lunes, 27 de julio de 2015

Por un nuevo Miami


Crear uno, dos, tres Miami. El nuevo Miami no intenta suplantar el (los) anterior(es), pero reclama su espacio.
No hay duda de lo serio que se ha lanzado el presidente Barack  Obama en su intento de lograr un enfoque diferente en la relación entre Washington y La Habana. Cambio de táctica y no de esencia o renuncia a los principios, pero transformación por completo de una política que por décadas mostró su ineficiencia y falta de contacto con la realidad de la isla.
¿Cuanto ha cambiado Cuba? Mucho, aunque no lo suficiente. Por menos de lo que está haciendo Yoani Sánchez en estos momentos, el periodista y poeta Raúl Rivero fue condenado a 20 años de prisión y pasó en la cárcel año y medio.
Por eso, cuando el senador demócrata Bob Menéndez expresa que “sólo este año se han realizado unos 2,800 arrestos políticos en la isla” no miente, sino simplemente muestra una parte de la realidad cubana, ya que la mayoría de esas detenciones son por horas, si acaso días. Afirmar esto último no significa que ha desaparecido la esencia represiva del régimen, sino que las circunstancias han cambiado.
También en Miami han cambiado las circunstancias, sólo que algunos se niegan a reconocerlo.
En Cuba están ocurriendo una serie de cambios, y aquí en Miami los estamos ignorando. Muchos de ellos no son tan profundos y radicales como quisiéramos. Tampoco avanzan con la velocidad que deseamos y por supuesto que a veces ocurren y están en marcha sin que nos enteremos a tiempo. No nos sorprenden, porque la mayoría de las ocasiones optamos para mirar para otra parte y seguimos cultivando la ignorancia. Pero más que un problema de conocimiento, nos perjudica el adoptar una actitud caduca. Continuamos empecinados en fijar la mirada sobre señales que desde hace tiempo no funcionan. Mientras tanto, el tráfico corre por otro lado. Se nos va la guagua, perdimos el boleto del tren, el taxi no paró. Luego solo nos quedará mirar desde la ventana.
Durante décadas se impuso en ambas orillas un acuerdo tácito en el retroceso —como si existiera una conspiración de los extremos— que impuso la marcha atrás más conveniente a sus intereses. Volver una y otra vez a remedar un modelo caduco. En la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución igual empeño: mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.
Resultó un logro indiscutible, tanto en Miami como en La Habana, utilizar los factores que pudieran determinar un nuevo curso de acción, para someterlos a un control que dejara fuera de las decisiones a millones de cubanos, en las dos orillas del estrecho de la Florida. El presidente Obama ha cambiado esa ecuación, y también el gobernante Raúl Castro se ha visto obligado a tantear, no un nuevo rumbo sino a permitir variaciones. En parte dentro de un mismo tema, pero variaciones que hay que aprovechar.
Obama va muy en serio, y una muestra de ello es la presencia de Valerie Jarret en la reunión informativa sobre las nuevas regulaciones sobre los viajes a la isla y las transacciones financieras y bancarias, que dentro de poco entrarán en vigor.
Jarret —por cierto, una de las figuras más a la izquierda dentro del ejecutivo— no es sólo asesora del Presidente, sino que disfruta de una confianza extrema por parte del mandatario, al punto que la considera como “una hermana mayor”. Así que el caso cubano ha entrado a formar parte del ámbito familiar presidencial. Malas noticias para quienes se aferran al pasado.
Pero si el gobierno de Obama cada día demuestra mayor determinación en transformar la relación con La Habana, igual empeño debe poner en que desde la otra orilla se agilicen los cambios que aseguren en la isla que los estadounidenses sean recibidos no simplemente como visitantes, a los que hay que exprimir económicamente todo lo posible, sino como ciudadanos que no deben sacrificar ni una sola de sus facultades a cambio del permiso de entrada: desde poner fin a una dualidad monetaria que obliga al cambio de divisas por un dinero de valor hipertrofiado hasta la opción para los norteamericanos nacidos en Cuba de entrar al país mediante un simple visado.
Si vuelvo a insistir en un tema que trate en la columna de la semana pasada, es porque el canciller cubano, Bruno Rodríguez, dijo en la conferencia de prensa junto al secretario de Estado, John Kerry, que “nuestra pequeña isla no tiene ninguna política discriminatoria contra ciudadanos estadounidenses o empresas estadounidenses; no aplica ninguna medida coercitiva de ninguna naturaleza, unilateral, económica”. Y eso es mentira: a los cubanos nacionalizados como estadounidenses, que salieron de Cuba a partir de 1970, los trata como norteamericanos de segunda categoría.
A buscar estos cambios en Cuba debe dedicarse a partir de ahora el gobierno de Estados Unidos, y no a seguir alimentando retóricas caducas. Y ese debe ser también, el empeño del otro, o del nuevo Miami.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 27 de julio de 2015.