domingo, 23 de agosto de 2015

Trump y los locos


Me preocupa el silencio de los psicoanalistas estadounidenses. No entiendo ese cruzarse de brazos de los psiquiatras. Donald Trump amenaza con dejarlos a todos sin pacientes, o lo que es peor: poner a los enfermos al mando del sanatorio.
Aunque no estamos ante un alucinado que aspira a convertirse en candidato presidencial, sino frente a un embaucador que se aprovecha de las frustraciones ajenas, un explotador de las emociones de otros. Y ello es mucho más peligroso.
Alguien puede pensar que dedicarle dos artículos seguidos a un político indica una fijación en su contra, pero hay una diferencia clave entre uno y otro texto: el primero se escribió antes de que se hiciera pública su propuesta migratoria.
Hay un hecho fundamental, que a la hora de enfrentar a Trump los otros aspirantes a la nominación republicana aún se niegan a reconocer. Este país no está en crisis, ni económica, ni política ni social. Estados Unidos hoy no es la Alemania de 1933. Existen diferencias raciales, discriminación y diversas formas de odio. Sin embargo, no hay arraigada una xenofobia que dé paso al crimen, generalizado en toda la nación. Pero precisamente a dar aliento a esos sentimientos es a lo que está contribuyendo Trump.
Lo que existe es un estancamiento en las leyes, creado por los republicanos, que se refleja en el obstruccionismo que han ejercido en el proceso legislativo, tanto cuando eran minoría como al lograr la mayoría en el Congreso. Ello ha llevado a la percepción de que en Washington nada funciona y nada se logra.
De ello no hay mejor ejemplo que la imposibilidad de sacar adelante una reforma migratoria. Una ley que no habría dejado el asunto en el limbo para provecho de Mr. Trump, que más que aspirar a la presidencia busca establecer una dictadura.
Cuando se produce un estancamiento, es lógico que surja un candidato populista. Aquí se tiende a asociar al populismo con la izquierda, debido al ejemplo latinoamericano. Pero basta mirar a Europa para recordar que también hay un populismo de derecha y de ultraderecha.
La propuesta de Trump para combatir lo que él considera un grave problema migratorio sólo puede llevarse a cabo mediante la fuerza.
Un plan que no busca exclusivamente redactar nuevas leyes y medidas, y expulsar a millones, sino también cambiar la Constitución: modificar la Enmienda 14 para revocar la “ciudadanía por nacimiento”, otorgada sin importar el estatus migratorio de los padres.
Lo peor es que hay otros políticos republicanos que no solo comparten la idea, sino que incluso reclaman que a ellos se les ocurrió antes.
En noviembre de 1938 Alemania conoció la “Noche de los Cristales Rotos”. Millones fueron privados de su nacionalidad y expulsados del país. Puede pensarse que es un ejemplo exagerado, lejano en el tiempo y la geografía. No es así.
En República Dominicana una disposición constitucional del 2010 considera que la ciudadanía radica en la sangre y no en el lugar de nacimiento. Millones de haitianos, residentes por décadas en el país, han sido declarados “visitantes de paso”. No importa si sus orígenes se remontan a una fecha tan lejana como 1929. Tienen que inscribirse como extranjeros los que nacieron en ese pedazo de isla caribeña, de padres haitianos con un status inmigratorio irregular.
Así que cuando Donald Trump habla de restablecer la “grandeza americana” no está pensando en ese pasado idílico, con el que pueden estar soñando algunos de sus simpatizantes, sino intentando crear un panorama mucho más tétrico, y ajeno por completo a la tradición y la historia estadounidense.
Lo que hace más alucinante esa propuesta no se limita a lo disparatado de las “soluciones” sino es también irreal en sus premisas: ¿dónde está la crisis migratoria y de protección de fronteras?
Los indocumentados se han reducido en cerca de un millón durante los últimos años, según el Pew Research Center. La seguridad fronteriza es la mejor en mucho tiempo. Los cruces ilegales en la frontera con México están en su nivel más bajo en dos décadas, de acuerdo a un análisis de The Washington Post. Este gobierno es el que más inmigrantes ilegales ha deportado.
Por supuesto que cifras y hechos no sirven para curar los trastornos emocionales. Trump apela a convencer no con datos sino con exabruptos, y hay quien se divierte con ellos o se identifica con los mismos. El peligro no sólo radica en sus aspiraciones presidenciales, sino en que la notoriedad de su campaña puede alentar los sentimientos en contra de los latinos o los extranjeros en general, y desembocar en delitos de odio.
El sueño de la razón produce monstruos, pero más aún los crea la sinrazón. Para comprender a Trump y a los que votan por él no hay que leer tratados políticos, sino  contemplar los grabados de Goya. Y recordar que para destruir a un país poco vale haber nacido en él. En fin de cuentas, Hitler no era alemán, pero quienes lo apoyaron sí.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 24 de agosto de 2015.