lunes, 6 de julio de 2015

La capital de qué exilio


Desde hace décadas, los planes del exilio histórico de Miami para “poner fin a la dictadura castrista” se han caracterizado por complicarle la vida a los cubanos de aquí y de allá, y si es posible a otros nacionales también, incluidos los estadounidenses por nacimiento. La oposición del alcalde de Miami, Tomás Regalado, a la eventual apertura de un consulado de Cuba en Miami, se suma ahora a esa política fallida.
Durante años quienes enviaban dinero a sus familiares en la isla tenían que llenar un afidávit —cuyo documento y tramitación por supuesto ellos pagaban—, entregar su licencia de conducción para ser fotocopiada y someterse a una investigación que verificara que los exiguos fondos que mandaban iban realmente a sus familiares más cercanos.
Ni un centavo, como tampoco el engorro en los trámites, contribuyó a que Cuba fuera más libre, los hermanos Castro se abandonaran el mando o la “pesadilla comunista” se alejara de la isla.
Eso sí, los legisladores, políticos y funcionarios que hacían posible tal perdedera de tiempo y dinero se sentían satisfechos.
Tal esquema intenta repetirse una y otra vez por los mismos personajes.
Si por Regalado fuera, quienes necesitan trámites consulares se verán obligados a viajar a Washington o posiblemente a otros estados para realizarlos. O de lo contrario continuar obligados a requerir una mayor participación de los servicios de las agencias de viajes a Cuba —con el gasto consecuente—, que a estas alturas ya deben estar pensando en nombrarlo “alcalde del año”.
Para Regalado, dicho consulado sería “una provocación” para la “capital del exilio” y vuelve a invocar que esta ciudad “todavía hay miles de personas que tienen heridas sin restañar y familiares presos”. Lo de las heridas es cierto, no así lo de los miles o en todo caso cientos de presos en Cuba. Pero millones han nacido después de 1959, y sus vidas han transitado por otros caminos. Ellos también cuentan. Eso para no hablar de quienes viven en esta ciudad y son ajenos a esos problemas.
Que Regalado continúe dormido en el pasado, como un Rip Van Winkle que se niega a despertar, no debe extrañar. Lo curioso es que sus palabras fueron dichas en una ceremonia de juramentación de la ciudadanía estadounidense. Esos ciudadanos que ahora, no son los de entonces, los de su época.
Ni por un momento al alcalde se le ocurrió pensar que esos nuevos ciudadanos —no solo de origen cubano— podrían tener un pensamiento distinto al suyo, que si bien resulta válido en el orden personal, él no es solo el alcalde del exilio histórico sino de toda la ciudad. Un lugar donde diariamente cientos de sus residentes viajan a Cuba.
Así que Regalado, a nombre de una minoría que languidece, se considera con derecho de complicarle la vida a una mayoría en aumento.
El problema para el alcalde es que Miami no es una patria, ni una nación ni simplemente un refugio para inmigrantes. Es una ciudad estadounidense y un municipio de este país, que aunque tiene características propias no es ajeno al resto de la nación.
No se gobierna a una ciudad obedeciendo simplemente a los criterios de la Calle Ocho. Eso para recurrir a un símil barato, porque a estas alturas ya en dicha calle casi no hay cubanos de otros tiempos, ni defensores del pasado, y apenas quedan una o dos voces de protesta contra el presidente Obama, al calor de un café más o menos aguado.
¿Dónde está el límite, que debía ser claro, entre el sufrimiento y la demagogia? ¿Hasta cuándo hay que soportar a los que se consideran abanderados del pasado?
En una ciudad que por muchos años fue dominada por los exiliados que llegaron primero —y que en cierto sentido aún continúa bajo tal influjo—, los miembros de las diversas generaciones criadas por vocación o a contrapelo en Cuba luchan a diario por ocupar el lugar que les corresponde y merecen. No es una lucha entre jóvenes y viejos, sino entre lo viejo y lo nuevo.
El respeto a los años de lucha no debe servir de justificación de errores y tampoco de patente de corso para los aprovechados. Ha llegado el momento en Miami de poner freno a las invocaciones patrióticas que no conducen a nada. Es hora de decirles a esos señores que ellos no hablan en nombre de toda la comunidad exiliada, sino de apenas un sector de ésta. Basta de farsa.
Los que quieren seguir dictando pautas en relación a  un país —que desde hace décadas desconocen o que no conocieron nunca— se reducen cada vez más a un grupo de recalcitrantes, que se empeñan en seguir practicando su deporte preferido:
disfrutar de todas las ventajas que proporciona el ser ciudadanos de un país poderoso, al tiempo que reivindican el ser considerados guías ideológicos y políticos de un exilio que les resulta cada vez más ajeno. ¿A quiénes representan? Solo a unos pocos y cada vez menos.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 6 de julio de 2015. 

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