miércoles, 26 de agosto de 2015

Fascinación totalitaria


Lo que más me llama la atención en muchos comentaristas, que expresan su opinión tras leer o simplemente ver las informaciones en la prensa sobre el aspirante a la nominación republicana Donald Trump, o los artículos al respecto, es lo fascinados que se sienten ante la figura de un caudillo —o simplemente “el macho”, para expresarlo en un lenguaje más vulgar.
Esa rendición irracional ante el poder, sea el de un dictador, un millonario o alguien con capacidad para contratar o disponer de un sistema de seguridad que puede manejar a su antojo, ha tenido consecuencias nefatas a lo largo de la historia.
Llama la atención en especial porque esos lectores —de alguna manera hay que llamarlos— seguramente sienten un repudio particular ante figuras como Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales o Rafael Correa cuando estos expresaron —o expresan en el caso de los tres últimos— igual repudio ante periodistas y medios de prensa.
Así que al final todo se limita al viejo dictamen de si es “nuestro HP” o el HP de otros, rasgo que solo sirve para caracterizarlos como amantes —será mejor decir fanáticos— del autoritarismo, y que al final su anticastrismo, o antichavismo o cualquier ejemplo “antielotro”, o de rechazo al ajeno, extranjero o que piensa distinto, se limita a determinadas circunstancias de momento, falta de oportunidad para ejercer el totalitarismo en otro momento o simplemente acomodo económico.
Que en el caso de Trump la fascinación trasciende las fronteras ideológicas es que, en lo que respecta al aspirante republicano, igual vocación la ejerce no solo ante el presentador de Univisión Jorge Ramos, que tales “lectores” catalogan alegremente de izquierdista —que no lo es— sino también frente a la conductora de la cadena Fox News Megyn Kelly. Por supuesto que a la Fox no hay quien se atreva a catalogar de izquierdista y tampoco a Kelly. Así que aquí no vale siquiera ser presidente de la cadena Fox, seguramente tan vista y escuchada por esos paladines de la “grandeza americana”. Pero esa afinidad totalitaria, a la que se podrían agregar especificidades políticas más precisas históricamente, va más allá de los partidos, para ser no solo contraria a los partidos políticos, tradicionales o no tradicionales, sino de rechazo al sistema democrático con el que ellos afirman simpatizar.
Así que en última instancia dichos comentaristas están más cercanos no a los movimientos antisistema —que seguramente rechazan— sino a algo aún más extremo: las conductas anárquicas violentas que manifiestan ciertos inadaptados que aprovechan cualquier manifestación, en contra de cualquier gobierno, para desahogar sus frustraciones y ejercer el delito y  crear el caos. Que en este caso todo no pase de violencia verbal o escrita no deja por ello de ser contraproducente y alarmante.