viernes, 14 de agosto de 2015

Un discurso certero y realista


La visita del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, a La Habana está resultando más interesante de lo que esperaba.
Su discurso durante el izado de la bandera fue de un realismo y certeza que incluso en algunos momentos trascendió la simple retórica diplomática.
En un determinado aspecto —y esto es fundamental—, Kerry incluso fue más allá del presidente Barack Obama en su definición de presente y pasado establecido a partir del parteaguas del 17 de diciembre.
Al argumento clásico de Obama de “yo no había nacido” o “era un niño” Kerry antepuso un “cómo olvidar”, sentencia mucho más poderosa que el débil refugio en la infancia del mandatario estadounidense.
De esta manera el argumento del paso del tiempo, la llegada de otra época, el fin de la guerra fría se sustenta en acontecimientos del pasado y no en un presente que omite por ausencia el ayer. El recordatorio al gobierno cubano fue preciso y veraz.
Si al volver la vista a lo ocurrido entre ambas naciones, durante más de 50 años, el secretario de Estado fijó brevemente la situación de arranque para la negociación, a la hora de trazar con igual brevedad algunos de los puntos de lo que podría significar una hoja de ruta fue incluso más incisivo.
Es decir, Kerry fija en La Habana un posible camino hacia el avance de la democracia, el respeto de los derechos humanos y el desarrollo de los emprendedores y la empresa privada, que al mismo tiempo rechaza la retórica de confrontación que por tanto tiempo ha alimentado no solo al exilio y a los grupos de la disidencia que le son afines política e ideológicamente, sino también al discurso de enfrentamiento y respuesta empleado por el régimen.
Asistimos por primera vez a una elaboración mucho más clara de lo que al parecer espera la administración Obama que será esta nueva relación con La Habana, donde queda claro que Estados Unidos no busca abiertamente un cambio de régimen ni imponer soluciones desde afuera, pero donde también reconoce y no renuncia a su papel como fuerza de influencia.
Este discurso —que no deja de estar amenazado de terminar reducido a un acontecimiento de momento— establece dos retos claros.
Uno al gobierno cubano, que no está acostumbrado a lidiar y rehúye un debate con tanta claridad, formulado desde una nación tan cercana e históricamente determinante en su destino, tradición y cultura (con Europa siempre le ha resultado mucho más fácil cualquier discusión en estos términos porque tanto la historia como la geografía son diferentes).
El otro reto importante es a los opositores dentro de la isla, que deben pasar de una disidencia de gestos a una oposición de hechos, al tiempo que reconocer que no son únicos, no representan a la totalidad del pueblo cubano, así como ampliar y definir mejor su plataforma.
Esta ampliación de la oposición pasa, ante todo, por la necesidad de asumir su rol no como tarea profesional a tiempo completo —con el consecuente sometimiento al financiamiento de Washington a través de Miami— sino como actitud cotidiana o puntual, donde la efectividad se mida no a través de la verticalidad o el radicalismo, sino mediante el alcance que abarque, no al exterior sino dentro de Cuba.
Todo ello abre un camino difícil, y que hasta el momento siempre ha sido coronado por el fracaso.
Es posible que terminada la reapertura de las embajadas el régimen de La Habana prefiera un atrincheramiento más o menos discreto y sacar provecho del aumento del turismo estadounidense, así como aferrarse a la repetición de reclamos que sabe no son posible resolver de inmediato por la actual administración estadounidense: el levantamiento del embargo, las posibles indemnizaciones mutuas y la devolución de la base de Guantánamo.
El problema aquí, para ese gobierno que persiste en perpetuarse, es que resulta muy probable que al discurso de Kerry siga en las próximas semanas —o días— el anuncio de nuevas medidas por parte de Washington, que faciliten aún más los viajes y abran el camino a una mayor liberalización de las operaciones bancarias.
En este sentido, cabe señalar que estas medidas, que desde semanas atrás se sabe prepara la administración, no fueron anunciadas antes de la visita de Kerry, lo que hace esperar que su alcance pudiera estar influido por la reunión que hoy sostengan ambos cancilleres, o que el estadounidense diga hoy al cubano esas propuestas, en el clásico uso de la zanahoria como estímulo.
