejor de los casos, de un paternalismo grosero, por no decir una muestra de racismo: quienes viven en la isla no han exigido mayores libertades porque las desconocen.
El camino del aprendizaje —de acuerdo a esta estrategia— abriría las puertas de una mayor conciencia ciudadana, con la consecuencia de un aumento en las protestas y una mayor exigencia hacia el respeto de los derechos humanos. Nada de esto ha ocurrido. Represión, si. Pero también falta de interés de la ciudadanía ante problemas más perentorios.
El segundo aspecto llegó precisamente por el rumbo contrario. Si se contabilizan los millones de dólares dedicados al incremento del periodismo independiente en Cuba, y se contrapone esta cifra con el valor de la información enviada desde la isla, hay que concluir que en EEUU la palabra se paga a un alto precio. O al menos algunas palabras o las palabras de algunos. No es exigirle demasiado a la prensa independiente, sino el evitar sobrevalorar sus resultados y el admitir como cierto lo que simplemente son comentarios dirigidos al gusto de un exilio exiguo.
Sin embargo, los dos aspectos anteriores son hasta cierto punto secundarios ante la situación actual: el derroche que representan viajes, congresos y reuniones en los puntos más diversos del planeta y planes de contingencia que no trascienden del esfuerzo mediático.
Lo que tiene que hacer Washington es poner freno a esos empeños inútiles, y apostar por una verdadera transición a través del desarrollo de la labor de emprendedores y trabajadores privados. Basta ya de votar el dinero de los contribuyentes.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 29 de junio de 2015.