Cuando se anuncien estas esperadas medidas, y se conozca su extensión, brindarán una mejor perspectiva para vaticinar si realmente se ha iniciado una hoja de ruta o simplemente estamos ante un nuevo capítulo del repetido escenario que busca prolongar indefinidamente un cambio con cuentagotas.
Hay un hecho que vale la pena recordar. Asistimos al desarrollo de un plan elaborado tiempo atrás, tanto por el gobernante cubano Raúl como por el presidente Obama. Las discusiones entre funcionarios continuarán, los rechazos de ciertos sectores en ambos extremos del estrecho de la Florida siguen vigentes, pero lo más importante ya fue establecido en diciembre pasado: una voluntad de conversar —es decir, negociar— más allá de las diferencias.
Ni el gobierno cubano impuso una lista de invitados a la Casa Blanca, ni esta hizo lo contrario en su momento. Claro que ambas partes han eludido cualquier aspecto que pudiera considerarse una provocación por una de ellas, porque de lo contrario no podrían realizarse las conversaciones que son la vía para cumplir el objetivo ya fijado por Obama y Castro: hablar.
Queda claro que la invitación de disidentes al acto, tan cacareada y repetida en Miami y por los congresistas cubanoamericanos, era una formulación absurda, porque una actividad diplomática, por definición, tiene como meta la búsqueda de un acercamiento y no de crear disputas (para ello cualquier nación tiene otros métodos “no diplomáticos”).
Lo anterior se reafirma sobre el hecho básico de que de momento asistimos aún a una tregua que cada vez más se trasforma en un acuerdo. No se trata de una paz trazada tras una victoria absoluta de una de las partes, ni tampoco a la firma de un tratado luego del triunfo de una nación involucrada. Se trata simplemente de salir de un estancamiento que por décadas no ha llevado a parte alguna.
Para quienes repiten que La Habana no hecho concesiones basta recordarles que el propio viaje de Kerry, con la anunciada reunión por la tarde, en la vivienda del ahora embajador estadounidense, sí es una concesión por parte del régimen.
Por lo demás, resultaría insólito declarar “vencedores”, y participantes por sus logros dentro de este acuerdo, a quienes no han conseguido —por razones diversas, entre ellas la represión— sustentar al menos una base de apoyo o acercamiento en la población de la isla, así como tampoco una amplia simpatía y reconocimiento de su labor entre la ciudadanía estadounidense, al punto de identificarse con sus demandas —para mantener el embargo, la suspensión del turismo norteamericano y el financiamiento de sus actividades por parte del gobierno de Estados Unidos— por encima de sus opiniones en favor de un cambio de política hacia Cuba, lo que por otra parte no implica automáticamente una complacencia con el régimen de La Habana.
Respecto a esa oposición en la isla resulta hasta cierto punto más fácil predecir su desarrollo. La táctica que por años vienen utilizando determinados grupos está tan agotado como el mecanismo utilizado para reprimirlos. Si ambos se sustentan todavía —y puede que esta situación continúe por algún tiempo— es gracias a la recurrencia de ambos factores en un esquema que permite la sobrevivencia mutua al tiempo que propicia un estancamiento cuyo único objetivo parece ser el existir perpetuamente: gestos opositores pautados que provocan reacciones también pautadas. La caminata de las Damas de Blanco cada domingo es el mejor ejemplo de ellos.
Un factor decisivo en todos estos aspectos podría ser la próxima visita del papa Francisco a la isla, que ya Kerry dejó en claro que no por gusto visitará primero La Habana y luego Washington. Tanto por la personalidad del sumo pontífice como por la situación excepcional de la Iglesia Católica en Cuba —en resumidas cuentas es el mejor atisbo de lo que podría ser una sociedad civil dentro de la isla— esta visita podría resultar más trascendente, para el futuro de la nación cubana, que la de sus dos predecesores.